A veces pensamos que pedir deseos refleja una actitud infantil, propia de cierta edad en la que, a falta de unos buenos mimbres para la vida, nos encomendamos a lo desconocido para construir nuestras primeras experiencias. Al fin y al cabo, aquellas son tan minúsculas, probablemente tan irrelevantes para nuestro futuro, que acaban por cumplirse. Al crecer nos percatamos de que siempre fue más fácil pedir una bici de manillar cromado que detener el tiempo, un futbolín portátil que cambiar la Historia. Quizá por eso, o por una especie de resaca nostálgica, perseguimos con todavía más pasión esa época en la que los deseos se cumplían. Como si, por efecto de algún encantamiento, aún hubiese una última oportunidad para salvar del fuego del tiempo lo que querríamos conservar entre nosotros.

En su forma, Almost in Love es como una novela inacabada, uno puede leer las preocupaciones de su creador y entender qué fue aquello que le impidió continuar el relato. Dos escenas y un impasse que las separa con un corte preciso; dos fragmentos de vida protagonizados por los mismos personajes que, sin embargo, parecen interpretados por actores distintos. Sam Neave, su director, nos dice que en 18 meses pasan muchas cosas y, tal y como marcha el mundo, a veces nos podemos convertir en personas completamente diferentes con historias completamente diferentes. Alguien podría definir ese salto brusco como la madurez, pero esta película aborda justo lo contrario: el intento desesperado por retener lo que ha pasado de largo, el tren que salió de la estación, el trabajo que acabó o la persona a la que pudiste amar. Esa actitud que produce que cada cambio sea más amargo y desestabilizador, porque te hace sentir en el mismo paréntesis que esos 18 meses que separan una escena de la siguiente, aquellos que nunca veremos pero sí notaremos en el comportamiento de sus protagonistas.

La cámara de Neave a veces se mueve despreocupadamente, como quien capta pedazos de varias conversaciones con cierto desinterés; a ratos intenta pegar la hebra y a ratos preferiría estar en cualquier otra parte. Por pudor o porque se siente un poco violento, porque no le gusta que sus personajes sean tan conformistas, tan mediocres. Lo malo de una escena sin cortes es que lo bueno y lo triste se confunden, la pelea con tu mejor amigo tiene tanta repercusión como el beso con tu antigua novia. Y Almost in Love aborda sus sentimientos de la misma manera: sin cortes, advirtiendo ese desasosiego que sobrevuela a sus criaturas, a cada decisión tomada de la que, aunque parezcan negarlo, se arrepienten. Una boda, un reencuentro, los caminos abiertos que nos esforzamos por cerrar, la terquedad estúpida que nos margina entre la multitud. El filme de Neave es como una novela inacabada porque resulta verdaderamente dramático imaginar qué será de sus protagonistas tras una nueva elipsis de 18 meses, tras esa mezcla de cobardía y de elecciones tomadas entre titubeos, con la boca pequeña y la mente nublada. Una película que tienes miedo de acabar porque no te gusta ver hacia dónde te está llevando, porque sabes que no vas a poder detener la Historia en el momento que quieres. Una película que habla de ese tiempo en el que los deseos han dejado de cumplirse y, sin embargo, no dejamos de pedir.

Prince Avalanche | David Gordon Green

Prince Avalanche sucede entre dos incendios, uno que tuvo lugar a finales de los 80 y otro que ocurrió en 2011, poco antes de iniciar el rodaje de la película. Esos dos incendios, que asolaron gran parte del parque forestal del condado de Bastrop, separan las dos edades de su director, entre la primera adolescencia y la segunda madurez. Entre el personaje que interpreta Emile Hirsch y el que interpreta Paul Rudd. A diferencia del filme de Neave, David Gordon Green no utiliza esa separación temporal para aumentar la brecha insalvable de nuestros relatos vitales. Al contrario, su película trata de proteger, como esas cápsulas de metal que enterramos con nuestros objetos más significativos para que sean encontradas dentro de muchos años, la alegría de vivir que en otro tiempo fue posible. Esa felicidad que traslada a la amistad sincera entre sus dos protagonistas, Alvin y Lance, tan diferentes y, en fin, tan condenados a acabar trabando una relación casi fraternal. Esa felicidad que transcurre en un tramo cualquiera de una carretera cualquiera, donde dos operarios de mantenimiento pasan su jornada de trabajo pintando líneas en el trazado, clavando señales y distrayendo su tiempo con botellines de gaseosa, riñas sin importancia y confidencias que, en ocasiones, cuesta desvelar.

Lo que hace de Prince Avalanche una película especial es esa inocencia con la que aprecia y eleva las pequeñas cosas de la vida, ya sea la posibilidad de acudir a una fiesta del pueblo o de terminar un crucigrama en un viejo tebeo de páginas amarillentas. Esa mirada renovadora, que no desdeña la belleza de lo que observamos habitualmente, se corresponde con la sinceridad de sus personajes, con sus miserias y sus sueños modestos, con su necesidad de encontrar un lugar en el mundo. Por eso, el filme de Gordon Green mantiene un candor parecido al de aquel niño que, con pulso irregular, termina el primer dibujo que su madre colgará en la puerta de la nevera; al de aquel adolescente que se abstrae en la clase del instituto mientras fantasea con un posible diálogo entre los protagonistas de su narración; al de aquel veinteañero que comienza a filmar su ciudad con la misma ternura con la que ha vivido todos y cada uno de sus años en el lugar. Eso es lo que hace de Prince Avalanche un filme donde la historia se detiene solo para recordarnos la felicidad (el pasado) que ha construido a esos personajes. Esa época en la que los deseos se cumplían.

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