A partir de Film Comment. Correspondencia Manu Yáñez, Óscar Brox #4

Sant Cugat, 4 de agosto de 2012

Hola Óscar.

En tu última carta me planteas un buen número de cuestiones que intentaré responder por partes. Aunque, antes de entrar en materia, me gustaría insistir en el hecho de que nunca me he considerado un “editor” mi labor para La mirada americana sería una excepción que confirmaría la regla. Siempre me he sentido más cómodo en el rol de crítico, aunque en gran medida me gano la vida como periodista cinematográfico. Dicho esto, cuando me hablas de la necesidad de “esforzarnos por fomentar la discusión” en el seno de la crítica, se me ocurre que dicha tarea puede ser más provechosa para el editor de una publicación (que aspira a situarla en un cierto contexto) que para el crítico o el lector. Intentaré explicarme tirando de memoria.

Cuando empecé a profundizar en la crítica de cine, a principios de la década pasada, uno de los aspectos que más me atrajo de la crítica argentina fue su disposición al debate, al intercambio (casi siempre beligerante) de posturas. Los críticos de El Amante disparaban contra los de otras revistas y periódicos, y uno tenía la impresión de que en el calor de la discusión, en el fragor de la batalla, se estaban dirimiendo asuntos “importantes”. En cada nueva interpelación, las posturas parecían extremarse y, de forma sutil, el ejercicio analítico iba cediendo terreno a la pericia de los combatientes para esquivar reveses y lanzar ganchos intelectuales. Era apasionante y espectacular, muy espectacular. Por aquel entonces, yo tenía la impresión de que en España no existía esa inclinación al diálogo, lo que me llevó a abogar por una crítica más “encendida”, más batalladora. (Como caso aislado, recuerdo un número de Dirigido por en el que un grupo de críticos exponían sus opiniones, algunas encontradas, sobre Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola).

También recuerdo que en los primeros años de Miradas de Cine intentábamos fomentar las críticas a favor y en contra y, en nuestro afán por dialogar con otros críticos, llegamos a publicar un estudio en dos partes sobre el panorama de la crítica española e internacional (http://www.miradas.net/2006/n50/estudio.html), que incluyó un buen número de entrevistas a críticos que nos parecían relevantes (Alejandro G. Calvo fue el líder de aquel proyecto). Hoy, más de seis años después, me pregunto qué ha quedado de todo aquello y, al analizar con frialdad el entusiasmo que pusimos en aquel trabajo, veo a un grupo de jóvenes ansiosos por ser tomados en serio por los “críticos profesionales”. Con esto, no pretendo en ningún caso retractarme de las ideas que propusimos y de los textos que escribimos. Es incluso posible que aquel estudio agitase un poco el panorama crítico —aunque el verdadero “meneo” llegaría con la aparición de Cahiers du Cinema-España— y recuerdo con cierta nostalgia la pasión de aquellos tiempos; pero no puedo dejar de advertir que nuestras ansias de “diálogo” eran sobre todo una llamada de atención. Estábamos ahí y queríamos ser oídos.

En este punto, debo aclarar que siempre he sido un defensor de las “comunidades cinéfilas”: espacios en los que intercambiar ideas y compartir intereses y pasiones. Sin embargo, también quiero advertir que, en ocasiones, los debates críticos corren el riesgo de terminar convirtiéndose en espectáculos egocéntricos (supongo que temo que estas cartas, sobre todo las mías, puedan sucumbir a ese pecado). De hecho, si lo pienso con calma, los artículos de Andrew Sarris en los que se dedica a vilipendiar a Pauline Kael son realmente entretenidos, pero los que de verdad importan son aquellos en los que se centra en el arte cinematográfico —en La mirada americana, brillan de forma particular sus textos sobre Otto Preminger y Max Ophüls—. En relación a todo esto, quizás podrías contarme cómo te gustaría que se vehiculase el “debate” en el marco actual de la crítica.

