Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire) | por Francisca Pageo

Leila Slimani | Canción dulce

Leila Slimani, escritora y periodista franco-marroquí, nos trae con Canción dulce -su segunda novela, ganadora del Premio Goncourt 2016- todo un abanico de caracteres y personajes tremendamente psicológicos que dejan aflorar parte de lo que la naturaleza del ser humano posee en sí misma.

Canción dulce no es para nada una canción dulce. Es un título confuso que nos lleva a pensar en una historia naïf y tenue, pues realmente es una canción perspicaz y austera, fría y sincera, en la que la historia de los diversos roles que se nos ofrecen nos dejan perplejos, especialmente al final. Ah,   ese último capítulo…

Canción dulce es la historia de Myriam y Paul, ambos pareja. Es la historia de Mila y Adam, ambos hermanos. Y es la historia de Louise, la niñera. Todos ellos y, especialmente, Louise, nos dejan ser partícipes de lo que la cotidianeidad y el día a día sucede en sus vidas. La historia no se centra en la acción directa en sí, sino más bien en la agonía lenta y moral de Louise, la cual es el personaje sobre los que los demás dejan de hacer o decir algo. La psicología circundante a Louise se deja ver sobre todo en los personajes que se vanpresentando poco a poco a lo largo del libro, los cuales guardan de alguna manera una relación con ella y nos dan pistas y señas de lo que sucede en la psique de Louise. Debemos incluir a Myriam, la madre y dedicada abogada que nos deja ver toda una serie de señales acerca de la maternidad latente en el libro, la cual Louise desea de nuevo con toda suintensidad.

Estamos ante una historia tenebrosa sobre la edad contemporánea, una historia que con su final – terrible, horroroso y doloroso, el cual no esperamos- nos deja helados y pensativos sobre lo que concierne a la psique humana. Slimani escribe no bien, sino muy bien, y sabe hilvanar como nadie capítulo a capítulo, logrando ese ápice que un buen libro tiene cuando vamos buscando a través de él un desenlace anticipado. Con Canción dulce es así, leemos sus páginas queriendo saber más y más de Louise. Queremos saber loque le pasa, por qué ha llegado a ese desenlace -y principio, como vemos en el libro- tan trágico y latiente. Cuando terminamos el libro queremos saber por qué ha sucedido lo sucedido. Nos preguntamos: «¿Por qué, Louise?»

Canción dulce es sin duda una novela que conmueve, que nos llega, que sucumbe ante nuestros pensamientos sobre lo que esperamos -o no- de los personajes que aquí se dan.Cualquier madre, actualmente, puede identificarse plenamente con Myriam, y cualquier niño, que crece con una niñera que le quiere, puede identificarse con Adam o Mila.Estamos ante una novela realista que refleja lo enferma que la sociedad puede llegar a ser. Hay soledad, racismo, sexismo, miseria… Todo un conjunto de circunstancias que hacen de este libro algo valioso y digno de leer, no sólo para deleitarnos imaginando historias, sino como un ofrecimiento de ventana a este mundo, nuestro mundo, turbador y dulce,siniestro y óptimo. Así es la paradoja de la vida y de estas vidas que aquí se muestran.

Slimani logra que sintamos mucho con muy poco. Nos ofrece una historia que para nada se nos hace densa, sino ligera como el viento pese a todo el trasfondo psicológico que contiene.
Nos dejamos llevar por la historia y aquí acabamos, llenos de barro y con los pensamientos turbios. Llenos de una esperanza que nunca vendrá, pero que deseamos aun así para Louise, porque la autora hace que nos hagamos sus cómplices, nos hace que pensemos en ella y que, de alguna manera, estemos con ella, pese a lo ocurrido y sucedido. Pese a todo.

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La Cárcel de Papel. Diario de un lector de tebeos (2002-2016), de Álvaro Pons (Confluencias) | por Juan Jiménez García

Álvaro Pons | La Cárcel de Papel

Unos apuntes totalmente personales a partir de La Cárcel de Papel. Hay que decir que el periodo que abarca este libro (2002-2016), que es también el de aquella página homónima, coincide en buena medida con mi propio recorrido personal, ligado al cine asiático, en mi caso. Cambian algo las formas (el blog por un foro), pero no cambian de ningún modo los tiempos y las experiencias y, también, el aire de un tiempo que se perdió en algún momento, entre fotografías siempre iguales y pensamientos nunca superiores a los ciento y poco caracteres. Un tránsito que responde a unas razones muy profundas y que, al leer La Cárcel de Papel, se vuelven a hacer evidentes (aunque no nos cabe la más mínima duda a aquellos que lo hemos vivido). Las razones profundas son que en algún momento en internet se tuvo la voluntad de intercambiar (no solo archivos, sino pensamientos, experiencias, cosas que nos habían emocionado), de encontrarse con los demás, mientras que ahora nos conformamos con sumarlos a un número de seguidores (irónicamente llamados amigos) y con decir algo ingenioso, de tanto en tanto, sin la más mínima esperanza de llegar a nadie. Álvaro Pons dice que La Cárcel de Papel, su blog, solo tuvo la fortuna de llegar el primero. Tal vez. Pero lo cierto es que más allá de eso tuvo la misma voluntad de otros tantos: transmitir aquello que le apasionaba a los demás. Con argumentos, con palabras, con aquellos textos interminables que escribíamos pero que nos resultaban (misterios) más sencillos, más fáciles, más evidentes, que esa línea o medio párrafo que se nos pide ahora. No, no es que ahora todos tengan menos tiempo para leer. Desgraciadamente es que nos hemos instalado en la nada, el chismorreo o, peor, la indiferencia. Dicho lo cual…

Leer La Cárcel de Papel es, por encima de todo, leer la historia social del cómic en nuestro país en los últimos quince años. Tal vez no tantos, porque aunque abarca todo estos años, lo cierto es que el último lustro no está igualmente representado (ese momento en el que la vida real se impone). Pero, en todo caso, las discusiones, en este arte como en los otros, son eternas: género contra autor, superhéroes a la deriva o no, grapas, tomos, formatos, editoriales, derechos, autores intocables o perfectamente manoseables y así hasta cualquier cosa, precisamente porque antes a todo el mundo le daba por discutir. Y como no valía con un me gusta o con poner redondeadas caritas de enfado, las discusiones eran kilométricas, siempre con la confianza de que, en una de esas, lograbas convencer al otro (u otros). En aquellos tiempos, hasta los trolls daban sus razones. Seamos sinceros. Dentro de quince años nadie podrá recopilar un libro como este.  O será un libro bien pequeño. Pero no, no es justo. Hay todavía gente que sigue pensando que es posible escribir y hasta convencer. Solo desde la vejez y el cansancio del corredor de fondo, se ve todo un poco más oscuro. Otro día hablaremos de los lectores.

