Mayte Alvarado y Borja González (spiderland/snake)

Cuadernos japoneses, de Igort (Salamandra Graphic)
Pantera, de Brecht Evens (Astiberri)
Cénit, de María Medem (Apa-Apa Cómics)
Línea editorial, de Arnau Sanz (Aia editorial)

Almudena Amador y Francisco Benedito (Librería Ramon Llull)

Tiempo de dioses, de Wolfram Eilenberger. Taurus, 2019
Duelo de alfiles, de Vicente Valero. Periférica, 2018
Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza, de Vicente Valero. Periférica, 2017
Cabezas cortadas, de Pablo Gutiérrez. Seix Barral, 2018
Un vaso de agua, de Lola Mascarell. Pre-textos, 2018
Lumpen Supernova, de Emilio Martín Vargas. Visor, 2019
Una noche en el paraíso, de Lucia Berlin. Alfaguara, 2018
Cambiar de idea, de Aixa de la Cruz. Caballo de Troya, 2019
Don de la noche, de Susana Benet. Pre-textos, 2018
Monstruas y centauras, de Marta Sanz. Anagrama, 2018
Silencio administrativo, de Sara Mesa. Anagrama, 2019
La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934) Acantilado, 2016

José Luis Amores (Pálido fuego)

Milkman, de Anna Burns, que ganó el Man Booker el año pasado y que es una gozada. La ha publicado ADN de Novelas y en verdad es una lástima que se pierda en el maremágnum porque es una cosa magistral.
Kentucky seco, de Chris Offutt, publicada por Sajalín, es una puta maravilla, y lo digo en serio. Los de Malas tierras van a publicar otra pasada de Offutt, un tributo a su padre, que escribía novelas de ciencia ficción y porno con seudónimo, sin, y por encargo, un personaje. Se titula Mi padre el pornógrafo, y quienes quieran disfrutar de verdad tendrán que estar atentos a su salida en breve, tengo entendido. Pero que no dejen de leer Kentucky.
Obviamente, y aunque sea del año pasado, hay que leer Furtivos, de Tom Franklin. Hay dos relatos dentro, Grit y Poachers (éste da título al libro), que son obras maestras. En Dirty Works.
Y obviamente, lo mejor del año, dicho por El Cultural, El origen de los brunistas, de Robert Coover. Lo digo yo, que leo casi más que nadie porque es mi trabajo y me encanta.

Guillermo Arazo (Comunicador cultural)

Game boy (Caballo de Troya), en primera instancia, constituye ese revulsivo, que por tan esperado, satisfactorio. El periodista Víctor Parkas reflexiona sobre las nuevas masculinidades. Sobre sus privilegios. Sobre los nuevos referentes. Sobre, ¡Ays! Cómo-hemos-cambiado- qué-lejos-ha-quedado-aquella-amistad. Con dos cojones. Parkas traza una línea en el suelo de la provocación y se pone a hacer funambulismo periodístico. Sin red. Todo este juego de manos literario es un tetris de divertidos artículos, lúcidas columnas de opinión e hilarantes escenas ficticias donde la sexualidad, el feminismo, el capitalismo, pero sobre todo, la nueva masculinidad, va acoplándose hasta dibujar un paisaje (de nabos) de lo que significa ser hombre hoy. “Dejad que os hable de mi polla” Si para algunos escritores el estilo es un cochazo con el que pasearse entre líneas, para Parkas es más como un abro-hilo-en-forocoches. Divertido y ácido. Un instrumento que le lleva a los fangos de la vida. Un piloto kamikaze planeando sobre el machista cabreado. ¡Banzai! Desde su operación de fimosis “Tengo siete años, un cinturón amarillo de karate y fimosis” a la crítica lacerante al cine de Woody Allen. Una mirada efervescente a las masculinidades tóxicas, que se lee en un gemido y que consigue su objetivo: (emoticono estallar la cabeza)

Óscar Brox

Distraídos venceremos. Usos y derivas de la escritura autobiográfica, de Andrea Valdés (Jekyll & Jill)
Kentucky seco, de Chris Offutt (Sajalín)
Inocencia in extremis, de John Hawkes (Alfaguara)
Amor divino, de Ángela Segovia (La uña rota)

Laura Claravall (Ediciones del subsuelo)

Como novedades, recomendaría en Ensayo: Aquellos años del boom de Xavi Ayén, editado por Debate y en Narrativa: Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Matas, editado por Seix Barral.

Como títulos muy recomendables para disfrutar y tener siempre a mano en la biblioteca, recomendaría en Ensayo: Tolstói o Dostoievski, de George Steiner, publicado por Siruela y en Narrativa: Maestros antiguos, de Thomas Bernhard, publicado en Alianza.

De nuestra editorial: Biografía de una idea, de Sigismund Krzyzanowski en Narrativa, y Breviario de la estupidez en Ensayo.

Miguel Fuentes (Librería Cosecha Roja)

Kentucky seco, de Chris Offutt (Sajalín)
Sigue el viento libre, de Leigh Brackett (Valdemar)
Petit Paris, de Justo Navarro (Anagrama)
Safari en la pobreza, de Darren MacGarvey (Capitán Swing)
John Ford, de Peter Bogdanovich (Hatari Books)

David González (El Paseo editorial)

Recomiendo nuestra galería de ilustres fracasados de El Paseo editorial, que seguirá, créeme:
La muerte difícil, de René Crevel, con prefacio de Salvador Dalí y traducción de Julio Monteverde.
Cárcel (seguido de “Estrofas del Éter”), de Emmy Hennings, en traducción de Fernando González Viñas
 Contra la vida establecida, de Ulrike Voswinckel, en traducción de Fernando González Viñas
Y un entretenimiento magnífico:
Los pájaros y otros relatos,  de Daphne du Maurier, en la tersa traducción de Cisneros Perales.
De otros suelo recomendar lo último que leo o releo o que me ha transformado realmente:
El mundo sigue, de Juan Antonio Zunzunegui (Editorial Noguer), una gran novela perdida que tengo la alegría de anunciar que vamos a recuperar para el público en el segundo semestre de este año.
-estoy releyendo Por el ojo de la aguja de Peter Brown (Acantilado), un libro que te deja obnubilado, ni Agamben, vaya…
-Y tengo en la mesilla como lectura discontinua el Diario: Memoria de la vida literaria, de los Goncourt, editado por Renacimiento, y la última de Juan Bonilla, Totalidad sexual del cosmos (Seix Barral).

María Hernández (Ediciones Asimétricas)

Nuestras recomendaciones Asimétricas:
Esoterismo y arte moderno (Iván Gómez Avilés)
Tener el azúcar bajo llave (Eva Lootz)
Arquitectura, arte y diseño (El Lisitski)
Usted está aquí (Recetas Urbanas)
Ornamento #3: MAEKAWA (M. Sotos, S. Romeo, Y. Tomida)

Donatella Iannuzzi (Gallo nero ediciones)

Asterios Polyp, de David Mazzucchelli (Salamandra Graphic)
La entreplanta, de Nicholson Baker (La navaja suiza)
Peces de colores y hormigón, de Maartje Wortel (Seix Barral)

Juan Jiménez García

El par de senos más bello del mundo, de Roland Topor (Pepitas)
La muerte difícil, de René Crevel (El Paseo)
El triunfo del huevo, de Sherwood Anderson (Greylock)
Una historia de la luz, de Jan Němec (Errata Naturae)
Biografía de una idea y otros relatos, de Sigismund Krzyzanowski (Ediciones del Subsuelo)
El hechicero de Meudon, de Éliphas Lévi (WunderKammer)

Y un manga: Mi vida sexual y otros relatos eróticos, de Shotaro ISHInoMORI (Satori)

Javier Lucini (Dirty Works)

Para empezar, a modo de aperitivo, b de birra, de Tom Robbins, en Underwood, porque el vino es de derechas y así, de buena mañana, lo que apetece más es una cervecita bien fresquita, dos mejor que una, y ya tres ni te cuento, a poder ser con sus aceitunitas (y, aparte, porque el tándem Fernando Peña & Javier López González nos promete gloriosas francaCHELAS, y si no, al tiempo, no les pierdan de vista). Luego un Kentucky seco, de Chris Offutt, de la cerveza al bourbon de Sajalín (y no vayan a creer que haya colado este pelotazo solo porque haya tenido el honor de traducirlo, aunque bueno, un poco sí, ustedes sabrán disculparme, será el alcohol y la fase de exaltación de la amistad, esperen a que llegue la fase violenta; he aquí las dimensiones de mi credibilidad). Todo muy mosca de bar, como ven. Por eso también recomendaría al viejo Hank, con esos inéditos que se acaba de sacar Anagrama de la manga, Las campanas no doblan por nadie, aunque los conversos lo denosten y andan renegando desde hace tiempo de sus viejas borracheras, allá ellos, nunca supieron beber (ahora andan leyendo cosas de enjundia –entrecomílleseme mucho la enjundia esa, si me hacen el favor–). Y de ahí, con bastante resaca, a Hijos de Las Vegas, de Timothy O’Grady, en Pepitas, para solazarnos un poco en la inmundicia, bello y desolador, muy de amanecer con vómito en un callejón tras una pelea y un gato mirando (y ya que estamos con Pepitas, El par de senos más bellos del mundo, con el que inauguran la ilusionante Biblioteca Topor, con traducción de monsieur Diego Luis Sanromán, eficacia aprobada, como el 3 en Uno). Y para terminar, Sigue el viento libre, de Leigh Brackett, número 20 de la colección La Frontera, solo porque es el último que han sacado los viejos y admiradísimos pistoleros de Valdemar, si fuese el nº21, pues recomendaría el nº21, o el que fuera, porque La Frontera es oro puro, es el Yukon en plena época de la Fiebre, cuando todavía quedaban vetas buenas. Al igual que recomendaría a ciegas cualquiera o todo lo de Wunderkammer, gabinete de maravillas, ya más para quedarse, si eso, tirado en casa, con mucho cojín y el mal francés, o en la trastienda del chino, con las sedas y los opiáceos.

