El antídoto de las imágenes en movimiento, por Irene Rihuete

The Juan Bushwick Diaries | David Gutiérrez Camps

El cine como terapia. Es la idea principal que parece transmitirnos The Juan Bushwick Diaries, el nuevo documental ficticio de David Gutiérrez Camps. El cine como terapia. Signo de interrogación. ¿Puede una obsesión suponer una cura? En la película, de poco más de una hora, el protagonista nos lleva a su mundo de la mano de una cámara de vídeo, con la que, ayudándose de su voz en off, narra determinados momentos de su día a día y consigue construir una historia alrededor de ellos.

Su afán por grabar todo lo que le rodea parece, en un principio, la mejor medicina para librarse del hastío y del aburrimiento que desde siempre le han acompañado, y que constituyen su enfermedad crónica. A partir de aquí, la película introduce la reflexión acerca del cine como canalizador de las penas del individuo, como ayuda a la hora de vaciar nuestro cuerpo de emociones negativas, como instrumento para alcanzar otro estado, preferiblemente, mejor. Sin embargo, queda claro que cada uno de nosotros tiene su propia forma de conseguirlo, su propio método artístico. Esto se hace evidente cuando Juan conoce a Cristina Nuñez, quien utiliza la fotografía para superar sus problemas de drogadicción. Juan lo intenta, pero lo suyo son las imágenes en movimiento. Simplemente, no puede dejar de sentirse más cómodo capturando toda dinámica en la que se encuentra sumergido, desde las uvas de año nuevo, hasta su rostro tras fumarse un porro. El problema radica en cómo esta obsesión interfiere en su vida real, a través de la cual Juan sigue tratando de conseguir la felicidad, de una forma paralela e inevitablemente unida a su arte. Tras conocer a Andrea y enamorarse de ella, esta sale huyendo, ya que no puede soportar más ser grabada las 24 horas del día: Juan, sencillamente, es incapaz de no atosigarla con su objetivo. La conjugación del cine y el amor es tan perfecta que siente la imperiosa necesidad de capturar la esencia de Andrea en todo momento.

The Juan Bushwick Diaries | David Gutiérrez Camps

Por otro lado, resulta interesante el concepto del video-diario, a través del cual Juan se compromete a grabar todos los días un determinado momento de su vida, independientemente de su relevancia. ¿Se corresponde esto con el insaciable afán del individuo por dejar su huella en el mundo? ¿Con tratar de captar, para que no desaparezca, el instante perfecto? ¿O, simplemente, cualquier instante? ¿Se corresponde esto con un intento desesperado de la persona por apoderarse del presente? ¿Y poder revivirlo siempre que uno quiera, consiguiendo la inmortalidad de dicho instante? ¿Se halla aquí el núcleo de esa “terapia cinematográfica”? Personalmente, considero que en el caso de Juan no es así. En una determinada escena, aparecen en la pantalla unas letras blancas sobre fondo negro que dicen “No se puede llorar de aburrimiento”. Quizá esta dedicación a la que Juan se somete no es más que una forma de entretenimiento, donde la capacidad curativa se encuentra en una distracción, vacía de contenido, pero que aplasta el aburrimiento. Básicamente, grabar todo momento con  ojo de voyeur (mirando tanto hacia el interior de uno mismo, como hacia afuera) se asemeja al juego del niño solitario, donde el objetivo del mismo es difuso y se le da más valor a la acción en sí que al resultado. No hay ganador ni perdedor, el individuo que graba se mantiene en una constante donde el objetivo final es seguir grabando. Por lo tanto, aunque el cine aparezca como una cura, como un medio para conseguir la felicidad, si alguna vez esta llegara a rozarse con los dedos, la cámara no se apagaría. La máquina no dejaría de seguir en marcha, seguiría grabando, aunque ante ella se encontrase la escenificación exacta de la perfección (de hecho, en la película podemos ver esto con los planos de Andrea durante su relación). La obsesión de Juan es algo crónico, igual que ese hastío que le invade y que nos transmite a lo largo de la película.

La única forma en la que el cine puede ayudar a Juan es cuando este arte toma la forma de dos nuevos ojos para el protagonista. Él lo dice muy claro, lleva 8 años viviendo en Barcelona y la magia de lo novedoso ha desaparecido. Sin embargo, en el momento en que graba lo que le rodea, todo vuelve a ser no-visto otra vez. Lo visitado se convierte en no visitado. La perspectiva cambia, y lo representado se transforma. La captación de imágenes nos da otro punto de vista que nos mantiene estimulados e inquietos. El momento resucita y se abren nuevas interpretaciones (lo cual se ve muy acentuado ya que en la película se utilizan muchos tipos de cámaras, desde móviles hasta máquinas profesionales).

Otro punto interesante es la escena en la que Juan dice que le gustaría hacer algo con sus manos, algo tangible, mientras está grabando a su vecino anciano trabajar. Es decir, la grabación de imágenes para él no constituye un trabajo manual, a pesar de estar realizándolo directamente con sus manos. El cine es algo abstracto e inmaterial, un compuesto formado por recuerdos, memorias, ideas, imágenes, movimientos. Algo que, en efecto, no se puede tocar, y que, a pesar de constituir aquello a lo que más tiempo dedica, no tiene tanto valor real para él comparado con otras actividades. Por lo tanto, existe aquí un menosprecio intrínseco por algo que está anclado a su esencia individual, algo en lo que está intentando calcar su personalidad: el hastío del que he hablado anteriormente es indudablemente invasivo.

Por todo ello resultan tan destacables las últimas secuencias de la película, en las que Juan graba escenas desprovistas de seres humanos durante períodos relativamente largos. Se muestra, así, lo absurdo de su propia existencia, lo frágil de su estado de ánimo. “Mi creatividad no es festiva”, dice Juan. Su creatividad es, como he dicho antes, un instrumento para tratar de despojarse de lo malo, una obsesión cinematográfica en la que ve una posibilidad de escape, de huida. Sin embargo, queda claro que el cine constituye algo que sobrevivirá dentro de él a pesar de que logre su objetivo emocional: el cine como ente que permanece siempre, la cámara como eterna compañera.

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Détour

1 thought on “El antídoto de las imágenes en movimiento, por Irene Rihuete”

  1. Interesante texto, muy bien redactado, no se me hizo para nada pesado, no he visto la película, pero me dispongo a ello. Creo que desarrollas muy bien las ideas que tienes, enhorabuena Irene!

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