El señor Lambert, de Sempé (Blackie Books) Traducción de Miguel Azaola | por Juan Jiménez García

Sempé | El señor Lambert

Ay, Sempé. Cuántos días pasados con él. Y con Goscinny y el pequeño Nicolás. Creo aún recordar sus nombres. Tal vez porque se los puse a aquellas tortugas de agua que tomaban el sol sobre la lavadora, en aquella isla desierta artificial de plástico y palmera de plástico. Era feliz. Sempé siempre me ha transmitido esa especie de felicidad de trazo mínimo, como lanzado al azar de unas existencias tremendamente francesas. Y yo entonces quería ser irlandés, pero me valía igual. Hay ciudades que solo existen en nuestra imaginación. París es una. El París de Sempé. Tan tremendamente cierta que no podía existir. Tan tremendamente necesaria que no podía existir. Luego pasaron los años. Entonces encontramos aquel restaurante francés, una bistró. Y a François, que tenía una casa a medio hacer y un conejo correteando por ella, y que luego fue señor de una castillo, o algo así. Y en la bistró, libros y cosas de vete a saber qué año. Y de algún modo, ahí estaba Sempé otra vez. Ahora, cuando ya ha pasado tiempo de eso, mucho, El señor Lambert lo reúne todo: inocencia y bistró. Lo edita Blackie books y es una maravilla.

El señor Lambert es un hombre de costumbres. También todos frecuentadores de Chez Picard, un modesto bistró siempre lleno. De gente, de palabras, de conversaciones repetidas una y otra vez. La política, el fútbol, el fútbol, la política, la comida que viene y que va, Lucienne que viene y que va con la comida. Y el vino. Rituales que se han perdido, que han dejado paso a otros rituales, más tristes. En aquel rincón de París, el señor Lambert come su menú del día y habla de fútbol. De política se habla en otra mesa y entre ambas, el siempre ocupado señor Cazenave, que vive a mil por hora y no entiende como los demás pueden vivir tan tranquilos. Un día, el señor Lambert se retrasa. Y otro día. Y un día no aparece. Y entre todas esas conversaciones surge la duda de qué es del señor Lambert. Pero uno no pregunta esas cosas por educación (oh, otra cosa inconcebible hoy en día) y porque si uno quiere compartir algo lo comparte y ya está. Y sí. Otro día aparece y que es el señor Lambert anda detrás de una señorita, entre autobuses. ¡El amor! De pronto todo cambia. Sí, siguen siendo ellos mismos, pero las mujeres atraviesan sus pensamientos y ya no hay fútbol, ni política. Sí, la comida sí. Y el vino. Y el señor Cazenave sigue teniendo prisa y no entiende muy bien cómo se puede tener tiempo para las mujeres. Le dará algo, algún día.

No, Sempé no nos ha dejado nunca porque su mundo es nuestro mundo. No el real, sino el soñado. Con ese humor frágil, lleno de matices, de palabras que sobrevuelan unos personajes familiares a los que nunca hemos llegado a encontrar y sin embargo son tan cercanos. Un humor no para la carcajadas sino para la sonrisa, que es como esa forma matizada del humor. Momentos de vida, de las nuestras. Sí, los días pasan, como esos ratones roedores de tiempo de Guillaume Apollinaire. Y sí, nos gustaría que fueran tan ligeros como el dibujo de Sempé. Y sí, tal vez no será siempre así, pero todo esto se olvida con Marcelin o el señor Lambert. Otros mundos son posibles. Otros tiempos. Otros encuentros.

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Con rabia, de Lorenza Mazzetti (Periférica) Traducción de Natalia Zarco | por Dara Scully

Lorenza Mazzetti | Con rabia

Un rostro que se alza. Algo violento en la mirada, hostil. La voz de una muchacha joven, de una lucidez que nos desarma. Escuchamos con atención aquello que nos dice: bajo el fragor de sus palabras podemos reconocernos. Reconocemos su lucha, su rabia. La compartimos.

Penny ha conocido la miseria. La brutalidad del trauma, aquello que no puede contarse. El tabú de la familia muerta, abatida en su propia casa por las SS. Ahora, los fantasmas le tienden la mano. Su mudez agita a Penny, la perturba. Camina sobre su adolescencia con una herida abierta en el corazón; una llaga que supura, que se devora a sí misma desde dentro. ¿Cómo aparentar la normalidad? Baby, su hermana, mantiene su gesto apacible. En la mansión donde habitan las huérfanas se produce una fractura del mundo. ¿Cómo pasear por las calles? ¿Cómo reír cuando hay fantasmas en los pasillos? A Penny le hiere su propia supervivencia. ¿Por qué?, le pregunta a su prima muerta. Por qué tus cabellos se han cubierto de sangre. Por qué tu juventud fue segada de un tajo mientras la mía palpita, se yergue, se aferra con esta determinación a la vida. Cómo asimilar la culpa. ¿Pero es culpable, Penny? ¿Es justo que se culpen los que sobreviven?

Por eso la mirada. Esos ojos encendidos, voraces, que examinan con precisión el entorno. Penny se siente excluida del mundo. No comprende a sus compañeras. Desdeña la ciudad en la que vive, su alienación, su espíritu muerto. Ha comprendido lo que permanece velado; su cuerpo se rebela contra lo establecido. Sólo desea la libertad. Como mujer, como persona. Una libertad que se golpea contra la brutalidad del trauma, que tira de ella y la sacude. Si está viva, su vida debe servir para la grandeza. Hay una misión para ella, en alguna parte. ¿Por qué no la mataron los oficiales? ¿Por qué no mataron a su hermana Baby, esa hermana querida, el último hilo de su infancia? Baby contiene en sus ojos la ternura. En Baby, Penny encuentra un nido. No me dejes, Baby, y Penny extiende sus brazos, siente el mordisco de los fantasmas, la mirada de sus primas muertas, el riachuelo de sangre. Siente el peso de una Italia que la reprime, una Italia católica que oculta su fascismo bajo las alfombras. Las mujeres se casarán y parirán a sus hijos. Serán una sombra, la insignificancia. Y Penny atraviesa esa maleza de voces, esa maraña que tira como un lazo aferrado a sus tobillos. Sólo quiere caminar, Penny, pero la vida no le deja. Y por eso la rabia, una destrucción como sólo los adolescentes pueden producirla, total, desoladora. Y nosotros tememos por Penny, tememos que el fuego la devore, que la maleza sepulte su corazón valiente. Queremos tenderle nuestra mano lejana, pero sabemos que sólo ella puede arrancarse las espinas.