Rubén Martín Giráldez (Traductor y escritor)

A su manera, estas cuatro lecturas acompañan la traducción en marcha del libro de Guyotat Éden, Éden, Éden para la nueva editorial Malas Tierras. Un poema épico, opaco y sucista en prosa saludado por Leiris, Barthes, Sollers y Foucault en 1970, por decirlo rápido y mal.
Pierre Guyotat. Essaie biographique, Catherine Brun, Editions Léo Scheer, Paris, 2005
Verbi Gratia. Los escritores macarrónicos de España, Antonio Torres-Alcalá; Porrúa, Madrid, 1984
«El autor del Merlini, que habla de la visita a Cádiz del Almirante de España, para describir la alegría y el bullicio del pueblo, usa la palabra zangamalangus poniéndola en boca del perplejo Hércules: “Quis zangamalangus… invaserit Urbem?”. Asimismo, describiendo el ruido de los cañones, usa gatatumbam: “Qui gatatumbam no faciat…” y “Rursus disparant, undique tumb, tumb!”»
Correspondencia 1914-1922, Proust-Rivière; La uña rota, Segovia, 2017; prólogo, traducción y notas de Juan de Sola.
De una reseña de Henri Ghéon para la NRF que aporta De Sola en su prólogo: «[…] Ni siquiera se toma la molestia de ser lógico y aún menos de “componer”. Se obstina en negarnos esa satisfacción orgánica que nos procura una obra cuyas partes abarcamos de un solo vistazo […]. Ese libro adolece de la locura de la sinceridad […]»
Y una novela viva que debo a un amigo —ahora que los amigos pueden ser, en efecto, eléctricos—, Vicente Nascimento:
La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez; Cátedra, Madrid 2016 (publicada por primera vez en 1976).

Inés Martínez García

Sigo aquí, de Maggie O’Farrell (Libros del asteroide)
Golpéate el corazón, de Amélie Nothomb (Anagrama)
Saudade, de Yasmín C. Moreno (Amargord)
Ejercicio de las memorias, de Romina Serrano (Liberoamericana)
Primera persona, de Margarita García Robayo (Tránsito)

Vanessa M. Montesinos (Afán de plan)

El tutú (Princesa Safo, 1891); Oblómov (Ivan Goncharov, 1859); Crimen y castigo (F. Dostoyevski, 1866); El proceso (F. Kafka); Bartleby, el escribiente (Herman Melville, 1853); El juguete rabioso (Roberto Arlt, 1926); Rayuela y Los autonautas de la cosmopista, además de muchos de sus cuentos breves (Julio Cortázar); La campana de cristal (Sylvia Plath, 1963); El rodaballo (Günter Grass, 1977); El arrancacorazones (Boris Vian, 1953); La grieta (Doris Lessing, 2007); La mujer singular y la ciudad (Vivian Gornick, 2015); Hacia la boda (John Berger, 1995); El libro de las ilusiones (Paul Auster, 2002)…

Tengo una tendencia natural, que aumenta con la edad, a disfrutar con el humor negro y el absurdo… No solo me ocurre con la literatura, también con el cine, la fotografía, el collage, la danza o el teatro; aunque el teatro prefiero verlo a leerlo. No obstante, debería leer más teatro. Angélica Liddell, Lluïsa Cunillé, Laila Ripoll, Magda Labarga, Sarah Kane, Patrícia Pardo, todas las publicaciones del Laboratorio de Dramaturgia Insula Dramataria Josep Lluís Sirera… Beckett, Ionesco, Genet, Pinter. Poco a poco.

Si alguien las tradujera, me encantaría leer Insel, la única novela de Mina Loy, o Héroïnes, de Claude Cahun. Tengo pendiente Cárcel (Gefängnis), de Emmy Hennings, recientemente traducida. Próximamente, iré a por Vernon Subutex, de Virginie Despentes; El par de senos más bello del mundo, de Roland Topor; El estilita, de Uri Costak; Los asquerosos, de Santiago Lorenzo; Jovencitos con botines, de P. G. Wodehouse; y El ejército de los sonámbulos, de Wu Ming. Ahora estoy alternando Juegos de la edad tardía, de Luis Landero, con la Prosa completa de Alejandra Pizarnik.

Núria Molines (Traductora)

Cambiar de idea, de Aixa de la Cruz (Caballo de Troya): una confesión descarnada y directa a la yugular sobre diferentes episodios de su vida. Aixa de la Cruz les ha puesto voz a muchos conflictos actuales desde la honestidad, sin cortapisas. Un libro que te coge de las entrañas y te lleva a un viaje frenético que gira alrededor de la culpa, la construcción de la identidad, la violencia estructural… Una gran reflexión sobre lo que significa ser mujer a punto de cumplir los treinta.

Julio Monteverde (Escritor, traductor)

Meret Oppenheim: Un extraño continente. Tres molins.
Esther Peñas: La vida, contigo. Adeshoras.
Anselm Jappe: La sociedad autófaga. Pepitas.
António José Forte, Un cuchillo entre los dientes y otros textos. Ediciones de La Torre Magnética.

Almudena Muñoz

Cualquier título de los Mumin, de Tove Jansson (Siruela)
La dependienta, de Sayako Murata (Duomo)
Flush, de Virginia Woolf (Lumen)
El unicornio, de Iris Murdoch (Impedimenta)

Dani Osca (Sajalín)

Total Khéops, de Jean-Claude Izzo (Akal). Trad. de Matilde Sáenz
El hogar eterno, de William Gay (Dirty Works). Trad. de Javier Lucini
Desguace Americano, de Bonnie Jo Campbell (Dirty Works). Trad. de Tomás Cobos
El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell (Anagrama). Trad. de Marcelo Cohen
Últimas notas de Thomas F. para la humanidad, de Kjell Askildsen (Lengua de Trapo). Trad. de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Maus, de Art Spiegelman (Reservoir Books). Trad de Cruz Rodríguez
Pescadores de medianoche, de Yoshihiro Tatsumi. Trad. de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Esclavos del trabajo, de Daria Bogdanska (Astiberri). Trad. de Cristina Hernández

Francisca Pageo

Posesión, de A.S. Byatt (Anagrama)
Encontraste un alma, de Edith Södergrand (Nórdica)
Un pintor de hoy, de John Berger (Alfaguara)
Historia de una flor, de Claudia Casanova (Ediciones B)
La persona y lo sagrado, de Simone Weil (Hermida Editores)

Mireia Pérez (La batisfera)

Mercé Rorodera removió la tierra en un segundo plano mientras escribía La plaça del diamant haciendo de La mort i la primavera su novela más particular, diferente a las otras historias que publicó, tanto en sus características formales como en en el tono. Sin embargo, aunque el libro estaba escrito lo dejó sin terminar. Existe una edición anterior, un rompecabezas, pero es en esta reconstrucción que hace Arnau Pons con esos retales descosidos y que publicó Club Editor en 2017 donde, descartando muchas piezas que se incluyen en un apéndice, se recompone una historia de posibilidades que se acerca a la de todas las personas y sociedades. Aquí se recurre a una simbología que resuena atávica pero en realidad es una propia. El objetivo, hacernos sentir el deseo, el miedo, el dolor y su belleza. Precisamente es la singularidad de su mitología, alejada de todo referente occidental, vinculada al cuerpo y a la naturaleza, lo que la hace tan rica e imprescindible. El punto de partida es la tierra, la bestialidad de una montaña escarpada y abierta por la mitad como si hubiera recibido un golpe mortal, rodeada por un río violento que se le mete por la carne al suelo. La montaña acoge en su falda un pueblo luminoso y el bosque donde recorremos la vida del protagonista desde sus ojos, piel y voz. Aunque se compara constantemente con escenarios políticos, es el deseo en su conjunción constante con la muerte el alambre ardiente que estructura su lectura. La Mort i la primavera cuenta la historia de alguien inocente en su diferencia que es temido, y en consecuencia odiado, por obedecer libremente su deseo genuino. Si tuviera que compararla con otras referencias sería fácil hacerlo con Dogville, The village o cualquier otra historia de terror rural, pero es en la obra de artistas como Ana Mendieta donde encuentro más semejanzas.

