Nahui vs. Atl, de Alain-Paul Mallard (Turner) | por Óscar Brox

Alain-Paul Mallard | Nahui vs. Atl

Sin duda, el México de los años 20 tuvo un encanto especial en su efervescencia cultural, punto de encuentro para una Europa que ahuyentaba los fantasmas de la Guerra y para una América que buscaba retratar con curiosidad fotográfica esa realidad vecina. O, como mínimo, intuir el torrente pictórico tras los murales de Diego Rivera y la intensidad vital escrita en lengua náhuatl. Frida Kahlo, Tina Modotti, un poco más tarde Remedios Varo, todas y cada una de aquellas mujeres se sumergieron en su arte para representar, con la paleta de colores o la lente de la cámara, una sensibilidad creativa tan fértil que encontraba una válvula de expresión en cada lugar, en cada rostro o instante capturado al azar. La de Carmen Mondragón, hija de general en los tiempos de Porfirio Díaz y amante de la bohemia, no fue una vida cualquiera. Musa y artista, poeta y escritora, Mondragón se zambulló a conciencia en ese México vital y desordenado en el que los caballeros todavía llevaban el revólver en el bolsillo mientras, a grandes zancadas, las revoluciones culturales dejaban su huella en el arte. De su vida y su tempestuosa relación con el pintor Gerardo Murillo da buena cuenta Alain-Paul Mallard en Nahui vs. Atl, una novela, casi un cruce de caminos, pictórica, sensorial, en la que las palabras recogen las emociones, la visceralidad que marcó su tormentosa vida sentimental.

En su nota final a la edición del libro, Mallard explica su voluntad de llevar hasta sus últimas consecuencias la figura retórica de la hipotipósis como pauta determinante en la escritura de esta novela. Y lo cierto es que, en cada breve capítulo, el lector siente de manera vívida esa impresión de estar observando una realidad que se compone a golpe de brocha. De estímulo y frenesí, sin cuartel ni reposo, como una mezcla violenta de afectos que explotan sobre la hoja en blanco. Las palabras son esos pigmentos y las pasiones humanas la mano que las dirige. Y en verdad no hay otra manera de cazar los sentimientos larvados durante la convivencia entre Mondragón y Murillo; esa combinación de bohemia pretenciosa y de sensualidad animal, de ira desbocada y de melancolía, de amor y de vocación. Aquellos eran años de transformación, en los que la realidad concedía un poco de espacio para llegar a ser uno mismo. Por eso, Mallard narra la transición de Mondragón a su alter ego Nahui Olin abrazando con ella, casi con todas sus fuerzas, esa esfera cultural que abarca los murales enyesados y los retratos de estudio y composición, la alta burguesía, las reuniones sociales y la pobreza mísera de una vida sencilla.

Pintor y vulcanólogo (no fueron pocos los volcanes que recorrió a pie), Murillo apartó de su camino no pocas cosas para convertirse en el Dr. Atl (agua, en lengua náhuatl). Sin embargo, mantuvo la sangre caliente y la pasión desbocada, que ulteriormente le llevaron a ver en la joven Mondragón el hálito salvaje, el temperamento indómito, que tal vez solo podría sentir al caminar bajo el volcán. Mallard, pues, narra su enamoramiento con ese delicado equilibrio que se halla al topar con los extremos. La de Nahui y Atl es una lucha sin tregua, salvaje y alocada, de ego contra ego y pasión contra pasión. Para Murillo, aquella mujer bellísima era, en sí misma, un cuadro viviente; más bien, mutante. Tan pronto una finísima línea de tinta que manchaba con su hermosura las paredes pobres de la habitación del convento, como, a renglón seguido, un huracán explosivo cegado por el desdén con el que su amante juzgaba su producción artística. Y es que todo en aquel México desbordaba, literalmente, sus cauces. Estaba vivo, en plena construcción, incapaz de quedarse en un mismo lugar, impelido a conquistar lo máximo. De ahí los rencores y las rencillas, la intolerancia y el desapego, la fatuidad y el engreimiento.

Mallard construye cada episodio en forma de cuadro, de boceto o de estudio; de lectura que atrapa, con la mayor intensidad, la escena representada. A la Nahui amada y a la repudiada; a la amante que busca en la noche el alivio de unos días insustanciales y a la niña que, refugiada en un colegio de monjas, escribe con insólita elocuencia las reflexiones más maduras. No en vano, esa elección estilística está del todo justificada cuando, junto a la lectura, repasamos las fotografías de Weston y Modotti, los cuadros de Rivera o los paisajes de Atl. ¿De qué otra manera, si no la más intensa, se puede describir toda la pasión que contienen? Esas vidas consumidas a grandes tragos, dominadas por el genio creativo, que encontraban en cada pequeño detalle un momento de sublimidad. Que no se encadenaban a nada, salvo a sus propias necesidades, o a la obligación de gozar de su libertad.

Nahui vs. Atl podría ser un documento, una hoja de registro de un tiempo definitivamente extinguido, la visión pasional de ese México que no se dejaba escribir. Mutante, hermoso y rabiosamente humano. En definitiva, eso que deja ver la mirada desnuda de Nahui en las fotografías que se conservan de ella, el cuerpo de Tritón de Atl en los paisajes volcánicos, los colosales murales de Diego Rivera. Ese movimiento. Esa vitalidad. Aquello que solo la descripción más viva y enérgica puede capturar con toda su dimensión. Con naturalidad. Como si observásemos, pacientes, la creación de una pintura. La mezcla de pigmentos y brochazos, el cuadro como campo de batalla de la vida. La vida como experiencia única, mágica e irrepetible.

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