El ser y la nada, el Coyote y el Beep-Beep!: Camus nunca imaginó al escribir las líneas de arriba que el mayor héroe existencialista que nos daría la cultura popular sería un personaje de dibujos animados, un Sísifo moderno creado por el genio incomparable de Chuck Jones y llamado Willie E. Coyote. Atrapado como un Bill Murray cánido en su particular Día de la Marmota, el Coyote persigue sin ningún resultado al Correcaminos en una serie de cartoons iniciados en 1949, regalando a los jóvenes (y no tan jóvenes) espectadores de la segunda mitad del siglo XX una cruel lección sobre el sentido de la vida como derrota y el empeño de superación humanos como único camino posible, aunque sea hacia el inevitable fracaso. Porque el Coyote sabe que, al contrario de lo que escribió Emily Dickinson, “esa cosa con plumas” no es la esperanza. Es la desesperación en forma de pájaro. BEEP-BEEP!

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Imágenes: Francisca Pageo

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Preguntarse con el viejo Platón de la Gran Crisis: ¿existe la Idea del vello púbico, del lodo, de la inmundicia o de lo excrementicio? ¿Hay algún saber que pueda enredar entre sus mallas conceptuales la mierda y el vómito? ¿Pueden siquiera nombrarse los movimientos corporales que asociamos con lo sórdido, con los humores del bajo vientre? Si la respuesta es sí, ¿de qué tipo de jerga pringosa habríamos de servirnos? ¿Qué saber puede ser este? ¿Y qué sentido tiene?

Lo que se descompone, lo que me descompone, lo que trago y excreto, que es mío y luego ya no. A lo que llamo YO pero luego ya no. Lo que me pone en cuestión, lo que me saca de quicio y pone mis fluidos en comunicación con el fluir perpetuo del ser, lo que me disuelve en la corriente continua de una intimidad sin límites. La intensidad de la vida en una tensión insoportable, el deseo de la aniquilación que engendra la aniquilación del deseo. Lo que ansío hasta romperme y que por eso me angustia.

Bataille lo sabía bien: se trata de buscar en los límites del lenguaje un lenguaje de los límites que irremediablemente terminará por abocarnos a un silencio extático. A la postre, una experiencia inefable y de lo inefable. Así también, Historia del ojo.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Ilustraciones: Verónica Living

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Resulta extraño, por lo gratificante que resulta, vivir en un país en el que el cine se ve en versión original subtitulada. Gracias a esto, el dueño del pequeño cine que había a la vuelta de la esquina, Mikrokosmos, me recomendó ver The Tribe. Según sus palabras: “no tendrás problemas en entenderla, porque al contrario que otras películas que tenemos ahora, esta es la única que, a pesar de ser ucraniana, no tiene subtítulos en griego, ni diálogos, ni banda sonora, está rodada en lengua de signos… Te va a gustar.” Tras este aviso, una se enfrenta a la película con miedo de no entender nada durante las dos horas siguientes, pero lejos de esto, The Tribe, apuesta por transgredir la forma del lenguaje de la narración contemporánea en el cine. Es posible que, debido a la forma de expresión de los actores, que en ocasiones muestran efusivamente sus emociones, recuerde a la gestualidad de los maestros del cine mudo, pero nada tiene que ver con ellos. Seguimos a una tribu como si fuésemos a ver animales enjaulados donde la cámara evita darles la espalda, como estrategia práctica, facilitando así la comprensión de lo que ocurre en escena.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Imágenes: Francisca Pageo

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Estimados miembros del jurado: la larga e inmisericorde guerra fratricida entre los que defienden el cine como un arte de pleno de derecho y aquellos que lo consideran, siendo generosos, un medio de comunicación social, cuenta entre sus batallas más cruentas la que se libra en la vida y la obra de Albert Camus. La Acusación sostiene que el Nobel francés despreciaba el cinematógrafo sin ambages, algo que vamos a tratar de demostrar con la presentación de numerosas pruebas. Paradójicamente, su obra se convirtió en una referencia para algunos cineastas, justo entre aquellos que pretendieron consolidar el cine como una disciplina artística. Y en parte lo consiguieron. Tanto es así que muchas veces se ha descrito al cine como el arte del siglo XX. La existencia de Camus está también íntimamente ligada a este siglo. ¿Por qué entonces el cine y Camus se avienen tan mal?

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Número ocho
Las penúltimas cosas
Collages: Francisca Pageo

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Entonces hizo llover Jehová sobre  Sodoma y sobre  Gomorra  azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; y destruyó las ciudades y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades y el fruto de la tierra. Entonces la esposa de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.

 

Pobre Edith. Condenada a no tener ni siquiera un nombre que le de entidad propia. Convertida en estatua de sal por querer contemplar la belleza de la destrucción, el origen de la Nada. Incluso a esta se dio una Entidad por medio del Nombre.