Elisabet Riera (Wunderkammer)

Pierre Michon. Llega el rey cuando quiere. Conversaciones sobre literatura (Wunderkammer, colección Áurea). Las mejores entrevistas literarias a Michon; una clase magistral.
Agota Kristof. Claus y Lucas. Libros del asteroide. Una novela brillante con una propuesta narrativa fuera de lo común.
Kate Millett, Sita, Alpha Decay. Escritura autobiográfica amorosa valiente y descarnada.
Kate Millett, Viaje al manicomio, Seix Barral. Escritura autobiográfica valiente y descarnada, esta vez con la locura y la represión social como tema central.

Rafa Rodríguez Gimeno (Verlanga)

Ser pobre, de Borja Monreal (La huerta grande). La inasumible avalancha de novedades que llega cada semana a las librerías provoca que algunos títulos pasen totalmente desapercibidos. Sería una lástima que eso ocurriera con “Ser pobres”. Un acercamiento a la pobreza desde la experiencia de su autor, Borja Monreal, a pie de campo, traspasando los corsés propios del ensayo y dando prioridad a sus conocimientos en los lugares donde más azota, junto a las personas que la sufren, lejos de teorías simplistas que intentan adecuar la vida humana a incompletas ecuaciones matemáticas. “Lo peor de la pobreza es su silencio”, escribe y combate al mismo tiempo en las casi cien páginas del volumen. Y lo hace dando voz a sus protagonistas, esos a los que “falta de todo” y no son dueños “de la situación y tampoco del propio futuro”. O trazando un mapa con paradas necesarias, como en esa Uganda que acoge refugiados con la humanidad que nos falta en Europa. Porque, como muy bien explica, “el hambre no es una enfermedad: es la trágica consecuencia de decisiones políticas perversas. Una representación de qué y quién importa en el planeta”.

Susana Romanos (Greylock editores)

Existe un texto ficcional que no copia la realidad sino que construye un mundo ficcional autorreferencial. El texto de ficción no apunta hacia otra realidad representada, sino que se autorrepresenta, no es una mala copia o falsa apariencia, sino una forma de desvelarnos parcelas de realidad que de otro modo no serían visibles. De esta forma, inspirada por esto, las lecturas que propongo para esta edición del Día del Libro son, sobre todo, lecturas de intuiciones.

Comenzaré por un cómic: Materia, de Antonio Hitos (Asteberri), ciencia, ética y estética a través de una obsesión de formas y una marcada paleta cromática que roza la paranoia, tema presente a su vez en la propia historia de esta obra. Materia me lleva a pensar en los teoremas de la incompletitud que demostraron que las matemáticas eran en realidad un laberinto repleto de potenciales paradojas, en Obras completas de Kurt Gödel y traducción de Jesús Mosterín de las Heras (Alianza). Creador de paradojas, a través del impacto brutal de sus textos, aparece Miquel Bauçà del que he seleccionado Carrer Marsala (Empúries) en el que se nos dibuja a través del personaje toda una geografía física. El espacio asoma así como recipiente, a lo que se añade la palabra como algo vivo, por tanto, autorreferencial, y con ello cerramos el círculo, lo que permite concluir esta pequeña aportación con esa obra maravillosa que son Cantos de Ezra Pound, con traducción de Jan de Jager (Sexto Piso), y de la que me he servido para titular estas líneas.

Diego Salgado

Creadores de Hits, cómo triunfar en la era de la distracción, de Derek Thompson, editorial Capitán Swing, 2018. El título puede dar la impresión de que Thompson, al fin y al cabo analista de actualidad para medios como Business Channel y Business Week, ha escrito una guía de autoayuda y superación en torno a cómo sobresalir (y perdurar) en el campo de la cultura de masas que se desee, en unos tiempos en que la saturación de propuestas lo hace casi imposible. Y algo de eso hay en el libro. Pero, cuanto más se avanza en sus páginas, más se percibe que su gancho sirve a un propósito más reseñable: descubrirle al lector su propia psicología al respecto de las expresiones culturales que tienen resonancia y las que no, con conclusiones abrumadoras. Tras su ameno y convincente aluvión de datos, anécdotas significativas y reflexiones, ejemplo del mejor periodismo divulgativo anglosajón, es muy difícil llevarle la contraria a Thompson cuando certifica que la cultura popular que triunfa es aquella que nos da lo que ansiamos, siempre y cuando nos hayamos engañado antes a nosotros mismos pensando que somos demasiado inteligentes para ella. Es decir, la que nos sorprende ofreciéndonos exactamente lo que andábamos buscando, pero con los retruécanos suficientes como para sentir que la hemos interpelado. Teniendo en cuenta que el propio libro es ese tipo de artefacto, se produce en Creadores de Hits una concordancia entre fondo y forma difícil de encontrar.

Faustino Sánchez

Este año nos ha tocado un día del libro en campaña electoral, por lo que el ruido, la vorágine y la presión dificultarán que nos detengamos en los rescoldos de belleza que aún nos reservan los libros. Inmersos en esta rueda, muchas veces nos es difícil ser conscientes de la burbuja que nos envuelve y que nosotros mismos ayudamos a crear. Por eso, este año recomiendo tres libros que nos hacen muy conscientes de ese ruido. Los dos primeros están inmersos de lleno en el problema, en ese caos abigarrado de voces y estímulos, ya sea en un eje político o en una dimensión de economía e histérica avaricia; el tercero, por su lado, parece un bálsamo, un respiro, cuando no es más que la consecuencia opresiva de una sociedad que encarna todo lo anterior. Quizás por eso, sea el que nos coloca frente a frente con la desolación.

La hoguera pública, de Robert Coover (Pálido fuego).
Jota erre, de William Gaddis (Sexto piso).
Según venga el juego, de Joan Didion (Literatura Random House).

Diego Luis Sanromán (Escritor, traductor)

Duchamp. Nueva edición ampliada y revisada, de Calvin Tomkins, Anagrama (2019). Traducción de Mónica Martín Berdagué.
La bala perdida: William S. Burroughs en México, de Jorge García-Robles, La Moderna (2018).
La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini, Gallo Nero (2018). Traducción de David Paradela.
Made in Taiwan, Copyright in Mexico, de Roland Topor, Editions du Rocher (1997).

Dara Scully

Las retrasadas, de Jeanne Benameur (Árdora). Una novela bellísima como una nana, como un poema que se pronuncia en un susurro para que cada palabra te acaricie.
Lolita secreta (Melusina). Memoria o juego, niñas ninfas y muchachos flor, carne hecha de ternura.
La azotea, de Fernanda Trías (Tránsito). Una novela donde el terror es cotidiano y blando como una fruta que se pudre, extendiendo hasta ahogarnos con sus humores venenosos.
El río, de Rumer Godden (Acantilado). Memoria-ficción, la India de una belleza total, y en su mismo centro una niña que crece y sufre, que se corta con el filo brutal de la existencia.
El jardín colgante, de Patrick White (Tres hermanas). Una infancia exuberante que trepa como la hiedra, buscando donde asentar su cuerpo, su aprendizaje del mundo.




El origen de los brunistas, de Robert Coover (Pálido fuego)  Traducción de José Luis Amores | por Óscar Brox

Robert Coover | El origen de los brunistas

A propósito de un encuentro con Robert Coover, Màrius Serra describía al autor de La hoguera pública como un invasor; alguien capaz de producir una interferencia literaria en el poema de Gilgamesh o en una novelita típica de género. Un erudito desenfadado, revisor (a su manera) de la tradición cultural estadounidense a través de una escritura entendida como juego del lenguaje. Y es que pocas obras poseen la riqueza de Coover, la facilidad con la que salta del slapstick (en Sesión de cine) a los mitos del viejo Oeste (en Ciudad fantasma), de los tropos de la literatura negra a la fantasía en la que los personajes de Collodi revisitan una Venecia terminal. Enfrentarse, pues, a una novela como El origen de los brunistas, primera en la lista de textos de su autor, puede resultar engañoso. Engañoso, en parte, por la ligereza, por el regusto vintage de un autor que no había abrazado con determinación el giro posmoderno. Y, sin embargo, resulta asimismo difícil negar la evidencia de que todo Coover está ya allí: la impresión de ese acervo cultural americano que el escritor monta y desmonta, escruta y parodia, con la precisión de las piezas de un mecano; el humor falsamente chabacano, groseramente sexual, que traslada el brillo del erotismo hacia el lenguaje y las metáforas; o la sensación de que la escritura cooveriana tritura la realidad con más fuerza e ímpetu que el culto nacido al calor de un accidente minero, convirtiendo la pacífica convivencia de West Condon en una versión encapsulada del Apocalipsis.

El origen de los brunistas arranca con un accidente minero y una visión, la de la inminente descomposición de una comunidad mediocre y mentecata. Repartida entre predicadores de la vieja escuela, que leen el Evangelio como una amenaza contra los deslices morales, y pillos y oportunistas que peinan la actualidad en busca de una ocasión para hacer negocio. Y entre todo ese berenjenal, el interés de Coover por retratar una América ingenuamente inocente (la de los Norton o las numerosas viudas de los mineros caídos) cuyo margen de podredumbre moral es, en ese sentido, casi infinito, tan infinito como el negocio que se organizará alrededor del culto brunista.

