En el cristal de la ventana hay arañazos de lluvia. Gaviotas de cuerpo blanco y alas grises vuelan entre los edificios sobre las calles mojadas. Mi gata se acurruca a mi lado mientras escribo y de vez en cuando me mordisquea los dedos. Es noviembre. Anochecerá pronto.

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Número ocho1/2
Las penúltimas cosas
Collage: Tera Blanco de Saracho

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Un hermoso paisaje marítimo. La pendiente cae, entre arbustos y rocas, sobre una radiante orilla mediterránea. Aparece remontándola con paso sereno un elegante vagabundo de cabello voluminoso y rostro penetrante, que viste una larga túnica y camina apoyándose en su bastón. El rostro es el de Federico Fellini, convertido en impecable pordiosero en lo que podría ser una Stromboli aún con esperanza. El vagabundo se cruza con una humilde mujer que levanta la mirada. Esa mirada anhelante, que pertenece a la Magnani, lo ha confundido con San José y se deshace en devoción hacia el presunto santo. Este no habla nunca y se limita a seguirle la corriente. Le da a beber vino en repetidas ocasiones, hasta que finalmente cae dormida bajo los efectos del alcohol. La escena corresponde a Il miracolo, segundo de los dos segmentos que componen L’amore (Roberto Rossellini, 1948), breve antología en la que Rossellini propondría dos historias complementarias sobre la desesperación del amor y el vacío de la ausencia, ya sea en el romance que toca a su fin o en el diálogo con dios. Rossellini convenció a Fellini no sólo de que escribiera el argumento de Il miracolo, sino también de que interpretara al pérfido vagabundo que se aprovecha de la fervorosa Nannina.

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Número ocho1/2
Bande à part
Collages: Francisca Pageo

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Mi mayor miedo es acabar convertido en un mendigo. Que por alguna razón u otra, sea enfermedad o locura, crisis económica o mala suerte, elección o descuido, termine perdiendo todo aquello que considero mío: casa, trabajo, familia, amigos.  Quedarme solo, sin refugios ni seguridades. Verme obligado, a partir de ese entonces, a vagar sin rumbo, siempre hambriento, en peligro constante, temiendo el frío y la lluvia, más incluso a mis propios semejantes. Un estado semejante al de una condena a perpetuidad, del que sólo la muerte podría librarme, pero que no tendría valor para infligírmela. Pensando, por último, que en medio de la multitud podría reconocer a aquellos que alguna vez formaron parte de mi vida, sin que ellos me reconocieran a su vez… o quizás no quisieran.

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Número ocho1/2
Bande à part
Collages: Francisca Pageo

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Entre el 6 y el 11 de junio de 2016, se celebró en el marco de la segunda edición del Festival Internacional de Cine de Madrid, FILMADRID, un curso  impartido por el crítico estadounidense Jonathan Rosenbaum. Su título era muy descriptivo: Un viaje personal a través de la historia del cine. En el mismo, Rosenbaum abordaba las trayectorias de varios cineastas que consideraba esenciales para aprehender los sentidos del medio, pero que, sobre todo, habían sido capaces de iluminar a un nivel íntimo y personal su mirada crítica. Aunque entre ellos se contaban nombres tan famosos como los de Louis Feuillade, Carl T. Dreyer o Hou Hsiao-Hsien, también, hubo lugar para un cineasta secreto: su amigo y vecino en Chicago Peter Thompson (1944-2013), sobre quien versa el texto que vais a leer a continuación, cedido amable y generosamente para esta traducción al castellano por el propio Rosenbaum.

Diego Salgado

Publicado originalmente en la revista Film Quaterly (otoño de 2009, pp. 36-43) y disponible online. El trabajo de Peter Thompson puede adquirirse asimismo por Internet.

