Piedra y encrucijada, de Companyia hongaresa de teatre (Sala Ultramar, Valencia. Del 14 al 24 de noviembre de 2019)  | por Óscar Brox

Estos días, releyendo los textos críticos de Juan Mayorga, me topo con esta respuesta suya a propósito de lo que nos propone la experiencia dramática del teatro: enseñar a escuchar, a fijarse y a estar atento. Pero, ¿a fijarse en qué? A reparar en ese proceso de transformación, en el trabajo y la relación con los materiales dramáticos y en cómo se da a ver la vida sobre el escenario. Pienso en ello al recordar el arranque de Piedra y encrucijada, con el pedrusco colocado en mitad del escenario y la voz en off de Paco Zarzoso evocando un cruce de caminos en el campo aragonés, con el viento de aquí para allá y el canto de la picaraza como acompañantes. O como esa clase de distracción a la que te abandonas cuando tienes la cabeza llena de cosas y no sabes cómo soltar un poco de lastre.

Zarzoso sale a escena cuando la voz en off ha estirado hasta lo indecible su aparición, jugando no tanto con el espectador sino, incluso, con la preocupación del mismo dramaturgo a la hora de ponerse en escena, de entrar en el escenario. No en vano, y no es poca cosa, en la ajustadísima duración de la obra conviven múltiples personajes: están el dramaturgo y el hombre, la piedra y el narrador, la voz del padre y la figura del hijo, de la mujer y de la familia, y asimismo de los tres actores que rompen, a cada tanto, la cuarta pared para guiñarle el ojo al público. Más que una pirueta metaficcional, se trata de un elaborado mecanismo sobre las dificultades para construir una autoficción. Para exponer nuestras cuitas personales, nuestra identidad y sus infinitas modulaciones, la forma en la que nos relacionamos con nuestro pasado y con lo que el tiempo ha hecho de él. Así, Zarzoso lleva a cabo un primer acercamiento, puramente físico, a caballo entre el clown y la expresión corporal, en el que conviven la risa más desprejuiciada y una fina ironía sobre el propio dramaturgo. A través de la figura de su padre, encarnado momentáneamente en la piedra, Zarzoso interpreta ese monólogo repleto de fracasos y frustraciones mediante el cual alumbrar una parte de su vida. De sus inquietudes. Lo bonito es cómo la carga dramática de la escena queda permanentemente dinamitada a través de los recursos del dramaturgo, ya sea con esa habilidad para recrear los gestos del mejor slapstick o para salirse de los renglones del drama enseñando el reproductor portátil, hábilmente oculto tras la piedra, que emite el monólogo pregrabado.

En Piedra y encrucijada hay más gracia que gravedad, por mucho que su autor sepa cómo hacer de la primera algo profundo y de la segunda algo que no entorpezca ni engorde el drama. De ahí que uno celebre cada ruptura, cada salida de tono, con la sorpresa y la risa en los labios. Por ejemplo: con la aparición fulgurante de Marcos Sproston, que irrumpe en escena para, prácticamente, cambiar el sentido y la orientación de la obra. O la de Lola López, que insufla a su personaje tal aire de familiaridad que consigue transformar con un poco de vida una discusión normal y corriente. Lo que quiero decir es que resulta meritorio observar cómo se desenvuelven los tres actores sobre el escenario, cómo juegan con los elementos dramáticos, con sus constricciones y su imaginación para llevar unos cuantos pasos más allá lo que podría ser una pieza familiar y acaba siendo una reflexión, metaficcional, sobre el oficio de dramaturgo. O el trabajo del teatro.

Lo cierto es que a esta obra de la Companyia hongaresa de teatre le sobran pocas cosas. Quizá ninguna. Tiene la gracia en su sitio, como cuando interrumpe un monólogo dramático para exigir a su actriz que lo alargue un poco más; lo suficiente para cumplir con la duración de la obra. Y sabe cómo acertar en la diana de todos esos temas comunes, humanos y universales: ya sea la crisis de madurez, las diferencias entre generaciones, la relación entre lo que se espera de nosotros y acabamos siendo, o las complejas herencias entre padres e hijos. A mí me gusta que sea el propio dramaturgo y su familia quienes bajen al barro, construyendo y deconstruyendo los personajes, entrando y saliendo de la ficción, sin dejar al espectador con una certeza clara. O sí, que hay cosas vivas en esta obra, que hay una idea de escena, de teatro elemental y de drama tan eficaz que apenas necesita de una piedra, un poco de viento aragonés y del canto de la picaraza. De, en definitiva, fijarse y estar atento a lo que sucede, a lo que no deja de pasar ni un solo minuto, en el escenario. A ese juego de transformaciones, de ingenio e inventiva mediante el cual Paco Zarzoso, Marcos Sproston y Lola López plasman la experiencia dramática del teatro. Esa que arranca un poco de vida donde solo hay unos cuantos personajes y, entre risas y juegos meta, nos invita a preguntarnos por la mejor manera de poner en escena una autoficción.

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