Conviene recordar que Coover escribió su novela bien entrada la década de los 60, desligado pues de aquellas generaciones que quisieron rastrear en los márgenes de la nación unos modos de vida progresivamente absorbidos por el capitalismo y sus numerosas aceleraciones. A Coover no le interesa tanto eso como plasmar una realidad permanentemente quebrada, síntoma que acompaña a la historia de Estados Unidos durante el pasado siglo, en la que las luchas de poder e ideología conforman ese vasto tapiz que, de una manera u otra, detonará con el fracaso de la cultura hippie y el fin de los sueños juveniles de libertad y rebelión. No en vano, Coover escoge en numerosas ocasiones a Tiger Miller, editor del diario del pueblo, como cronista del auge del culto al minero profeta, evidenciando sin pudor la cadena de manipulaciones que Miller lleva a cabo con el único interés del lucro personal y la notoriedad. Como reclamo. O, simplemente, como la forma más práctica de sacudir las mezquindades de una comunidad en apariencia tranquila.

No se puede decir que el autor de Pinocho en Venecia sea un moralista, al contrario, Coover se vale de múltiples recursos -las conversaciones entre Vince Bonali y sus colegas, las confesiones de Miller a Trasero risueño, las acciones de la Mano negra- para deslizarse entre el lenguaje, para empastar al lector con el texto, conduciéndonos por un carrusel de metáforas, voces y situaciones que, en definitiva, hablan del poder del lenguaje. De sus parodias y paradojas. De ese lenguaje que, como los mensajes de Domiron que recibe Eleanor Norton, es capaz de alterar la tranquila superficie de West Condon hasta desencadenar un Apocalipsis. Visto así, lo que distingue a Coover sería lo mismo que a un William Gass o un John Barth, en tanto que sus libros bien pueden verse como ejercicios de filosofía práctica, endiablados (por el ritmo) tratados del lenguaje y sus metáforas, que nos colocan como lectores frente a frente con la viveza de la escritura.

Así, El origen de los brunistas podría ser una versión disparatada de El gran carnaval, visión aumentada de los ritos y tradiciones que han provocado una necrosis en el tejido de Estados Unidos, por mucho ímpetu de modernidad que pretenda atraer para justificar su imparable convicción en el progreso. Pero, también, una parábola en torno a la fragilidad con la que trazamos nuestra convivencia, con la que cimentamos nuestras comunidades; sobre las debilidades de ese lenguaje, aparentemente tonto, que sin embargo es capaz de desencadenar monstruos como los que se esconden tras el culto brunista. Lo interesante, sin embargo, es que Coover nunca añada un matiz severo, un acento moral, a lo que explica, manteniendo al mismo nivel la reflexión y el disparate, lo bello y lo chabacano, evidencia última de que eso es, precisamente, de lo que se compone el esqueleto de América. A falta del espíritu del Tío Sam o de las parodias más desenfrenadas de Richard Nixon, El origen… es una extraordinaria puerta de acceso a una América que Coover situará en la mesa de trabajo, preparada para una disección completa de sus mitos, desmanes, anhelos y fantasmas. Con el lenguaje como arma de distracción masiva.




El par de senos más bello del mundo, de Roland Topor (Pepitas)  Traducción de Diego Luis Sanromán | por Juan Jiménez García

Roland Topor | El par de senos más bello del mundo

Pienso en un vídeo sobre Roland Topor en el trabajo (al que llegué a través de Diego Luis Sanromán, autor de la traducción de este libro). En él, Topor está en su casa. Va hasta una habitación. Se tumba en el suelo mientras fuma un enorme puro. Junto a él, una botella de vino. En el suelo, un enorme lienzo. Se tira por el suelo como un niño cualquiera. Dibuja. La pluma rasga el papel. Es el único sonido. Dibuja a un hombre, como él, tumbado en el suelo, a cuatro patas. Poco importa que caigan unas gotas de tinta. El mundo, la vida, el ruído de la calle, los coches que pasan, ha quedado en el otro cuarto. Aquí, en su rincón de juegos, nada importa. Como un alumno aplicado en una guardería cualquiera, continua su trabajo. Entonces, lo extraño aparece. Lo inquietante. A ese hombre a cuatro patas se le están saliendo las tripas. Sus intestinos cuelgan, se desparraman. Ahí aparece el otro Topor. Cuando esa inocencia infantil deja lugar al niño perverso, al gamberro (vuelvo a citar a Diego): Nada es lo que parece. O sí. Lo es. Hasta que deja de serlo. Y ese Topor ilustrador es también el Topor escritor. Esta escena de intimidad creadora, su programa creativo. Sin palabras, ahí está todo. Incluido El par de senos más bello del mundo, libro de relatos con el que Pepitas inicia su biblioteca y abre una puerta a nuestras esperanzas y goces toporianos. Porque, hay que decirlo ya, desde el primer instante: Roland Topor forma parte de esos escritores que son en su mismos una sociedad secreta para nuestro hedonismo lector. Pienso en Georges Perec, pienso en Raymond Queneau. La lectura como una aproximación a eso que debe ser la felicidad. La alegría de escribir. La alegría de leer. La alegría de compartir un universo imposible, pero real. Ay, dónde se fueron todos.

En El par de senos más bello del mundo encontramos a Topor in extenso. Menos perverso que en Acostarse con la reina y otros relatos, tremendamente sarcástico, irresistible destructor de lugares comunes, rebosante de mala leche. En sus relatos está la vida de todos los días, llena de lugares comunes, hasta que sus protagonistas cruzan algún espejo sin ser conscientes de ello y entonces, entonces el mundo se gira, se pone patas arriba, se desliza hacia el absurdo. Para entender a Topor no es necesario ningún sesudo estudio ni ningún ejercicio disparatado de crítica literaria. Solo hay que oírle reír. O, en su defecto, ver su propia labor como ilustrador. Cada relato contiene en sí mismo una ilustración y solo una. Y cada ilustración contiene un relato y solo uno. Porque la literatura de Topor es la literatura del instante. El instante en el que todo se va a tomar por saco. El instante en que a sus protagonistas se les atraganta la vida y no hay toses ni golpes en la espalda que los salven. La vida contiene en sí misma la posibilidad de la muerte. La realidad, la posibilidad de la irrealidad.

Atravesar el espejo es muy sencillo. Para llegar a la disparatada mesa del té no hay que seguir a ninguna liebre ni conejo. Simplemente hay que dejar que todo discurra por los cauces normales. Pienso en dos deliciosos relatos. En En los campos de batalla, una aburrida pareja parisina discute sobre cobardías y acaba en Beirut entre grupos enfrentados y listos para irse a alguna guerra aún más peligrosa. Afganistán mismo. No hay nada excepcional. Lo excepcional es que son consecuentes con sus palabras. Hablar está muy bien, pero hacer cosas… En Dr. Jekyll y Mrs. Hyde la crítica cinematográfica finalmente alcanza su sentido precisamente porque carece de él. Entre estos dos relatos está todo. Senos que se trasladan de cuerpo o misteriosos asesinos, pero también todo un ejercicio de deconstrucción (desmontaje) de, por ejemplo, los asuntos de la escritura. La escritura de un best seller, un guión, escribir con una estricta consejera literaria, con una musa negativa,… Con Topor nos pasa como al pobre Gaston de otro de sus relatos: si de repente a él le acompaña a todos lados una banda de jazz empeñada en ponerle música a su vida, él nos acompaña a nosotros como un divertido rompepelotas, empeñado en aguarnos esa tan amada normalidad. Nosotros: personas instaladas en esa penosa normalidad.

Vuelvo al principio. A ese Roland Topor niño, tirado por el suelo mientras dibuja. La felicidad (sí, repito mucho esa palabra… y lo triste es que nos pueda parecer extraño usar ese término en repetidas ocasiones para referirnos a un autor o a un libro… nos hemos vuelto tan serios…). Vuelvo a esa plumilla rasgando la hoja y me imagino que no es una plumilla, sino un bisturí. Y no es una hoja, sino piel. Piel humana. Porque no está dibujando a un hombre, está destripándolo, sacándole su interior al aire libre. No el alma (nada más lejos de Topor la intención de ser uno de esos escritores rusos), sino las tripas. Topor es Atila. No el que no dejaba crecer la hierba a su paso, sino el jodido crío de La belle époque (cómo le gustaban los relatos navideños). Un verdadero peligro público. Ese peligro que echamos tanto de menos. Porque sí, echamos de menos a Topor y el peligro. Tanto.




