Cosmonauta, de Pep Brocal (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Pep Brocal | Cosmonauta

Convertirse en uno de tantos cosmonautas que escapan del mundo actual, de esta tierra presente o futura, para encontrar la nada, o un dios, tal vez Dios. Escapar de lo colectivo, de las relaciones sociales, de la frustraciones y fracasos compartidos, para encontrar la soledad sin piernas de una cápsula espacial con una voz robótica que lo sabe todo, que nos cuenta un poco y que calla, como un humano más, las cosas importantes. Atravesar el espacio en una improbable línea recta, unos junto a otros, para no dejar nada al azar (o dejarlo todo), para que alguien tenga que encontrarse necesariamente con esa divinidad a la que exigirle cuentas. Con un catálogo de reivindicaciones, de seres humanos airados por el abandono de su creador o por las imperfecciones, enormes, de su obra. Esto sería Cosmonauta, la última obra de Pep Brocal. Un viaje desesperanzado de miles de años, en el que no se busca nada, más que huir. Aunque aquello de lo que se huye va con uno mismo. Es él mismo.

Héctor Mosca no tiene muchas pretensiones en esta vida, como casi todos. Tiene un amigo, una amiga y un problema aritmético fácil de intuir. La infancia pasará y será el momento de que la amiga sea novia, el amigo rival. Héctor no es ningún conquistador y su victoria está llamada a ser efímera. Hay derrotas que valen por toda la batalla y, cuando uno no es capaz de abrazar eternos rencores o esperar una oportuna venganza, solo queda escapar, subirse en una moto y convertir en hombre bala lanzado hacia algún punto en el horizonte. Eso si no surge la oportunidad de que ese horizonte sea espacial y el hombre bala pueda llegar más y  más lejos, allí donde nadie ha llegado. Cuando la tierra ya no es suficiente, queda el espacio. Cuando todo ha ido mal, queda buscar al responsable de tal desbarajuste.

Pep Brocal construye una Odisea a la inversa, desprovista de monstruos y mitologías. No se trata de volver a Ítaca, sino de huir de ella. No se trata de encontrar a Penélope, sino de huir de ella. No se trata de una road movie, porque nada rueda ni nada es peliculero. No es una es una odisea en el espacio porque nada tiene de aventurado, y ni tan siquiera podemos esperar que aparezca algún alien, simplemente porque no cabe. Sí, Cosmonauta es un libro nihilista. Pero divertido (como si fueran cosas contradictorias… No, al menos desde aquel pez llamado Wanda, no lo son). Un libro con ese azul metálico, espacial y frío, que hace juego con la cara impasible de Héctor Mosca, en la que apenas queda sitio para el asombro. Un libro con ese rojo sangre de la vida pasada, que no se puede decir que fuera mejor, pero al menos sí más viva, más veloz. Cuando el tiempo aún se medía por minutos y días y no por años. Y en algunos momentos, todo se confunde, rojo y azul, derrota y derrota.

En Cosmonauta encontraremos grandes derrotas personales y grandes derrotas de la humanidad, y el humor necesario para pensar que, después de todo, es así. Siempre ha sido así. No somos tan especiales. Seguimos esperando quedarnos con la chica, encontrar a dios (uno cualquiera), huir como si ese fuera posible, y que nos solucione la vida una máquina. Un futuro muy parecido al pasado y qué decir del presente. Y la nada por todos lados, como algo pegajoso. Asquerosamente pegajoso. No es un tiempo para héroes y, si lo fuera, estos no serían otro Ulises, sino un Héctor. Sin duda.

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La séptima vida de Kaspar Schwarz, de Carles Pradas (Astro Rey) Traducción de Carmen Gómez Aragón | por Almudena Muñoz

Carles Pradas| La séptima vida de Kaspar Schwarz

Noticia de última hora: este libro es un montón de patrañas.

En un paisaje editorial de artefactos antiguos vestidos con collar de blonda nuevo, como esos maniquíes de comunión para familias que nunca van a misa, encontrarse un libro mentiroso de cabo a rabo es, en realidad, una enorme recompensa. No habrá en él interés por defender una postura incuestionable, ni sostendrá el peso de una promesa de autor que ha sabido retratar el presente del mundo, conquistando a la crítica y la academia. A un libro mentiroso nada le importa, y por esa razón será mucho más libre que otros conscientes de su lengua y del rigor que debe emanar de ella.