Con rabia es, en cierto modo, una biografía. Lorenza Mazzetti es Penny, suya es la adolescencia precoz, voraz, doliente, que nosotros descubrimos entre sus páginas. Suya es la lucidez de esa voz que resuena con fuerza. Porque si algo es Penny, por encima del dolor de su pérdida, de la culpa por haber sobrevivido, es lúcida. Hay una claridad total en su mirada. Una conciencia de clase, de la desigualdad, que sorprende incluso ahora. En los años cuarenta, Lorenza, Penny, supo ver la podredumbre del mundo. La miseria que se oculta tras una vida acomodada. La injusticia social, el machismo, la alienación. No sabemos si esta clarividencia es a causa de su precocidad o producto del trauma, pero mientras leemos la franqueza de su voz nos saca del aletargamiento. Sacude nuestra conciencia: nos rebelamos con ella. Queremos alzar la voz; de algún modo, su rabia nos contagia. Y aunque la voz de Penny es joven y como tal tiene la exaltación y el dramatismo del adolescente, en esencia podemos compartir su forma de entender la vida. Su universalidad. Y sólo podemos desear que haya más Pennys en el mundo, más Lorenzas, que, a pesar del miedo y los obstáculos, se suban finalmente a ese tren de la última página.

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Fellini en Roma, de Tyto Alba (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Tyto Alba | Fellini en Roma

En algún momento aprendimos a ver las ciudades, nuestras ciudades, como las veía Federico Fellini. Nuestras noches eran sus noches, nuestras plazas sus plazas, estos habitantes nocturnos sus habitantes nocturnos. También que el sueño no es un estado diferente de estar despierto, sino una especie de continuación. El pasado un momento del presente. Los recuerdos siempre ahí. Todas las cosas se confunde. Michel Leiris, un surrealista más entre aquellos primeros surrealistas, soñaba con su vida, liberada de las ataduras de la conciencia, tal vez. Con ello escapaba a aquella idea de los sueños espontáneos demasiado conscientes. No. Soñar no es un acto poético (no necesariamente) sino un acto liberador. De nosotros mismos. Y todo eso, de nuevo, lo encontramos en Federico Fellini. Amamos tanto a Federico Fellini. Luego el tiempo lo dejó convertido en un adjetivo. Es triste.

Tyto Alba con su cómic, novela gráfica, devuelve al cineasta a Roma. Nunca se fue de ahí, como nosotros no nos hemos ido de él. Si nuestras ciudades son la suya, no tenemos otra Roma que aquella que él frecuentó. Es más, que reconstruyó. Hecha de retazos cambiantes de su imaginación, puesto que para él nada sabe y todo se imagina. Una reescritura constante de su vida. Por la obra de Alba desfilan algunas de sus obsesiones, en especial la pequeña Giulietta Masina, aquella otra necesidad. O Marcello Mastroianni, que era él, o su otro yo. O todo junto. Pero sobre todo desfilan sus sueños, es decir, su vida. Aquella película que escribió durante años, desde que llegó de ese Rimini más tarde destruido por los bombardeos aliados pero indestructible en su cabeza, en sus películas, en aquel I vitelloni o en Amarcord.

Roma, ciudad sagrada. De iglesias, de curas y monjas. Ciudad nocturna. La noche. Paisajes en la niebla atravesada por un Fellini de todas las edades, en todos los estados. El sueño, antes del sueño, después del sueño. Tyto Alba lo entiende muy bien. La vida de Federico Fellini, su cine, es una sucesión de cuadros, de encuentros con personas, naturales o sobrenaturales. Una sucesión de escenas de películas rodadas y sin rodar. Roma es un enorme escenario reconstruido en los estudios de Cinecittà. Qué bello es este libro. La calidez de los azules, del color de esa tierra de la que el cineasta fue habitante ocasional. El deseo de querer ser. Dibujante, amante, marido, director de cine, payaso, soñador, paseante solitario.

Fellini en Roma es un libro sigiloso. Lleno de voces y de personajes pero terriblemente sigiloso. Una contradicción más del personaje retratado. Al ruido, a la tormenta, le llegaba esos momentos de recogimiento. Las calles vacías, las plazas desiertas, la playa que se pierde en el horizonte, los monstruos marinos que se pierden en la playa. Los colores que se pierden en la hoja en blanco. Los colores que se encuentran con la hoja en negro. Un gato. Negro. Anita. Gigantesca. Giulietta, apenas nada, pero todo. Si todos hiciéramos un poco de silencio, tal vez entenderíamos algo. Qué bonito paseo el de Tyto Alba por Fellini, convertido en una geografía fantástica. Sí. Amamos tanto a Federico Fellini. Perdimos tantas cosas un día, algunos días, hace muchos años…

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El declive, de Osamu Dazai (Sajalín) Traducción de Marina Bornas | por Óscar Brox

Osamu Dazai | El declive

Japón, 1947. El imperio se resquebraja tras la derrota contra América. Y esa brecha provoca una división todavía más acentuada entre las clases que componen el país. Con una salvedad, pues la aristocracia sufre una agonía de la que no volverá a recuperarse. Repudiada, casi perseguida, por la gente de abajo; por ese pueblo que convive con una realidad cada vez más sórdida. En la que el ventajismo, la violencia y la falta de escrúpulos describen el ambiente de aquellos que, tras la tempestad, intentan levantar cabeza. El declive fue una de las novelas más populares de Osamu Dazai, quien poco después de su publicación decidió acabar con su vida. Resulta tentador, en este sentido, buscar en esta obra señales de su destino fatal; quizá, también, equivocado. No en vano, el de Dazai es un libro en el que, por encima de cualquier otra cosa, se manifiesta un síntoma de rebelión. De violencia contra el sistema que, a la postre, había conducido a Japón al fracaso.