Teatro griego contemporáneo, de Alexandra K*, Jarálambos Yanu, Yanis Mavritsakis, Yanis Calabrianós, Andreas Flurakis y Lena Kitsopulu (Antígona)  Traducción de Cristina Mayorga, Alberto Conejero y Kyriaki Cristoforidi | por Juan Jiménez García

Sigismund Krzyzanowski | Biografía de una idea y otros relatos

En Grecia la tragedia pasó de ser algo clásico a ser algo contemporáneo. Terriblemente contemporáneo. Los dioses se fueron pero quedaron las altas instancias europeas, y el Olimpo ya no es más que un puñado de edificios administrativos. Las víctimas, claro, son las mismas. Y digo claro porque eso no ha cambiado ni desde la Grecia clásica ni desde la creación del mundo. Mucho menos en nuestros días. Como es difícil ser completamente trágico durante tantos miles de años y sería algo ridículo intentar refugiarse en esas cuevas milenarias, el teatro contemporáneo griego aporta su propia visión de las cosas. La tragedia se resquebraja o agrieta por la ironía y todo por algo que intuyo debe ser ahora muy griego: la inquietud, la incertidumbre, el desconcierto. En definitiva, signos de nuestro tiempo. Algunos. La selección de obras de Teatro griego contemporáneo, afirma todo esto y, como no podía ser de otro modo, alguna que otra vez lo contradice, pero lo cierto es que funciona perfectamente a dos niveles: como una acertada y sugerente mirada sobre la dramaturgia que se está haciendo allí y ahora, y como el retrato de estos años tristes.

En Métodos revolucionarios para la limpieza de una piscina, Alexandra K* nos muestra los últimos instantes ya no de la vida de una familia, sino poco menos que de la humanidad. La idea del padre de invertir todo su dinero en una casa con piscina en el fin del mundo, se convierte en una delirante sucesión de enfrentamientos de todos contra todos y de alguno incluso contra el Estado. El Estado, ese ser fantasmagórico que encarna la crisis, no solo económica, de un país que no sabe muy bien qué hacer con su vida. Unas vidas errantes, como la de Niki en El punto ciego, de Yanis Mavritsakis. Paseante solitaria de su propia existencia, punteada de encuentros al azar disfrazados de destino. Como esa mujer cargada de bolsas con la que coincide una y otra vez, esa voz del presente que recuerda la confusión de los tiempos. El único personaje que parece tener algo que decir mientras los demás pasan, como esos coches que uno no sabe dónde van.

Frente a esos destinos individuales, que se precipitan hacia la comedia o el drama caprichosamente (cuestión de vientos), Hijos e hijas, de Yanis Calabrianós, o Quiero un país, de Andreas Flurakis, son un conjunto de voces todas confundidas. En el primer caso es la búsqueda de la felicidad a través de cien años de historia griega, una historia no siempre contada, porque está mal, por el buen gusto, porque hasta el pasado puede ser interpretado, negado, reinventado. Lo que hubo y lo que queremos. Lo que hay. Andreas Flurakis entrega a una multiplicidad de voces anónimas el retrato de su época, porque una época también puede definirse por lo que desea, eso deseos que responden a sus carencias. En estos tiempos, no queremos nada nuevo, sino poder sacar la ropa vieja del armario. Cuando lo peor sucede a lo peor.

Frente al destino colectivo y a los enfrentamientos individuales contra ese destino, quedan los mundos cerrados y violentos, siempre esperando esa explosión definitiva que, esta vez, no dará origen a nada más. Jarálambos Yanu y la vida en familia en Hambre, con ese hijo que podría haber interpretado el Lou Castel de Marco Bellocchio. O ese monólogo a lo Angelica Liddell que se marca Lena Kitsopulu en M.A.R.I.L.U.L.A. Piezas para cerrar este puzle teatral de la realidad griega, no tan alejada de nosotros, me temo. Porque después de todo, el común denominador es el hombre. Lo único que hemos logrado globalizar es la miseria y las dudas. Esas incertidumbres que decía. Esto es: la certeza de que solo hay dudas.




Vida en el jardín, de Penelope Lively (Impedimenta)  Traducción de Alicia Frieyro | por Almudena Muñoz

Penelope Lively | Vida en el jardín

Vista la antipatía que demuestra Penelope Lively por antropomorfizar las plantas, busco qué especie le correspondería por seguir en activo, esbelta y lúcida, a sus ochenta y seis años. Dejando de lado algas y organismos que más parecen medrar por toda la eternidad en la tierra que pasar por ella, suena apropiado un magnolio o un cornejo florido, que puede superar los cien años de edad. Fuerte como un roble: esta especie alcanza los trescientos años, de modo que tampoco es equivocado, aunque tópico, dedicarle esa admiración a la escritora.

Pocas plantas y árboles viven más allá del siglo, como los jardines y el éxito de los libros (no hablemos ya de las flores de uno o varios días, de las historias que van y vienen). La memoria es el único fertilizante para aquellas dos últimas cosas, y Lively nos indica que también un poco para la vegetación que nos rodea. En cuanto nos olvidamos de ella, crece desbocada, se rebela contra las construcciones humanas y enterraría para siempre ejemplares cruzados por artificio.

Vida en el jardín se despliega como un cuadernos de recuerdos antes que ser un ensayo exhaustivo acerca de los jardines descritos en las más famosas novelas y que cultivaron sus autores en algún terruño, más o menos burgués o aristocrático. Al no partir de esa intención, el librito es humilde y ligero, un tipo de enredadera que el editor no quiere podar porque es longeva, admirada, persistente. Tal vez ni siquiera Penelope Lively sabe si ha escrito sus memorias, un breve comentario sobre el estado del Reino Unido a través de su naturaleza, o un tratado sobre sus flores favoritas. Le ha salido el jardín inglés de sus amores, salpicado de especies distintas, muchos nombres latinos, un rinconcito para la lectura; silvestre y caprichoso.

Penelope Lively no cultivaría muchos jardines de ficción, pero las portadas de sus novelas lucen flores silvestres y bulbos extraños. Cojo uno de sus libros del estante (la novela infantil A Stitch in Time) y no hace falta hojear mucho antes de toparse con una referencia a una encina y el rotundo comienzo de capítulo «El jardín, como descubrió al día siguiente, tenía posibilidades». Tal vez no para la escritora, que no vuelve a ese escenario páginas más adelante ni siente la necesidad de compartir con el lector su afición de jardinera y su extensa documentación sobre tipos de begonia y enfermedades de las fagáceas. El desquite en Vida en el jardín quizá sea más personal que literario, y por eso abundan los juicios sobre los libros que le gustan poco y mucho, las costumbres inglesas y los hábitos de jardinera.

Para quien no cultive más que un poco de albahaca en la cocina, la pasión de Lively puede resultar desmedida o contagiosa. Así oímos hablar a nuestros mayores: a veces revelan un capítulo fascinante de sus pasados, otras repiten ocurrencias de columna dominical. Incluso esa flaqueza, de serlo, es un reflejo más de la vida de jardín. Las pequeñas parcelas adosadas a las casas de campo y ciudad pueden encerrar rosaledas y setos milimétricos, o pilas de hiedra y cacharros oxidados; son la concha de nuestras vidas como parásitos en lugares de paso.

Me admira la variedad de nombres que se concentran en un mismo párrafo para describir unos pocos metros cuadrados de verde. Zinnias, geums, asteres, eléboros, clemátides; palabras que quedan en el papel como un jardín francés de setos en hilera y en el oído suenan a ramo de prado, aún húmedo. Es tan curioso como lamentable que sólo tengamos nombre para aquellas especies que crecían en la tierra cuando el lenguaje empezaba a tomar forma, que no exista palabra en un idioma para la flor, la baya o la liana que nuestros antepasados nunca vieron crecer en esta zona. Lively no aborda este tema, tampoco que la jardinería refleja tendencias humanas tolerantes, chauvinistas e hipócritas, ni que la literatura y las plantas tienen más en común que ser motivo de ficción: una pasta de pulpa vegetal, que como toda belleza algún día será sólo compost para alguna otra idea.




Algo de mí mismo, de Rudyard Kipling (Pre-Textos)  Traducción de Álvaro García López | por Juan Jiménez García

Rudyard Kipling | Algo de mí mismo

Hay escritores que uno cree conocer desde siempre sin haberlos leído nunca. Forman parte de nuestro paisaje sentimental sin haberlos llegado a frecuentar. La India de Kipling es tan nuestra que podríamos pensar que es un territorio más de esa geografía personal que, de una manera u otra, hemos transitado. Kipling es el exotismo perdido. A veces, el paraíso perdido. Una paraíso construido sobre ideas estéticas, más que morales, lleno de otros principios que podemos asumir como reivindicación de un mundo desaparecido en el que todo es como queremos que sea y el fondo está demasiado lejos y desdibujado para poder ser apreciado. Cuesta imaginarse, por ir situándonos en la India, contra qué se rebelaron, siendo un lugar más de nuestros sueños coloniales. La literatura, la vida. Entonces, Rudyard Kipling escribe Algo de mí mismo, que son una suerte de memorias. Y reparamos que el exotismo está asociado de algún modo a lo extraño, pero que cuando ese extraño es algo normal para quien lo vive, la vida es un largo río tranquilo.