Se dice que Kaspar Schwarz existió, pero se aportan pruebas en contra de esta suposición y sorprende que así sea, que se pueda cuestionar la realidad de Kaspar Schwarz o de cualquier otro personaje (o persona). ¿Acaso no disponemos de su voz, de sus retratos, de un hilo biográfico lógico y repleto de inevitables altibajos? Poco importa que el testimonio sea el de un biógrafo/narrador poco fiable, que las fotografías y las cartas manuscritas parezcan amañadas, o que un editor amable haya querido agregar importancia a la vida de otro don nadie. Ninguno de estos argumentos justifica que Kaspar Schwarz nunca existiera. Carles Pradas lo ideó, lo escuchó (o se hizo escuchar ante él), se lo llevó consigo para atravesar llanuras y trincheras y revisar todo lo que es cierto y dudoso, por típico o por tópico, en el proceso de creación literaria. Ajeno a las tendencias que ilustran las fajas de los libros del momento, Kaspar Schwarz (o Carles Pradas, disculpen) se aferra al macuto y marcha a perseguir la nostalgia, como hiciera Andrew Sean Greer con Las confesiones de Max Tivoli (2003).

Todos estos bribones ficticios que aprendieron a jugársela a las normas vitales saben que lo más difícil es el hechizo circense que el lector desea, al mismo tiempo, desdeñar y creerse. Y Kaspar Schwarz atraviesa un oleaje increíble, donde no hay asiento para el tedio: la novela costumbrista y sentimental sobre el primer amor, las sucias descripciones de una gran guerra, los vaivenes de unos capítulos de pillaje e insatisfacción en alguna capital de luces brillantes, la frente templada por un poco de espiritismo. El problema es que todo es mentira, porque Kaspar no es un muchacho, sino una broma, un gato humanoide vestido de escolar, caballero o astronauta, enmarcado por reflexiones muy serias. Pero todo el aparato es muy cierto, bellamente editado por un sello capaz de tomarse la ficción tan a pecho que hasta fotografía su contraportada mediante el colodión húmedo y mezcla la maquetación periodística con las listas de Spotify y el contenido poético. La letra de imprenta negra y los fragmentos de tinta esmeralda, que huelen a viejas copias de La historia interminable (Michael Ende, 1979). El episodio del relojero o el sueño de los jabalíes son prueba suficiente a favor de la credibilidad de Kaspar Schwarz y de ese oficio que, entre fantasear y reinventarse a uno mismo, no impone gran diferencia.

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Un policía en la luna, de Tom Gauld (Salamandra Graphic) Traducción de Carlos Mayor Ortega | por Almudena Muñoz

Tom Gauld | Un policía en la luna

Tómese las proteínas y póngase el casco. O bien cómase un dónut y retírese la escafandra para suspirar e intentar entablar conversación con las máquinas. No hay otro propósito en el terruño lunar, una vez cumplidos todos los deseos de Elon Musk, porque nuestras insatisfacciones continuarán rotando en ciclos infinitos. No importa cuánto viaje el hombre triste y aburrido, si la depresión se sube con él al mismo cohete, y esto lo sabe hasta un robot terapeuta.

¿Cuál es su nombre?, dice el cacharro, imitando las costumbres de las personas parlanchinas. Nombre desconocido, suplantado por unas funciones que suenan de rechupete pero que no conllevan ningún esfuerzo: señor agente, señor policía. Podría ser el famosísimo Major Tom, o Tom Gauld a secas, que en todas sus viñetas sencillas y expresivas se dedica a representarnos a todos los demás. Apenas un puñado de palabras, el color blanco y variaciones de saturación sobre un mismo tipo de azul, y ya estamos instalados en la luna, donde de inmediato nos sentimos como en casa. ¿Todo correcto, nota algún tipo de presión? Tómese otro dónut.

La vida aquí no tiene nada que envidiar a la de ahí abajo; es más, la luna dispone de cantidades ilimitadas de tiempo y silencio para invertir en la meditación que tanto persiguen los terrícolas. Puede incluso practicar el movimiento slow, ya que la gravedad no es la misma y tardará horas (si no días) en recibir el correo y el cambio de una máquina expendedora. Nada que echar en falta de la Tierra. Imaginamos que le apetecerá replicar ¿y para qué un policía en medio de la nada, en lugar de unos ingenieros, unos geólogos, un vlogger de viajes? No hay rastro de selenitas que evaluar, ni muchos más humanos de los que llevar un registro.

De entrada, ¿cómo pretende encontrar un oficio lógico en un espacio donde no teníamos nada que hacer? Lo sabe, incluso lo intuía en su país de origen. Consuélese con un dónut, son idénticos a los de siempre. Quizá la luna necesite un policía que controle las ilusiones desmedidas que los humanos trasladan al espacio. Un Neil Armstrong anclado para siempre en el bucle de su descubrimiento, por ejemplo. Las esperanzas de gente corriente que esperaba encontrar… ¿El qué? No se sabe tampoco aquí arriba. Cualquiera se siente agotado por la belleza y los paisajes nuevos. El espíritu que quería encontrar la paz en la luna al final siente de nuevo el tirón de la Tierra, como un perro fiel que regresa siempre a casa.

