Llevamos viendo películas juntos más de una década. Nuestra primera cita fue en un cine en el que proyectaban la inefable Pearl Harbour. Anoche vimos una lynchiana cinta francesa llamada L´autre monde. El camino entre estas dos películas es una metáfora de la distancia que separa nuestros gustos, pues, en estos diez años, nunca hemos conseguido ponernos de acuerdo. Hasta ahora. Una tarde de sábado vimos Vestida para matar. Vestida para matarSiempre pides películas que, por lo menos, sean entretenidas, aunque no sepa muy bien a qué atenerme contigo: a pesar de que la mitad de los espectadores huyeron de la sala, El año pasado en Marienbad mantuvo tu interés, pero no puedes aguantar enteras esas banales comedias románticas hollywodienses y, a la mitad, les das unos cortes para comprobar que pasa lo mismo de siempre, ves el final y sanseacabó. El thriller es el género en el que establecemos la encrucijada en la que se cruzan nuestros caminos cinéfilos. El suspense no suele ser aburrido. Y en esa confluencia nos encontramos con Vestida para matar. Ninguno había visto una película de Brian De Palma. Ni El precio del poder. Ni siquiera Carrie. Y mucho menos uno de sus thrillers, aunque suelan poblar el late-night televisivo porque se ven muchas tetas y eso atrae a los insomnes como la miel a las moscas. Ninguno supo describir qué era aquel artefacto sin pies ni cabeza, que fusilaba descaradamente a Hitchcock, que parecía una mera excusa para exhibir a Angie Dickinson en una escena de sexo (en la que, descaradamente, utilizaba una doble de cuerpo) y para que Michael Caine hiciese el ridículo de su vida. Nos pareció grotesca. Comprobamos que se había llevado un montón de Razzies. Normal, dijimos. Pero algún poso dejó, porque después de un tiempo, como un periodo de incubación, decidimos ver otra película de De Palma. Fascinación también era un Hitchcock barato, pero ya no supimos decidir si era ridícula o sublime. Poco después vimos Carrie, una suerte de giallo que, como afirma el director Edgar Wright, es, en realidad, un musical. Entonces ocurrió. Decidimos darnos un atracón de De Palma, al que ya llamábamos cariñosamente Brian. Aprehendimos algo en aquellas películas que no habíamos descubierto en ninguna otra: una voluntad de llegar a todo el mundo y, al mismo tiempo, una libertad para rodar lo que a Brian le viniese en gana, que muchas veces le hacía caer en el ridículo. Pero, una vez que entrabas en el juego, ya no importaba. Así, devoramos todos sus thrillers, Doble cuerpo, Hermanas, Blow Out, obras maestras incomprendidas, incluso los últimos, hasta la maniquea Femme Fatale, hasta la vapuleada Raising Cain (¡ese finalazo!), que se ha convertido en nuestra película de culto personal porque el resto del mundo la desconoce o la detesta. Por supuesto, cambiamos de opinión con respecto a Vestida para matar. También adoramos El fantasma del paraíso, lo más extraño y fascinante de su filmografía, pero no tanto El precio del poder, porque, aunque sea buena, no es para nada una película de Brian, de nuestro Brian. Queremos turbios secretos del pasado, asesinatos, travestismo, agujeros en el guión, desnudos gratuitos, absurdas escenas oníricas y todo lo que le convierte en un genio posmoderno, al que no le avergüenza exhibir sus influencias, un cineasta radicalmente libre que ha conseguido lo imposible: reconciliar nuestras diferencias cinéfilas y darnos un espacio de entendimiento mutuo. Por eso, aunque hayamos tardado diez años en descubrirlo, para nuestros pequeños corazones cinéfilos Brian lo es todo.

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