Bad Translation, de Cris Blanco. Posibilidades de diálogo, por Óscar Brox

Bad Translation (Las Naves, Valencia. 5 de noviembre de 2016) Una producción de Cris Blanco | por Óscar Brox

Cris Blanco | Bad Translation

Lo que se pierde en la traducción debe ser el equivalente a ese momento de duda, de titubeo, en mitad de una conversación en otro idioma, cuando te empeñas en traducir automáticamente, sin fluidez ni naturalidad, esas palabras que se resisten. Cuando cedes un amplio margen a la ocurrencia, casi a la improvisación, para rellenar el pequeño vacío de una expresión que no sale, que no tienes muy claro si se dice así, asá o todo lo contrario. Sin reparar en la (presumible) estupefacción de tu interlocutor o, en el mejor de los casos, en la buena voluntad de hacerte creer que lo ha entendido. Quizá porque vivimos en una época en la que tecnología digital ha ampliado el campo semántico de la traducción, ahora más que nunca cada una de nuestras ideas, pensamientos, sensaciones y acciones se filtra a través de un dispositivo. Da igual si se trata de un procesador de texto, un archivo de audio o el emoji más ocurrente. En un punto u otro, siempre hay un proceso de intermediación entre nosotros y el mundo. O entre nuestras ideas, sensaciones y todo lo demás. La pantalla plana de una tableta, el escritorio de un ordenador personal o la lente de unas Google Glass.

Bad Translation, el último proyecto escénico de Cris Blanco, comienza escenificando la pantalla de un reproductor de vídeo. En el centro del escenario, la pantalla muestra el resultado de la alocada coreografía preparada por Blanco y su equipo para representar, artificial y analógicamente, el complejo entramado de esa tecnología digital. Casi en forma de gag, atropelladamente dinámico y divertido, que arranca las risas del público y el reconocimiento hacia su elaborada puesta en escena a base de ingenio, cartón y un ejemplar uso de cada uno de los recursos (efectos especiales en riguroso directo, mini-cámaras y una panoplia de cartulinas, gadgets y bastidores) a su disposición. Pero que, también, arranca una certera reflexión sobre un modo de vida que hemos asumido como habitual. Como una extensión de nosotros mismos, desperdigada entre carpetas, perfiles virtuales y selecciones musicales e iTunes, sin la cual, efectivamente, tal vez existiríamos un poco menos. O sin la cual, quizá, la realidad cojearía un poco más.

Con la gracia propia de un viejo slapstick, Blanco y el resto de actores elevan el nivel de dificultad de su propuesta replicando en decorados de cartón la interfaz de Facebook, Youtube o de un videochat, el Photoshop o un videoclip de Sia. O, ya puestos, el cambio de idioma en los comandos del Mac. Así, el espectador no deja de repartir su mirada entre lo que sucede en la pantalla de proyección y la frenética actividad, en sí misma una obra aparte, que mueve a los cinco intérpretes de un lugar al otro del escenario. De disfrazarse para remedar una suerte de parodia de Chandelier a barajar la posibilidad de interpretar en directo alguna escena de It Follows. Así, sin parar, hacia el más difícil todavía, mientras en pantalla los problemas se suceden, las llamadas externas interrumpen el visionado de la película y la traducción simultánea de las ideas en formato análogo adquiere, si cabe, unos cuantos puntos más de complejidad. Mientras, qué duda cabe, deja en el aire la sensación de que parece difícil replicar, escenificar, el denso entramado de estímulos que rigen nuestra vida digital, que es lo mismo que decir nuestra vida. A secas.

Puede que sea difícil encajar la idea, más o menos tradicional, que tenemos del teatro con el trabajo que lleva a cabo Cris Blanco. No en vano, esa mezcla de viejos y nuevos formatos, que a buen seguro haría las delicias de un Michel Gondry, pone el dedo en la llaga de un posible diálogo interdisciplinar. Entre el teatro y el audiovisual, así como entre lo analógico y lo digital. O entre nosotros y la realidad que construimos tras cada acción. Por eso Bad Translation es, a su manera, el intento de poner en escena esa densa maraña de estímulos y locas ideas que la pulcra precisión digital traduce en algo perfectamente comprensible para nuestros interlocutores, si bien al precio de encadenarnos a cada una de sus herramientas. Como si, más allá de esa burbuja, lo analógico perteneciese al País de las Maravillas. O al de Nunca Jamás. Desfasado. Olvidado. Perdido. De ahí que Bad Translation juegue con gracia la baza de su frenética puesta en escena, de los errores y de la maravillosa inventiva de todas sus reconstrucciones de lo digital en formato cartón-piedra. Mediante la risa, a partir de la confusión entre medios, no deja de invitarnos a pensar en las dudas, los titubeos, la naturalidad de nuestros propios errores, que se pierde en la fría, casi perfecta, convivencia digital. Que, tal vez, nos hace un poco menos humanos. O que, simplemente, no ha prendido la mecha para empezar un diálogo. Entre el teatro y el audiovisual. O entre nosotros y nuestro mundo.

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Détour

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