Rogamos en todo caso que reconsidere la situación. Tiene coches voladores. Hay palmeras encapsuladas. Cada semana lo cambiaremos de habitáculo para recibir el estímulo de un ambiente nuevo. Las mejores franquicias de café y bollería esperan instalar un punto de venta en breve. Pruebe, pruebe un dónut. ¡Hasta el robot terapeuta es auténtico y no cobra por sesiones! ¿Sigue sin gustarle? ¿Se siente solo, inútil, invisible, olvidado, el único humano de la colonia, y la luna le parece tan triste como declamaban todos esos viejos poetas? Por favor, antes de partir siéntese un momento y vea cómo son realmente las cosas azules y blancas en este trozo de firmamento: tal vez la cara oculta de la luna es que aquí arriba aún hay esperanza. Eso es, respire hondo, aprecie lo ridículo y hermoso que es todo, que su vida cabe en un pequeño libro sin apenas texto. Y tómese un dónut.

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Luz, de Elisabet Riera (Sexto Piso) Traducción de Palmira Feixas | por Dara Scully

Elisabet Riera | Luz

Mírenla, ahí está la muchacha, la niña, la nínfula. Su inocencia nos sobrecoge. La infancia a punto de agotarse, las sandalias rojas, un cuerpecito delgado. Luz, Luz, deja que te arrope. Tiéndeme tu mano pequeña y dócil. Rejuvenéceme. Que tu claridad devore la marca del fantasma, su paso sobre mi frente. Que desaparezca este recuerdo doloroso. Este vacío hostil que me acompaña.

Una mujer herida que se esconde. Ante sus ojos velados, el pueblo, la casa cerrada: un regreso inevitable. Parece haberlo abandonado todo. Sólo su perra, Noche, la acompaña. Atrás ha dejado la vida: la ciudad extranjera, el cuerpo conocido de la amante. Su biblioteca. Quién es esta mujer, nos preguntamos, esta voz dormida, doliente, que se tiende en el suelo como un animal enfermo que agoniza. Por qué le hieren sus fantasmas. Por qué la casa, silenciosa, la aguijonea. Le seguimos la pista, los pasos; le decimos: levántate. Como la luz, temblamos sobre sus párpados. Un pequeño faro luminoso. Un nombre pronunciado en el invierno.

Ha visto, al fin, a la muchacha. Una niña de doce años. Una criatura al acecho. Durante días, su presencia simple la mantendrá despierta. Un hilo leve, frágil, tendido hacia la vida. Hacia la calle, que recorre con Noche. Los prados se abren a la expectación. Luz, Luz, ¿quién eres? Deja que mi mano acaricie tu rostro. Que tu voz adormezca mi enfermedad, mi cuerpo. La mujer espera con paciencia. La niña observa en la distancia: será Noche, el animal, quien las conecte. Un paseo por el campo. Una pregunta –quién eres- que se pasarán la una a la otra: un soplo de nieve, un poema de Safo, la literatura. La mujer se convierte en maestra y enseña a la niña aquello que ha descubierto con los años. Todo su aprendizaje, el de la ciudad y los libros; el de una carne que sacude su polvo y se estremece. Que pide agua y bebe. Que se consume en una poza que nace del deshielo.

‘Luz’ es y no es una novela de nínfulas. Hay una mujer que desea a una niña. Una mujer mayor, madura, culta. Ha vivido en la ciudad, conoce el mundo; Luz, aún un capullo cerrado, se deja acariciar por sus corrientes. Aprende de la maestra, devora su conocimiento. Una simbiosis frágil, herida desde el principio y sin embargo arrasadora. Todos conocemos la historia: la nínfula, con sus sandalias rojas, crecerá ante nuestros ojos. La retendremos sólo un instante; luego volará, desplegando sus alas amplias, su vuelo de garza blanca e inasible. Pero ‘Luz’ es y no es, digo, una novela de nínfulas. Al amor –el deseo – se enraízan los fantasmas. El padre que calló toda la vida. La madre, ausente: una herida que supura. Y es ahí donde la novela nos seduce. No es la niña quien nos habla, sino la voz de una mujer que fue una hija sin madre. Una mujer que regresa después de veinte años a aquella casa jaula, aquella casa muda donde el silencio corta y aniquila. Porque la vida sucede en lo que no se dice, y Luz, que también calla, parece haberlo comprendido. Por eso se tiende junto a Noche, reposa su cabeza en el tilo, escucha. Sana con su cuerpo dócil, con su boca pequeña de niña, limpia el rencor acumulado de la casa. Cuida hasta que su tiempo concluye: la pureza, al fin, se resquebraja. Porque todos conocemos la historia: inevitablemente, las nínfulas acabarán dejándonos. Pero quedará su huella, su marca pequeña en la terraza, el peso indolente de su cuerpo. La casa limpia y ventilada. La herida ahora cicatriz, y la carne fuerte, sosegada: el silencio que revela sus palabras.

