Santa cultura, de La Siamesa (Sala Carme Teatre, Valencia. Del 30 de mayo al 2 de junio de 2019)  | por Óscar Brox

Demasiadas veces nos preguntamos por la cultura. Si pudiésemos, la auscultaríamos, depositaríamos una muestra en una placa de Petri o le haríamos un electrocardiograma. O la estiraríamos para comprobar su resistencia. Aunque, de un tiempo a esta parte, para hablar de cultura hace falta ponerle un apellido: capitalista, neoliberal, etc., etc. Uno o muchos, tantos como sean necesarios para subrayar el motivo por el que se nos resiste la cuestión: por la falta de auténtica libertad, que es lo mismo que decir de auténtica creación; por la cantidad de corsés, muletas y muletillas con las que se apoyan los discursos. Por la agonía con la que se pontifica la Cultura, con mayúscula, cuando tan solo es una forma elegante de no mencionar, en primera instancia, al mercado. Al consumo. A esa cultura beatificada y ratificada que deja tanto que desear, porque en verdad ha olvidado cómo se desea, qué es lo que se anhela, por qué se cree y por qué se crea.

En mitad del escenario, a poca distancia de una montaña de papel, Ángela Verdugo ejerce de chamana. Sus movimientos son lentos, cualquiera diría que sus manos preparan un conjuro mientras su voz, en off, nos pone en situación. Frente a una cultura que languidece, estéril, porque ha olvidado aquello que le da forma. De chamana a santa, y de ahí a cheerleader, Verdugo recorre por etapas una cuestión tan creativa como moral, la relación que establecemos con la cultura y la manera en la que la percibimos, el valor que le concedemos y la utilidad de lo que aporta. O la posición política que dibuja. Verdugo y Xavi Puchades conciben Santa cultura como una liturgia en la que el cuerpo de su protagonista refleja sus cuitas con una cultura en la que no se siente cómoda, contra la que se rebela y, en definitiva, de la que no quiere formar parte. En ese trayecto hay lugar para imágenes satíricas (con su protagonista agitando unos pompones de papel que se desintegran prácticamente nada más alzar el vuelo) y para imágenes tan hermosas como aquella en la que Verdugo se columpia sobre una guitarra, con su cuerpo desnudo convertido en los acordes y las notas sueltas que rompen la armonía de la escena.

La actitud de Verdugo responde a esa nota suelta que aporta, en todo momento, un elemento discordante. El argumento para plantar cara. La belleza de los gestos insignificantes (como ese baile con los dedos de la mano que acompaña a una de las proyecciones durante la obra). El estado febril con el que se rebela ante una cultura masticada, oficial, en la que todo huele a cerrado y apenas queda espacio para otra manera de ver las cosas. Para retomar aquello que paulatinamente hemos perdido. Para tener ganas de arder. De ahí que uno deba tomarse ese mea culpa que repite su voz en off como una ironía, un gesto de insumisión y la necesidad de poner su cuerpo y sus movimientos al servicio de otra cultura. La de todo aquello que nos pilla al contrapié, la de los instrumentos desafinados o la de esa fealdad que, sin embargo, nos recuerda en su modestia lo que ha perdido la belleza.

Pese a tratarse de una obra breve, resulta llamativa la energía que transmite, el ímpetu con el que Verdugo desnuda todas sus emociones. Desde una actitud punk, acorde al discurso que tanto ella como Puchades han tramado, que se descarga en escena hasta la fatiga. Con esa mezcla, gracias a la música en directo de Joan Mei, de ruidos y sonidos que se encargan de llenar el espacio vacío. De precipitarnos en él, prácticamente junto a su protagonista, balanceándonos en ese mismo precario equilibrio con el que Verdugo se mece sobre la guitarra. Con ganas de romper el último hilo que la vincula con una cultura domesticada, que se pasea con bozal, y proclamar así un deseo. Un gesto. Una actitud. Una vindicación.

Santa cultura podría ser como aquellos discos de Sonic Youth en los que el ruido, más que síntoma de un ambiente políticamente cargado, se convertía en herramienta política para dibujar otro paisaje cultural. Aquí la suma de texto, cuerpo, imágenes y ruido perfila una serie de estrategias para tramar nuestra huida de una cultura que nos quiere consumidores, pero no creadores. Que no comparte más allá de las herramientas virtuales que nos proporciona. Que solo monetiza sus contenidos. Y que no entiende de la belleza de los gestos inútiles, como apilar una montaña de trozos de papel, porque hace tiempo que ha olvidado cómo se escriben todas esas palabras. Lo que hace Ángela Verdugo es recordarnos la importancia de todo esto. Desnudar la cultura hasta dejarla con lo más elemental: el gesto de rebelión, la voluntad de creación, el deseo de ser punk y compartirlo. La búsqueda de una forma dramática para crear en libertad. Los entresijos de la relación que establecemos con la cultura.