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El cine siempre ha visto el mundo del monopatín a través de sus posibilidades estéticas, como un canto a la épica suburbial de un puñado de chavales cabalgando las superficies más ignotas. Tanto es así que Spike Jonze, quizá el realizador que más hincapié ha hecho en el universo skater, utilizaba en algunos de sus proyectos los efectos visuales para recalcar la grandeza —la inocencia, también, y la altanería— de esos pequeños colosos, casi bailarines, que acarician el cemento o el metal de los parques públicos mientras todo explota a su alrededor. Uno de esos colosos podría ser Josh “Skreech” Sandoval, el protagonista de Dragonslayer (Tristan Patterson, 2011), capaz, como demuestran sus múltiples vídeos en Youtube, de mover su monopatín por cualquier espacio y lugar. Sin embargo, el documental de Tristan Patterson se preocupa por rebuscar en la vida del skater para encontrar sus rasgos humanos, lo que queda de Sandoval mientras su minúscula vida se consume en los márgenes de las pistas de patinaje.

Alejado de la visión edénica del mundo del monopatín, Patterson expone ante su cámara una cultura urbana sacudida, también, por la crisis, donde los patrocinios de marcas no son tan frecuentes y los premios en metálico en concursos y exhibiciones cuantifican el breve periodo en el que su protagonista dejará de pasar apuros económicos. Por eso, no resulta sorprendente que la primera imagen de Josh en el filme nos muestre el proceso de limpieza de una piscina abandonada en el suburbio de Fullerton, en California; importan los gestos, el trabajo, los intentos por continuar un camino que desprende síntomas de agotamiento. La fauna skater sigue, como el rastro de unas miguitas de pan, cada punto del circuito de exhibiciones y fiestas, pero la realidad nos muestra cómo la recesión sacude a esos jóvenes prodigiosos que envejecen cada vez más rápido.

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Uno de los puntos más interesantes de Dragonslayer es su vocación por distanciarse de la grandeza para centrarse en lo pequeño. A Sandoval lo vemos más veces desde la barrera, mientras se busca la vida o pasa el rato con su novia adolescente. De hecho, Patterson no elude mostrar las caídas y golpes de Skreech mientras maneja su monopatín en el interior de la pista. Contra el brillo de la épica, la suciedad de lo auténtico, de cada moratón y rozadura que recorre el cuerpo de su protagonista. Como hacía Pedro Costa con Jeanne Balibar en Ne change rien, lo importante se halla en el proceso, en la repetición y el ensayo, en el error y la vuelta a empezar; ahí es donde se agazapa el elemento humano. Lo que hace de Sandoval un skater singular es su estilo indómito –odd, dirán en la versión original-, salvaje e indiferente a cualquier norma; la clase de estilo que invita a excavar para encontrar al hombre que lo practica.

A ratos, Dragonslayer se asemeja a un túnel del tiempo que nos devuelve a los buenos tiempos donde todavía se podía pasar el rato observando una puesta de sol mientras bebíamos una cerveza tibia; donde el perímetro de nuestras obligaciones personales se reducía al dinero que teníamos en el bolsillo y que medía el día del mes hasta el que podíamos pasar sin trabajar; donde aún existía esa rara poética suburbial que le daba su encanto a los besos furtivos en la parte trasera de un coche destartalado; donde viajar a Suecia, Dinamarca o cualquier otro punto del planeta era como superar la pantalla de un juego de plataformas. En definitiva, donde la necesidad todavía no contenía el acento que le ha conferido nuestro presente. Por eso, Tristan Patterson hace de esa minúscula comunidad de skaters que rodea a Sandoval el país de nunca jamás al que su protagonista se aferra por no querer escuchar las palabras que Wendy le decía a Peter en la novela de James M. Barrie: «No puedo ya ir contigo. He olvidado volar». La ilusión, como tantas cosas, se desvanece con el tiempo, y la vida nos exige rellenarla con algo más.

Dragonslayer cuenta un fragmento de la vida de Josh Sandoval, un skater que en otro tiempo podría ser uno de los niños perdidos de Peter Pan, atrapado para siempre en la frágil burbuja de la vida fácil. En las distancias cortas, entre fiestas, borracheras, mientras cuida de su hijo pequeño o habla con su madre tras una larga ausencia de meses, Patterson descubre el perfil triste, sin asideros morales, que queda de Sandoval tras el sueño. Como aquellos cargueros que aparecen varados a poca distancia de la orilla de una playa, Dragonslayer describe el lento proceso de inserción en la realidad de su protagonista, donde la épica del monopatín claudica ante la necesidad de encontrar un trabajo -en este caso, en un parque de atracciones. El mérito de Patterson reside en su habilidad para matar al skater mientras en su interior halla al hombre. El niño perdido de este estupendo documental.

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