No estamos ante un libro de reseñas de cómics, aunque las haya. Pons ha preferido centrarse especialmente en esa historia social, que, como siempre, es una historia personal. Sus razones son las razones de otros tantos, y, tal vez, lo primero que nos enseñó internet a aquellos que habitábamos en aldeas galas, temerosos de que el cine se viniera sobre nuestras cabezas, es que no estábamos solos. Que tal vez no éramos miles, pero sí los suficientes para sobrevivir con nuestras certezas y dudas. El cómic pasó de ser una diversión para niños a convertirse en un arte, el noveno, que buscaba su propio camino. Y todo eso está reflejado aquí, porque, en lo que respecta a nuestro país, fueron estos los años en los que cambió todo a mejor, hasta llegar a este momento, seguramente difícil de imaginar allá por el principio de este siglo. Y no me cabe la menor duda de que buena parte de esa evolución se debió a que existían sitios como La Cárcel de Papel, capaces a recoger en sí mismos las necesidades de unos lectores desde la individualidad de uno de ellos.

El libro ha conservado las formas del blog. No hay reescritura y esto, que algunos les puede chocar, forma parte también de su encanto, al preservar otros modos, más directos, más personales, de encontrarse con los demás. Dividido en varias partes, que abarcan desde el día a día de un lector de cómics hasta la reseña de aquellos que considera imprescindibles, tiene el rigor de uno de los mayores expertos de cómics de este país y la intimidad de quién escribe un diario, por muy público que este sea. Y, con ello, la sensación, página a página, de compartir una histórica común, con sus acuerdos y desacuerdos, pero viva.

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Cuando es de noche, de Liudmila Petrushévskaia (Marbot) Traducción de Xènia Dyakonova y José Mateo | por Juan Jiménez García

Liudmila Petrushévskaia | Cuando es de noche

Aquí estamos de nuevo. Liudmila Petrushévskaia  y nosotros. Ella y su mundo en descomposición, tan real como la propia Unión Soviética cuando ya no era Unión Soviética y Rusia no acababa de ser Rusia y al final era todo lo mismo, solo que antes uno creía ser una cosa y luego otra, hasta que se daba cuenta que era lo mismo: un miserable. La pobreza lo iguala todo: un pobre capitalista y un pobre comunista tienden a ser lo mismo. Es decir, nada. Lo último. El final de algo que nunca llega, porque, quién sabe por qué extraños motivos, los pobres tienen una resistencia inaudita a morirse. Como la protagonista de Cuando es de noche, a la que todo le va mal cuando no podía irle peor. Y aún así ahí está, contando su vida como solo los protagonistas de los relatos de Petrushévskaia pueden contarla, con ese escepticismo y esa melancolía por ninguna cosa en particular. Tal vez por vivir. Si es que alguna vez supieron que es eso.

Nuestra protagonista es una heroína de su tiempo. Tiene un adorado nieto y luego otros nietos a los que no adora en absoluto, todos fruto de relaciones temerarias de su hija, todos sin un padre conocido. Vive en un piso minúsculo y se alimenta de aire y de gorronear a las amistades siguiendo un escrupuloso plan. También tiene un hijo, pero este está en la cárcel. Es su adorado hijo, pero el cariño no es recíproco. Ella no se calla nunca, todo sea dicho. Tiene una opinión sobre todo lo que ocurre y sobre todo lo que le ocurre y es como si sintiera una necesidad de contar el mundo según ella misma. Y eso es esta narración, un venenoso canto que se enreda en todo lo que la atraviesa y atraviesa, que es mucho. En esos tiempos, uno se tenía que mover mucho para no hacer gran cosa y hasta pasar hambre requería un esfuerzo considerable.

Hemos leído muchas novelas sobre esos terribles años, que quizás fue todo un siglo y aún no haya acabado. Obras esenciales de la literatura, conocidas y desconocidas. Retratos terribles de persecuciones, de muerte y de destrucción, tanto interior como exterior. Y sin embargo, tras todo ese camino recorrido, hasta todas esas páginas, nos da la sensación de que todos aquellos años se encuentran resumidos en dos lugares: en la obra de Petrushéskaia y en aquel recorrido etílico entre Moscú y Petushkí (ida y vuelta) de Venedikt Eroféiev (también editado por Marbot). En ellos se encuentra ese humor desesperado de las pobres gentes, que no necesitaban acabar en ningún gulag porque el gulag iba con ellos. Gentes a las que nadie persiguió porque no valía la pena ni molestarse en ellos. Aquellos que podían decir cualquier cosa porque nadie les escuchaba, a nadie les importaban.

Los personajes que habitan la obra de Liudmila Petrushévskaia  son el Homo sovieticus de Svetlana Aleksiévich novelado y, paradójicamente, más reales aún que ellos. Ya no nos hablan de memoria, sino que viven ese eterno presente que no acaba nunca y están llenos de pliegues, siempre a punto de ahogarse sin ahogarse nunca. Gritos furiosos, patadas en las interminables puertas, paseos por un mundo en ruinas (sus propias vidas), la supervivencia por la supervivencia en la intuición de que nada va a cambiar. Los vivos se han alejado de mí, dice la protagonista. Y eso es todo.