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Los lobos de Currumpaw, de William Grill (Impedimenta) Traducción de Jorge García Valcárcel | por Almudena Muñoz

William Grill | Los lobos de Currumpaw

En el museo de Philmont, en Nuevo México, se conservan dos fotografías originales de los protagonistas de esta historia. Las dos en blanco y negro, ambas retratos de un par de personajes que miran a cámara con un gesto que parece sonriente; posturas casi idénticas, las mismas líneas de fuga. Una es de un hombre, la otra muestra a un lobo. Sabemos que es el azar y nuestros ojos deseosos de romanticismo lo que lleva a descubrir similitudes pasmosas en momentos sin relación de personas (o animales) destinados a cruzarse más tarde. Para el narrador y dibujante William Grill, con esas delgadas líneas se teje el mapa del delincuente, las conexiones entre el horror y la lección que sirven de tablero de corcho para nuestro deporte favorito: la autopsia del pasado sobre el presente.

La región de Currumpaw (también escrita como Currumpah o Corrumpa) evoca los olores de la primera Norteamérica colonizada, a cebollas salvajes, sangre de bisontes y caballos exhaustos y sudorosos; a un paisaje saqueado e injusto, en definitiva. Todo lo que sabemos del pillaje y criminalidad de los primeros exploradores blancos en el Oeste anula el aura de aventura que tenían las novelitas de a centavo. Podría decirse que Grill comienza su homenaje hechizado de la misma manera, arrastrando los lapiceros de colores sobre las llanuras y los cielos intensos. Al contrario que en su anterior volumen, El viaje de Shackleton (2014), en Los lobos de Currumpaw opta por el paisajismo en lugar de por el tono divulgativo de los despieces, la subdivisión del suceso histórico en las pequeñas piezas reales. Quizá porque no es atractivo conocer todos los elementos de un bando condenado a ser brutal o asediado por el otro.

El procedimiento parece recrear el esquema de aquel bello tomo sobre Shackleton en la Antártida, aunque invierta su paleta de tonalidades. La preeminencia de un rojo seco, el de los tejidos indios y las banderas déspotas, finalmente sirve de marco para la gran revelación final: Los lobos de Currumpaw no es, como la peripecia del Endurance, un relato trágico y edificante. La obsesión de las gentes de Nuevo México y, más tarde, de Ernest Thompson Seton, no es otra que cosa que pura ansia por ver brillar el rojo que se seca más tarde. La sangre de Lobo, de todos los lobos, se derrama sin otro propósito moral que sacudir la conciencia del cazador Seton y darle la vuelta a su papel histórico, que pasaría a ser el de fundador de las bases de los entrañables Boy Scouts.

A día de hoy, podría argumentarse que la penitencia no elimina el crimen y que las planicies de América no son mejores por tener menos fauna, pero más equipos de defensores de la naturaleza. Como en aquel episodio de West Wing en el que la Secretaria de Prensa se mofaba un poco inquieta de la construcción de una carretera para lobos, Los lobos de Currumpaw se mece en el pantanoso territorio de la vergüenza y el orgullo por la leyenda. Grill lo conduce a sus propios dominios, con sus trazos de viñetas evocadoras y episodios anónimos y medio olvidados. La ilustración pasa a ser algo minimalista, como unas puntadas sobre tela. Mientras, la Historia desnuda su lado oscuro y odioso, idealizado en las antiguas láminas de cuentos como el Lobo, rey de Currumpaw que escribiría el propio Seton. Aquel hombre bigotudo que posaba a la entrada de una cabaña, sujetando una escoba como si nunca hubiese empuñado un rifle, frente al lobo que no tiene otro remedio que recostarse, humillado, en la trampa de la narrativa norteamericana.

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Delincuentes de medio pelo, de Gene Kerrigan (Sajalín) Traducción de Damià Alou | por Óscar Brox

Gene Kerrigan | Delincuentes de medio pelo

La novela criminal está repleta de atracos que salen mal, secuestros que terminan de la peor forma posible y situaciones que nunca funcionan como se espera. Para muchos, se trata del carburante con el que poner en marcha el relato. Para otros tantos, una manera de ilustrar el ambiente y el aroma de derrota que envuelve al mundo del lumpen; en especial, cada vez que una novela abarca tiempos difíciles. Paradójicamente, Gene Kerrigan traslada la acción de Delincuentes de medio pelo a un momento de relativa paz social en una Irlanda en la que la sombra del IRA es demasiado alargada. Época de bonanza, sí, pero no para todos. El crimen de siempre, el de toda la vida, nos dice Kerrigan, vive otro episodio de recesión. Atento a cualquier oportunidad para dar el golpe, sacar tajada y conseguir un pellizco lo suficientemente grande como para pasar unos cuantos años sin molestarse. O eso, al menos, es lo que parece sugerir la decisión de Frankie Crowe cuando plantea a sus compinches llevar a cabo un secuestro rápido.

Para Kerrigan, lo que define a un criminal como Frankie es ese sentimiento de pertenecer a un estrato inferior, incluso, dentro del violento submundo al margen de la ley. Se puede ser un ladrón, un ratero o puro músculo reclutado para intimidar y extorsionar, pero siempre queda pendiente la cuestión del orgullo. Del estatus entre delincuentes. Y el de Crowe, en una clara asimetría con respecto a la realidad, se encuentra por las nubes. De ahí, pues, que desde el asalto frustrante que tiene lugar durante la primera escena del libro Frankie se convierta en una bestia asolada por sus debilidades y por la necesidad de llegar a ser algo más de lo que realmente es.

