Tres en una balada de Bob Dylan, por Mara González de Ozaeta

Especies de espacios

“Acompáñame”, dice este amante nuevo que me mira solo un momento. Luego enfrenta una sala que es el pasado y lloramos porque lo que vemos se deshace, bueno yo lloro porque le veo llorar. Ya no ama a aquella mujer que es vieja y besa a un joven ignorante. Mi amante grita justo después “¡Malvada, te he olvidado!”. Lloramos porque estaremos juntos dentro de un momento, dentro de una balada. En la balada se mecen otras parejas de amantes: el pintor y su “pintada”, Eros y Afrodita, el micrófono y la cantante, los gemelos, los números decimales. Nos quedamos sentados junto a ellos en un diván forrado de rojo. Un diván que se convierte en refugio de un pecado que solo tiene sentido si digo “amado” mientras que él ama demasiado. Es solo un momento, pero antes de acercarme a escuchar qué tiene que decirme escurro la palma de la mano por el terciopelo y araño la superficie con un solo dedo: corazón.

Me arrebatan las artes del aire para enamorar. Esa armónica que toca repentina divierte al alma y hace volar mi mente entre espectros encamados que hoy se han quedado sin ganas de seguirnos. Paso por delante de ellos cogida de su mano y escucho cómo roncan ruidosos desde el catre que les envuelve. Sus cadenas de fantasmas reclusos dibujan “eses” en el suelo. “Deja que esos descansen un poco mas en sus celdas”, pienso.

Tras recorrer las estancias de este edificio vacío, mucho antes de sentarme y sentarse, respirar y suspirar por oírle “decir”, entonces cubrimos las cabezas de sanguinarias cortinas que nos esconden de ellas: Johanna es la peor de ambas… mientras tanto patalea Louise por verse agraciada en ese espejo. “¡Calla!”, ahora Johanna aprovecha por taparme la vista colocando su cuerpo en medio. Y yo, que veo de lejos lo que está haciendo, hago aspavientos para avisarle de que estoy cerca y de pronto recorro el interior de este palacio azul volando por los aires… Me impulsa un aliento silbante, como propulsado con prisa a través de pequeñas ventanitas, como a través de agujeros de persianas sin ceñir. Al tiempo entra una luz invasora que me revela algunas imágenes intrigantes. Mientras paso al vuelo por todas partes el vestido tira de mí como preñado por un torbellino de cosas que hubieran quedado apresadas ahí dentro. Cuando por fin me detengo, ese aliento poderoso y agudo lo ha dejado todo limpio, solo nos vemos mi amante (amante de otras mujeres) y yo, ya sin nada que nos interrumpa. Me amarga el dolor de estar frente a él solo un momento antes de que arrase de nuevo conmigo esta corriente. Por otro lado tengo ventaja, una ventaja que obra traidora contra esas otras mujeres  y es que ellas no vendrán jamás. Lo siento un poco por él que se esfuerza en encontrarlas entre mis dedos.

Especies de espacios

Enseguida aparecen otras cosas alrededor y consiguen empujarnos lejos el uno del otro. Llegan muebles deformes con grandes puertas de madera, relojes, flores, retratos antiguos y libros: montones de libros que huelen a polvo. Todos ellos han decidido conquistar la superficie del cuarto y trepan por las paredes como murciélagos mientras que las cortinas que nos cubrían vuelan ahora con una cadencia perturbadora. Todo sigue muy oscuro para que lo vea nadie y sin embargo la escena es la siguiente: mi cuerpo, aunque sin alas, se sostiene por una corriente de viento en mitad de la estancia. Las ventanas no están del todo abiertas y la fuerza del aire que las atraviesa silba por salir de este sueño. Los libros se encaraman a mi alrededor y en menos de un segundo soy un icono pagano con vestido hinchado y los ojos abiertos de par en par. Una archiduquesa parezco, retratada para siempre en el cuarto de estar de los príncipes.

De pronto él pasa cerca, persiguiendo a Johanna, pero en contra del viento que susurra “Louisssssse”. Espero que estén lo suficientemente lejos para alcanzar esa ventana y cerrarla desde aquí dentro. Cuando consigo hacerlo, en contra de los libros que se me echan a la cara, al momento la falda de mi vestido por fin se deshincha y salto al centro de la estancia. Una vez acabado el maleficio quizá el amante alcance a Johanna,  pero yo me quedo sola paseando con los pies descalzos, helados. Giro mirando si queda algo entre estas paredes una vez el viento ha cesado. Todo ha desaparecido, sin embargo.

Me pregunto, “¿qué ha sido esto?” Debí quedar presa en medio de un diapasón dinámico de fuerza centrípeta: el centro, el corazón.

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Détour

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