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La maldición gitana, de Harry Crews (Dirty Works) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Harry Crews | La maldición gitana

En el prólogo que acompaña a la edición, Kiko Amat señala un aspecto a retener cuando se habla de la literatura de Harry Crews: olvidar, por un momento, su complicada biografía para centrarse en ese oficio de escribir que se le daba de maravilla. Ese, en cierto modo, es la clase de consejo que se puede aplicar a la mayoría de escritores del Sur de Estados Unidos, unidos por su interés a la hora de retratar la vida en los márgenes de América. La vida en el atolladero, la de todos aquellos malogrados o fracasados que intentan llevar a cabo una huida imposible de esos entornos opresivos.

La maldición gitana narra la historia de Marvin Molar, cuyo aspecto de fenómeno de feria le lleva a ganarse la vida con pequeños bolos y un trabajo en el gimnasio de Al, lo más parecido a un padre adoptivo en este mundo. Crews describe ese paisaje con un raro sentido de la dignidad, a la manera en la que Tod Browning filmaba a sus freaks. De dignidad y comprensión, por mucho que la inteligencia de Marvin le lleve, también, a sentir un poco de vergüenza por su familia adoptiva.  A saber: un ex boxeador negro completamente sonado, otro que terminó su carrera casi al primer golpe y un forzudo baqueteado al que la cabeza ya no le funciona como antes. En esas circunstancias, todo lo que Marvin puede desear es que eso que le hace especial sea, también, un salvoconducto que le permita liberarse de su entorno.

Crews aborda la situación a lo bruto, con un personaje, el de Hester, que activa los más bajos instintos de Marvin. De hecho, cada vez que aparece en escena resulta recurrente el detalle de esas largas piernas (aquel está impedido y se mueve con la fuerza de sus brazos) en las que Marvin desea enroscarse. Por mucho que todos sus encuentros huracanados terminen doblegando el ánimo de este, mientras Hester trata de abrir brecha para escapar, asimismo, de otra realidad familiar insostenible. Todo un choque de trenes que Crews encapsula en la maldición gitana a la que se refiere el título de la novela: encontrar un coño a la medida de Marvin es, prácticamente, hallar su perdición.

Uno podría pensar que Crews tomó algunos de los arquetipos de las novelas de género, como el de la femme fatale, para llevarlos unos cuantos pasos más allá, sometidos a un microcosmos de cafres y brutos en el que las emociones se disparan a bocajarro. No en vano, a medida que Hester penetra en el universo cotidiano de Marvin, podemos entrever la cercana tragedia que se cierne sobre sus destinos. O cómo, nos dice Crews, esos personajes viven en el margen de la sociedad por un buen motivo. Porque sus vidas han quedado rezagadas, lastradas, y ya solo dan para vivir entre mazas y mesas destartaladas para masajes, lanzando golpes al aire como si estuviesen enfrascadas en un último combate. Y precisamente por esa sensación de estado terminal, de vergüenza crónica ante el cruel desenlace, la historia de amour fou entre Marvin y Hester alcanza cotas verdaderamente sórdidas. Aún más, si tenemos en cuenta que Crews no es de los que etiquetan las cosas ni enjuician las actitudes de sus personajes, sino que las expone como elementos de una realidad en la que todo, mejor o peor, funciona bajo esas reglas. A plena intensidad. De manera tan demencial que es difícil que no acabe arrollando a sus criaturas.

De ahí que los límites entre el amor y la violencia sean, a medida que avanza la historia, cada vez más borrosos. La pasión entre Hester y Marvin, más agresiva. Puro amor caníbal, absolutamente dependiente, que arrasa las estructuras endebles de las vidas de ambos. Y es que pocas páginas puede haber más incendiarias que aquellas en las que Marvin apaliza a Aristóteles, su rival por el corazón de Hester; pocas más patéticas que aquellas en las que el postrero intento de Al por recuperar la gloria perdida le conduce hasta la muerte más horrible. Y, en definitiva, pocas más brutales, más dislocadas, que el desenlace a bordo del bote esponjero. Sin término medio ni titubeos, con esa determinación con la que, sin dejar escapar la oportunidad de jugar con el sarcasmo y la irreverencia, Crews reflexiona sobre el valor, la dignidad y el derecho a existir de todas esas criaturas de vidas machacadas.

Puede que La maldición gitana sea una de las mejores obras de Crews. También, paradójicamente, de las más elegantes y mejor escritas. Sin el barroquismo pasado de vueltas de El amante de las cicatrices, en la senda de obras maestras como Una infancia. Pues, no en vano, comparte con aquella la descripción de un paisaje en estado de colapso. Con un personaje, Marvin, que atrapado en la nada solo puede dejarse llevar por sus impulsos más primarios. Por esa maldición que, a la postre, no es más que otro guiño a la naturaleza humana que a menudo tratamos de ocultar. Quizá porque, como las vidas que retrata Crews en sus novelas, es la clase de cosa que preferiríamos mantener al margen. Pero que, en cambio, el autor de Cuerpo rescata con el mismo orgullo con el que Tod Browning filmaba a sus freaks. Como si, en verdad, no existiese distancia entre su mundo y el nuestro.

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Memorias de una barba, de Juan Alcudia (En huida) | por Juan Jiménez García

Juan Alcudia | Memorias de una barba

Entre el mito y uno mismo está la intimidad. ¿Por qué la poesía? (habría que preguntarle a cada poeta) La poesía como ese lugar, ese terraza llena de cuerdas tendidas, en las que colgamos nuestros sentimientos, debidamente codificados o necesariamente inexplicables. Hablamos de la abstracción. Frente a una novela realidad, un lugar donde ir más allá, donde las palabras nos esconderán, esperando ser encontrados, descodificados por otros. Cierto, como en el abstracto, la pregunta necesaria es aquella que nos formulaba Francis Bacon: sin la forma es imposible transmitir nada. En poesía diríamos: sin algo detrás es imposible llegar a ningún sitio. Y la nada está tan presente, un poco por todas partes, como una enfermedad contemporánea. A veces, tras el misterio, no hay nada. ¿Por qué, entonces, la poesía? Juan Alcudia había escrito guiones de cómics, también sobre cómics, relatos de terror y también sobre el terror. Si hay un mundo que pensábamos lejano al suyo, ese era el de la poesía con forma de poesía. Y sin embargo…

Me pregunto si una editorial “en huida” y una colección “en tránsito” no serían, ya de por sí, capaces de definir un libro. Todo esto es aventurado. Reconozco que la poesía ha sido, siempre para mi, incapaz de ciertas cosas, un enigma. Además, un enigma al que nunca busqué la solución. Lejos de buscar significados, siempre busqué que la poesía entrara en mi de cualquier manera, como tuviera a bien. Más cerca de Apollinaire que de los simbolistas, en Szymborska aprecio que parezca alguien como yo, humana, capaz de convertir lo cotidiano en algo sobrenatural, de convertir nuestras acciones en actos heroicos de supervivencia. Algo así encuentro también en Alcudia. Ese intento de esconderse tras los matorrales pero nunca lo suficientemente bien como para no ser encontrado.

