Las canciones, de Pablo Messiez (El Pavón Teatro Kamikaze, Madrid. Del 29 de agosto al 6 de octubre de 2019)  | por Óscar Brox

Empecemos con una intuición: probablemente nadie como los cuentistas rusos, de Chéjov a Dovlátov (aunque este último publicase novelas que parecían colecciones de relatos y personajes), han sabido describir mejor los ambientes, observar los pequeños detalles y todos esos gestos que flotan alrededor; permitir, en definitiva, que sus criaturas respiren mientras ellos se dedican a recoger lo que sucede, las grandes noticias o las cosas sin importancia, en sus libretitas de notas. Hay un gesto parecido en Las canciones. Aquí es Miguel (José Juan Rodríguez) quien aprovecha los minutos antes de que comience la función para las anotaciones en su cuaderno. En ese ir y venir de los personajes, a uno le sorprende las dimensiones del escenario, un rectángulo estrecho que tiene a sus protagonistas encerrados, de un lado para otro, escuchando unas canciones que se viven, se interpretan hasta casi el colapso; a veces como un movimiento azaroso, ligero y hasta grácil; a veces, como un electroshock que parte en dos a los actores (pienso en ese Iván [Íñigo Rodríguez-Claro] poseído por la voz de Carmen Linares) o les conduce hasta el puro grito.

Pocas veces un arranque te clava, te desconcierta de esa manera, dejando que las voces de Leopoldo Mastelloni o Barbara sean, también, las de los personajes. Las de sus heridas y anhelos, las de las palabras que casi han olvidado mientras el tiempo, el pasado y el presente, se petrifica en esa sala de música. Pablo Messiez toma algunos de los elementos de Chéjov, de relatos como el de las Tres hermanas, de sus personajes y cuitas morales, como base para trazar la sustancia dramática de la obra. Los encuentros y los desencuentros, los dramas que hierven en escena y los amores congelados que las canciones deshielan. Ese mar que Irina (Mikele Urroz) quiere visitar por su cumpleaños, ese padre ausente cuyo recuerdo tritura las esperanzas de Olga (Rebeca Hernando), ese retrato familiar descompuesto cuyo contrapunto humano aporta en toda su matizada sencillez Natalia (Carlota Gaviño). En definitiva, todo lo que fluye una vez se abren las puertas del decorado y nos sumergimos en la habitación que será epicentro del drama.

De Messiez me gusta su puesta en escena geométrica, el juego de posiciones en el que determinados personajes bloquean a otros, anotando en sus movimientos el drama en carne viva que se palpa en el ambiente. O su capacidad para jugar con las escalas y las escenas, dando relieve y profundidad a lo que sucede en cada parte del escenario, delante o detrás, sin necesidad de subrayarlo o aislarlo. Basta con observar y tomar nota de cada personaje, de su forma de aparecer en escena y de la paulatina transformación cuando la presencia de las canciones (y conviene resaltar lo de presencia) se imponga sobre todo lo demás. Como una respiración artificial o como un arrebato emocional que desnuda a sus protagonistas hasta reducirlos a la pura emoción.

Ni la distancia irónica que imprimen los subtítulos que se proyectan a cada tanto ni algunas escapadas humorísticas restan ápice a la búsqueda dramática que emprende Messiez. Esa que, en pleno éxtasis musical, se desencadena con una escena de más de 15 minutos a cuento de Nina Simone y su versión de My Sweet Lord. No se me ocurre algo más conmovedor que ese momento de libertad en el que los actores, y también el público, se limitan a escuchar. A escuchar la música, los cuerpos, los ritmos y los movimientos que surgen y se transforman, y les transforman y nos transforman, mientras poco a poco la gente se levanta de sus asientos y se reúne en los laterales de la sala para continuar la función por su cuenta. Simone canta, la música se prolonga hasta lo indecible y te sientes como esa pareja de músicos (Javier Ballesteros y Joan Solé) que entran en escena, irrumpiendo en mitad de la reunión familiar, para escuchar la música. Algo hace clic, cae alguna lágrima, no puedes apartar la vista de lo que sucede y sientes que esa emoción que creías íntima ha explotado en el patio de butacas. Es la catarsis, la necesidad de expresar sentimientos o, quizá, de compartir los que la obra pone en escena. Pero la cuestión es que todo parece fruto del azar, de la química entre desconocidos, de las lágrimas, la risa y la felicidad, y así transcurre hasta que la música termina y los actores se detienen para recuperar el aliento.

Pocas veces uno desea que algo tan bonito acabe, aunque lo que venga a continuación sea lo que sospechábamos: todo ese pathos que agarra a Iván y lo zarandea de otra manera en escena, sin música pero con unas palabras de puro dolor. O la mirada terrible de un Miguel superado por la situación y el vodka. O una Olga encerrada en sus pensamientos que no sabe cómo hacer accesible su corazón porque en verdad se ha olvidado de su importancia. Los tiernos apartes que protagonizan Juan y Natalia, Irina y Joan, son solo dulces espejismos de un drama familiar sobre la descomposición. De una música del corazón que arranca desde el frío, desde algún lugar distante, para morir en las entrañas. En la tristeza y la resignación. En esos sueños rotos por la fragilidad de unos vínculos emocionales que, más que atar, han estrangulado el futuro de sus protagonistas.

Así que Las canciones avanza sin dejar de zarandearte, desnudando a sus personajes con la misma paciencia con la que nos ha permitido conocerlos, conscientes de que algunos de ellos vienen y van (como esos dos músicos que podrían ser soldados o hasta médicos rurales) y otros, como Miguel u Olga, han venido para quedarse. Suenan Brel, Tom Waits o las voces cósmicas de un coro búlgaro, la emoción continúa palpable sobre el escenario. Los actores, la iluminación (fantástico el trabajo de Paloma Parra), el tremendo sonido que perfora la distancia con el patio de butacas, en resumen todo, nos colocan con la emoción en un puño. Uno no quiere que acabe porque teme que Irina nunca llegue a ver el mar, o que Natalia deba resignarse ante ese hombre hundido por las circunstancias al que eligió como marido. Teme que Olga cambie su voz por la de Barbara Hendricks, completando así esa transformación por la que se convertirá en una sombra en la vida de los demás. Pero Messiez, hábilmente, nos dirige hacia eso que las canciones dicen, hacia esas palabras, esas emociones, que agitan nuestros cuerpos, que dan nombre a las cosas y las ponen frente a nosotros. Los recuerdos, las cicatrices interiores, los anhelos, los amores o los dolores. Cada uno de esos elementos que nos hacen humanos. Que nos enseñan en qué consiste ser humano.

Tal vez haya acercamientos más canónicos a Chéjov, pero qué más da. Lo que ha logrado Messiez es atraer el imaginario del escritor ruso al suyo, cultivar el lugar del drama que describen sus relatos y transformarlo en una experiencia teatral vívida y hermosa, en la que nos sentamos para escuchar unas canciones y nos levantamos para vivir esa catarsis colectiva que el teatro aún puede procurar. Y ahí, en definitiva, es donde empieza todo.

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