Seguramente lo más interesante de un viaje no es de dónde se parte o a dónde se llega, sino el viaje en sí mismo. Ese desplazamiento, bien llevado, no deja de tener algo de vida a escala reducida. Algo así. Una road movie sería pues, una vida vivida en unos días, y De jueves a domingo, acotada en el espacio temporal de esos días de la semana, vendría a ser una buena prueba de todo esto. Primera película de su directora, la chilena Dominga Sotomayor, la película es el viaje vacacional de una familia que parte de la comodidad y el abandono de una cama que se nos antoja tibia, hasta remotos desiertos. Es decir, desde el hogar a la aridez de las relaciones. De una cierta armonía (todo está bien), a un desorden cierto, a una pérdida (ya no está todo). Así pues, el viaje de una familia hacia la fractura (que no ruptura), una fractura sin demasiadas esperanzas (aunque nada parezca decidido).

Película de ambigüedades, organizada en grupos de dos, la presencia de los hijos del matrimonio, el contraste de los espacios cerrados (el coche, la tienda de campaña), frente a los espacios abiertos (Chile, atravesado), ofrece una curiosa visión (inquietante se podría decir). No es que la película tome el punto de vista de estos en concreto, sino que ellos no dejan de entrecruzarse de algún modo, como un punteo, interrumpiendo esa descomposición. Mejor, alterándola, haciendo que tenga que esquivarlos una y otra vez. Así, las conversaciones de los adultos no dejan de ser grietas por las que se va resquebrajando el paisaje idílico y familiar, y la aparición de un antiguo amigo de ella (la mujer) en la ruta, y su posterior convivencia de unas horas, el punto de ebullición, es instante en el que sentimos más que en ningún otro momento que la relación está sometida a una presión que la hará ceder finalmente, caer derrotada ante las evidencias, ante la realidad.

De jueves a domingo

Como buena road movie, el paisaje, los lugares que cruza, son un personaje más en la tragedia (aunque tragedia sea una palabra demasiado fuerte para describir la suavidad, la dulzura de esta fractura), y vamos pasando de las carreteras pobladas, los parajes habitados, los paisajes frondosos, al norte desértico, a la tierra resquebrajada, a las carreteras polvorientas por las que solo pasan camiones, al lugar propicio para perderse, para no encontrarse (y unirse así la vida y el entorno), tras pasar por ese periodo de calma (la última noche feliz, con interrogantes), en un lugar idílico pero inquietante por sus propias presencias.

Película sensible, en la que todo se desplaza, imperceptiblemente, De jueves a domingo es una excelente opera prima, un objeto delicado construido con capas de sensibilidad, y la promesa de una cineasta que seguramente ofrecerá grandes películas.

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