Ya ni tan siquiera es necesario recurrir a la tercera parte de este poemario, ese La playa del fin del mundo, a la que ha llegado, entre las olas, la botella mensaje de su autor. Ahí está él, su barba, su paternidad con forma de koala o su perro. En fin, todo. Ese todo a la manera de Pessoa, soñador inmóvil. En el resto del libro, bajo los disfraces del mito, seguramente encontraremos preguntas igual de íntimas que esa vida llena de apariencias, de fisicidad. Fisicidad, otra palabra tan de moda como cuerpo, como si estuviéramos necesitados de reafirmar que se nos puede tocar, ante la duda de ser algo. Hablando de Gilgamesh, Alcudia habla de intentos de transferir lo intransferible, de explicar lo inefable. Ahí se sitúa cierta poesía. Tal vez la única válida.

Si todo lenguaje es un obstáculo, qué nos queda… Intentar alcanzar orillas lejanas chapoteando en el fango de las palabras, siempre es más problemático que dejarse llevar por la placidez de un mar en calma. La certeza de que, como decía Apollinaire, solo se llega a la victoria de derrota en derrota. Y también, y volvemos al poeta francés, que hemos llevado tan lejos el arte de la invisibilidad que es tremendamente complicado encontrarnos y mostrarnos a los demás. En estos tiempos de exposición total, tal vez la poesía, sea el único lenguaje capaz de escribir nuestras memorias. En todo caso, el poemario de Juan  Alcudia apuesta con ello. Y en su resultado, está la certeza.

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Huida en la noche, de Emmanuel Bove (Pasos perdidos) Traducción de Mercedes Noriega Bosch | por Óscar Brox

Emmanuel Bove | Huida en la noche

Hay circunstancias que marcan a fuego el destino de un escritor. Para Emmanuel Bove todo cambió en ese preciso instante en el que fue señalado y perseguido. Convencido de que su futuro no podía estar en un campo de concentración, cuando no directamente en uno de exterminio, trató sin fortuna de huir en dirección al Reino Unido. Finalmente, acabó recalando en Argelia como lugar de exilio y muerte. Aunque pudo regresar a París, la enfermedad que contrajo en tierras africanas le condujo a morir mientras Europa comenzaba a despertar de la pesadilla del nazismo. Si bien Bove fue un autor prolífico, capaz de combinar la literatura ligera con obras de un calado más personal, las novelas que han sido convenientemente rescatadas ofrecen una imagen siniestra de aquella época de cazas humanas y terror. Así hasta erigirse en reflexiones sobre la desconfianza, el individualismo y la supervivencia a cualquier coste.

En Huida en la noche, novela, como La trampa, escrita durante su exilio argelino, Bove nos presenta la realidad mediocre de un grupo de deportados franceses en un campo de concentración. Los días que pasan a la espera de un terror mayor, la siniestra cordialidad con la que los jefes de campo se interesan por los problemas de sus prisioneros o la violencia latente que amenaza con separar en diferentes bandos a aquellos que, ante una muerte demasiado cercana, solo sueñan con la posibilidad de evadirse. En ese contexto, que a buen seguro fue una de las pesadillas recurrentes de su autor, emerge la voz del protagonista, un individuo empeñado en llevar a cabo la fuga a cualquier precio. En busca, tal vez, del retorno a una Francia que en aquel momento ya había hincado la rodilla ante Hitler. Bove describe a su criatura como una figura acosada, acechada por fantasmas demasiado reales, que termina por recurrir al asesinato para facilitar una vía de escape del campo. Aunque eso le cueste más pesadillas, la sensación de que algo siempre funciona mal. Ese dolor interior, verdadera angustia, que le impide mantener un mínimo de esperanza, por mucho que la fuga sea un éxito y se mueva con relativa facilidad por los territorios ocupados de Alemania y Bélgica.

Cualquiera puede imaginar la paranoia del personaje principal como uno de los rasgos de Bove, de aquel ciudadano francés acosado por el miedo a que, aun desde la distancia, alguien reclamase su nombre desde el barracón de un campo de exterminio. Y lo cierto es que, como en otras de sus novelas, Bove transmite ese sentimiento de opresión, de agonía, que pulveriza cualquier atisbo de libertad en su personaje. Hasta el punto de invitarnos a reflexionar sobre la verdadera esencia de la libertad, de cómo, más allá de fronteras o listas negras, se trataba de una cuestión interior. Casi física. Del puro terror que resultaba tan difícil de soslayar cuando se vivía en una época de cacerías y víctimas. De ahí pues que Huida en la noche, especialmente tras la fuga del campo de prisioneros, narre la rápida descomposición del grupo de supervivientes hasta sumir en la soledad a su protagonista. Porque esa época, nos diría Bove, solo entendía el poder de la masa desde el rodillo de la ideología fascista. Cuando se trataba de perseguidos, de los parias, toda resistencia colectiva estaba destinada a perder frente al tremendo sentimiento de supervivencia que conducía a las decisiones más desesperadas.