Kazuko, la narradora de El declive, nos introduce en el universo cerrado de su vida familiar. Divorciada, cuida de una madre enferma y de un hermano alcohólico y drogadicto traumatizado por su participación en la Guerra. En su intimidad, sin embargo, se abandona al recuerdo de un amante fugaz, al temor frente a una sociedad machista y, sobre todo, a una época de carencias que ha liquidado la comodidad con la que vivieron durante años. Y es que Dazai se las apaña para explicar a través de las desdichas de Kazuko las brechas de su país. El paso traumático que conduce a la protagonista y a su madre a una casa fuera de Tokio, sin los mismos privilegios a los que estaban acostumbradas; la situación delicada de sus finanzas, controladas por el tío de Kazuko; o la volcánica irrupción de Naoji, su hermano, que tras su personalidad brutal esconde un rosario de cicatrices.

Dazai ataca cada uno de los temas sin minimizar su impacto; a veces, hasta rozando su sensacionalismo. No perdona la moral rígida de la sociedad japonesa, capaz de repudiar a la mujer madura por haberle pasado la edad de ser madre. Condena que se cree la figura de la concubina para no utilizar la palabra amante. Y, en fin, razona el comportamiento perverso de una juventud arruinada entre locales nocturnos y drogas, que no se vio con fuerzas suficientes como para subvertir la herencia que su maltrecha dinastía familiar les había negado. De ahí que El declive sea una novela furiosa, a ratos salvaje, en la que su autor caricaturiza y lleva al límite todo aquello que era común en su momento, todo aquello que formaba parte de su entorno, para pedir (casi a voz en grito) un necesario cambio de paradigma. Una rebelión, un órdago. Un golpe directo a la sociedad que le daba la espalda.

En El declive abundan los personajes babosos y siniestros, desde ese médico de provincias que atiende, entre bromas, a la madre solo para advertir su cercana muerte hasta el escritor fracasado, ebrio de mujeres y vanidad, al que Kazuko trata de arrimarse para escapar de los límites de su hogar. Por mucho que, como señala Dazai, existan pocas salidas de emergencia. De ahí que sus personajes huyan de una realidad devastada para caer en otra. O si no, para dejarse llevar por la melancolía, como ese Naoji que reconoce antes de su suicidio la inmensa infelicidad que le ha llevado hasta esa decisión final. A ese golpe contra un órgano familiar que Dazai machaca sin piedad. Al que apunta con el dedo cuando Kazuko queda embarazada de un hombre que no la aceptará jamás, que la repudiará como a otra concubina más. Cuyo hijo, sin embargo, es para Dazai la semilla de una futura revolución. El disparo contra las débiles estructuras de la sociedad japonesa. El paradójico rayo de esperanza nacido en la más sórdida de las realidades.

La de Dazai es una novela al borde del colapso, de esas que parecen escritas a las puertas del infierno, en la que, sin embargo, brota una especie de convicción en el porvenir. En la seguridad de Kazuko de que ya ha atisbado el fondo del barril, el final de un mundo. El dolor, la vergüenza y la violencia. Y lo que queda consiste en devolver el golpe. Construir otra sociedad, sin la costra de las clases que la llevaron hasta el precipicio, en la que la férrea moral tradicional no sea otra cosa que la señal de aquello que se consumió en el fuego. Como ese hogar, metáfora del Japón del imperio, cuyas desventuras contemplamos arder durante la novela.

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Doctor Pasavento + Bastian Schneider, de Enrique Vila-Matas (Seix Barral) | por Juan Jiménez García

Enrique Vila-Matas | Doctor Pasavento + Bastian Schneider

¿Cómo desaparecer en estos tiempos que nos ha tocado vivir? Doctor Pasavento ha pasado de ser un libro experimental a convertirse en un libro de ciencia ficción. Antes, a menudo, pensábamos como su protagonista en desaparecer. Un día nos marcharíamos para ser nadie. Moríamos en vida y nos esconderíamos para ver ese qué dirán de nosotros. La necesidad de que nadie te conozca, de ser un desconocido, de ser otro. Pero ahora ya no. Atrapados en las redes, somos incapaces de estar ni tan siquiera unos minutos sin dar noticias de nosotros (qué vidas tan interesantes creemos llevar). Nos sentimos perdidos pensando que nadie puede llamarnos por teléfono, aunque nadie nos llame nadie. Hemos pasado de la necesidad de desaparecer a la necesidad de estar siempre presentes. Ni tan siquiera podemos perdernos, porque una simple acción nos dirá donde estamos. A nosotros y a tantos otros, conocidos y desconocidos. No, el Doctor Pasavento ya no podría huir.

El Doctor Pasavento es solo una de las múltiples personalidades de un escritor escapando de sí mismo. Porque ese es el principal problema de esta huída: que uno puede irse lejos, muy lejos, al último rincón del mundo, que uno puede escapar de todas aquellas personas que le conocen o creen conocerle, de todas aquellas que puede reconocerle, pero no puede escapar de sí mismo. Lo peor: que huimos para ser encontrados. Como esos suicidas que se suicidan esperando que alguien los encuentre y los libre de esa muerte en el último instante. Porque, tal vez, lo único que pretendemos desapareciendo es ser visibles. Y buscando la muerte, vivir.