La Irlanda de Delincuentes de medio pelo se divide en varias capas, casi todas desconectadas entre sí, salvo cuando deben cooperar necesariamente ante cualquier embate inesperado. La de Justin y Angela Kennedy, los objetivos de Frankie y su banda, es una comunidad cerrada alrededor de la libertad que concede una buena conexión con las esferas políticas y un trabajo de ingeniera jurídica para bancos e inversores; en breve, son hijos de una Europa felizmente neoliberal. La de John Grace y Nicky Bonner, dos de los policías del relato, es una tierra violenta y expeditiva, en la que se puede elegir seguir las normas (como hace Grace) o vivir como en los tiempos de plomo y coches bomba (como hace Bonner). Y, finalmente, la de Crowe y sus socios es una Irlanda que sobrevive a los cambios estructurales. En la que se vive, se muere, se entra y sale de la cárcel, pero nunca se deja de delinquir. Tal vez, pensamos, porque es el camino más corto para diluir ese innato sentimiento de miseria y frustración.

Kerrigan, como anteriormente demostrara en La furia, es un narrador ágil, concentrado a la hora de poner en situación al lector y aplicado cuando debe sintetizar contexto, historia y acción. Virtudes, quizá, heredadas de su trabajo como periodista. Quizá, también, de su conocimiento del medio. De los barrios, de los pubs y las caras sonrojadas de sus eternos parroquianos, del desdén que inspira el crimen a pequeñísima escala o de la grasa que deja el pescado rebozado cuando lo comes, rápido y mal, en un puesto callejero. Eso es lo que inspira (a) su escritura, así como la impresión de que corren tiempos extraños para entender las reacciones humanas más naturales: el orgullo, la vergüenza, el terror o el instinto de supervivencia a toda costa. Porque, a la larga, es ese el catálogo de comportamientos que describe su novela. La situación de callejón sin salida a la que se ve abocado Crowe y la escalada de violencia que elige como única escapatoria posible. El horror que envuelve al rapto de Angela Kennedy mientras, en su fuero interno, realiza un rápido examen de conciencia sobre una vida acomodada, la suya, repleta de luces y sombras. Los cálculos de una policía que observa en cualquier caso con una mínima notoriedad mediática una oportunidad para medrar sobre los altos cargos.

En Delincuentes de medio pelo todo sale mal porque es así como funcionan las cosas. Los disparos de la policía siempre dan en el blanco humano y las locas evasiones terminan cuando un vecino marcado por el odio del pasado zanja lo que se ha convertido en una deuda de honor con un viejo amigo. Y Kerrigan lo cuenta con tanta convicción que no se le pueden poner pegas. No en vano, ese factor humano con el que barniza a sus personajes, padres acabados que tratan de vender un exilio a Ciudad del Cabo, las Canarias o Inglaterra como la mejor decisión posible. Maridos violentos que han perdido sus vínculos con una realidad más o menos cercana. Criminales simples, fracasados, cuya venganza es planificar grandes golpes de catastróficas consecuencias. ¿Qué otra cosa se le puede pedir a la novela criminal contemporánea sino la de ejercer de espejo deformante de nuestros deseos y aspiraciones? El mundo ventajista y voraz que Kerrigan plasma en sus páginas es, pues, el último testimonio de una sociedad que, por muchas grandes palabras y buenas intenciones, nunca acaba de funcionar del todo. Como tantos golpes frustrados al sueño de una vida mejor. Más rápida y más sencilla.

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Preguntarse con el viejo Platón de la Gran Crisis: ¿existe la Idea del vello púbico, del lodo, de la inmundicia o de lo excrementicio? ¿Hay algún saber que pueda enredar entre sus mallas conceptuales la mierda y el vómito? ¿Pueden siquiera nombrarse los movimientos corporales que asociamos con lo sórdido, con los humores del bajo vientre? Si la respuesta es sí, ¿de qué tipo de jerga pringosa habríamos de servirnos? ¿Qué saber puede ser este? ¿Y qué sentido tiene?

Lo que se descompone, lo que me descompone, lo que trago y excreto, que es mío y luego ya no. A lo que llamo YO pero luego ya no. Lo que me pone en cuestión, lo que me saca de quicio y pone mis fluidos en comunicación con el fluir perpetuo del ser, lo que me disuelve en la corriente continua de una intimidad sin límites. La intensidad de la vida en una tensión insoportable, el deseo de la aniquilación que engendra la aniquilación del deseo. Lo que ansío hasta romperme y que por eso me angustia.