No sin tristeza, Bove refleja el clima de miseria y miedo cerval (ahí queda, por ejemplo, el personaje de Pelet) que destruye la fuerza del grupo de supervivientes; que alienta a sus personajes a hacer del camino a casa un viaje solitario. Eso, claro está, si es que realmente existe aquel hogar abandonado a la fuerza. No en vano, la suya es una obra surcada por los no-lugares, por las travesías hacia ninguna parte. De ahí que, en su escapada, sean los altillos, los vagones de carga o los graneros los espacios que capitalicen la ambientación del relato. Y, a veces, ni siquiera eso, puesto que Bove elimina deliberadamente muchos detalles para quedarse con la identificación psicológica con sus personajes. Para, en definitiva, describir esa pesadilla interior de la que no se puede escapar.

Huida en la noche es la clase de novela que nos recuerda hasta qué punto los ideales hobbesianos emergían ante destinos tan negros. El terror, la desesperación, también la vergüenza. Todo ello está comprimido en la mirada del protagonista y en su angustiosa fuga a ninguna parte. En busca de un hogar perdido, acosado por el peso de la culpa y de todo lo que ha tenido que llevar a cabo para huir. Sin destino ni, quién sabe, futuro. Como su autor, varado en suelo extranjero mientras Europa trataba de revivir al golpe mortal del nazismo. Sin saber si, acaso, lo conseguiría.

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Octubre, noviembre, diciembre, de Ana Blandiana (Pre-Textos) Traducción de Viorica Patea y Natalia Carbajosa | por Juan Jiménez García

Ana Blandiana | Octubre, noviembre, diciembre

Si la poesía es un misterio, si la poesía es entendida como un misterio, ¿quiénes somos nosotros para intentar poner orden o arrojar luz en esa oscuridad dulce? Entendida como un enigma, tenemos la opción de intentar desvelarlo o, simplemente, dejarnos atrapar en él y no buscar respuestas, sino tan solo dejarnos llevar por sus preguntas hasta hacerlas nuestras. Dejar la belleza en la belleza, la historia en la historia, la naturaleza en la naturaleza y el pensamiento en ese lugar abstracto en el que el poeta ha decidido instalarlo. Cuando escribí sobre El sol del más allá y El reflujo de los sentidos, los anteriores poemarios publicados, como este, por Pre-Textos, pensaba en visiones. Las visiones como un intento de llegar al futuro. En este Octubre, noviembre y diciembre, solo se puede pensar en ese misterio, como un intento de entregarse uno mismo en el presente de unos días felices. Entre todo, tal vez solo sea una cuestión de distancia. La de una poeta de treinta años de este libro, con la de una poeta de sesenta años.

La poeta en sus treinta años. En su extenso y elaborado prólogo, Viorica Patea ya nos indica que este libro fue escrito en un momento feliz de su vida. Esa felicidad se convierte en un libro de poemas de amor. Un amor en el que todo lo demás pierde sus contornos y lo más cercano es aquello que tenemos ahí, siempre, alrededor. En su caso, la naturaleza. Mientras, en su cabeza hay un libro bien presente, con el que dialoga: Mihai Eminescu y su Luceafărul, obra esencial de las letras rumanas. No es la única referencia. Con todo, el camino a recorrer se recorre desde la intimidad, y esa intimidad no necesita desvelar sus mecanismos relojeros. Simplemente está ahí, buscando. ¿Qué? La eternidad de Rimbaud. También al otro. En unos versos que se enredan en el ser amado, convertido en algo superior, tras el cual solo puede llegar el sueño y la eternidad de ese sueño, es decir, la muerte.

Bandiana viene del verano, dice en Acerca del país del que venimos. Y dice de él que es una patria frágil. Es precisamente en esa fragilidad en la que se instalan esos poemas, y es entonces, en ese territorio precario, donde los encontramos nosotros, que también tuvimos nuestra patria, y también fue una estación. Se pregunta cómo hallar la calma y el sosiego, y encuentra allí el sueño, como ese susurro que nos llega de un lugar indeterminado, tan cercano del poesía. Dice del amado que mientras habla con él, es. Y esa es también su escritura, que se construye como una presencia y se mantiene en unas palabras que son arrastradas por otras, como el otoño deja caer las hojas del verano. Pasa la vida, caen los frutos.

A través de sus versos siente la añoranza, sin saber muy bien de qué. Los poemas de Octubre, noviembre y diciembre, son esa interrogación, esa pregunta constante, esa búsqueda que no pretende encontrar nada. Van. Son. Fluyen, como enredaderas a través de las paredes del sueño y del misterio. A través de la naturaleza abstracta de nuestras palabras. Una poesía que busca esconderse para no ser encontrada, solo presentida. Y su logro, nada contemporáneo, es que sí, hay algo escondido. No es el vacío, sino un corazón que late.

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Caminos para un reencuentro, de Montse Barderi y Emma Vilarasau (Huso Editorial) | por Francisca Pageo

Montse Barderi, Emma Vilarasau | Caminos para un reencuentro

Montse Barderi es filósofa y escritora. Emma Vilarasau es actriz. Juntas, y bajo el auspicio de la editorial Huso, forman este pequeño libro, aunque grande en contenido, sobre las vidas de Ella Maillart y Annemarie Schwarzenbach y la relación que tuvieron entre ambas.

Si bien hace poco Pilar Bellver nos traería una novela epistolar sobre Virginia Woolf y Vita Sackville-West en A Virginia le gustaba Vita, aquí tenemos otro sobre Maillart y  Schwarzenbach basada, inicialmente, en el viaje que hicieron de Suiza a Kabul en 1939 y es en esta edición donde vemos reflejados los detalles más intrínsecos de sus experiencias, sus vidas y obsesiones. Estamos ante un epistolario que, sin duda, Annemarie Schwarzenbach ya reflejaría en sus libros y cartas, pero que nos aporta una visión más objetiva, quizá más vívida y lúcida, sobre lo que ambas mujeres vivieron juntas.