En su alocada carrera está Robert Walser. Siempre ahí. En sus obras, en el sanatorio en el que pasó buena parte de su vida, voluntariamente, entregado de una escritura microscópica y a ser olvidado, sin pensar que estaba construyendo, definitivamente, su inmortalidad. Más allá de Robert Walser está Georges Perec. O la literatura como juego. Esa tentativa de agotar la rue Vaneau. Y al agotar esa calle, agotarse uno mismo, entre casualidades y encuentros innecesariamente evitados. Ser nadie. Ser nadie es todo un propósito. El camino hasta allí está lleno de dudas. Tanto que recuerda a aquel señor Zweifel.

La escritura de Enrique Vila-Matas se vertebra a través de las citas. Las cita convertida en una de las bellas artes. Bastian Schneider se dedica a recopilar citas para un escritor. A deformarlas también, para adaptarlas a las necesidades del momento. Quién sabe si, como Jean-Luc Godard uno no sería capaz de escribir un libro hecho de fragmentos de los otros. Y, con ellos, construir una obra personal e incluso íntima.

Doctor Pasavento es una novela agotadora. Agotadora porque en ella se busca la desaparición por la sobreexposición. Su protagonista, en su intento de ser invisible, no deja de verse por todos lados. Y al final, de nuevo Godard (que citaría a alguien que ahora no recuerdo), sabe que la mejor manera de hacerse invisible es estar ahí, bien a la vista. No es un héroe, como algún momento reconoce. Tampoco un cobarde. Solo alguien entregado a un deseo entonces posible, con una obsesión digamos enfermiza por conectarlo todo. Sí, definitvamente, Doctor Pasavento es una novela de ciencia ficción, nuestro tiempo otro y su tiempo otro más. Y, como Walser, camina entre la nieve y se vuelve más y más blanco, como la página de un libro por escribir. Y entonces, desaparece. Y nosotros un poco con él.

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Lejos de todo, de Rafa Cervera (Jekyll y Jill) | por Óscar Brox

Rafa Cervera | Lejos de todo

Cuenta Simon Critchley en su pequeño estudio sobre David Bowie que su primera aparición en Top of the Pops supuso un pequeño terremoto en el seno de la sociedad inglesa. Fascinante en su androginia, autosuficiente y sofisticado, Bowie representaba una tercera vía para un público acostumbrado a los Stones o a los Beatles. Un (necesario) cambio de ritmo que, aun en el pesimismo que latía en sus letras, invitaba a mover las caderas para rebelarse contra el rígido corsé normativo que imponían la sociedad y la época. Algo de esa anécdota permanece en las primeras páginas de Lejos de todo, aunque las protagonice una versión algo más madura de Bowie. De un Bowie al que su autor, Rafa Cervera, convierte más que nunca en aquel extraterrestre al que Walter Tevis hizo caer sobre la tierra. Solo que en esta novela, ese otro mundo es una Valencia en pleno proceso de apertura democrática. Con la costra franquista secándose al sol de la playa del Saler. Un perfecto enclave para narrar el despertar juvenil, el camino iniciático y la influencia en esos dos episodios vitales de la música y la cultura que prendía en las canciones de David Bowie.

Bowie perdido en las calles del centro de la ciudad. De un centro que en aquella época, tal vez, ni eran tan cosmopolita ni imaginaba la futura gentrificación del casco histórico. Que, en cierto modo, conservaba el gusto por sus ruinas y por aquellos barrios chinos que invitaban a cambiar de ruta. Cervera imagina en ellos, como decimos, a un Bowie taciturno, desgastado por el ruido del tiempo, que cambia de ciudad, de contexto, de cultura, tal vez en busca de nuevos estímulos. De la razón de ser, especialmente, cuando se es una estrella; un camaleón. Alguien acostumbrado a la reinvención estilística permanente. Tan moderno que, por fuerza, le ha ganado la carrera cuerpo a cuerpo a su época. De ahí, en definitiva, que Bowie solo pueda ser un extraterrestre o, como su personaje en El ansia, un vampiro. O, sencillamente, una figura inalcanzable que la versión adolescente de su autor cree intuir desde el otro lado de la ventana. En ese gesto tan típico de estupefacción, cada vez que nos decimos que es imposible que algo así suceda a un palmo de distancia.

Cervera deja que la acción transcurra entre la Valencia efervescente del centro de la ciudad y esa otra, de veraneo y periferia, que vive junto a la playa del Saler. Aislada. Con apenas contacto con la cultura (o la contracultura) que está abriendo una brecha en el establishment. Precisamente, la clase de espacio que define a su protagonista juvenil, encaprichado con la hermana de su mejor amigo y, al mismo tiempo, con el poderoso anhelo de un futuro escrito con las letras del rock’n’roll y narrado a 24 fotogramas por segundo. De ahí, en parte, ese sentimiento de falsa idealización con el que Cervera construye el decorado de su historia; los tropos habituales del género, el costumbrismo de una época de paréntesis en nuestra Historia y la euforia que bullía junto a las hormonas de los jóvenes. Por mucho que su autor, como en lo que explicaba Critchley, se esfuerce en separar el hedonismo tan característico de la idiosincrasia valenciana con lo que, pura y llanamente, es un despertar el universo de los adultos. Ese que, a toro pasado, siempre creemos que abarca lo que dura un verano. Que pensamos que llegará cuando termina cada uno de los veranos de nuestra adolescencia.