Bataille lo sabía bien: se trata de buscar en los límites del lenguaje un lenguaje de los límites que irremediablemente terminará por abocarnos a un silencio extático. A la postre, una experiencia inefable y de lo inefable. Así también, Historia del ojo.

leer en détour

 

Número ocho
Pa(i)sajes: La nada, el vacío, la muerte
Ilustraciones: Verónica Living

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Geografía humana y otros poemas, de Gloria Fuertes (Nórdica) Ilustraciones de Noemí Villamuza | por Almudena Muñoz

Gloria Fuertes | Geografía humana y otros poemas

Y vuelvo a casa, a por el libro de poesía.
Por entonces soy pequeña, y a la hora de merendar
leo sobre tres reinas que cruzan Oriente
y un salmonete que sufre acoso escolar.

Muchos años después (no diré cuántos),
la cartera me trae un librito rojo:
¡es el centenario de Gloria Fuertes!
Cosa que a unos causa alegría y, a otros, espanto.

Supongo que piensan en cómo rebota la pelota,
(al estudioso de Góngora la cabeza le explota)
recuerdan las parodias de la tele,
dicen que hacer rimas es sencillo.

Como deshacer en té un azucarillo.
Equivocados salvo en una cosa: es dulce,
de dibujos morenos, aquel libro de Gloria,
que conseguía que los niños recitásemos de memoria.

Mi homenaje es torpe, no vale un pimiento;
pero Noemí Villamuza y Nórdica Libros
le han rendido un homenaje a lápiz,
a máquina de escribir y sentimiento.

Los 41 poemas aquí reunidos
son para mayores que peinan barba y patillas:
soledad, guerra y años jodidos
(en otoño editan otro para chiquillos y chiquillas).

Querida Gloria, no me guardes rencor
por este homenaje que suena a falsete;
seguro que el gobierno te prepara uno mejor,
un recital de altura, con puros y anisete.

Felices cien años que no viviste,
aunque en este país signifique poco.
Te reeditan en rústica y en tapa dura,
sólo así se distingue al poeta del loco.

Tus poemas son pequeños, hechos de sufrir;
espero que a otros, como a mí, hagan reír.
«Soy sólo una mujer y ya es bastante»
somos sólo tus lectores, pero constantes.*

*(el troll se enrabietó y puso pedantes)

[…]

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Aproximación a la herida, de Jesús Artacho (Baile del Sol) | por Francisca Pageo

Jesús Artacho | Aproximación a la herida

Jesús Artacho es filólogo hispánico y actualmente trabaja como bibliotecario en un pequeño pueblo de Málaga, su región natal, pese a haber estudiado en Granada. Es autor del libro de relatos, autoeditado, El rayo que nos parta, y ha recibido numerosos premios como el Nacional Villa de Periana (2006) y el “Málaga Crea” (2013). De los 66 poemas que componen el libro del que hablaremos, Aproximación a la herida, algunos de ellos han sido los premiados en este último certamen y la editorial Baile del Sol los ha juntado con otros, haciendo así, un pequeño pero extenso poemario que concibe la visión del autor de una manera clara y sencilla.

En estos poemas, Artacho nos habla del paso de tiempo y cómo los hechos del día a día, de la cotidianeidad latente en cada persona, entra en nuestro interior. El autor no sólo mira la vida desde dentro, sino que también la mira desde fuera y es capaz de hacer que las palabras sean un vehículo o un modo de entender la poesía como algo directo y sencillo que retuerce las palabras hasta hacerlas dueñas de sentido y sentimientos. Artacho se adentra en lo cotidiano, en el amor, en la poesía y la literatura, en el paso del tiempo e incluso en la música. Todo lo que acontece en estos versos son palabras directas e indirectas propias de la vida del autor las cuales, también, son cosas que te pueden pasar a ti o me pueden pasar a mí. Aquí las palabras no son más que hechos sinceros y honestos en los que el significado adquiere un universo sutil y sedoso, ligero y latiente.

A pesar de la brevedad del libro ante el que nos encontramos, en estas páginas podemos encontrar una cercana reflexión sobre el ser humano, sobre lo que ve y sobre lo que siente. Aproximación a la herida circunda los límites del pensamiento y del afuera, lo que nos afecta -ya sea directa o indirectamente- y lo que nos llega del exterior. Las reflexiones que Artacho deja entrever hacen de este libro, que se digna a leer pausadamente, algo sobre lo intrínseco en la psicología del ser humano; sobre sus padecimientos, sus alegrías, sus defectos o sus virtudes. Hay cierta ironía en las palabras y versos de este libro, que nos hacen reír y nos hacen llorar, a la vez.

