El fill del corrector / Arre, arre, corrector, de Adrià Pujol Cruells y Rubén Martín Giráldez (Hurtado y Ortega) | por Óscar Brox

Adrià Pujol Cruells y Rubén Martín Giráldez | El fill del corrector / Arre, arre, corrector

¿De qué hablamos cuando hablamos de traducir? Cuando leemos En busca del tiempo perdido, ¿leemos a Proust o a Pedro Salinas? ¿En qué grado le debió influir a José Gaos traducir a Heidegger en un autobús mexicano atiborrado de gente mientras (o eso decía él) un bebé le llenaba de babas su diccionario? En verdad, la lista de preguntas que surgen a cuento de la escritura es tan abundante que uno tiene miedo de volverse escéptico, callarse la boca y suspender el juicio para así evitar la respuesta más tonta. O la más alambicada, que a menudo viene a ser lo mismo. Un libro, casi un artefacto, como El fill del corrector / Arre, arre corrector bien podría ser una forma de contestar a todas esas cuestiones. De estirar el chicle del estilo, los caprichos de la escritura y los límites de la identidad (del que escribe, del que traduce y, también, del que corrige). La exposición brutal de cómo nace un carácter propio, una manera de leer el mundo, de habitarlo y de construirlo a través de las palabras.

Tanto Adrià Pujol como Rubén Martín Giráldez han destacado en solitario por sus querencias literarias. Si uno traduce El secuestro de Georges Perec al català, el otro se saca de la chistera ese Magistral que vendría a ser una especie de todo lo que se puede llegar a decir, a hacer, a crear con las palabras. De modo que la confluencia que se produce entre ambos en las páginas de El fill del corrector / Arre, arre corrector es, nunca mejor dicho, una pugna, con la página como cuadrilátero, en torno a los límites y las posibilidades de la escritura. Una pugna que arranca con un tal Josep Pla como personaje de fondo y va descendiendo, poco a poco, hacia los márgenes de la página, en ese maremágnum de notas al pie en el que autor, traductor e, incluso, editores dirimen sus cuitas en torno al estilo y la riqueza de cada expresión. Entre lo que se dice y lo que se expresa, y cómo el mundo se puede (iba a escribir se debe) ver de diferente manera, aunque utilices las mismas palabras para describirlo.

Por las páginas de El fill del corrector / Arre, arre corrector aparecen Josep Pla y William Gaddis, Manganelli y Gass, los malditos heterodoxos que incordiaban al establishment crítico de miras estrechas cuya traducción suponía, fundamentalmente, un tour de force. Pero lo que queda es una especie de mano a mano bilingüe, gracias a la versión/visión en català y castellano, en el que tanto Pujol como Martín comparten, en un tono socarrón y a ratos burlesco, ideas sobre la escritura. Sobre lo que significa escribir, la transmisión de unas ideas y las manos (y las cabezas y las palabras) que intervienen en ese proceso. Sobre una determinada afinidad cultural. Digamos que leer esta obra dual es parecido a lo que debió ser la traducción del Ferdydurke de Gombrowicz en las mesas del café Rex, en las que lo bonito no es tanto detenerse a indagar en el qué, prácticamente imposible, sino perderse en el cómo. En el ritmo, los recursos expresivos, los tachones y los borrones, las ganas de tocar las narices, las discusiones bizantinas y todas y cada una de esas cosas que se imbrican en la experiencia resultante de la lectura. La manera en la que conforman, o dan sentido, a un mundo.

Siempre nos preguntamos lo que significó asumir una lengua extranjera para un autor como Beckett, sin reparar en que tal vez la escritura de una autora como Agota Kristof (la Kristof de un relato breve como La analfabeta) no habría sido la misma de haberse escrito en su lengua materna. La cosa es que El fill del corrector / Arre, arre corrector conecta muchas de estas sensaciones bajo un discurso juguetón, en el que la escritura es un experimento continuo para ver hasta dónde puede dar de sí el texto. Las palabras. Las ideas. De ahí que la traducción del texto de Pujol se transforme, a cada poco, en un amasijo de preguntas, morcillas y añadidos a pie de página que, paradójicamente, le aportan el tono y la fidelidad a las andanzas del corrector de Pla con las que se iniciaba la historia. Quizá porque nos sitúan en ese ámbito privado, el de esa primeriza identificación con lo escrito, antes de que se formen las palabras con las que traducirlo sobre el papel. Es probable que alguno piense que hasta ahora solo he hecho que escurrir el bulto por no saber cómo entrar en harina, y quizá tenga razón. A veces, las cosas que nos encantan -y en verdad el cara a cara entre Pujol y Martín Giráldez es pura felicidad lectora- son las más difíciles de explicar. O aquellas en las que nos gustaría echar mano de la explicación más pueril (como estoy haciendo ahora mismo) para zanjar el asunto. De no tener este título, el libro se podría haber llamado cómo hacer cosas con las palabras o cómo reflexionar sobre la identidad creativa a través de la escritura. Y cómo cada vez es menos frecuente que dos escritores se sienten a hablar de lo suyo y a mezclar y combinar sus querencias literarias sin miedo a lo que pueda salir de la coctelera, pues no se puede hacer nada mejor que recomendar su lectura a cualquiera que, en algún momento, se haya preguntado de qué hablamos cuando hablamos de traducir. O hasta dónde pueden dar de sí, en plan elástico, las palabras. En especial, aquellas que nos sirven para construir mundos.

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