Con la II Guerra Mundial como telón de fondo, las cartas entre ambas mujeres retratan la angustia y fuerza que muestran ante la vida. La una impulsa a la otra a ser valiente y sobreponerse a los obstáculos que se presentan, como el internamiento de Annemarie en un psiquiátrico y su consecuente experiencia. «Y decidir quererte, también decidir cambiarte. Perdona, no es eso: deseaba hacer emerger de ti todas las cualidades que entreveía. Porque veía en ti todo lo que podías ser, y si una parte de ti me inquietaba, la otra, me fascinaba; tu incapacidad para vivir a medias, tan loca y tan valiente, apta tanto para los triunfos más elevados como para las derrotas más incontestables. Así eras tú, el ángel desolado te había llamado Thomas Mann, para ti eras un ángel tan rojo como ingrávido, capaz de crear el cielo y el infierno porque ambos los arrastrabas en ti.», diría Ella a Annemarie. Además, la adicción de Annemarie a la morfina será aquí vista de una manera viva y dura, y nos hará cómplices de todo lo que Annemarie sufrió y tuvo que hacer para salir de ella.

Aquí, a modo de ficción, el profundo amor y apego de ambas, por muy contradictorio que parezca, hace que estén alejadas la una de la otra. Ambas se admirarían mutuamente y la una sin la otra se sentirían como si algo faltase en su vida, como si el aliento de una formara parte de la otra, y viceversa. Estamos sin duda ante un amor platónico y sincero, lleno de ideales que no triunfarán pero que se verán reflejados de una manera u otra en la vida de cada una. Todo ello reflejado en un epistolario vivaz y consecuente sobre el amor, la vida y las experiencias que estas mujeres tuvieron, aunque las cartas sean ficción. Para las autoras, las que escriben esto, será la muerte de Annemarie (un pequeño accidente en bicicleta) la piedra angular de su imaginación literaria, el punto clave para llevar a cabo este bello aunque duro epistolario que nos traen de vuelta la vida de dos mujeres clave para entender la historia -ya no sólo la que ellas vivieron, sino también la historia de la mujer en sí, pues son mujeres que crecieron en un punto de inflexión de la historia del S.XX.

Caminos para un reencuentro es un viaje lleno de viajes, es un libro sobre la vida, la fuerza y el amor, es un libro para hacernos entender que amar significa e implica más cosas de las que pensamos y de las que estamos dispuestos a hacer. Caminos para un reencuentro es caminar junto a alguien, aunque ese alguien esté lejos y no lo veamos, aunque ese alguien quiera encerrarse en sí mismo pero unas cartas hagan que cojamos la fuerza suficiente para seguir hacia adelante y avanzar.

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Clases de chapín, de Eduardo Halfon (Fulgencio Pimentel) | por Juan Jiménez García

Eduardo Halfon | Clases de chapín

Esos instantes suspendidos en el tiempo, esos momentos en los que tenemos la sensación de que hemos aprendido algo, alguna cosa importante. Tal vez a ser. A estar. No sé si eso es Clases de chapín, libro de relatos, de Eduardo Halfon. Como solo escribo desde intuiciones, esto me parece bien, porque esa es la sensación que tuve en todo momento. La de que el tiempo se detenía en un instante y que ese instante podía ser muy grande o muy pequeño, pero que se quedaría ahí, fijado en la memoria de aquellos que lo presenciaron. En la memoria o en la muerte, porque no siempre sale uno indemne físicamente de estos trances. Desde luego, nunca mentalmente.

Instantes grandes. Un terremoto que, si estás en una familia adinerada, te deja una capa de polvo. Pero también un tío empeñado en mostrarnos, aunque sea por unos breves instantes la realidad de un mundo que queda allá, lejos, muy lejos, entre los escombros. No es seguro que vayamos a recordar algo, pero. Otros instantes grandes, emocionalmente grandes, con la misma devastación personal: la violación de una niña. O la violación, sin más. Los horrores del mundo, que están en cualquier lado, esperando su momento y cambiar el curso de la historia. La personal, la íntima. La otra no cambia nunca por cosas graves. Solo por idioteces.

Instantes pequeños, de rara magia. Las improvisadas clases de dibujo en un restaurante lisboeta, la imagen atemporal del señor Sanders y algún tipo de iniciación a ser judío, esos actos de tardía justicia, pero justicia, como aquel contra el señor Heine, de parte de un niño. Actos de rebeldía contra el tiempo, contra el tedio, contra la naturaleza íntima, como lo que hay. Uno muere de cualquier manera, por una simple fotografía, si acaso. Pero del mismo modo uno renace de cualquier forma.

No es fácil de hablar de la fragilidad de una escritura que se alimenta de tiempo, de pausas, de gestos, de gestitos. No es fácil extraer esos fragmentos de vida y convertirlos en algo trascendental. La escritura no cambia, el relato no asciende ni desciende. El tiempo, decía, ha quedado suspendido. Antes del momento ante la intuición de que algo va a ocurrir, algo que surgirá de un cierto tedio. De esos momentos en los que no pasa nada, o poca cosa, o lo de siempre. Entonces ocurre. Y ni tan siquiera es un escándalo. No hay gritos, no hay empujones.  Simplemente ocurre que aquellos que estaban ahí ahora son otros.

La escritura de Eduardo Halfon tiene algo de invitación a estar en ella. No es de esas escrituras que nos dejan deliberadamente fuera, ni de aquellas que nos piden que completemos aquello que el escritor no ha sabido contarnos. Tampoco se nos presenta como un cuadro colgado que admirar. En ella, las cosas suceden y nosotros sucedemos con ellas. Sus relatos son, ahí va la palabra, acogedores. Y eso no nos facilita las cosas, porque lo terrible es más terrible como lo dulce es más dulce. La vida es la vida y nosotros vivimos como viven esos personajes. Atrapados en la lógica de lo inaceptable y, como aquel señor Duda de Günter Grass, entre interrogantes.