La amplitud ante la que se ve sometida la voz de Artacho da pie a que pensemos e incluso nos atrevamos a ver más allá de lo propio, de lo nuestro, nos hace ver cómo la palabra va creciendo con uno y cómo ese interior se va ampliando a medida que leemos y nos hacemos partícipes de las experiencias que Artacho recoge. Sus poemas son eso, experiencias. Hechos que, como ya he dicho, pueden ocurrirte a ti o pueden ocurrirme a mí, pero que le han ocurrido al autor, y él, con su mirada y conciencia, nos los trae con palabras bellas y silenciosas, y es que este libro de silencio tiene mucho. Es como el silencio de las calles semivacías a las 8 de la mañana, como el silencio que precede a la noche cuando nos acostamos, como el silencio entre personas que se quieren y con miradas se hablan. La poética de Artacho no es artificiosa, no es extrema, sino ligera y elocuente, y aún así, es capaz de dotar de vida a este silencio del que hablamos. Un silencio que a veces duele, pero que otras veces nos hace deleitarnos ante la vida que nos toca pasar.

Aproximación a la herida es aproximarse a la vida, es detenerla y reflejarla en palabras, sin más.

Mastodóntica apisonadora de lo humano

Vas a una entrevista
de trabajo.
Y qué frágil todo.
Dos personas
que no te conocen
y a las que nunca has visto
te escrutan, te examinan al detalle,
pareciera que te escuchan.
De ese breve, impersonal encuentro,
de la impresión que puedas dar,
pende
tu vida
en los próximos doce meses.
Y ellos sin andarse con excesivo tacto,
evitando tus ojos,
impasibles al desespero.

Tu suerte
(la de ella, la de todos)
no perturba
un ápice
–y es triste constatarlo–
el orden del día.

En estas situaciones,
uno atisba
esa mastodóntica
y despiadada
apisonadora de lo humano
en la que nos movemos.
Cómo no:
descorazona.

[…]

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La melancolía de las obras tardías, de Béla Hamvas (Ediciones del Subsuelo) Traducción de Adan Kovacsics | por Juan Jiménez García

Béla Hamvas | La melancolía de las obras tardías

¿Cómo no sentir inmediatamente simpatía por un libro que tiene por título La melancolía de las obras tardías? ¿Cómo no sentirla por un libro que contiene ensayos sobre el canto de los pájaros o coger cerezas? ¿Cómo no esperar todo de él? Esperar todo de él y encontrarlo ahí. Y reparar en que esos títulos no solo no son vanas promesas de algo sino toda una declaración de intenciones, capaces de contener la esencia de todo lo demás. En ellos está contenida la búsqueda de un sentido, a través de la sencillez. Una sencillez que arroja una cálida luz primaveral, de atardecer, sobre temas complejos. Porque Hamvas no fue un hombre cualquiera, aunque tal vez lo pretendiera. Fue uno de aquellos tantos sobre los que su época arrojo toda la estupidez y todo el silencio que era capaz de reunir. Con una obra condenada a los cajones de su escritorio, nunca renunció a la libertad. La libertad, que para él no era la ausencia de obstáculos (eso es el capricho, decía), sino ser plenamente consciente de lo que uno es, dónde está y cómo moverse entre las cosas.

La melancolía de las obras tardías es una reunión de textos que abarcan buena parte de su vida, publicados aquí y allá, prohibidos la mayor parte de las veces. Aún se siguen reuniendo sus obras completas, pero su lugar en la literatura húngara es, nos dice Adan Kovacsics, de suma importancia. Filósofo, el primero de sus logros es haber sido capaz de construir unos textos cristalinos, de una belleza insólita. Tal vez, porque en él habitaba el corazón de la poesía. Preguntarse qué hace tan especiales las últimas obras de autores como Beethoven o Shakespeare (en el ensayo que da título al libro) se convierte un apasionante viaje sobre la creación y la vida (qué son esas obras sino ésta recogida en una última gota de miel, en sus palabras).

Hay, en muchos de sus ensayos (El canto de los pájaros, Árboles, Coger cerezas), un gusto por la vida que nos corta el aliento. Que un pájaro cante de una determinada manera, que un árbol tenga una determinada forma o el acto de subirse a un cerezo (cosa que no podemos hacer con un manzano), se convierten no solo en una reivindicación de la belleza y la luz sobre la oscuridad (y Hamvas sabía mucho de tiempos oscuros) sino en una reflexión sobre otros temas que rara vez se afrontan desde ese hedonismo, esa búsqueda dulce del placer. Casi sin darnos otras tantas cuestiones vienen a nuestra cabeza, y otras tantas respuestas a su escritura. Hay algo de tranquilizador en pensar que podemos intentar entender el mundo desde una posición cerca a la del paseante. Dice: el pecado, amigo mío, consiste en el encierro. Hay que lanzarse a los caminos no para huir de nada, sino para encontrarnos con todo. Y si no se encuentra, seguir buscando.

Así, avanzamos entre la obra de Beethoven, de Kierkegaard, de los filósofos clásicos, como entre esos mismos árboles, aquellos cerezos. Y una cosa nos lleva a otra y esa otra a una más, como en ese poema de resonancias brechtianas que es La formación de los Estados. Y al final todo acaba porque tiene que acabar, pero nosotros hubiéramos seguido igual, caminando junto a Hamvas, en un silencio lleno de palabras. Y, como en El maravilloso viaje de Joachim Olbrin, empezamos a comprender que el secreto está en crear (hombres u obras) dejando en cada una de ellas una gota de sangre. Una gota de vida.

