Toda película tiene su pulso y su espectador, e incluso el cine más desalmado y monofórmico (1) puede ocupar en el alma el espacio y tiempo de varios fotogramas. Quizá también el de algunas palabras. El espectador de Mimosas (2016) se dispone, sin saberlo, a caminar la senda trazada por un escéptico con una profunda cicatriz que puede llegar a reconocer como suya. Transita por una obra dual, que le llega tanto por el cerebro, como por la porosidad de sus imágenes, en lo que su propio director ha descrito como la intención de establecer un dualismo entre exoterismo (lo directamente sensible, el aquí y ahora de las tomas, la piel del relato) y esoterismo (la geometría espiritual de las imágenes, lo inefable, lo que respira bajo las cosas) (2).

Cuando vi Mimosas salí con la sensación de haber visto algo en su fantasma, pero de no haber comprendido mucho. Me habían sido transferidas una serie de imágenes y gestos que me habitarían y no abandonarían. Y a pesar del peligro que su interpretación entraña, no he podido menos que lanzarme a escribir este texto.

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Número ocho
Bande à part
Imágenes: Francisca Pageo

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Para la mayoría de occidentales y legos en el tema, la característica más conocida del zen es el zazen, esa meditación que consiste en sentarse de cara a una pared, normalmente blanca, y olvidarse de uno mismo, o al menos intentarlo. Aunque zazen significa «meditar sentado», hay quien dice que no es meditación en el sentido estricto de la palabra, sino más bien un simple sentarse, o un sentarse inmóvil como una montaña. Ver una película proyectada también consiste en sentarse de cara a una pared-pantalla, normalmente blanca, y olvidarse de uno mismo, o al menos intentarlo. Obviamente, una película no es una pared. En una película pasan cosas que nos atrapan en mayor o menor medida y siempre estamos pensando en algo, tenga o no que ver con lo que estemos viendo. Pero, ¿qué pasaría si la película fuese, literalmente, la nada, el equivalente a estar mirando una pared vacía?

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Imágenes: Juan Jiménez García

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Regresemos a German. Quisiera empezar con la confesión del director de que no disfrutaba rodando películas: “Jamás quise ser director de cine”. Más tarde añadió: “Siento terror ante esta profesión [dirigir películas]. Siempre me pongo triste cuando tengo que rodar.”. Cuando habló de lo que supuso co-dirigir El séptimo satélite (Sedmoy Sputnik, 1968) con Grigorii Aronov, German apuntó: “Trabajando en esa película aprendí algunas cosas y otras las rechacé. Pero ya entonces empecé a ver con claridad que todo lo que se considera la profesión -el montaje, el guión, todo lo que siempre me ha parecido tan aterrador- en realidad no es la profesión, mientras que lo que es la profesión definitivamente no puede enseñarse.”

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Número ocho
Pa(i)sajes: Tiernos bárbaros
Imágenes: Francisca Pageo

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Nueva York, década de los 80. La fotógrafa Nan Goldin comienza a proyectar en teatros, clubs y galerías una presentación multimedia de 45 minutos. El contenido de esta presentación abarca más de 900 fotografías tomadas entre 1979 y 1986 en varias ciudades, acompañada por una ecléctica banda sonora: los Velvet Underground, Charles Aznavour, Petula Clark. La audiencia se compone de amigos, artistas, cineastas y miembros de la contracultura neoyorkina; algunos son los mismos que protagonizan las fotografías. Así, la presentación está más cerca del ritual familiar que de una exhibición artística. Irrumpiendo en actos cotidianos ­-besos, drogas, fiestas, relaciones-, las fotografías de Goldin se impregnan de una intención diarística, pero también beben de la fotografía de moda, el documental e incluso de cierta visión antropológica. Pronto esta presentación de imágenes se convertirá en un clásico contemporáneo de la fotografía americana. En 1985 se incluye en la Whitney Biennial y al año siguiente en el Festival de Cine de Berlín. Finalmente, la colección se publica en 1986 bajo el nombre La Balada de la Dependencia Sexual, un título extraído de la obra de Bertolt Bretch La ópera de los tres centavos.

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Número ocho
Pa(i)sajes: Tiernos bárbaros
Imágenes: Annie Costello

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[…] Nada de esto se supo entonces, sino que el régimen chino gozaba de una prensa inmejorable desde la izquierda, quien cantaba loas a sus múltiples victorias y, sobre todo, a constituir la vía correcta y definitiva hacia la sociedad comunista ideal. En ese contexto se produjo un continuo tránsito de intelectuales hacia China, con el objetivo de conocer la realidad de ese país y propagarla entre sus seguidores. Poco fue lo que llegaron a ver de esa “realidad china”. Como en los años 20 y 30 en la URSS, las autoridades del partido les enseñaron lo que querían que se viera o lo simularon si era necesario. Consciente o inconscientemente, bien porque querían creer en esa mentira, bien porque el bien de la causa justificaba no contar la verdad, estos intelectuales aceptaron el juego y se convirtieron en sirvientes de los propósitos propagandísticos del régimen chino.