Kipling nació en la India. Pasó su infancia (desgraciada, porque lo dejaron al cuidado de las personas equivocadas) en Inglaterra. Volvió a la India con sus padres (y fue feliz, casi por primera vez). Trabajó en periódicos y volvió a Inglaterra con algunos relatos y la idea de otros. Empezó a hacerse un nombre. Ganó dinero. Huyendo de la peste (literalmente), recién casado, empezó a recorrer el mundo. En Japón perdió todo su dinero (pero no por los japoneses, sino por la quiebra del banco). Acabó en Estados Unidos. Allí pensó que podía formar su hogar y eso hizo. Pero los americanos no le parecieron gran cosa, sino más bien lo peor de cada pueblo (encabezados por los malditos irlandeses), y encima tenían una cierta ligereza en cuestiones de derechos de autor. De modo que se marchó. Volvió a Inglaterra, tomó alguna decisión equivocada en busca de un hogar que nunca acababa de llegar, y acabó en Sudáfrica ocasionalmente, para la segunda guerra de los bóers (que esta vez sí ganó Inglaterra). Tras aquello y con nuevos amigos por todos lados (que lo acusaban de militarista y alguna cosa más fea), regresó, para encontrar su lugar y acomodo. E incluso le dieron el Premio Nobel, que para él se resume en un palacio medio a oscuras (porque acaba de de morir el rey de Suecia) y nieve en los patios.

Buena parte de estos viajes, aventuras y desventuras ocupan el relato de sus días. Nuestra necesidad de pintoresquismo se desvanece ante la constatación que nada tiene de pintoresco lo que uno vive todo los días. Hay mil anécdotas, cierto, e incluso podríamos decir que Algo de mí mismo es el libro de las anécdotas, que pasan gráciles y ligeras entre nuestros dedos como algún tipo de viento o brisa. Y no porque todo sean frivolidades. Al contrario. Kipling es un hombre de su tiempo, y su tiempo era la época victoriana. Hay cosas sobre las que no bromeaba nunca, muchas, aunque en él ya está la construcción (algunos detalles) de lo que ahora conocemos como humor inglés, o esa cierta capacidad de no tomarse a uno mismo muy en serio y tampoco a los demás, sean reyes o lacayos. Así, si hay algo verdaderamente exótico, es aquello que cuenta y cómo lo cuenta

Porque estamos en ese punto en el que ya empiezan a extrañarnos las incorrecciones políticas (sin pensar que pasaron más de cien años). Los irlandeses, como ya dije, son la raza odiada y odiosa (utiliza el término raza a menudo), los americanos las sobras europeas, los judíos (ay, los judíos), y luego hay indígenas por todas partes (que es su manera, seguramente la de su tiempo, de llamar a los nativos) y las clases sociales están para algo. Kipling fue masón y perteneció a algún club más que selecto, y aunque tampoco le dio importancia llegó a Sir y su gusto por el glorioso ejército inglés era más que evidente. Curiosamente, era musulmán.

¿Y la escritura? Está. La construcción del escritor a partir del periodista, sus primeros relatos, precisamente para los periódicos, su relación con la escritura (y la verdad, porque Kipling estaba francamente preocupado por la veracidad de lo que escribía), la génesis abreviada de alguna de sus obras mayores (en especial de Kim, que le sirve para hablar también de su padre), y algún maravilloso apunte visto desde el futuro, como es nuestro caso: un tal Tarzán de los monos que es una triste imitación de su Libro de la selva y que pronostica que no llegará a nada. Sus éxitos, el dinero, sus relaciones con la prensa, con algunos lectores, con la humanidad, consigo mismo. No esperemos encontrar reflexiones poéticas sobre el oficio, aunque, el último capítulo, como si se hubiera olvidado de algo importante, está dedicado a la escritura, precisamente (y la importancia del sonido de la pluma rasgando el papel).

Entonces, cuando llegamos a la última página, a las últimas líneas de Algo de mí mismo, cuando pensamos que la vida está llena de extrañas cosas pero también de día a día, incluso para un escritor inglés musulmán victoriano, llega la última frase del libro, las últimas palabras: que son póstumas (no por él, que sigue vivo, sino por ellas mismas, que hablan de un muerto): (…) que ya eran más que normales antes de mi muerte. Y piensas que la poesía está en todos lados, también en la vida común de los hombres. En nuestros errores y en nuestros aciertos. En nuestros odios y en nuestros amores. En todo lo que queremos y en aquello a lo que no le damos la más mínima importancia. En lo trivial y en lo esencial. Y que solo hay que ser un observador atento (aunque también valdría alguien descuidado ayudado por el azar) para encontrar. Y que ese algo de Kipling tiene algo de nosotros, sin que sepamos qué. Un sabor. Un gusto.




Nadie más que tú, de Rupert Thomson (Galaxia Gutenberg)  Traducción de Vicente Campos González | por Juan Jiménez García

Rupert Thomson | Nadie más que tú

Suzanne Malherbe conoce a Lucy Schwob cuando ambas son apenas unas adolescentes. Suzanne es dos años mayor. Tiene diecisiete años. Lucy, quince. No se volverán a separar. Hijas de dos familias acomodadas de la burguesía de Nantes, las circunstancias harán que puedan vivir su vida como han decidido vivirla: juntas. Como pareja, como amantes, como artistas. El siglo veinte acaba de empezar, la primera guerra devastadora ya está ahí, y el infierno, único lugar en el que se puede creer, está por todas partes. Cambian sus nombres. Lucy Schwob será Claude Cahun (Claude, un nombre con una ambigüedad en la que espera situarse ella también, más allá de cualquier género, más allá de la cárcel del cuerpo). Suzanne Malherbe será Marcel Moore, otro nombre que puede esconder a un hombre o a una mujer. Claude Cahun quiere ser escritora. Es sobrina de Marcel Schwob y su padre dirige el periódico más importante de la ciudad. Suzanne-Marcel quiere estudiar Bellas Artes. La precaria salud de Claude Cahun, atrapada en un lugar entre su cuerpo físico y sus pensamientos, les dará la oportunidad de pasar largas temporadas juntas, de compartir alojamiento en Paris o pasar los veranos en la isla de Jersey. El destino, la boda entre la madre viuda y el padre divorciado, las convertirá en hermanas. Acabarán por trasladarse a aquella isla de sus veranos desde el París de Breton y los surrealistas, atravesando aquella otra guerra, la ocupación alemana y sus propias dudas.

Nadie más que tú es el retrato novelado de sus vidas, contado desde el punto de vista de Marcel Moore. Un retrato que, después de todo, es el de Claude Cahun, dado que fue su perturbadora personalidad la que condicionó el destino de ambas, la que las arrastró a través del torbellino de aquellos años, de la entreguerra, un ambiente cultural del que podían formar parte pero al que también renunciaron. Su vida fue más una búsqueda interior de un punto de equilibrio que la voluntad de ser alguien, en esa carrera de tantos por ser los primeros en lo último. Conocieron bien a André Breton, a Henri Michaux (su amigo más personal), a Dali, a Robert Desnos (por el que Cahun sentía una especial atracción: la atracción de los iguales), a la pareja-obsesión de aquel, Youki. Atravesaron las vanguardias teniendo claro que ellas estaban más allá, en un lugar al que solo podían acceder desde la confusión de los géneros (la desaparición). Cahun en una lucha permanente contra su condición y sus condicionantes, Suzanne como una sombra que la acompañaba siempre, el reflejo necesario, lo único que podía devolverle la imagen justa de sí misma.

Juventud, aprendizaje, alunizaje, huída, resistencia, muerte. Para Rupert Thomson la relación de ambas es la columna que sostiene todo lo demás, sin la que no es posible comprender el resto. El arte, la escritura, es ese componente que está ahí. Tampoco es una cuestión de ahondar en aquello que las hacía diferente (aunque no fue algo que trascendiera especialmente), en ser lesbianas en una época en la que esto era incomprensible hasta para los surrealistas. Al final todo es un acto de amor entre ellas dos, unas vidas entregadas. La de Suzanne, en buena medida a Claude Cahun. La de Claude Cahun a sus fantasmas y miedos, pero sin perder ni soltar ese hilo que la unía al mundo por encima de cualquier otra cosa. Ella. La otra, en un mundo lleno de otredades.




Una cierta edad, de Marcos Ordóñez (Anagrama) | por Juan Jiménez García

Marcos Ordóñez | Una cierta edad

A una cierta edad todos sentimos la necesidad de escribir sobre nosotros mismos. La escritura del yo. Tal vez no de esa manera brutal y despojada de Michel Leiris, pero sí como algún lugar donde dejar todo aquello que pensamos que tenemos que guardar, algo que va más allá de los cajones y de los espacios físicos. Esa edad suele ser demasiado pronto (en esa adolescencia en la que pensamos que todo lo que nos ocurre es algo especial o, peor, único) o tarde (cuando ya tenemos la certeza, la más de las veces, de que aquello que nos ocurrió no fue ni especial ni único, ni cambio el curso de nada más que de nuestra historia y un poco de la de algunos otros). Entre las esperanzas de aquel jovencito y las certezas de la madurez, pienso que lo que cambia es que nos encontramos con los otros. Muchos otros. Vivos, muertos, vivos y después muertos, imaginados, reales,… Todos se confunden en nuestra memoria formando una espesa capa, como aquella del suelo del estudio de Francis Bacon. Allí está todo solidificado, hecho una pieza. Ser conscientes de ese destino común creo que es a lo que se llega a una cierta edad. La necesidad de contarlo, la posibilidad de hacerlo y la capacidad de llevarlo a cabo, eso ya es otra cosa  Algunos (también Marcos Ordóñez, seguramente) hemos escrito toda la vida sobre nosotros mismos y la relación que establecemos con aquello que encontramos en interminables búsquedas. Y a una cierta edad lo único que queda es poner en orden las cosas. Algunas. Abrir puertas y ventanas. Dejar que todo se airee, también nuestra cabeza. Especialmente nuestra cabeza. Esa jaula de grillos, ese laberinto de Minotauros sin hilos.