En definitiva, el diálogo entre críticos me sigue pareciendo importante. Hoy, gracias a Internet, tiene aún menos sentido escribir de espaldas a los demás: estar al tanto de las corrientes de pensamiento que circulan por la red es casi una obligación. Sin embargo, a la hora de ponerse a trabajar, creo que el crítico no debe perder el norte de su misión: educar su mirada (entablar una relación íntima y personal con las imágenes) y desarrollar un discurso y estilo propios. Este argumento me permite conectar con otro de los interrogantes que me propones: ¿debe el crítico asumir las tareas del gestor/editor? Mi respuesta sería que no. Y matizo: me parece lógico que el crítico se interese por las redes sociales y encuentre en ellas una nueva y dinámica conexión con el Planeta Cine (Global), pero pienso que esa no es su tarea principal. El crítico debe desarrollar su labor en ese enclave situado entre las imágenes, la literatura y la realidad. Pletórico de curiosidad, debe zambullirse en ese edén, extraer ideas y emociones, y luego exponerlas con la mayor pasión posible. Si para completar su discurso necesita apelar a otros textos, puede homenajear a sus maestros, citar a sus contemporáneos o manifestar sus desacuerdos, pero lo central será siempre la búsqueda de una voz propia. ¿Hay algo más estimulante que leer a un crítico que expone una idea/teoría aparentemente descabellada pero que cristaliza gracias a la fortaleza de sus argumentos? Esto suele pasarme con gente como Olaf Möller o Christoph Hüber, los críticos más encantadoramente lunáticos del mundo. En todo caso, entiendo que la tarea del editor transcurre por otros derroteros. Luego escribiré un poco acerca de mi labor como editor de La mirada americana, pero antes me gustaría abordar, de nuevo desde la perspectiva del crítico, la idea que planteas de acercarnos “a un público más general”.

Hace un tiempo, charlaba con el gran crítico y amigo Carlos Reviriego acerca de nuestras limitaciones y nuestra ansia por seguir aprendiendo y mejorando. A nivel personal, debo admitir, por ejemplo, que siempre he tenido problemas a la hora de “adornar” mi escritura con préstamos del lenguaje popular. En mi periodo de formación como crítico, forjé un interés particular por textos de raigambre teórica, de un perfil más bien “sesudo”. Y no es que la escritura de André Bazin, Noël Burch o Àngel Quintana no tenga una vocación didáctica, pero no hay duda de que el humor o el descaro no forma parte del ADN de estos críticos. Así, mi escritura empezó siendo (ridículamente) ambiciosa en sus pretensiones teóricas: mis textos eran intentos de rascacielos sin cimientos. Luego descubrí a los críticos de Movie Mutations y me sentí legitimado a explicitar mi subjetividad —otra vez, sin miedo al (evidente) ridículo—. Finalmente, diría que encontré mi lugar en un punto intermedio entre la crítica impresionista y la analítica. A lo largo de este camino, fui liberándome de ciertos amarres iniciales (teóricos y estilísticos); sin embargo, nunca dejé de relacionar el “rigor” con la “seriedad”: una alianza conceptual que forma parte inseparable de mi personalidad.

Llegados a este punto, debo indicar que, durante el año y medio dedicado a La mirada americana, me he ido interesando cada vez más por los usos del lenguaje popular y las costumbres del registro coloquial. Me deslumbra el modo en que algunos críticos norteamericanos aúnan erudición y juego: son capaces de construir análisis tremendamente rigurosos y complejos mediante un tratamiento lúdico del lenguaje. Sin embargo, hasta cierto punto, soy consciente de que mi formación (autodidacta) y ciertos rasgos de mi personalidad van a la contra del desparpajo que admiro en algunos críticos. En fin, que a veces me gustaría ser más “ligero” o “chispeante”, pero mi voz es la que es. Con toda esta parrafada autobiográfica, sólo quiero apuntar que uno puede intentar llegar a más lectores flexibilizando el tono de su discurso o ampliando el rango de sus intereses, pero al final uno no puede escapar de su identidad —que por otra parte no es ajena a una posible evolución—. Como nos demuestra aquella magistral escena de Vive l’amour de Tsai Ming-liang, una sandía puede cumplir momentáneamente las funciones de un rostro femenino, un bebé o una bola de bowling, pero al final una sandía es una sandía.