A Edith no.

La mujer de Lot volvió los ojos a sus espaldas, las espaldas de Lot. Miró atrás para contemplar la grandeza del cataclismo divino anunciado a una velocidad de 343 metros por segundo. Para extasiarse con la Ausencia Absoluta proclamada por un sonido de belleza incomparable, de una intensidad de frecuencias como nunca antes había sido oido. Lo que había sido la Nada pasó a ser el Todo. Por una milésima de segundo antes de que sus ojos cristalizaran y  sus tímpanos se solidificaran, Edith fue.

Las ondas expansivas arrasaron la estatua, lanzando los átomos de sal como proyectiles infinitesimales sobre el campo circundante y los cuerpos de su marido e hijas, tiritantes de miedo e ignorancia. Ciegos y sordos por no haber tenido el valor de contemplar y escuchar.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Ilustraciones: Francisca Pageo

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Con fecha y hora, solo podía ser así como escribiera. Pasé unos días abducido, con dificultad para ver otras películas y con la sensación de que el cerebro, prendido por la emoción,  se me había vuelto tan líquido que las ideas y sensaciones se entrecruzaban de manera cambiante y caótica. Necesitaba escribir algo, lo necesitaba compulsivamente, pero sabía que en cada momento mis palabras sonarían diferentes, porque la película me había llegado por una vía tan íntima que mis propias vivencias, nimias y cotidianas, siempre iban a continuar modificándola. Era imposible escribir sobre esta película. Pero también era imposible no hacerlo. Así que llegué a una conclusión: Out 1 es una película de la que solo puedo escribir anteponiendo la fecha y la hora. Hace cinco semanas y doce horas que pude ver la película, después de años de anhelo, y solo puedo decir, aparte de que ha superado con creces el difícil muro de las expectativas desaforadas, que en cada uno de estos 35 días la película ha ido mutando, abriéndose, replegándose, revelando destellos en paredes que se veían mate y encontrando recovecos desde los que observar la vida en fascinado silencio. Las 13 horas de duración de la película no son nada comparadas con el tiempo que ella está pasando en mí.

La fascinación por Out 1 llegó desde el primer momento, cuando sus pequeños elementos, las pequeñas historias que iban asomando se moldeaban como el barro en el torno del alfarero, cogiendo forma lentamente pero girando a gran velocidad. E igual que nos quedamos fascinados ante esa vasija cuya figura cambia, se asoma y se esconde bajo el movimiento de los dedos del artesano, en Out 1 las imágenes, girando implacables al ritmo de la vida, modelan una obra cuya complejidad nunca es artificiosa, sino que se va alimentando de pequeños detalles, de combinaciones y permutaciones, de reflejos, misterios y dobles fondos.

Y pienso: una película improvisada, natural, llena de hilos narrativos dispersos, ¿puede ser al mismo tiempo perfectamente matemática, estructurada y conexa?

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Número ocho
Bande à part

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 “Yo también quise ser. Fue lo único que quise”
La Náusea, Jean-Paul Sartre

Recuerdo una vez, cuando tenía unos 16 años, haber escuchado en boca de mi profesor de filosofía aquella famosa frase del pensador José Ortega y Gasset, que decía algo así como “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Recuerdo haber levantado la vista de mi cuaderno, con la ceja más bien enarcada -en mí: sinónimo de curiosidad, novedad, pero también de titubeo, desconcierto-, esperando la explicación de aquella cita que, años más tarde, me llevaría por el camino del humanismo y el existencialismo.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Ilustraciones: Dirce Hernández

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Les había hablado ya del animador estonio Pritt Pärn al final del segundo de mis artículos sobre Animación, Política y Propaganda. Allí, reseñaba muy brevemente dos cortos centrales en la obra de este autor, Eine Murul (Almuerzo en la hierba, 1987), crítica despiadada de un totalitarismo soviético en sus últimos estertores pero que aún se las arreglaba para ahogar la vida social de sus ciudadanos; y Hotel E (1992), ataque no menos vitriólico a una Comunidad Europea encerrada en un hedonismo esterilizante, que ocultaba su profunda xenofobia y discriminación. Ambos cortos son, asimismo, obras maestras de la historia de la animación, y bastan para colocar a su director en la categoría de autores esenciales de esa forma. Definición que dicha así no pasa de ser un cliché -lo es-, pero que en el mundo de la animación tiene un significado muy distinto que en el cine real y merece detenerse un instante en su análisis.

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Número ocho
Nuestro tiempo
Ilustraciones: Francisca Pageo

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Amy decidió huir y dejarlo todo perfectamente descuidado antes de su huida. Y tras ello tomó otro cuerpo -una estancia secreta sólo para ella- desde la que recobrar el impulso perdido.