En este dietario (porque Una cierta edad es un dietario, un diario, un cuaderno de apuntes, una caja de recortes, también propios) la vida está por todas las partes (junto a su inseparable Pepita: no está detrás ni a un lado, sino junto), la escritura en cualquier rincón y el teatro aquí y allá. Como bien señala su autor, cuando uno escribe un cuaderno de notas lo más peligroso es huir de esos pensamientos, esos aforismos que creemos geniales y que están muertos unas horas después (y cuesta enterrarlos). Aunque el teatro sea un arte del presente o incluso del instante (o precisamente por eso), hay algo que también forma parte de él, necesariamente: la persistencia. La resistencia a abandonarnos. Algo de eso hay también en nuestros pensamientos fugaces y en la conveniencia de retenerlos o lanzarlos a una papelera (útil de escritura). Así,  en su recorrido por esos cinco años que van de 2011 a 2016, hay tanto de pensamiento propio como de pensamiento de los demás, a través de un arte que ya le conocíamos a Marcos Ordóñez (y que es más difícil de lo que uno piensa… es más: es extremadamente complejo si lo pensamos justo y oportuno): el arte de la citación. No vamos a llegar (ni falta que hace) a niveles godardianos, pero uno de esos placeres es leerse en los demás, reconocerse en los otros, sin necesidad de recurrir a uno mismo. Yo es el otro.

Mientras, va pasando la vida. Y la muerte. Esa muerte inevitable (la de los otros, para mí la más terrible, porque la propia nos afecta, pero no es ningún sentimiento, sino precisamente la ausencia de todos). Esas muertes que despiertan recuerdos, como la de Anna Maria Moix. O la enfermedad. Ese amigo con Alzheimer, y ver como los recuerdos son algo tan etéreo, tan frágil, tan caprichoso. Las conversaciones, los encuentros. La vida de todos los días. Los libros leídos y los autores que nos han marcado, que entendemos como algo propio, íntimo. Nombres que se repiten y sobre los que vuelve, puntualmente. James Salter, Bernard Frank,… Pero no todo es pasado. El presente de las sensaciones, de los amigos que uno encuentra, de lecturas, obras,… Estaría bien pensar en qué buscamos en la vida de los otros cuando leemos diarios o dietarios o cuadernos de notas o todo eso junto, confundido. Reconocernos, tal vez. Sentirnos algo menos solos con nuestras ideas y pensamientos. Confrontarnos a ese otro. Encontrar. No respuestas, sino más bien intuiciones. En este mundo de simultaneidades, en el que ya somos incapaces de estar en una sola cosa (como cita a Terry Gilliam), ser capaces de seguir un paso tras otro, un momento tras otro momento. Y ahora es cuando recuerdo el título de aquel ensayo maravilloso de Béla Hamvas, Coger cerezas.




Cuentos macabros, vol. II, de Edgar Allan Poe (Edelvives) Ilustraciones de Benjamin Lacombe  Traducción de Julio Cortázar | por Almudena Muñoz

Edgar Allan Poe | Cuentos macabros

El ilustrador y a ratos autor Benjamin Lacombe ha invertido no pocos esfuerzos en asociar su estilo a una celebración en pastel de lo dramático, lo operístico y lo macabro. No iba a permanecer fuera de su radar durante mucho tiempo Edgar Allan Poe, uno de los escritores que más artistas continúa atrayendo en reediciones y ediciones conmemorativas, aunque no pueda decirse que su prosa haya rejuvenecido de la misma manera.

Los cuentos de Poe son oscuros más allá de los asesinos, el forro de los ataúdes, las catacumbas y las cuencas de ojos vacías; las frases recargadas, los monólogos filosóficos y esquivos conceptos metafísicos suelen espantar al lector contemporáneo más que un esqueleto tras la puerta. Es curioso, entonces, descubrir qué cadáveres puede encontrar alguien como Lacombe tras la severa antología de Poe. Y si en el primer volumen de Cuentos macabros abordó una efectiva, por conservadora, selección de piezas más breves y reconocibles, para esta segunda entrega el viraje es totalmente nuevo.

Para empezar, recoge tan solo seis relatos, apenas concordantes entre sí por estilo, tono y época de escritura. Lacombe parece volver a derrochar láminas coloridas a doble página, empezando por Metzengerstein, el primer cuento que Poe escribió y que más similitudes guarda con el primer volumen y los rasgos más góticos asociados a sus narraciones (la casa maldita, los aristócratas llevados por sus excesos, la locura y los objetos sobrenaturales). A continuación aborda otro nombre de mujer, los más abundantes en los primeros Cuentos macabros y que tanto han hecho por el imaginario de Poe, Eleonora, una extraña pieza con lo que podría considerarse final feliz.

Los siguientes cuatro relatos dan muestra de la variedad narrativa que desarrolló realmente el escritor de Baltimore, aunque sean cuentos dispares y, en cierta medida, difíciles de ilustrar. El número de láminas decrece hasta convertirse en esbozos a lápiz y retratos de personajes rocambolescos sobre el papel, un reto para el dibujante que no debería pasarse de caricaturista.

El barco del holandés errante en Manuscrito hallado en una botella, la reunión más grotesca descrita jamás por Poe en El rey Peste, los complicadísimos mecanismos de El jugador de ajedrez de Maelzel o un conde-momia charlando en perfecto inglés con un grupo de caballeros arqueólogos son imágenes que espolean la imaginación, pero que no parecen semillas tan fértiles en el territorio habitual de Lacombe.

Este giro a un tipo de compilación más diversa y salpicada de humor negro tal vez sea menos estética y demande mucho más al lector que busca escalofríos, truenos y fantasmas rápidos. En la edición de Edelvives nos beneficiamos de las cuidadas traducciones de Julio Cortázar, quien tal vez adaptó tan bien a Poe al castellano porque son cuentos cuya autoría envidia, de los que pican entre los dedos porque los escribió otro y no podrán reinventarse nunca.

Y quizá ese sea el ciclo de eterno retorno de Poe en la ficción. Su condena a ser un muerto resucitado que espanta y genera morbo fascinante a partes iguales, maquillado de nuevo en las morgues de edición, deseoso de vivir para siempre aunque lleguen el momento, la reedición y el polvoriento estante de librería en que nadie entienda sus enfermizas obsesiones nunca más.




El rey de las hormigas, de Zbigniew Herbert (Acantilado)  Traducción de Anna Rubió y Jerzy Slawomirsky | por Óscar Brox

Zbigniew Herbert | El rey de las hormigas

Desde las Noches áticas, de Aulo Gelio, el poeta se ha acercado al mito con la misma curiosidad con la que un niño observaría el firmamento en busca de las manchas de leche de la diosa Hera que cuajaron, o así lo ha transmitido la Historia, en la vía láctea. En otras palabras, a veces la mirada del niño hace de bisagra a la palabra del poeta, insuflando el asombro sobre todos aquellos lugares en los que la cultura ha encontrado su sedimento para tratar de hallar algo más: la sorpresa, un momento de belleza, una reflexión filosófica o la posibilidad de trazar una línea paralela con el presente y la transmisión de las mitologías en la actualidad. En El rey de las hormigas, Zbigniew Herbert reunió las palabras para cuajar una mitología personal, los personajes para obras que fueron escritas y reescritas, abandonadas en su estado embrionario o publicadas en unas pocas páginas. Obras poéticas y filosóficas, sí, en las que el autor polaco conciliaba la mirada moral del adulto con la candidez del niño capaz de dibujar encima de cada uno de los mitos.

Frente a una Eurídice que languidece en su larga travesía a la nada, un Orfeo afónico descubre un nuevo género lírico para glosar ese viaje de ultratumba en busca de su amada. Ante las dimensiones fantásticas del gigante, la desdicha de un corpachón lastrado por el exceso de fuerza. O por la fuerza como único motor para conceder un destino a su vida. Herbert se acerca a los personajes con no poca ironía, así como también con la obligación de hilar fino: ¿qué es Narciso si no una criatura acomplejada por tener como único atributo su belleza? ¿Qué mayor castigo que el de caer prisionero de una ninfa discapacitada? Y qué decir de Cerbero, perro guardián aburrido porque no tenía a quien lanzar espumarajos de rabia si pretendía cruzar el paso que custodiaba, al que Herbert coloca como compañero de Heracles. Al que dota de entendimiento, de curiosidad y de instinto, haciendo de él una criatura demasiado humana, incapaz de advertir su desdichado futuro tras haber disfrutado por un breve tiempo de todo aquello que su aburrimiento animal desconocía.