A la postre, creo que la mejor manera de llegar a la gente es expresarse con absoluta honestidad y, sobre todo, con pasión. En tu carta, me haces, de forma implícita, una pregunta interesante y realmente extraña: ¿Cómo hablar del propio trabajo? En esta materia, mi única consigna es el entusiasmo; mi único objetivo, transmitir al otro la entrega con la que vivo mi profesión. Y a pesar de todo, no renuncio a la “política de la crítica”: ese revoltoso mercado de tendencias. ¿A quién no le gusta participar de los debates más encendidos del momento? ¿Qué critico no siente en algún momento la necesidad de expresar su opinión sobre “la película del año”? Sin embargo, tengo fe en que la coherencia personal y la independencia del crítico le llevarán finalmente a encontrar a sus lectores. Y el encuentro será glorioso. Supongo que estas cuestiones son comunes al crítico y al editor.

Por último, y a riego de fatigarte a ti y a los visitantes de Détour, contestaré a la pregunta que me haces sobre los lectores potenciales de La mirada americana. La verdad es que no recuerdo haber afirmado que la antología de Film Comment fuera un libro “para críticos”. En la introducción, explico que el libro puede llegar a entenderse como una escuela de crítica llena de profesores rebeldes, iconoclastas e incluso tan rockeros como el inolvidable Jack Black de School of Rock (Escuela de rock), de Richard Linklater”. Sin embargo, mi propósito principal a la hora de diseñar el libro, aparte de ofrecer un retrato fidedigno de los cincuenta años de la revista, fue el de hacerlo accesible a cualquier cinéfilo. Puede que algunos de los textos sean algo densos —algunos son realmente exigentes: el de Molly Haskell sobre Amanecer, el de Raymond Durgnat sobre el “populismo cinematográfico” o el de Chuck Stephens sobre Monte Hellman—, pero creo que la mayoría son relativamente accesibles. Incluso en el caso de Manny Farber, famoso por su tendencia al desorden creativo, su artículo sobre Taxi Driver estoy seguro de que interesará a cualquier fan de Scorsese.

Como editor, mi principal herramienta para dar la bienvenida a cualquier lector cinéfilo fue la confección de una estructura didáctica, diría que de vocación abiertamente popular. De haber querido hacer un libro “para críticos”, seguramente habría optado por una estructura cronológica, a través de la cual diseccionar los diferentes periodos de la revista: los embrionarios años sesenta, los dorados setenta, los desconcertantes ochenta, los emergentes noventa y la pletórica entrada en el nuevo siglo. Otra opción suculenta desde un punto de vista teórico, habría sido estructurar el libro según “escuelas críticas”. Podría haber habido un capítulo dedicado a los herederos de Andrew Sarris (Kent Jones, Jonathan Rosenbaum), otro enfocado a los trabajos más experimentales marcados por la sombra de Manny Farber (Greg Ford, Chuck Stephens), otro dedicado a la crítica más descriptiva, a la crítica pop o a la más impresionista (David Denby, Phillip Lopate). Sin embargo, preferí dar cuenta de todas estas cuestiones en mi introducción y, luego, plantear una estructura más transparente que pudiera atraer a cualquier aficionado al cine. Así, los cuatro primeros capítulos del libro están delimitados por claras fronteras geográficas y/o históricas: cine clásico norteamericano, cine yanqui moderno y contemporáneo, cine europeo y cine asiático. Luego reuní en el quinto capítulo, titulado “Compartimentos”, una serie de artículos sobre géneros (comedia, ensayo fílmico), profesiones (guionistas, actores) y otros formatos (el televisivo). Y, por último, reservé un cajón de sastre, titulado “Radicales libres”, para artículos deliciosamente inclasificables, como el que J. Hoberman dedica a las Películas malas o el de Lopate sobre el derecho de los críticos a cambiar de opinión sobre una película, que cierra la antología. Como puedes comprobar, la idea de acercar la crítica de cine supuestamente elitista al “gran público” fue una de mis prioridades. ¿Cómo lidias tú con este propósito? Por tu experiencia como editor, ¿qué se puede hacer para expandir el interés por la crítica de cine?

Un fuerte abrazo,

Manu

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Détour

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