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Número ocho1/2
Nuestro tiempo
Collages: Francisca Pageo

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En una de las escenas más sonadas de Mujer en la playa (Haebyonui yeoin; 2006) [1], el director Kim Jung-rae (Kim Seung-woo) trata de explicar su filosofía de vida con un sencillo gráfico: la realidad se presenta amorfa pero nosotros solo fijamos nuestra atención a tres puntos concretos, sobre los que volvemos una y otra vez, generando un triángulo. Ese triángulo sustituye nuestra idea de la realidad. No es hasta que introducimos nuevos puntos de esa cotidianeidad, de aquellos momentos que, por rutinarios, no centran tanto nuestra atención, cuando la figura toma más aristas y va ajustándose, por aproximación, a esa realidad informe que nos contiene. El triángulo inicial es, pues, una imagen estereotipada, “diabólica”, en la que tendemos a delimitar nuestra existencia. Nuestra naturaleza nos obliga a reconocer patrones y obsesionarnos con ellos, ignorando todo aquello que no atañe a nuestro modelo de existencia.

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Número ocho1/2
Bande à part
Collages: Francisca Pageo

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A finales de los años setenta del siglo pasado, cuando dejaba atrás la niñez, me convertí en un friqui de la Segunda Guerra Mundial. Fue debido a una colección en fascículos de la extinta editorial SARPE, la llamada Crónica Militar y Política de la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de una adaptación libre de una publicación de origen italiano, que a su vez era un amasijo de extractos de muchas otras obras, pegadas de cualquier manera y, me temo, en su mayoría usados sin el permiso de sus autores, que nunca se citaban. Desde entonces, en varias ocasiones, para mi sorpresa y vergüenza, me he topado con secciones enteras de esa obra, sólo que en los libros originales de los que se habían obtenido.

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Número ocho1/2
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Imágenes: Francisca Pageo

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Considerando la importancia crucial que el diseño urbanístico ha adquirido en el desarrollo de las ciudades y de su actividad, conviene plantearse las narrativas que surgen de dichos proyectos y arquitecturas, que llegan a definir el comportamiento que tendrán los ciudadanos para con las mismas. Las relaciones sociales y de interacción con el medio, con el espacio, acaban determinando nuestra experiencia en ellas. Henri Lefebvre pensaba que las sociedades estaban en su derecho de construir de forma consciente su espacio, por ello afirmaba aquello de que el espacio debe dejar de concebirse como pasivo, vacío, o carente de otro sentido, como los “productos”, que se intercambian, se consumen, o desaparecen […] No se puede concebir de manera aislada o quedar estático. Es dialéctico: producto-productor, soporte de las relaciones económicas y sociales.

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Número ocho1/2
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Collages: Francisca Pageo

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Ya lo decía Edward Said en su ensayo sobre el “Exilio intelectual: expatriados y marginales”: “el exilio es uno de los más tristes destinos” (Said, 1993: 59). La historia ha regalado muchos episodios bélicos y de miseria cuyo final, o bien desemboca en la muerte o bien en la expatriación. Países europeos como son Rusia, Alemania y España han perdido una considerable parte de su ciudadanía debido a estos hechos; miles de personas se han visto obligados a dejar todo aquello que amaban para emprender un viaje hacia territorio desconocido con el objetivo de encontrar una vida mejor o un refugio temporal avivado por la esperanza del retorno. Aunque bien es cierto que no todas las situaciones se corresponden con el exilio forzoso, también ha habido casos de exilio promulgado por  una inquietud intelectual y cultural o simplemente por motivos profesionales, dentro o fuera del país –conocido como “insilio” o exilio interior. En cualquier caso, todos y cada uno se ven sometidos a una ruptura identitaria que los convierte en “turistas accidentales” de las condiciones históricas que les atañen (Jato, 2009: 9); en el caso de España: Guerra Civil y Franquismo. Es por ello por lo que muchos intelectuales españoles de generaciones como las del 14, 27 o 39, han tenido en consideración relatar de forma salvaje la convulsa historia que les ha llevado a partir, con el objetivo de crear conciencia sobre el trauma y, asimismo, formar parte de los cimientos de la memoria histórica.