Para alguien con la cultura musical de su autor, no resulta aventurado creer que este Bowie está más cerca de Ashes to Ashes que de Life on Mars?; más cerca de aquel final de los 80 en el que la huella de Ziggy Stardust se había disuelto tras la enésima metamorfosis musical. No en vano, la languidez, la introspección que acompaña a su héroe por el periplo valenciano dibujan otro sentido para Bowie. La sensación de que, a cada salto, le resulta cada vez más difícil retomar la persona que ha sido. La persona que era. Marcado por una eterna carrera hacia delante. Por mucho contrapunto irónico que despierte la figura de Iggy Pop, fiel escudero en la travesía por Valencia. Porque, pensamos, Cervera es consciente de que su retrato es, también, el de una transición. Efímero, fugaz, lo que dura un verano o un silencio mientras cambia la canción. Lo que sucede cuando pasas, de golpe, de la infancia y la madurez te obliga, no te enseña, a mirar las cosas de otra manera.

Lejos de todo es una novela iniciática, sí, pero creo que es oportuno decir que se recrea poco en su nostalgia. Que, en su lugar, nos invita a reflexionar sobre lo que hacemos con nuestros recuerdos. El peso, o el legado, que les concedemos en nuestro presente. Es, asimismo, un retrato de Bowie, pero sabe cómo sacrificar todo el espíritu lúdico de su música para construir a un músico en busca de algo más. De otro lugar, de otra vida; de una vida extra que alargue decididamente ese tiempo que pasa a toda velocidad, con sus adicciones y caídas. Que termina cada vez que lleva a cabo su metamorfosis. En el que aquella Valencia que empezaba a desperezarse, que fue también caladero de la Movida, es el perfecto escenario mutante para reescribir al mito. Para reinventar al cantante. Para retomar las memorias de adolescencia. El tiempo que pasó, las heridas que quizá no se cerraron. Lo que se perdió y lo que se aprendió. Los días vividos.

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Todo es posible, de Elizabeth Strout (Duomo) Traducción de Flora Casas | por Óscar Brox

Elizabeth Strout | Todo es posible

A propósito de Me llamo Lucy Barton, la anterior novela de Elizabeth Strout publicada en castellano por Duomo, señalábamos como la principal preocupación de su autora la forma en la que retomamos la memoria de otra época, no tanto la memoria en sí. El ejercicio de madurez que supone pasar a limpio los conflictos, los huecos en mitad del relato, las decisiones tomadas y las que no se pudieron llevar a cabo. En Todo es posible, la presencia de Lucy Barton es testimonial, una especie de clave para que Strout indague en las vidas de sus antiguos vecinos. En lo que son y, también, en lo que no pudieron ser. Pero, sobre todo, en cómo ese tiempo que, de pronto, retoman para someter a evaluación revela, más que nada, las dimensiones reducidas de su mundo. De sus hogares. De sus amores. De, en definitiva, todas aquellas cosas que utilizamos como escudo ante el dolor. Para decirnos, para convencer al resto de personas, que la vida se ha abierto por el camino adecuado.

En Todo es posible conviven familiares y amigos de Lucy, vecinos y conocidos, cuyas vidas transcurren surcadas de pequeños dramas. Infidelidades, accidentes, miserias o, simplemente, años que apenas dejan huella. Strout nos habla de gente sin relieve; de aquellos personajes que habitualmente pueblan el segundo plano de una narración, las mesas del final en la cafetería en la que los protagonistas mantienen una conversación importante, los rostros borrosos que te encuentras al pasear por la calle. Quizá porque, en su aparente insignificancia, encuentra la semilla de los auténticos dramas. Las palabras. Las expresiones. La vida curtida por infinitos avatares que pasan desapercibidos porque, sencillamente, se asumen como una parte más de la vida. Como algo poco o nada extraordinario. Algo que, precisamente, Strout consigue que brille acercándolo al primer plano, a los focos, dejando que cada una de las pequeñas historias funcione como eslabón de una cosmogonía. De un territorio mediante el cual explicar la dureza de la vida de Lucy Barton. De sus años de pobreza total que poco o nada presagiaban su futuro como novelista de éxito.

Probablemente sea un error hablar de conmiseración para definir el enfoque con el que Strout aborda las desventuras de sus personajes. Sus desamores, sus traiciones, los ecos de guerras pasadas cuyos efectos no se han atenuado, la locura y la soledad. Frente a esa tentación burguesa, más preocupada por señalar la extracción que los problemas de sus criaturas, Strout se sitúa junto a ellos. Con Charlie Macauley y su doble vida, con la vaca Patty y las dificultades como orientadora escolar, con el hermano de Lucy y el resentimiento de una existencia marcada por la precariedad. Sin necesidad de explicar al lector lo que se siente, dejando que sus personajes lo sientan. Apelando a ese instinto primario, que sus palabras consiguen transmitir en cada página, mediante el cuál cada uno de los personajes encuentra un lugar en el que explicarse. Sin justificaciones ni trampas mor(t)ales. Con esa facilidad con la que Strout captura las vidas sencillas con sus constelaciones de pequeños problemas que, pese a todo, no evitan que el mundo continúe girando.

Si en la anterior novela, Lucy Barton trataba de encontrar un hilo, una semilla, que permitiese comprender la difícil relación con su madre; ese amor incondicional que, pese a todo, se profesaban; en Todo es posible sus personajes buscan argumentos para comprender el lugar en el que les ha tocado vivir. Las mentiras con las que han escondido determinadas realidades y, por qué no, las realidades que les gustaría poder esconder tras alguna que otra mentira. Porque todos, quizá, buscan una razón para vivir. Para sus errores y escasos aciertos. Para sus amores tardíos y sus penas precoces. Para esas vidas en segundo plano que Strout planta frente al foco, cada vez que sus personajes retoman un fragmento de memoria que creían pasto del olvido.

Todo es posible es, al mismo tiempo, ramificación y reelaboración de la anterior novela de Strout; ampliación de ese mapa que Lucy Barton había transformado en una suerte de confesión entre madre e hija. Un mapa en el que vemos el ahora mientras sus protagonistas tratan de sortear las heridas del antes. Un mapa que, precisamente, palpita en las pequeñas cosas. En esas palabras que tan cuidadosamente ponen el relieve, la ternura, el amor incondicional, por unas criaturas cuyo coraje resiste a las embestidas del olvido.

