Èxit (abans de les eleccions), de Xavier Puchades (Las naves, Valencia. Del 23 al 24 de enero de 2016) Una coproducción de Teatreencompanyia y Sala Ultramar. Con Pau Pons y Verònica Andrés | por Óscar Brox

Xavier Puchades | Èxit (abans de les eleccions)

El fracaso es, sin duda, una de las fuentes de inspiración de las manifestaciones culturales contemporáneas. La desilusión ante un presente que no ha sabido conquistar las grandes promesas depositadas en él. La fractura social que ha provocado la precariedad. La falta de asideros. En definitiva, la frustración. Esa misma que parece torpedear cualquier tentativa de respuesta. De convertir la rabia en energía creativa, en discurso y en imagen. Algunas muestras de teatro reciente, como Nosotros no nos mataremos con pistolas, han indagado en torno a la amargura de una generación perdida; los sueños rotos o las realidades mediocres. Le han dado voz, le han concedido palabras, a ese vacío con el que, a menudo indolentemente, se ha de lidiar. Èxit, el texto teatral de Xavier Puchades que Las Naves estrenó el pasado fin de semana, profundiza en esa herida abierta en busca de respuestas.

La lluvia de confeti, resaca de tiempos mejores (o de tiempos en los que se miraba poco hacia el futuro), inunda el escenario. Un par de sillas viejas, una lámpara y una inmensa pelota de playa. Eso es todo. Puchades limita al máximo, acaso de manera espartana, los elementos del decorado, concentrando para lo bueno y para lo malo la potencia dramática en sus actrices. Al fondo, una pantalla proyecta pequeños bucles de vídeo y, prácticamente como un tercer personaje, se inmiscuye en el diálogo entre las dos protagonistas. O en la posibilidad de diálogo, puesto que durante el primer tercio de la obra Pau Pons y Verònica Andrés parecen interpretar un diálogo de monólogos, enfrentadas sobre el escenario desnudo, mientras esperan su turno para comenzar la entrevista de trabajo. Es justo señalar que el texto de Puchades es exigente, denso y profundo, y que ambas actrices se esfuerzan en sacar su parte sin que venza la impostura o la satisfacción rápida. La denuncia sencilla, en otras palabras, de una situación social que nos afecta a todos.

Puchades escarba en las diferencias que marcan la relación entre las dos hermanas, las enfrenta y las discute, se pregunta qué clase de éxito hay tras media vida dedicada a recoger títulos universitarios que no se han traducido en un trabajo real; a qué ha dado lugar la labor antisistema y la crítica acerba contra los encuentros de política internacional que desembocan en tratados de comercio injusto y acuerdos por la desigualdad social. La generación X, los JASP, todas aquellas sopas de letras que no han contribuido a proteger el estado de bienestar. La sensación de que demasiadas veces se ha escurrido el bulto, ya se hará más tarde, la tarea de definir un presente. Minuto a minuto, Puchades lanza dentelladas sobre aquellos elementos en los que nos reconocemos. Todo ello, por cierto, sin eludir la parte de responsabilidad en ello. Esa relajación cuando ya se le podían ver las orejas al lobo. Y lo hace de manera inteligente, valiéndose de inesperados accesos de comedia que contrastan con el tono dramático de la obra. Como un elemento que acerca a las dos protagonistas a través de su grotesca realidad compartida. Que traza vínculos allí donde habían desaparecido y sirve para introducir aquellos temas en los que nos reconocemos: el fracaso, los planes de futuro abortados por la fuerza, la descomposición familiar, la crisis de los valores políticos, la urgencia de dotar de nuevas palabras a esos valores, etc.

Èxit recoge, con paciencia casi documental, las flaquezas de una generación preparada para todo que, sin embargo, se ha visto enfrentada a la nada. ¿De quién es la culpa? Por allí flota la figura del padre, la caída de los referentes ideológicos que, con el tiempo, acabaron por venderse al mejor postor. La falta de metas reales, los excesos de un idealismo que no ha producido realidades. Solo expectativas fallidas o efímeros momentos de satisfacción personal. Para Puchades, lo que distingue a esta generación es que, sin quererlo, ha llegado tarde. Quizá demasiado. Por mucha rabia acumulada, ni siquiera el adversario da la talla para un combate. Así, sus actrices caminan en círculos de confeti mientras tratan de distraer el tiempo muerto. Las escenas son cada vez más breves, subordinadas a las transiciones de iluminación y vídeo. Y los textos que aparecen sobreimpresionados en la pantalla enfatizan esa sensación de pérdida, de figuras que no encajan en el molde, para las que ni siquiera queda el anhelo de una revolución. El golpe contra una realidad mediocre. Tan solo la puerta de salida del escenario.

Áspera e incómoda, Èxit es una visión grotesca (y, paradójicamente, demasiado realista) de la falta de asideros a los que las generaciones de los 30 y los 40 se han visto abocadas. Al naufragio de utopías que solo reivindicaban una pizca de bienestar y a la exterminación de esa clase media, universitaria y activa, que ha acabado en trabajos no cualificados y contratos por horas. Un diálogo a tres bandas que, en esencia, responde a ese triste monólogo interior que, en algún momento, todos escribimos. A los reproches y las miserias; a la soledad y a la consolación; al pesimismo y al amor propio. Que no se casa con el fracaso, sino que plantea una discusión, una tentativa de respuesta. Duro, despiadado, desnudo como el escenario en el que Pau Pons y Verònica Andrés exponen, con arrojo, lo que han dado de sí sus vidas. Pero, también, necesario. Tal vez, el último (o el único) atisbo de fuerza creativa para construir ese presente-futuro al que siempre llegamos tarde.

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