Fue en ese tiempo cuando Joris Ivens, junto con su esposa Marceline Loridan-Ivens, y Michelangelo Antonioni rodaron sendos documentales sobre esa realidad china y las consecuencias de la revolución cultural.

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Número ocho
Pa(i)sajes: Transformaciones, transiciones, cambios
Imágenes: Francisca Pageo

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Desencajada la mandíbula, en un instante de accidente Francis Bacon arroja un feroz ángulo negro sobre EL violáceo rostro fantasmal. Tormenta de morados y rosas como anillos de Saturno, indirigibles, infinitos, presos. Y brevísimos azules como luz espectral. El corazón en sacudida, violenta elipse su cuerpo. Gira y gira su mano, en tensión, se agita y grita todo su ser en silencio, impregnado de azar, en trance, consumado y consumido, desquebrajado, entregado al Infierno o Paraíso. Pintar se vuelve sinónimo de éxtasis. Vocación maldita latiendo. Tras el último asalto se detiene. Y respira. Exhala lo que queda de ráfaga dentro de sí, de vida en carne viva. La mandíbula encaja de nuevo en su hueco nato, desequilibrándose en ese torpe ascenso del rostro amoratado, recién nacido en el cosmos, que acaba de crear. En ese agujero negro ya palpita el vacío humano.

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Número ocho
Pa(i)sajes: Tiernos bárbaros
Ilustración: Andrea Reyes de Prado

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El ser y la nada, el Coyote y el Beep-Beep!: Camus nunca imaginó al escribir las líneas de arriba que el mayor héroe existencialista que nos daría la cultura popular sería un personaje de dibujos animados, un Sísifo moderno creado por el genio incomparable de Chuck Jones y llamado Willie E. Coyote. Atrapado como un Bill Murray cánido en su particular Día de la Marmota, el Coyote persigue sin ningún resultado al Correcaminos en una serie de cartoons iniciados en 1949, regalando a los jóvenes (y no tan jóvenes) espectadores de la segunda mitad del siglo XX una cruel lección sobre el sentido de la vida como derrota y el empeño de superación humanos como único camino posible, aunque sea hacia el inevitable fracaso. Porque el Coyote sabe que, al contrario de lo que escribió Emily Dickinson, “esa cosa con plumas” no es la esperanza. Es la desesperación en forma de pájaro. BEEP-BEEP!

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Imágenes: Francisca Pageo

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Preguntarse con el viejo Platón de la Gran Crisis: ¿existe la Idea del vello púbico, del lodo, de la inmundicia o de lo excrementicio? ¿Hay algún saber que pueda enredar entre sus mallas conceptuales la mierda y el vómito? ¿Pueden siquiera nombrarse los movimientos corporales que asociamos con lo sórdido, con los humores del bajo vientre? Si la respuesta es sí, ¿de qué tipo de jerga pringosa habríamos de servirnos? ¿Qué saber puede ser este? ¿Y qué sentido tiene?

Lo que se descompone, lo que me descompone, lo que trago y excreto, que es mío y luego ya no. A lo que llamo YO pero luego ya no. Lo que me pone en cuestión, lo que me saca de quicio y pone mis fluidos en comunicación con el fluir perpetuo del ser, lo que me disuelve en la corriente continua de una intimidad sin límites. La intensidad de la vida en una tensión insoportable, el deseo de la aniquilación que engendra la aniquilación del deseo. Lo que ansío hasta romperme y que por eso me angustia.

Bataille lo sabía bien: se trata de buscar en los límites del lenguaje un lenguaje de los límites que irremediablemente terminará por abocarnos a un silencio extático. A la postre, una experiencia inefable y de lo inefable. Así también, Historia del ojo.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Ilustraciones: Verónica Living

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Resulta extraño, por lo gratificante que resulta, vivir en un país en el que el cine se ve en versión original subtitulada. Gracias a esto, el dueño del pequeño cine que había a la vuelta de la esquina, Mikrokosmos, me recomendó ver The Tribe. Según sus palabras: “no tendrás problemas en entenderla, porque al contrario que otras películas que tenemos ahora, esta es la única que, a pesar de ser ucraniana, no tiene subtítulos en griego, ni diálogos, ni banda sonora, está rodada en lengua de signos… Te va a gustar.” Tras este aviso, una se enfrenta a la película con miedo de no entender nada durante las dos horas siguientes, pero lejos de esto, The Tribe, apuesta por transgredir la forma del lenguaje de la narración contemporánea en el cine. Es posible que, debido a la forma de expresión de los actores, que en ocasiones muestran efusivamente sus emociones, recuerde a la gestualidad de los maestros del cine mudo, pero nada tiene que ver con ellos. Seguimos a una tribu como si fuésemos a ver animales enjaulados donde la cámara evita darles la espalda, como estrategia práctica, facilitando así la comprensión de lo que ocurre en escena.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Imágenes: Francisca Pageo

