El tratamiento, de Pablo Remón (La Mutant, Valencia. Del 18 al 19 de octubre de 2019)  | por Óscar Brox

En su corta trayectoria como dramaturgo, Pablo Remón ha armado una constelación de obras alrededor de las pequeñas miserias de la vida corriente. Una constelación en la que hay lugar para las herencias familiares tóxicas, la obsolescencia sentimental o las crisis creativas que, al final, son un reflejo preciso de esas otras crisis de carácter más bien personal. Diría que el músculo dramático de Remón se halla en su habilidad para la construcción de diálogos. Basta acudir a Abducciones, reunión de todos sus textos teatrales publicada por La uña rota, para observar hasta qué punto el diálogo lo contiene todo. Lo abarca todo: es ritmo, es comedia, son los personajes, sus tribulaciones, sus acciones o sus dramas. Es la anécdota, el chiste, la transición entre escenas y la reflexión, en voz bien alta, sobre los problemas de sus ficciones. El encaje, en definitiva, de un estilo.

Barbados, etcétera, por ejemplo, es una obra pequeña, hasta cierto punto estática, en la que el inventario de ocurrencias, ensoñaciones y anécdotas de sus personajes pone color a la escena. En cambio, en 40 años de paz ya hay otra consistencia, un juego con los personajes que exprime el ingenio de Remón para dar con soluciones escénicas más fluidas. Entre otras cosas, porque hay una historia como paraguas, con la cultura de la Transición como fondo, y la ansiedad por un legado familiar tóxico que Remón convierte en forma: en personajes compulsivos, histriónicos y, sin embargo, con una apreciable dimensión humana, que nos trasladen hacia una nada tan devastadora que es capaz de cambiar la carcajada de alivio por el temblor ante un pasado pegado como un chicle a la suela del zapato.

El tratamiento es, en este sentido, una propuesta más ambiciosa. Aquí Remón explora, más bien explota, las tribulaciones emocionales de un guionista perdido en el maremágnum de la escritura y de sus fantasmas sentimentales. A menudo, unos y otros se confunden, en tanto que la escritura de la ficción se confunde con la de la propia vida, con las desventuras de un Martín atrapado en el bucle infinito del proceso creativo. Y, sin embargo, Remón se las apaña para disparar en múltiples direcciones. Me gusta, en especial, esa visión desmitificada de la creación como vertedero de ideas, como fábrica de los argumentos más descacharrantes y absurdos que dejan en mal lugar al arte y sus verdades, a esa pureza con la que en demasiadas ocasiones revestimos a la creación. Y, también, la desmitificación del propio guionista, atrapado entre los insustanciales cursos de escritura de ficción y el trabajo de pitching en el que se imponen las razones comerciales más peregrinas.

Al estilo de Remón, de diálogo acelerado y situaciones que van escalando hasta sobrepasar el absurdo le favorece la presencia de actores como Francesco Carril, especialmente dotados para la comedia (ya lo había demostrado en La valentía, de Alfredo Sanzol), y de otros que, como Fran Reyes, Emilio Tomé o Ana Alonso, forman parte de su troupe habitual. Que saben cuándo hay que poner el acento en la astracanada, cuándo jugar con lo meta y cuándo hacer de sus cuerpos auténticos torbellinos sobre la escena, contribuyendo al ritmo endiablado con el que la obra bascula entre la actualización del esperpento y la disección del proceso creativo. Quizá porque Remón tiene un sentido especialmente cinematográfico de la escena, que tanto la iluminación de David Benito como la escenografía de Mónica Boromello saben trasladar a escena. Me refiero a la facilidad con la que, desde los mismos diálogos, los actores rompen la cuarta pared, congelan las escenas, avanzan adelante y atrás en el tiempo, construyen transiciones y adaptan sobre el escenario recursos puramente visuales sin que en ningún momento los echemos de menos. Con esa fluidez con la que su director conduce el drama durante los 90 minutos de función. Permitiendo que las diferentes capas de sentido, que las diferentes historias contenidas, establezcan los niveles del drama.

La comicidad de El tratamiento, su gusto por la ironía de alto octanaje (impagable la reunión de Martín con el director y la productora, a propósito de los cambios que debe introducir en el tratamiento de su historia sobre la Guerra Civil), no es un impedimento para construir algunas imágenes de gran belleza: ese momento, casi extraído de un 8 y ½ felliniano, en el que Martín coincide en un balneario con su antigua novia; esa escena inicial en la que Aura Garrido cuenta las primeras líneas de una historia romántica inconclusa; esa coda final en una sala de cine en la que el fantasma del hermano muerto sirve de sutura para las heridas interiores de Martín… Todo está bien encajado en la obra de Remón y las risas son agradecidas, el ritmo alocado permite respirar a los momentos de melodrama y la alegre fisicidad de actores como Francesco Carril o Emilio Tomé recuerda a la de aquellos cómicos de estirpe que hacían de su presencia un lugar, un espacio, para la comedia. Y así, a caballo entre la metaficción y la reflexión sobre el oficio de escribir, los juegos entre los diferentes narradores y las historias contenidas, Remón dibuja, una vez más, un brillante trabajo sobre las pequeñas miserias, también las pequeñas virtudes, de la vida corriente.

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