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La cacería, de Maurice Sachs (Cabaret Voltaire) Traducción de Lola Bermúdez Medina | por Juan Jiménez García

Maurice Sachs | La cacería

Cuando tiempo atrás escribí sobre El Sabbat, obra que precede a este La cacería, venía a decir que Maurice Sachs vivió un tiempo donde toda persona dispuesta a perderse, se perdía. Y él, desde luego, siempre estuvo bien dispuesto. Si El Sabbat atravesaba el apasionante tiempo de entreguerras y era un relato en calma de unos ambientes literarios que coqueteaban con las vanguardias y los salones, La cacería, igualmente publicada por Cabaret Voltaire, es el final de los buenos tiempos, que tal vez no fueran tan buenos, pero a los que la guerra y la ocupación alemana convirtieron en otro de esos lugares perdidos a los que volver en la memoria. Maurice Sachs se balanceaba en aquella narración entre sus tendencia al mal y una especie de voluntad de ser bueno, que nunca lograba triunfar frente a lo primero. Había hecho de todo, y de todo, lo peor. Para alguien como él, con no demasiados escrúpulos, la ocupación alemana solo podía ser algo bueno si sabía aprovecharla.

La historia nos presenta a nuestro hombre como un colaboracionista y notable candidato a ser fusilado cuando todo eso acabe. El azar quiso que acabara en una cuneta de un tiro, y precisamente por esos alemanes para los que había estado, literalmente, trabajando. Pero lo cierto es que su narración de esos años (interrumpida cuando va a pasarse a la Francia de Vichy, huyendo de sus deudas más que de los ocupantes) no deja adivinar todo esto, aún no teniendo mucho que perder con su relato. Sachs, en aquel tiempo, estaba muy ocupado con dos cosas: traficando y follando. El oro, la moneda, las joyas, iban de acá para allá con tanta facilidad como sus amantes, y, desde luego, los alemanes quedaban lejos de todo ello. Simplemente no le interesaban o no veía que partido podía sacar de ellos. Y Sachs es un hombre práctico. Solo aquello que le reporta alguna utilidad puede ocupar su tiempo. Y si es necesario deshacerse de un hijo adoptado porque no sabe ya muy bien qué hacer con él, perdidas su expectativas, pues se deshace.

Como siempre en él, una vida cómoda tarda poco en convertirse en un desastre. Y es que, después de todo, es un romántico. Un romántico de un día o de varios, que solo aspira al placer. Y si eso significa jugarse en él las ganancias que no ha tenido y el dinero de los otros, no es muy importante. Después de todo, su vida siempre fue una huída hacia delante, en la que nada importaba. Una historia personal de la destrucción en la que solo había una regla: el debía sobrevivir. Pero, ¿era un esto un ser excepcional? No. Su propio relato de aquellos años de la guerra y ocupación solo nos muestran un puñado de personajes que, cómo él, están dispuestos a todo, y sobreviven aprovechándose de los otros. Son las reglas del juego, un juego que no juegan todos pero del que todos son parte. Lo terrible de La cacería, no es Maurice Sachs, sino la constancia de que no estaba solo.

Tras su escapada de Vichy, el relato se interrumpe. Lo volvemos a retomar a través de la correspondencia que mantuvo con Yvon Belaval desde Hamburgo, desde el campo de trabajo el que se encontraba como voluntario. Ahí asistiremos al relato de la destrucción de Hamburgo bajo las bombas y como el escritor solo aspira a escribir. Sigue soñando con una obra que le colocará en un lugar al que su vida no le conduce. Pide libros como otros pedirán comida. La guerra no le importa mucho, porque, como confiesa, le es igual la suerte de millones de individuos como le da igual la suya propia. Las ruinas no dejan de ser el hermoso espectáculo de una civilización destruida. Sueña, como los personajes de Bande à part, con irse a los países cálidos. Pero ya no quedaban países cálidos. En una versión de su muerte, muere de una paliza de otros presos y es arrojado a los perros. En otra, de un tiro en la cabeza por un oficial alemán.

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La casa del álamo, de Kazumi Yumoto (Nocturna) Traducción de Rumi Sato | por Óscar Brox

Kazumi Yumoto | La casa del álamo

Poco a poco, la obra de autoras como Kazumi Yumoto o Hiromi Kawakami ha encontrado acomodo dentro del mercado editorial en castellano. Algo que, con el paso del tiempo, se nos antoja casi fundamental para comprender un poco más, un poco mejor, el delicado mapa sentimental de ese Japón contemporáneo que, pese a todo, nunca logramos rozar más allá de su superficie. Por eso, en el caso de Yumoto, resulta tan interesante ese arco abierto con la publicación de Los amigos y Viaje a la costa, de las que La casa del álamo, que se situaría en un punto intermedio entre ambas, recoge temas, sensaciones y reflexiones. La más importante de todas, la serena convivencia con nuestra mortalidad, quizá uno de los sentimientos más difíciles de armonizar con la vida, entre otros motivos, por la sacudida que produce a nuestro alrededor cuando se produce, que Yumoto trata con delicadeza y sencillez. En parte, porque lo superpone a esa otra gran transición vital como es el fin de la infancia, convirtiendo ambos tránsitos en una suerte de aprendizaje emocional; en un camino de ida y vuelta para llegar a definir quiénes somos realmente.

La casa del álamo abarca, precisamente, ese instante de la infancia que visa los primeros momentos importantes de la vida de su protagonista. No es casualidad, pues, que sea la muerte de la casera del antiguo piso de la protagonista, Chiaki, la que abra la puerta de la memoria y nos enseñe el complejo entramado emocional que dibujan la niñez y la adolescencia, pero sobre todo ese carácter de preparación para la vida que se deja notar en cada pequeño gesto. En el miedo a un cambio radical, cada vez que el traslado del hogar familiar borra (casi) permanentemente el recuerdo de aquel hogar anterior que tal vez habite otra familia. En la inquietud que provoca la erupción de una vida interior a la que le faltan las palabras justas y le sobran las emociones bruscas, volcánicas, que anuncian un salto de longitud inminente hacia otra vida. En la preocupación por la muerte, por ese final sin continuación que nos obliga a buscar nuevas maneras para recordar a quienes ya no volverán a estar. Que supone, tal vez, uno de los ejercicios de madurez más significativos; también, más arduos.

