Es curioso cómo el azar –qué cabrón- acaba convirtiéndose en destino. Dejen que les cuente, las cosas –creo- fueron más o menos así. En 2014, Juan Jiménez García tuvo la ocurrencia de publicar en Détour una reseña sobre un libro de relatos que yo, por mi parte, había tenido la impertinencia no solo de escribir sino también de dejar que publicasen. El libro en cuestión se titulaba Convertiré a los niños en asesinos y a Juan le parecía que rezumaba Topor por todas sus costuras, tesis elogiosa que, por supuesto, él razonaba y justificaba muy sabiamente. A lo que parece, la semejanza radicaba sobre todo en el trato que ambos dispensábamos a nuestros personajes y en el modo que teníamos de sazonar sus desabridas existencias: auténtica gastronomía caníbal, en resumidas cuentas. ¿Roland Topor? ¡Pero qué demonios!

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Número ocho1/2
Pa(i)sajes: La alegría de vivir
Collages: Francisca Pageo

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Se han ido, de sí, porque las hemos visto. Porque las hemos visto enmudecieron, volteáronse hacia adentro, como hiedra se encerraron, regresando a su ausencia, hermosa, mística, extraña. Sin darse nadie cuenta protegieron una vez más su secreto, partícula vegetal o humana que las alienta.

Las esculturas de Germaine Richier no se dejan tocar, temblar, conocer. Son hieráticas como esfinges egipcias, serias, en ocasiones inaccesibles y tristes como una mujer decaída, lentamente cayendo, de Modigliani. Huidizas y recónditas. «No hay un solo punto de vista en la obra de Richier –cuenta Valérie da Costa–, sino una multiplicidad de puntos desde los cuales se puede descubrir la complejidad de la construcción, los detalles ocultos. Se nos escapa, no podemos captarla con una sola mirada, debemos fragmentar nuestra visión y siempre una parte nos huye. Pensamos entonces en la frase de Lacan, que podría transponerse a la lectura de su obra: “Nunca me mires donde te veo”». Poseen la discreción y el grito ahogado de las plantas, la nostalgia del bronce y la certeza cruel de los humanos. Sólo ella, nacida de quién sabe qué bosque, sabía la fórmula exacta para dotar a sus extrañas figuras de esa fragancia visual y sensitiva que provoca en el espectador atracción y recelo al mismo tiempo. A medio camino entre la fantasía y la advertencia, sus ligeras siluetas parecen siempre a punto de escapar, de volatizarse. De decirnos algo y huir, lejos, de la amenaza que somos.

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Número ocho1/2
Nuestro tiempo
Ilustración: Andrea Reyes de Prado

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En la casa de Stalker y en el bar adonde va con sus acompañantes todo es muy amarillo, un amarillo dorado domina el ambiente dándole un aroma entre antiguo y exquisito en contraste con el barro y la lluvia que están tan presentes. Hay mucha agua en Stalker: lluvia, charcos, ríos, pozos, cascadas.

En La Zona vuelven los colores. En La Zona está Stalker tan contento, en su espacio natural camina entre las ruinas donde la Naturaleza ha crecido exuberante. Se tira al suelo sobre la hierba, pone las manos y la cabeza en la Tierra, un pequeño gusano camina entre sus dedos. Stalker se reconecta, se reúne con la tierra, con La Zona.

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Número ocho1/2
Bande à part
Collage: Francisca Pageo

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Los dos primeros tercios de Éloge… fueron filmados en 35 mm y en un blanco y negro que esplende: transcurren en París, observada con una pasión tan fuerte como la que Godard demostró tener hacia ella muchos años atrás. El tercio final fue grabado en vídeo digital con colores saturados e intensos: sucede en algún punto de la Bretaña francesa. La primera parte transcurre dos años después que la segunda. Desde esta elección, arrojadamente, se puede escribir que Godard nos está sugiriendo que el presente debe ser filmado y el pasado reconstruido utilizando la cinta magnética (numerosas veces la palabra “archivo” aparece como didascálico en el segmento que trascurre en la costa). Pero si además la textura visual de la parte citadina evoca a los films franceses de los primeros ’60, ¿qué se está insinuando? Recuerdo a Eliot: Time present is time past.

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Número ocho1/2
Bande à part
Imágenes: Francisca Pageo

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