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Asesinato en el honjin y otros relatos, de Seishi Yokomizo (Quaterni) Traducción de
Kazumi Hasegawa | por Juan Jiménez García

Seishi Yokomizo | Asesinato en el honjin y otros relatos

Hace un par de años, la publicación por Quaterni de Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno nos trajo la revelación (o la confirmación, si no olvidamos El clan Inugami) de un autor injustamente desconocido en España, pero un clásico de la literatura japonesa de misterio, de detectives. Una revelación deslumbrante, porque en aquella trepidante novela se encontraba encerrado todo el buen hacer de su autor, además del personaje central de su obra, el detective, el curioso detective, Kosuke Kindaichi. Curioso detective ya no solo por su aspecto y sus métodos si no porque (y ahí comparte puntos en común con otro protagonista del género en Japón, como es el Kogoro Akechi de Edogawa Rampo) no pocas veces acaba de secundario en sus propias historias, hasta llegar al punto de no aparecer si no es citado. Rampo y su Akechi son un referente oportuno a la hora de hablar de Yokomizo y su Kindaichi. Ambos comparten una pasión por lo clásico, Edgar Allan Poe en primer lugar, y en un libro como Asesinato en el honjin y  otros relatos no solo encontramos esa pasión sino un cierto juego referencial.

El libro contiene tres relatos, todos con el detective pero no todos en igual manera. Además, cada uno plantea un caso que se inscribe en la tradición de la literatura anglosajona de misterio. En Asesinato en el honjin, el misterio de la habitación cerrada; en El caso del gato negro el del muerto sin rostro; en Por qué rechinó la polea del pozo, el del regreso de la guerra y las dudas sobre quién es aquel que regresa. Kosuke Kindaichi protagoniza el primero, se deja caer en el segundo y desaparece prácticamente en el último, para ceder el protagonismo a la sensibilidad de una joven marcada por la muerte. Pero en todos encontramos lo mismo: el gusto del escritor por volver a frecuentar temas conocidos aportando una nueva vuelta de tuerca. Una vuelta de tuerca de alguien que ha leído mucha literatura extranjera, que la ha leído bien y que es capaz de trasladar todo ese conocimiento, magistralmente, a la sociedad japonesa y sus peculiaridades, desde el honor hasta la venganza, pasando por la familia. Una sociedad encerrada en su pasado y sus manías de derrotados, por las guerras o por el destino.

Porque en Seishi Yokomizo no solo encontramos perfectas tramas construidas sobre un firme andamiaje, sino además el retrato de una sociedad en sus más diversas capas. En especial ese mundo de familias cerradas, ancladas en su honor, pero definitivamente enfermas, como si el tiempo las hubiera corroído hasta ese presente incierto. Un presente en el que el mal, la muerte, están bajo la piel, esperando el momento de salir. Y salen, para destruirlo todo. Y tal vez sea ese precisamente el tiempo sobre el que se construye la narrativa del escritor: un pasado presente. Un pasado que llega para acabar con los titubeos. Un pasado siempre presente esperando encontrar su punto de ebullición, de muerte. Y entre todo ello, ese detective algo desmañado. Kosuke Kindaichi a la carrera. Irónico, revelador. Como la modernidad sacudiendo los armarios de la tradición. Porque el misterio ya no es un cuarto cerrado, un hombre que vuelve de la guerra o un muerto sin rostro, sino más bien que se esconde detrás de las máscaras tras las que nos ocultamos.

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La coronación de las plantas, de Diego S. Lombardi. (Jekyll & Jill)  Ilustraciones de Claudio Romo | por Francisca Pageo

Diego S. Lombardi | La coronación de las plantas

El folklore siempre tiene algo inventado, algo que hacemos nosotros, que ponemos nosotros y modificamos con el tiempo. Es irremediable no relacionarlo con lo mágico, con lo misterioso, con lo que no podemos terminar de intuir. Algo parecido pasa con La coronación de las plantas del argentino Diego S. Lombardi. No sabemos muy bien dónde encajar el libro, pero sin duda es capaz de provocarnos una incertidumbre, una sensación ambivalente ante lo que la magia y la alquimia nos ofrecen.

El herbario del que se habla en la novela es aquí ilustrado (aunque no completamente) por Claudio Romo. Ilustrado con una estética siniestra pero bella y sublime, de un esteticismo desinteresado que intensifica la historia haciéndola más profunda y misteriosa. Estamos ante una novela puramente visual e, incluso, podríamos decir, olfativa. No podemos negar el hecho de que necesitamos visualizar todo lo que sale en ella. La ficción nos lleva por caminos de fantasía y surrealismo. Caminos que no todos somos capaces de imaginar pero que Diego hace muy bien.

A pesar de que la historia de este libro transcurre en la actualidad, hay algo que la hace atemporal, como si lo contado pudiera pertenecer a otro tiempo indeterminado. Las plantas aquí mostradas poseen cualidades psicoactivas, cualidades que alteran las funciones de la mente humana y que tienen efectos mágicos y ocultos en nosotros. Asimismo, los conjuros mostrados son excepcionales. No cabe duda de que Lombardi se ha adentrado fielmente en el mundo de la botánica. Lo ha descuartizado y se lo ha comido, lo ha triturado y mezclado dentro de sí para vomitarlo ante nosotros, haciendo así un collage único. Lleno de atributos que solo Lombardi ha podido darle.

Estamos ante un libro que no sabemos muy bien qué es, no sólo por la mezcla de estilos y elementos, pero que embellece la parte oscura de nuestra alma, la sombra; además de lo que la naturaleza nos ofrece y sus propiedades misteriosas.

