Cos a cos (E-111), de Fil d’arena (Sala Off, Valencia. Del 2 al 17 de noviembre de 2019)  | por Óscar Brox

Lesbos, Lampedusa o Calais han quedado en la memoria reciente como espacios para la vergüenza de Europa; junglas, campos de concentración, lugares para el tránsito de personas, cuerpos, anónimos y desprotegidos frente a un continente obcecado en disimular la crisis migratoria, el exilio forzoso y las vidas en juego cuando se trata de alcanzar la orilla. Esa misma Europa que vota (y conscientemente maquilla y disculpa) a la derecha más extrema para reforzar la idea de frontera y territorio, en vez de comunidad o pueblo. La que ha permitido que el Mediterráneo sea el mar de la muerte o ese larguísimo paréntesis en el que los barcos de salvamento aguardan la confirmación de que pueden llegar a puerto con algo más que refugiados, personas; con algo más que personas, hambrientas, aterradas, agarradas a lo que queda de vida.

El efecto de todo esto se palpa en ese estancamiento, más bien en la desafección, con la que observamos la evolución de las cosas. En el bloqueo continuo en la formación de gobiernos o en la salud de hierro con la que el neoliberalismo extiende su doctrina. En cómo los grandes males se destilan a través de los gestos más insignificantes: en la creciente burocratización de la vida o en la sensación de que se nos olvidan las cosas porque todo circula a velocidad de escape. En Cos a cos (E-111), Fil d’arena arranca, precisamente, a partir de estas sensaciones. Los cuerpos, rígidos, casi anquilosados, tantean la superficie del espacio escénico en una posición antinatural, como insectos en medio de un lugar devastado. Aquí es más bien la rutina, la pesadez de una vida diaria marcada por unos ritmos que no dictamos nosotros, por unas relaciones en las que se confunde el ser con el tener, el aquí con el allá. En las que la identidad no es un cuerpo o un rostro, unos sentimientos o una presencia, sino un documento o una tarjeta, o la ausencia de estos.

Parte de la obra explora esa sensación de soledad contrapuesta a la tenacidad con la que la danza acerca los cuerpos. La búsqueda precipitada de brazos y manos, de miradas y gestos, de puntos de apoyo y articulaciones en las que enroscarse, creando imágenes y energía, transformando la precisión de los bailarines protagonistas en algo más: un síntoma, un signo, la figura de la desazón ante el rumbo de nuestra cultura común. Fil d’arena representa la espera, a través de esa simbólica cola en la que los movimientos de sus protagonistas tratan de romper con la tediosa cadencia del papeleo y la documentación, pero también el deseo. El deseo de encontrarnos, de conectar y liberar un impulso transformador, cada vez que las carreras a lo largo del escenario propician un golpe, un choque, una telaraña de brazos, hombros, piernas, troncos y rostros en el que las voces de los bailarines quedan en silencio ante la energía, la tenacidad, con la que tratan de encontrar su lugar.

En un momento determinado de la obra, una ola gigante de papel y basura arranca una hermosa coreografía. De un lado, Fil d’arena concede cuerpo y volumen a esa bestia silenciosa que conocemos por la Administración; del otro, la desmitifica enseñando burlonamente el disfraz y la carcajada, los giros y giros sobre el escenario mientras cualquier espectador puede reconocer quién se esconde detrás. O, dicho de otra manera, puede resignificar la vergüenza que persiste en ese gesto de abuso cuando pasamos de ser personas a vivir como cifras. En este sentido, me gusta ese punto de rebeldía, de encajar lo preciso de la danza con el comentario político que subyace al tema escogido, sin dejar de lado las posibilidades que ofrece cada escena, cada número, cada uno de los bailarines y su forma de relacionarse, de hacer visible, público, su cuerpo mientras sus brazos, sus piernas, sus manos toman impulso para transformar esa angustia en un poco de belleza, de poesía o de verdad, que a veces son una misma cosa.

Tal vez la lectura del manifiesto final no fuese tan necesaria, sobre todo por el contraste con esa imagen formidable en la que el cuerpo de uno de los actores representa (nos sitúa, nos envuelve, nos dirige) lo que puede ser ese momento cuando flotas en mitad de un mar desconocido antes de acabar tragado por sus aguas. Ese instante de pánico, de soledad y temblor, esa sacudida a nuestra conciencia, que exige de un poco de empatía, de acción. Ese gesto que resume, de alguna manera, una obra que nunca deja de apelarnos, de preguntarnos, de invitarnos a reunir los elementos para transformar, para actuar sobre nuestro paisaje político.

Lo que me gusta de la danza es que sabe cómo conciliar su precisión con su capacidad para imaginar, para ampliar el campo semántico de cada cosa, multiplicar los movimientos y hacer que los cuerpos de los bailarines estallen sobre el escenario. Y creo que Cos a cos (E-111) es eso: la búsqueda de un cuerpo, de un contacto, de un sentimiento de pertenencia, de un gesto íntimo laminados por una realidad cultural empeñada en poner fronteras donde antes había lugares de encuentro. Una búsqueda en la que el calor, el sudor, la falta casi de resuello después de llevar sus cuerpos al límite, nos recuerda una y otra vez ese impulso necesario para empezar a transformar nuestra realidad. O lo que es lo mismo: para reconquistarla.

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