En la escritura de Yumoto uno encuentra siempre ese trabajo de acercamiento a un universo, el juvenil, que halla su punto fuerte en la sencillez. En la falta de subrayado de sus gestos, en el impacto con el que procesan cada cambio, cada movimiento insignificante de la vida. Y es interesante cómo la autora de La casa del álamo es capaz de trasladar a sus historias esas sensaciones sin apenas estridencias, de forma natural. Con unas palabras que cualquiera podría imaginar que le pertenecieron, que fueron suyas en la más tierna juventud, que le han acompañado desde entonces obligándole a reflexionar sobre el peso de esa preparación para la muerte. Esa que, en el fondo, no es más que una invitación a profundizar en los vínculos y las ligazones que desarrollamos no solo con la vida, sino con todo aquello que encontramos a nuestro alrededor. Si en su novela son las cartas escritas las que sirven como leitmotiv para referirse a aquellos que ya no están, a la prematura muerte del padre de Chiaki, a la mirada curiosa a un lugar en el que emerge el gran álamo del jardín; en la escritura de Yumoto es la tenacidad con la que no deja pasar un solo detalle la que despierta nuestra atención por ese lento proceso de armonización del dolor con la vida.

Probablemente, la serenidad con la que Yumoto trata la muerte sea una de las divisas de su obra literaria, incluso cuando tantea territorios algo más genéricos como el fantástico (véase Viaje a la costa). Esa sensación de calma con la que sus personajes se explican, se acercan a sus sentimientos y exploran sus avatares vitales. Sin que, aparentemente, nada logre perturbar su travesía hacia una madurez completa, a la que parece unida la reflexión sobre la muerte como otro camino alternativo para entender los diferentes pasos de la vida. De ahí, pues, que una novela como La casa del álamo nos invite a pensar qué es lo que sucede, qué batalla tiene lugar en nuestro interior, cuando alguien muere. Cuáles son esas palabras que nos vienen a la cabeza, esos nervios que se agarran al estómago, ese entorno que, de pronto, cobra un relieve especial. Qué fuimos y en qué nos convertimos. Y, en especial, qué es aquello que nunca cae en el olvido. Que siempre se recuerda. Y es que, pese a que Yumoto nos plantee una suerte de viaje al pasado para reseñar la evolución vital de su personaje, la sensación al acabar libro es una bien diferente. Más que un retorno, La casa del álamo supone una invitación a acompañar a su protagonista a través de aquello que, más que nunca, le ha servido para aprender a entender lo que significa estar vivo. Estar en el mundo. Ese sentimiento de pertenencia a un lugar, a unas personas, a un ambiente, que las palabras de Yumoto reflejan en las páginas de su novela.

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El arrecife de las sirenas, de Luna Miguel (La Bella Varsovia) | por Dara Scully

Luna Miguel | El arrecife de las sirenas

La polilla revolotea. Su vuelo: un círculo perfecto. Un nacimiento a la inversa. Océano que agita a las sirenas. Me he manchado los dedos con su tacto; sus alas, oscuras, desprenden un polvillo arenoso y tierno que me acuna. Yo, que no deseo al hijo, me he manchado las palmas. Toco estas páginas, el borde afilado del poema. Me corto y sangro leche que me sacia.

Al principio: la muerte. La herida expuesta y dolorosa, la orfandad de la poeta. ¿Puede ser niña quien perdió a la madre? ¿Se puede desear el alimento? La fealdad tiene el aliento dulce de la espera: llenar la boca, llenar el sexo, llenar el vientre con la carne. Con el hijo aún no pronunciado que lave el sabor de la ceniza. Enterrar los dientes para que florezca el árbol y dé fruto. ¿Le está permitido a la poeta? ¿Puede florecer quien ha conocido la miseria? ¿Puede el hijo ser sirena en este vientre?

La espera es siempre dolorosa. Nos hiere la incertidumbre, la ojera, la mirada triste del espejo. Nos hieren los errores que cometimos en la juventud. Le rezamos a la fertilidad para que tiemble el borde de la herida, para que sane y se haga costra. Una cicatriz de flores. Una celebración. Pero a veces las heladas queman los primeros brotes. Y la herida ensancha sus bordes, nos encierra en su plenitud, devora el ruego en la garganta. Un ruego de voz muda que también nosotros pronunciamos junto a la poeta. Un ruego leve como el vuelo de la polilla. Como el círculo que describen sus alas antes de posarse de nuevo sobre la tierra.

Y allí, al otro lado del mundo, encontramos la sanación. En un templo en Kamakura. En un viaje de verano, de lágrima en el templo de los niños. Sus bocas pronunciando la oración. El deseo en sus labios de piedra, en sus boquitas de arena pedregosa. Un viaje como un canto que encierra cierta sabiduría, cierto conocimiento velado. Una especie de certeza, la nuestra, al tocar con los dedos los poemas, sus bordes ahora redondeados, sus palabras sin esquirlas. Y cuando volvemos al hogar y nos dicen: aquí está, aquí la leche, aquí el arrullo, aquí unos pies que no tocan el suelo, también nosotros comprendemos. Que hemos hecho un vuelo en círculo, un viaje de la ceniza a la luz, de una infancia segada a otra que ahora crece como la flor de la buganvilla.

Yo, que no deseo al hijo, me he manchado las manos. He leído en voz alta estos poemas. He seguido el rastro de la polilla, insecto pequeño y dócil, criatura que viene a morir al océano. Yo, digo, he dejado de ser yo. He volado a México y a Roma. He conocido Japón a través de las palabras. De la mirada y el aprendizaje. He sentido contra mi muslo ese golpe sordo como un llanto. Y cuando el nombre se pronuncia al fin – eseHana primero, después Ulises, mariposa que despliega sus alas –, mi entrega es hermosa y absoluta. Celebremos el hipo y la voltereta. Celebremos, me digo, la llegada del calostro. El balbuceo de la criatura que ahora duerme a nuestro lado. Porque ese es el poder que habita en ‘El arrecife de las sirenas’: nos regala un nacimiento, un temblor, un vuelo al que nos entregamos para también nosotros acabar al borde de ese mar, al borde de un paisaje nuevo y luminoso: Ulises.

« no sé donde lo vi o dónde lo imaginé
pero una tarde cualquiera de agosto
una polilla gris chocó contra mi muslo
y en ese pequeño y preciso instante
tú nacías »

 

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