«En el margen de la laguna yacían árboles derrotados, podridos, de donde pendían unas florecillas blancas como jóvenes bailarinas de ballet que se acomodaban sobre las rodillas de un viejo empresario. El denso olor del nigredo que el fango despedía, lejos de disgustarme, me recordó al aliento que recorría el pasillo y llegaba a la sala desde la siempre oscura habitación de mis abuelos, aliento agravado aún más por las flores mustias que quedaban en el florero por largos periodos de tiempo antes de que alguien se decidiera a cambiarlas».

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El Ángel DADÁ, de Fernando González Viñas, José Lázaro (El Paseo) | por Juan Jiménez García

Fernando González Viñas, José Lázaro | El Ángel DADÁ

En no pocos movimientos de vanguardia de principios de siglo, la mujer representó un papel fundamental. No es que representara ningún papel. Es que estaba y estaba como lo estaban otros artistas y seguramente no se hacían tantas preguntas ni esperaban respuestas que difícilmente se pueden dar. Tal vez era una inocencia que hemos perdido. No es que entonces fuera más fácil. Muchas de esas mujeres se convirtieron en las mujeres de aquellos hombres. E incluso en motivo de disputa. Pero su obra sigue ahí. Tan válida o tan caduca como las de los demás. Sí, la palabra musa siempre la tenemos lista ahí. Porque también en la cultura nuestro vocabulario no llega a las quinientas palabras, incluyendo todas aquellas manoseadas y que ya no sabemos qué significan. Emmy Hennings fue una de ellas. Su obra, más allá de algún libro de poemas, fue su propia vida. Y la vida que se desarrolló alrededor de ella. Es tan desconocida como lo puede ser Hugo Ball, su marido (no nos engañemos… preguntados por el dadaísmo, solo los alumnos avanzados llegarían a Tristan Tzara). Y ellos fueron los que fundaron la fugaz piedra angular del dadaísmo: el Cabaret Voltaire. Un lugar para reivindicar la nada.

La vida de Emmy Hennings no fue fácil. Nació en 1885 lo cual era la promesa de unas cuantas guerras. Y hambre, pero para eso da igual el año. Su vida discurrió entre Alemania y Suiza y unos cuantos sitios más, pero cuando se es pobre todo los sitios se parecen. Pero cuando se es artista, al menos es interesante ver con quién compartes toda esa miseria. Ella la compartió con algunos de los personajes que marcarían esas vanguardias incluso ya antes de que esas vanguardias tuvieran un nombre a reivindicar. Pero hasta llegar allí, se pasó sus días cantando en cualquier local que quisiera oírla cantar y prostituyéndose. Tiene una hija y es como si no hubiera tenido nada. La deja junto a su madre y ella sigue, como decía aquel ruso, con su vida y su destino.

Su contacto con los círculos artísticos de Munich (verdadero origen del dadaísmo o, mejor, de un nuevo arte, en tiempos en los que la guerra estaba por todas partes… 1913), le permite desarrollarse como artista y también encontrarse con Hugo Ball, que será un cambio definitivo en su vida. Emmy no tiene aún treinta años y lo ha visto todo. El infierno, muchas veces, y el paraíso a ratos, brevemente. Ball vive en un mundo paralelo, más cerca de la santidad que otros muchos. Él le aportará la tranquilidad, una vida sin sobresaltos, pero en busca de una plenitud artística. Se unirán a otra compañía de cabaret (leer Flametti o el dandismo de los pobres, el relato de aquellos años) y al final, disuelta esta por los problemas de su dueño con las menores, fundan el Cabaret Voltaire, que no durará mucho pero lo cambiará todo. Allí se reunieron los dadaístas y gritaron al mundo que el arte ya no existía, que existía dadá, y que dadá era nada.

Acabado aquello, Ball y Hennings salen de escena. Una guerra, una posguerra que verá nacer el surrealismo de los restos aún humeantes del dadaísmo, otra guerra por venir. Ball no la verá. Ni tan siquiera el nazismo. El relato se acaba aquí. Fernando González Viñas, a las palabras, y José Lázaro, a los lápices, trazan ya no el relato de una vida apasionada, la de Emmy Ball-Hennings, sino el de toda una época alrededor de ella. En ese relato, entre lo bello y los triste, nos enfrenta a unos años nada gloriosos que ahora recordamos con la nostalgia del que nada perdió allí. Ninguna inocencia.

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El nervio óptico, de Maria Gainza (Anagrama) | por Francisca Pageo

Maria Gainza | El nervio óptico

Ya publicado anteriormente en la tierra natal de María Gainza, nos llega de la mano de Anagrama El nervio óptico, su primera novela. Una novela a medio camino entre la historia del arte y la narrativa personal dividida en 11 partes donde la protagonista detalla su trayectoria vital. Una trayectoria llena de altibajos, de incertidumbres y de señales que nos marcarán el camino vivido y por vivir.

Se trata de un libro, como ya se ha dicho, entre el arte y la vida, aunque qué novela no trata sobre la vida, pues todas tratan sobre ella. El recorrido por los museos de Argentina nos cuenta la historia a través del arte. Hechos y obras que acontecieron en tiempos pasados y que de alguna manera tienen relevancia en el presente. Todo se relaciona y todo se conecta. Es irremediable. «Uno siempre escribe sobre algo para contar otra cosa».
Para poder hablar de arte siempre hay que hablarse a uno mismo. Es necesario volverse hacia dentro, donde hallamos las preguntas y respuestas que el arte nos ofrece. Estas no solo se hallan en las obras, sino que debemos ahondar en nosotros, en nuestro interior, para que ambas sean respondidas y formuladas.