Resulta interesante advertir la audacia de Herbert a la hora de hacer hablar a los mitos, no tanto por lo que su relectura tenga de subversiva, sino por la maravillosa curiosidad con la que reviste sus lecciones morales. He ahí la alegoría protagonizada por el pueblo de Mirmidones cuya falta de reflexión sabotea cualquier tentación de progreso, de fracaso o incertidumbre. O lo que es lo mismo, de pasiones humanas. Lo que obliga a una intervención divina para llevar el caos a lo que desde el comienzo ha sido un ejemplo de orden, cooperación y productividad. O ese Pegaso cuya magnificencia, el hecho de ser una criatura única, le tiene atado a una existencia allá en el firmamento. Lejos de los hombres, las costumbres y la mezcolanza de altas y bajas pasiones. De todo lo que sucede a ras de suelo. O esa Hécuba que contempla, con sus ojos cansados, el incendio de Troya; testigo de un tiempo en el que ya no puede dotar de vida a nada, a la que los dioses transforman en perra para que la grandeza del corazón animal le proporcione espacio suficiente para guardar toda su infinita tristeza. O ese Prometeo encadenado a una conciencia, a un deseo de conciencia, que se le resbala entre los dedos mientras, de refilón, observa cómo otros son capaces de sufrirlo.

Más allá de traer hasta la actualidad a figuras como las del mediocre Ares, Atlas o Fía, esta mitología personal inconclusa de Zbigniew Herbert muestra con claridad la intención, si más no la necesidad, del poeta polaco a la hora de trasladar la maravilla, la curiosidad por toda una constelación de personajes petrificados entre los textos y los relatos orales. De transferirla, junto a las lecciones morales que albergaba, a una generación que, tal vez, requería volver a aquel tiempo en el que la leche derramada de Hera palpitaba sobre el firmamento nocturno. En el que el poeta miraba al mundo con ojos de niño, ansioso por empezar a dar nombre a las cosas. O lo que es lo mismo: por notar todo aquello que se agita, que vive, en cada palabra.




El hechicero de Meudon, de Éliphas Lévi (WunderKammer)  Traducción de Enrique Juncosa | por Juan Jiménez García

Éliphas Lévi | El hechicero de Meudon

Entre François Rabelais y Éliphas Lévi hay algo más de trescientos años y, para el caso, eso no es nada. Fueron contemporáneos en su espíritu y Gargantúa y Pantagruel estaban por todos lados, como lo están el Quijote y Sancho Panza, el soldado Švejk o el Rey Mono. Y es que hay personajes que trascienden todo lo que se puede transcender porque están sacados de la costilla del hombre o, mejor, de las costillas molidas a palos del hombre, porque, bien pensando, todos estos personajes (universales, como nos gusta decir) eran eternos perdedores a los que damos por vencedores y, en todo caso, niños delatadores de emperadores desnudos. Lo cierto es que Éliphas Lévi fue más conocido por las ciencias ocultas que por la literatura. Fue la magia la que le dio un lugar en el siglo XIX y su influencia se dejó notar en no pocas figuras y personajes del ocultismo. Por muy peculiar que resulte (o no) tanto Rabelais como Lévi fueron hombres de la iglesia, aunque seguramente su idea de la iglesia no comulgaba mucho con la de esa otra Iglesia.

Bueno, el caso es que Éliphas Lévi también escribió. Y maravillosamente, además. Por ejemplo, El hechicero de Meudon, ahora publicado por WunderKammer. Y ese hechicero no era otro que Rabelais y este libro un gozoso homenaje a su vida y obra, a través de sus aventuras, basadas en hechos reales. Creemos (y tampoco importa demasiado que así sea, porque así es). Lévi se pega a Gargantúa y Pantagruel. Le toma personajes y citas sus libros cita aquí y allá, literalmente. Juega a confundirse y a decirnos que Rabelais podría haber sido un personaje más de aquella si no los fuera todos. Estamos, pues, ante el último libro. O libros, porque podrían ser tres, dado que en tres aventuras está dividido. Las dos primeras podrían ser François Rabelais y los infortunios de la religión, entendida como un negocio. La tercera, las vueltas amargas del destino, un destino que es el de las otras dos, reunión de todos con todos, muerte, resurrección y muerte.

En Los hechizados de la Basmette nos encontramos con un Rabelais en cierta tensión conventual. Un Rabelais que, pese a su hábito, intenta apartar al joven Lubin de la ordenación, para que pueda entregarse al amor de Marjoline. Para ello tendrá que recurrir a los mismos métodos de que sus captores, y provocar una pequeña y jubilosa revolución, entre milagros y milagrería. Lo cierto es que todo eso le costará a nuestro particular héroe la huída y, ya que estaba, el regreso al hogar paterno. Pero en Los diablos de la Devinière el padre no le espera. Es más, le repudia. Lo cual no es problema para nuestro hechicero, que adoptará algún que otro disfraz y su proverbial capacidad para la conversación y la conversión, para ganarse de nuevo los favores y colocar las cosas en su sitio. De nuevo se topará con la religión y el amor (o algo parecido). Y el vino, que está por toda la parte y que no es solo la sangre de Cristo si no la de los hombres. Para acabar, en El bardo de Meudon, todo acaba por confluir. Y como final no es especialmente divertido comprobar que la vida, de alegría en alegría puede ser una desgracia. Relato crepuscular porque todas las épocas han tenido sus crepúsculos y todo borrachera su resaca. Desgraciadamente, no todas tuvieron a Rabelais. Ni Quijotes, ni Švejks. Qué será de nosotros…




Céleste Ugolin, de Georges Ribemont-Dessaignes (Hermida Editores)  Traducción de Manuel Arranz | por Francisca Pageo

Georges Ribemont-Dessaignes | Céleste Ugolin

Considerada la primera novela dadaísta, Céleste Ugolin trata la historia de un hombre que ya conoce lo que va buscando, pero que reniega de ello cuando lo consigue. Céleste Ugolin es una novela surrealista, una novela que va saltando de frase en frase, la mayoría de ellas sin ningún enlace ni vaso comunicante entre sí, pero que al final logramos hilvanar nosotros y en la que la propia trama, casi sin quererlo, es la que logra conectar unas con otras.

Estamos ante una novela llena de imágenes, hipnóticas y sugerentes, y una prosa de metáforas disociadas de sí mismas. El protagonista, Céleste Ugolin, quien se contempla en todos los espejos, no es un hombre cualquiera, y se terminará enamorando de una prostituta invidente, Violette, también llamada Nenoeil, quien le dará muchísimo asco; tanto es así que no sabemos muy bien cómo el protagonista hace todo lo que hace respecto a ella y lo que le atañe. Los personajes de esta novela son enigmáticos y valientes.

En este libro todo se trata de un asunto de palabras. Y también de imágenes. De lo que vemos y de lo que no podemos ver. Pareciera, incluso, que el personaje está todo el rato riéndose de sí mismo. Como si yaciera en él una conciencia de sí —una conciencia burda, no lo neguemos— que le lleva a hacer, decir y pensar todo lo que lleva a cabo. Aquí nos preguntamos, ¿qué es lo que nos lleva a la locura? «Ugolin escribía: ¿se puede fingir la locura? ¿Podemos hacerlo sin volvernos locos? No lo sé. He desembarcado en una deliciosa isla del océano, una isla de coral bañada por las olas azules, que apenas hacen ruido. O al menos el mar ha empezado a rodearme y el suelo en el que estoy se ha convertido en una isla.» Y pensamos en Céleste y decimos: ¿realmente la finge? Me gusta pensar que Georges Ribemont-Dessaignes utiliza a Céleste para hablar de todo aquello que le preocupa, pues lo que sucede en este libro es toda una crítica a lo establecido y lo no establecido, a lo que creemos y a lo que hacemos creer, a las propias vanguardias e, incluso, a sí mismo. También es un libro sobre el amor y la manera en la que nos lo tomamos.

Céleste Ugolin es una novela cruda y cruel y sentimos que toca muchos valores y nuestra moral. En resumidas cuentas, eso es lo que hace este libro. Un libro de lengua y mente afiladas en el que el autor conoce muy bien a su protagonista, pese a la locura y pese a todo. Desde mi punto de vista hay algo calculador aquí, como si la novela, a pesar de considerarse dadaísta y surrealista, nos hiciese creer que es una novela del inconsciente y de ese mundo extraño que no conocemos y que usamos como él quiere; pero no es así, para nada es así. Es una novela nacida de la lógica, nacida del paradigma de las palabras mismas. Y el autor lo sabía y aun así nosotros nos obcecamos en clasificar las cosas. Pero sí que es dadaísta su impresión a primera vista, lo que es todo una paradoja al darnos cuenta de cómo y cuánto de razonamiento posee.

Si leen esta novela entrarán en un universo paralelo, uno lleno de símbolos al azar que finalmente estarán ahí por algo. Les advierto que no entrarán en él como salieron, algo tocarán en ustedes que les hará echar chispas, o reírse, o tener asco. Y esa es una de las cosas más importantes que podemos decir de un libro.