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Estimados miembros del jurado: la larga e inmisericorde guerra fratricida entre los que defienden el cine como un arte de pleno de derecho y aquellos que lo consideran, siendo generosos, un medio de comunicación social, cuenta entre sus batallas más cruentas la que se libra en la vida y la obra de Albert Camus. La Acusación sostiene que el Nobel francés despreciaba el cinematógrafo sin ambages, algo que vamos a tratar de demostrar con la presentación de numerosas pruebas. Paradójicamente, su obra se convirtió en una referencia para algunos cineastas, justo entre aquellos que pretendieron consolidar el cine como una disciplina artística. Y en parte lo consiguieron. Tanto es así que muchas veces se ha descrito al cine como el arte del siglo XX. La existencia de Camus está también íntimamente ligada a este siglo. ¿Por qué entonces el cine y Camus se avienen tan mal?

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Número ocho
Las penúltimas cosas
Collages: Francisca Pageo

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Entonces hizo llover Jehová sobre  Sodoma y sobre  Gomorra  azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; y destruyó las ciudades y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades y el fruto de la tierra. Entonces la esposa de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.

 

Pobre Edith. Condenada a no tener ni siquiera un nombre que le de entidad propia. Convertida en estatua de sal por querer contemplar la belleza de la destrucción, el origen de la Nada. Incluso a esta se dio una Entidad por medio del Nombre.

A Edith no.

La mujer de Lot volvió los ojos a sus espaldas, las espaldas de Lot. Miró atrás para contemplar la grandeza del cataclismo divino anunciado a una velocidad de 343 metros por segundo. Para extasiarse con la Ausencia Absoluta proclamada por un sonido de belleza incomparable, de una intensidad de frecuencias como nunca antes había sido oido. Lo que había sido la Nada pasó a ser el Todo. Por una milésima de segundo antes de que sus ojos cristalizaran y  sus tímpanos se solidificaran, Edith fue.

Las ondas expansivas arrasaron la estatua, lanzando los átomos de sal como proyectiles infinitesimales sobre el campo circundante y los cuerpos de su marido e hijas, tiritantes de miedo e ignorancia. Ciegos y sordos por no haber tenido el valor de contemplar y escuchar.

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Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Ilustraciones: Francisca Pageo

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Con fecha y hora, solo podía ser así como escribiera. Pasé unos días abducido, con dificultad para ver otras películas y con la sensación de que el cerebro, prendido por la emoción,  se me había vuelto tan líquido que las ideas y sensaciones se entrecruzaban de manera cambiante y caótica. Necesitaba escribir algo, lo necesitaba compulsivamente, pero sabía que en cada momento mis palabras sonarían diferentes, porque la película me había llegado por una vía tan íntima que mis propias vivencias, nimias y cotidianas, siempre iban a continuar modificándola. Era imposible escribir sobre esta película. Pero también era imposible no hacerlo. Así que llegué a una conclusión: Out 1 es una película de la que solo puedo escribir anteponiendo la fecha y la hora. Hace cinco semanas y doce horas que pude ver la película, después de años de anhelo, y solo puedo decir, aparte de que ha superado con creces el difícil muro de las expectativas desaforadas, que en cada uno de estos 35 días la película ha ido mutando, abriéndose, replegándose, revelando destellos en paredes que se veían mate y encontrando recovecos desde los que observar la vida en fascinado silencio. Las 13 horas de duración de la película no son nada comparadas con el tiempo que ella está pasando en mí.

La fascinación por Out 1 llegó desde el primer momento, cuando sus pequeños elementos, las pequeñas historias que iban asomando se moldeaban como el barro en el torno del alfarero, cogiendo forma lentamente pero girando a gran velocidad. E igual que nos quedamos fascinados ante esa vasija cuya figura cambia, se asoma y se esconde bajo el movimiento de los dedos del artesano, en Out 1 las imágenes, girando implacables al ritmo de la vida, modelan una obra cuya complejidad nunca es artificiosa, sino que se va alimentando de pequeños detalles, de combinaciones y permutaciones, de reflejos, misterios y dobles fondos.

Y pienso: una película improvisada, natural, llena de hilos narrativos dispersos, ¿puede ser al mismo tiempo perfectamente matemática, estructurada y conexa?

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Número ocho
Bande à part

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