Estamos ante una novela sobre la memoria. La de uno mismo, la de que los que nos rodean, la del mundo, la del arte. Toda la memoria recoge otras memorias, en las que nos adentramos en recuerdos de un pasado que no logramos poseer del todo. Que se nos escurre y escapa. La mirada que tornamos a él nos hace sucumbir al presente, a lo que tenemos ahora entre las manos, para entenderlo. «Del museo rosa que estaba a veinte cuadras de mi casa nadie me había hablado; más tarde entendería que, para mis padres, la Buenos aires de mi infancia no albergaba ningún interés artístico; vivían paralizados por la lasitud neurótica de verse reflejados en el pasado, en cada palacete, en cada estatua de bronce, en cada juego de platería propio o ajeno».
La protagonista cultiva su alma y su mente. Sin cesar y sin pausa. Analizando todo lo que recibe, sintiendo que todo lo que sucede nos puede hacer avanzar o retroceder para comprender. Todo está en su cabeza. Todo sucede alrededor y le sucede a ella. Su entorno es embriagador y cinematográfico. Casi podemos adentrarnos en él y saber de primera mano lo que a cada persona acontece. La enfermedad, la esperanza, la vejez y la memoria son quizás los temas principales después del arte.

Al leer este libro sabremos más sobre los pintores. No sólo de sus obras, sino también de su vida. Gainza se adentra hondo en ello y hurga hasta dar con las piezas clave para contar no solo su historia, sino otras muchas. Estamos ante una novela llena de ellas y, asimismo, están tan unificadas entre ellas que la Historia termina por escribirse en H mayúscula, porque arte y vida, al fin y al cabo, terminan siendo lo mismo.

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Cuentos de demencia y muerte, de Edgar Allan Poe (Nórdica) Traducción de Íñigo Jáuregui. Ilustraciones de Gris Grimly| por Almudena Muñoz

Edgar Allan Poe| Cuentos de demencia y muerte

Seguramente haya contado esta historia en otra (o más de una) ocasión y ya no lo recuerde, bien por que comiencen a mordisquear los achaques, como a Poe, bien porque una empiece a perder el seso, como sus personajes.

La primera vez que leí a Edgar Allan Poe tenía diez años. Tal vez no es una edad tan descabellada para iniciarse en el mundo del escritor bostoniano, o en el imaginario gótico de Nueva Inglaterra en general. Tampoco iban a desplegarse escenarios tan distintos a los que me habían acompañado a diario durante toda la infancia: un paisaje áspero y frío, edificios antiguos cerrados a cal y canto, aún señoriales, que parecían supurar leyendas doradas y sangrientas por cada ladrillo. Mientras otros cuentan con orgullo cómo se introdujeron en las novelas o los cuentos de este o aquel complejo escritor ya muerto, tal que si nada más coger el libro por vez primera sintieron hundirse en algo tan mullido como un sillón de orejas, en mi caso no voy a mentir ni sublimar el asunto: Poe no era para mí por aquel entonces.

Cada semana (o era cada mes, o cada quince días, los tiempos son tapiados por otro material del recuerdo), nuestra profesora de primaria nos llevaba a la biblioteca del colegio en hilera, y allí nos desparramábamos para escoger un libro de lectura obligada. La biblioteca era el lugar de independencia, donde se relajaba caminar en fila y la imposición se basaba en una elección propia. Se mantiene vívida la imagen del ejemplar de una vieja colección Anaya que escogí de entre todos los lomos blancos: la portada era una oda al kitsch, con una ilustración horrorosa, tipografía Hammer y un gato negro que guiñaba su ojo escarlata. «¿Podría leer esto?», pregunté ante la profesora cuando llegó mi turno para tomar nota del libro; la pregunta contenía más dudas sobre la posible carga terrorífica que una petición de permiso; a fin de cuentas, ya había leído antes libros fuera de la edad recomendada. La profesora levantó la vista sobre el borde de sus diminutas gafas redondas y contestó que sí, por supuesto.

Nunca sabré si lo dijo porque de verdad pensaba aquello como buena maestra, o porque en el fondo nunca se lo había leído y no tenía ni idea de quién era ese hombre de apellidos montados uno sobre otro como alas de cuervo. La anarquía bibliotecaria se extendió también a la forma de leer aquel libro de cuentos, y empecé al azar por El corazón delator, arropada por muchas mantas, en el ático de una casa de campo.

Con un tragaluz en noche despejada, por el que entraba luz suficiente para distinguir los enormes tablones de madera del suelo.

Tablones huecos que Poe comenzó a rellenar con algodones sucios y terribles que no abandonarían jamás mi cabeza; pero, sobre todo, por aquella ilustración a tinta negra del viejo de un solo ojo, detallista hasta el punto de no poder apartar la mirada del amasijo de nervios, venillas y protuberancias casi supurantes.

Lo primero que hago al coger Cuentos de muerte y demencia (en realidad, una costumbre con cada edición de Poe que cae en mis manos), es buscar la ilustración central de El corazón delator. Nunca falta, porque ha debido atormentar a tantas almas como yo, empezando por el mismo autor. Ahí está el anciano, mucho más pequeño. En parte por el formato, en parte porque ya no le tengo miedo. Su ojo es sencillamente blanco, y hace más justicia a la descripción de Poe. El rostro está entintado, pero con mucho más arte: de ahí, salto a todas las demás viñetas, circunferencias, retablos y marcos de Gris Grimly, un ilustrador que vive entre las sombras, pero que alza el universo de Poe a un plano mucho más… divertido y luminoso.

Quién se lo hubiera dicho a una niña de diez años aterrorizada durante una noche. Entre la monomanía extrema de Poe y las blandas alteraciones sobre el gótico de Tim Burton o Guillermo del Toro (que ha colaborado con Grimly), es posible un término medio para lectores jóvenes o que necesiten una vuelta de tuerca sobre la prosa coagulada de Poe. Cuatro cuentos que bastan para degustar las ideas fijas en la pluma (quién sabe cómo era su mente) del autor, o para recordar con qué facilidad enterramos y desenterramos imágenes que nos espantan y enamoran al mismo tiempo. Un corazón, una ola, un gato, un ojo que brilla.

 

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