Incendios, de Wajdi Mouawad. Dirección de Mario Gas y producción de Ysarca (Teatre principal, Valencia. del 11 al 21 de mayo de 2017)  | por Óscar Brox

Decía Wajdi Mouawad que el exilio forzado de su tierra natal en el Líbano supuso un desgarro tan grande que se sintió partido en dos mitades. Y uno podría pensar que fue la necesidad de conciliar esa mitad perdida, la que acabó sepultada entre las cenizas del odio de la guerra, la que movilizó a Mouawad para capturar el sentido de la tragedia en su obra. El sentido y, también, la fuerza. Ese órdago casi volcánico con el que sacude la conciencia del espectador a medida que escarba en los relatos de la Historia; en las historias de madres, hermanos e hijos. En busca de las promesas, los anhelos y los sueños cuyo dolor, tanto tiempo después, permanece coleando en la memoria de sus personajes.

Incendios arranca con la muerte de Nawal, la madre. Una muerte que, elocuentemente, viene acompañada por el silencio de sus últimos años de vida y la obligación de que sean sus hijos los encargados de romperlo remontando las aguas de su genealogía familiar. De ese árbol que hunde sus raíces en el Líbano, del que tanto Simon como Jeanne, apenas conocen unos retazos. De aquel padre y de aquel hermano a los que nunca han puesto rostro, cuyo desconocimiento, más que misterio, inspira un sentimiento de vergüenza; la misma con la que ambos hermanos reaccionan inicialmente a los postreros deseos de la madre. Esa vergüenza, expresión nítida del orgullo confuso, que Mouawad elige para guiarnos a través de las diferentes etapas de su tragedia, en dirección a su catarsis final. Toda vez que Simon y Jeanne sean capaces de reconciliar la parte que se perdió con el desgarro del exilio.

La potencia dramática que acompaña a un texto como el de Mouawad es interpretada por Mario Gas y su equipo artístico como una oportunidad para poner negro sobre blanco ese manantial de emociones que brota desde el mismísimo interior de sus personajes. Que se puede notar en la ternura con la que Ramón Barea interpreta al notario Hermille Lebel, en esos aspavientos con los que trata de difuminar la barrera que le separa de los hijos de Nawal; la misma, prácticamente, que nos separa a nosotros, espectadores, de ellos. A falta de notar ese mismo desgarro en nuestro interior, como la clase de herida que no pertenece a una historia aislada, sino que, más bien, se erige en signo de un tiempo (el Siglo XX) surcado de desgarros que cicatrizan lentamente. Así, Gas elimina todo lo que de accesorio pueda haber en el teatro actual para primar en escena la importancia del efecto que produce en los actores el texto de Mouawad. La serenidad con la que cada intérprete describe el sentido de la tragedia familiar; cómo lo hacen propio. Como esa Nawal joven, a la que da rostro Laia Marull, cuya historia de amor con Wahad engendra las raíces de una futura historia de violencia. Porque es, precisamente, eso, las vueltas de la Historia, lo que tanto fascina a Mouawad. Esa impresión de que, cuanto más se echa la vista hacia atrás, más torcidos se encuentran los renglones de la Historia.

El largo desarrollo de Incendios, casi cinematográfico, incluye flashbacks al pasado y cruces de personajes en escena, que Gas integra de manera armónica, sin apenas hacerse notar, como presencias que pertenecen a un mismo universo. El del dolor y el desgarro, el de las historias cuyo final no ha encontrado todavía las palabras justas. En ese sentido, resulta conmovedor presenciar los monólogos de Núria Espert como una Nawal ya envejecida que repasa en su memoria todos los acontecimientos que han baqueteado su vida. Conmovedor, que no emotivo, pues en ellos se encapsula todo el horror y todo el amor (las dos mitades de la identidad del dramaturgo libanés) que dan forma a Incendios. Todos los incendios. Todas las palabras de amor, de odio, de ternura, tristeza y comprensión que la madre tiene a su disposición para hacernos vivir su tragedia. De ahí, pues, que algo se detenga cada vez que Espert sale a escena; incluso, cuando solo se trata de una presencia silenciosa tras los personajes. Y ese algo, intuimos, ese algo que tanto nos conmueve es el sentido de una vergüenza, de una dignidad, con la que tratamos de recomponer los pedazos perdidos de nuestra identidad.

En muchos aspectos, Incendios supone una aproximación descomunal a la dramaturgia de Wajdi Mouawad, en tanto que su catarsis final lleva a todo el público (se conozcan o no la obra original o el filme dirigido por Denis Villeneuve) al llanto. A la expresión más descarnada de ese desgarro, que cada uno hace suyo como si, después de tres horas, todos fuésemos hijos de Nawal o hermanos del autor libanés. Sedientos de esa vida que se ha desarrollado en el sencillo espacio escénico concebido por los artífices del montaje, en el que poco o nada sobra. Y en eso se puede incluir la brusca irrupción musical de Nihad, al ritmo de Talking Heads, que culmina con ese grito (más que canto) del Mother de John Lennon. O la parte audiovisual integrada en la pared central del escenario. O la dicción a veces complicada de Álex García, que quién sabe si no está llevando varios pasos más allá las dificultades de su personaje para expresarse sin algo que no sea la violencia de su cuerpo. Porque Incendios es, ante todo, una reunión. O un encuentro con todo aquello que siempre, pese a las circunstancias, a los desgarros y los olvidos, se mantuvo con vida. Ese amor que se cifra en las miradas de Espert y Marull, esa vergüenza en las de Carlota Olcina y Álex García, o esa ternura en la de Barea. Pero, por encima de todo, esa fuerza con la que todos los actores defienden un texto que, tres horas después, se nos antoja más grande que la vida.

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