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Las penúltimas cosas
Collages: Francisca Pageo

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Querido AJ:

A partir de tus textos en Dirigido por… me gustaría hacer un quiebro para plantear, algunos años después, una hipótesis de trabajo a la contra: mi imposibilidad para seguir usando los conceptos “Nueva Cinefilia” o “Nueva Crítica” en 2018. Se trata, por supuesto, de una serie de intuiciones muy limitadas que dan cuenta ante todo de los márgenes de la propia actividad pero que, de alguna manera, valoran o ponen en duda algunas de las cosas que planteaste durante el año pasado en tu tríptico de artículos.

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Nuestro tiempo
Collages: Francisca Pageo

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Es curioso cómo el azar –qué cabrón- acaba convirtiéndose en destino. Dejen que les cuente, las cosas –creo- fueron más o menos así. En 2014, Juan Jiménez García tuvo la ocurrencia de publicar en Détour una reseña sobre un libro de relatos que yo, por mi parte, había tenido la impertinencia no solo de escribir sino también de dejar que publicasen. El libro en cuestión se titulaba Convertiré a los niños en asesinos y a Juan le parecía que rezumaba Topor por todas sus costuras, tesis elogiosa que, por supuesto, él razonaba y justificaba muy sabiamente. A lo que parece, la semejanza radicaba sobre todo en el trato que ambos dispensábamos a nuestros personajes y en el modo que teníamos de sazonar sus desabridas existencias: auténtica gastronomía caníbal, en resumidas cuentas. ¿Roland Topor? ¡Pero qué demonios!

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Pa(i)sajes: La alegría de vivir
Collages: Francisca Pageo

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Se han ido, de sí, porque las hemos visto. Porque las hemos visto enmudecieron, volteáronse hacia adentro, como hiedra se encerraron, regresando a su ausencia, hermosa, mística, extraña. Sin darse nadie cuenta protegieron una vez más su secreto, partícula vegetal o humana que las alienta.

Las esculturas de Germaine Richier no se dejan tocar, temblar, conocer. Son hieráticas como esfinges egipcias, serias, en ocasiones inaccesibles y tristes como una mujer decaída, lentamente cayendo, de Modigliani. Huidizas y recónditas. «No hay un solo punto de vista en la obra de Richier –cuenta Valérie da Costa–, sino una multiplicidad de puntos desde los cuales se puede descubrir la complejidad de la construcción, los detalles ocultos. Se nos escapa, no podemos captarla con una sola mirada, debemos fragmentar nuestra visión y siempre una parte nos huye. Pensamos entonces en la frase de Lacan, que podría transponerse a la lectura de su obra: “Nunca me mires donde te veo”». Poseen la discreción y el grito ahogado de las plantas, la nostalgia del bronce y la certeza cruel de los humanos. Sólo ella, nacida de quién sabe qué bosque, sabía la fórmula exacta para dotar a sus extrañas figuras de esa fragancia visual y sensitiva que provoca en el espectador atracción y recelo al mismo tiempo. A medio camino entre la fantasía y la advertencia, sus ligeras siluetas parecen siempre a punto de escapar, de volatizarse. De decirnos algo y huir, lejos, de la amenaza que somos.

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Número ocho1/2
Nuestro tiempo
Ilustración: Andrea Reyes de Prado

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En la casa de Stalker y en el bar adonde va con sus acompañantes todo es muy amarillo, un amarillo dorado domina el ambiente dándole un aroma entre antiguo y exquisito en contraste con el barro y la lluvia que están tan presentes. Hay mucha agua en Stalker: lluvia, charcos, ríos, pozos, cascadas.

En La Zona vuelven los colores. En La Zona está Stalker tan contento, en su espacio natural camina entre las ruinas donde la Naturaleza ha crecido exuberante. Se tira al suelo sobre la hierba, pone las manos y la cabeza en la Tierra, un pequeño gusano camina entre sus dedos. Stalker se reconecta, se reúne con la tierra, con La Zona.

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Número ocho1/2
Bande à part
Collage: Francisca Pageo

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