Amour, de Marie de Jongh. El país de las maravillas, por Óscar Brox

Amour (Teatre El Musical, Valencia. 23 de octubre de 2016) Una producción de Tartean teatroa y Teatro Arriaga Antzokia | por Óscar Brox

Marie de Jongh | Amour

La  fuerza creativa que despierta una edad tan temprana como la infancia invita a pensar en la multitud de recursos que las artes escénicas emplean para tratar de adaptar con gestos y movimientos aquellos fragmentos de vida que carecen de palabras. Que están formándose, a medida que pasa el tiempo y llegan las primeras experiencias. Abiertos, pues, a la fascinación continua; al descubrimiento del mundo, de las cosas, de lo que nos rodea. De todo aquello que, a falta de una pizca de sentido común y razón, permanece envuelto en el misterio. Amour, la creación de la compañía vasca Marie de Jongh, se acerca a esa edad tan tierna a través, precisamente, de esas primeras emociones que aparecen en la vida sin casi filtro, apelotonadas unas con otras mientras les proporcionamos un valor. Un sentido. Una historia. Y en esta obra la historia arranca con dos niñas y su incipiente amistad. Por ese descubrimiento común de las cosas de la vida: del pudor, del enamoramiento, del capricho, la ira, la tristeza y el esplendor de la felicidad. Emociones, teñidas por la moral, que crean un túnel del tiempo para mostrarnos a esos mismos personajes en su vejez, en el momento de recapitular sus vidas y, quizá, recuperar la franqueza de la mirada infantil para reconstruir un mundo que no se ha ajustado a lo que esperaban de él.

Con solo cinco actores y un espacio escénico sencillo en el que unas estructuras simulan las dos viviendas abiertas en las que habitan sus protagonistas, Amour consigue evocar la dulzura de esa mirada inocente a través de un elaboradísimo trabajo de expresión corporal y gestual. Sin palabras. Solo con la omnipresente composición musical de Pascal Gaigne, trufada de sonidos familiares y acordes que acompañan a cada uno de los avatares de sus personajes, y con los minúsculos cambios de vestuario que acentúan la sensación de paso del tiempo. Nada más. O, mejor dicho, nada más que la capacidad de sus actores para trasladarnos a toda esa biblioteca de gestos, de hábitos, de sensaciones vividas que explotan sobre el escenario a medida que la vida, simplemente, se abre camino. Mientras las dos amigas exploran su incipiente sexualidad, con ese patinete con bocina que rememora aquellas primeras experiencias en grupo. El tiempo de aventuras, de misterios y secretos que se explicaban sin necesidad de apelar a grandes respuestas. Con la mirada, con una sonrisa, con lágrimas o con los ojos despiertos por la curiosidad.

Marie de Jongh construye un país donde todo empieza, donde todo crece y evoluciona, de manera casi imperceptible, hasta culminar en la mirada adulta. Sin perder, por ello, la sensibilidad y la ternura con la que ha indagado en el nacimiento de esos primeros sentimientos. Dejando que los cuerpos de sus actores, que esas máscaras que nunca parecen expresar nada, reflejen cada cambio, cada matiz, cada derrota y cada anhelo que no ha podido cumplirse. Apoyándose en la fuerza dramática que algo tan minúsculo e insignificante como un trozo de tiza puede proporcionar, en tanto que se trata de otra herramienta más para dibujar, para fabular, otro mundo posible. Otra convivencia. Otro amor y, en definitiva, otro aprendizaje vital.

Lo hermoso de una obra como Amour es que, pese a su silencio, uno tiene la sensación de que no deja de escuchar las palabras de sus protagonistas. Las de amor y amistad y las de tristeza y distancia. Palabras que aportan un sentido, una dimensión, a sus vidas. Palabras que, como las frases musicales de la banda sonora de Gaigne, contrapuntean el medido trabajo actoral, la elasticidad con la que cada uno de los intérpretes adapta su cuerpo a las diferentes edades y nos invita a imaginar ese paso del tiempo. O, mejor dicho, esa sensación de que la vida se ha acumulado y es en la vejez cuando por fin se hallan las palabras para dejar que vuelva a discurrir por sus cauces. Para el reencuentro.

Teatro con máscaras, infantil y adulto, magníficamente interpretado y maravillosamente planteado en escena, Amour respira la misma ternura que su cuarteto protagonista. Un genuino amor por la puesta en escena que convierte su brevísima duración, apenas una hora para explorar sesenta años en la existencia de sus personajes, es un soplo de vida. En una biblioteca de sensaciones, de palabras y gestos para entender, para sentir y para redescubrir la naturaleza del amor.

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Détour

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