Siento que para describir Perdida (David Fincher, 2014) debo quebrar la película desde dentro, por su mitad… ¿no es esa la condición que desde hace tiempo David Fincher impone? La de romper su película para que se relance a sí misma en varios momentos, buscando nuevas líneas de fuga. A partir de ese recurso las historias del cineasta pueden ser vistas como una cadena que recorre, inflexiblemente, el cuerpo puesto en pantalla, hasta oxidarlo o magullarlo.

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Número ocho
Nuestro tiempo
Ilustraciones: Francisca Pageo

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Roland Barthes dijo alguna vez que no existe una doctrina para la lectura, que no es necesaria para el goce del texto, para ese placer que encuentra el lector insaciable. ¿A quién no le ha pasado volver a ciertos libros, una y otra vez, como a puertas que se abren para mostrar otros universos y donde siempre hay algo nuevo que encontrar? En mi caso, siempre que vuelvo a ese grandioso libro que es Mímesis de Erich Auerbach no puedo evitar representarme su imagen recortándose en la ventana de la Universidad de Marburgo donde enseñaba, observando desde esa altura el cambio de fisonomía que el nazismo le había impregnado a la ciudad. Lo imagino sintiendo lo mismo que cuando le informaron formalmente que ya no tendría más lugar en esa institución debido al decreto del 21 de diciembre de 1935, donde se determinaba el despido de “académicos, profesores, médicos, físicos, abogados y notarios judíos que todavía eran empleados públicos”.

Varios colegas y amigos ya le habían advertido sobre el asunto. Incluso algunos, judíos igual que él, ya habían emigrado a diferentes puntos de Europa y de América.

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Nuestro tiempo
Collages: Francisca Pageo

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Daniele Cipri y Franco Maresco

“Las películas de Rossellini simplemente prueban que los italianos son actores natos, y que todo lo que necesitas en Italia para pasar por director es conseguir una cámara y poner algunas personas frente a ella” – Orson Welles [1]

Uno de los proyectos más ansiados por Roberto Rossellini fue Francisco, juglar de Dios (Francesco Giullare de Dio; Roberto Rossellini, 1950), una adaptación de los episodios sobre la congregación del santo que aparecen narrados en Florecillas de San Francisco y Vida de Fray Junípero y que co-escribió con Federico Fellini. La adaptación hace uso de auténticos monjes franciscanos, los mismos que habían participado con el director en Paisà (1946). Rosellini trataba de buscar la naturaleza de las enseñanzas franciscanas en el comportamiento candoroso de los monjes, donde chapotean en la lluvia, se alegran ante el sonido de las campanillas de las ovejas, juegan y ríen como niños. Esta naturalidad no fue bien recibida en el festival de Venecia de su año, con críticas a su “falta de realismo” aunque aquí se cumplieran preceptos del neorrealismo como la ausencia de decorados, la improvisación y, por supuesto, el uso de actores no profesionales. Era la extravagancia de aquellos intérpretes lo que más chocaba, donde la santidad era representada con regocijo y piruetas en lugar de con impavidez, lo que la crítica acabaría calificando de una actitud “poco digna” [2]. El director premió el inocente deseo de sus frailes con un espectáculo de fuegos artificiales y, a cambio, en honor al hijo que Rossellini acababa de tener con la actriz Ingrid Bergman, los extras del rodaje le regalaron un requesón.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacio, la muerte
Imágenes: Juan Jiménez García

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Francisca Pageo | J. G. Ballard

Con ocasión de la muerte de J. G. Ballard en 2009 las alabanzas y tributos reconociendo, con razón, que se trataba de uno de los escritores más influyentes y clarividentes del siglo XX no se hicieron esperar.

La uniformidad en el respeto y deferencia mostrados por los innumerables artículos resulta todavía más sorprendente si tomamos en cuenta la naturaleza crítica y sin sentimentalismos de su prosa, que disecciona como un escalpelo el comportamiento obsesivo de una sociedad moderna en la que las reglas tecnoculturales apenas son cuestionadas.

Algunos de los obituarios resultan un tanto apresurados o incluso forzados. Entre los que destacaban  la influencia de Ballard en la música popular, la atención se centraba en la mera enumeración de grupos musicales que habían utilizado títulos de sus escritos para proyectos musicales (por ejemplo Empire of the Sun, de los Comsat Angels). Se obviaba cualquier explicación sobre por qué estos nombres habían sido escogidos por los artistas. Y por supuesto, apenas se hallaba mención a otros ámbitos musicales que habian conseguido trasladar su estética a lo sonoro.

El hecho de que el autor mismo hubiera confesado no tener gran conocimiento de música popular, ni siquiera fue aprovechado a la hora de componer estos editorariales y listados interminables como gran ironía ballardiana.

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Número ocho
Bande à part
Collages: Francisca Pageo

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