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Yugoslavia, mi tierra, de Goran Vojnović (Libros del Asteroide) Traducción de Simona Škrabec | por Juan Jiménez García

Goran Vojnović | Yugoslavia, mi tierra

Hay guerras que no terminan nunca. No ya guerras que están siempre presentes porque a diferencia de otras muchas quedaron las imágenes o porque todavía quedan supervivientes, personas que conservan el recuerdo de aquellos días, alguien a quien preguntar, algo vivo. Hay guerras que no terminan nunca porque forman parte de una cierta intimidad que va más allá de esa historia colectiva. Una intimidad transmitida de abuelos a padres, de padres a hijos. ¿Y cuando esa intimidad está construida sobre rencores u odios? Sobre ajustes de cuentas postergados. Acabó la Segunda Guerra Mundial y el comunismo, ese telón de aceró, cayó rápidamente sobre una parte de Europa. Y con él, en esos nuevos países ya tan viejos, quedaron atrapados muchos pensamientos funestos, cociéndose a fuego lento sin apagarse jamás.

Goran Vojnović es esloveno. Un esloveno que primero fue yugoslavo y luego llegaron las guerras balcánicas, ahí, en el corazón de Europa, y todo saltó por los aires con una rabia difícilmente sospechada, pero que no podía ser fruto de la improvisación o del parecer de unos pocos dirigentes. Y esa es la pregunta que se esconde detrás de Yugolasvia, mi tierra. O tal vez no haya ninguna preguntar formulada, sino tan solo la búsqueda de respuestas a un sentimiento difícil de definir.

Vladan Borojević no tiene muy clara su vida. Vive con la joven Nadja una relación que le parece increíble, tiene un trabajo vulgar y estudia sin demasiada convicción para escapar a ello. No hay mucho más tras todo esto. Un día descubre por azar que su padre sigue vivo. Y no solo eso: es un criminal de guerra buscado. Coronel de ejército yugoslavo, se le responsabiliza de la matanza en una aldea de mujeres, ancianos y niños. ¿Cómo encajar a aquel padre muerto en la figura de ese otro, resucitado? Solo sabe que quiere encontrarlo. Tal vez no tenga muy claro para qué, pero necesita encontrarlo. Poco a poco todo va volviendo. Los recuerdos de una infancia que acabó en la guerra, la madre, la salida de Eslovenia, el regreso a Eslovenia. Su presente no es más que un fragmento más de su pasado.

Pero su padre no está esperándole en ningún lado. Oculto, no va a ser tan sencillo encontrarle, en un país dedicado a olvidar y no pocas veces a esconderse, en un país traumatizado que se cree víctima de la Historia. La novela será ese viaje, que será tanto un viaje interior como exterior, y los riesgos que comporta. Ya no físicos, sino mentales. Enfrentado a fantasmas propios y ajenos, Vladan se irá diluyendo en sus miedos y en la incertidumbre.

Goran Vojnović traza en Yugoslavia, mi tierra, un relato que se confunde con la realidad de todo aquello que se perdió con la guerra (pero ¿cuál?) y dejó ese rastro de heridas y cuerpos cercenados (también el cuerpo de aquella Yugoslavia fragmentada). Un relato que cuestiona la idea de destino o de lo inevitable como justificación (histórica) para todos los crímenes, pero que no deja de constatar que las cosas no son tan sencillas ni los hombres tan simples como para reducirlas a unas pocas palabras.

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La maldición de la literatura, de Liliana Díaz Mindurry (Huso) | por Francisca Pageo

Liliana Díaz Mindurry | La maldición de la literatura

Liliana Díaz Mindurry es argentina, escritora y poeta, y en este libro nos muestra la oscuridad de la literatura, haciendo hincapié en cómo el lenguaje siempre posee un poder subyacente tras las palabras. Maldición, según la acepción de la Wikipedia, es la expresión de un deseo maligno dirigido contra una o varias personas que, en virtud del poder mágico del lenguaje, logra que ese deseo se cumpla. Para Díaz Mindurry, este mal-decir se halla presente en la literatura de manera muy clara y precisa, haciendo que diferentes libros sean esclavos de un poder que el escritor aporta de manera fiel al lector.

La filosofía aquí mostrada acerca de las diferentes precisiones del lenguaje es completa y halla una manera personal y única de la que Díaz Mindurry concibe en la literatura. Los autores nombrados no serán pocos, prácticamente nos encontramos con un libro sobre libros y escritores, de la talla de Kafka, Camus, Pizarnik, Ricoeur, Hölderlin, Kant, Cortázar, Bataille y muchos más.

Díaz Mindurry ahonda en el caos y en el mal-decir de lenguaje. Para ella la literatura es violenta y siempre guarda un silencio tras de sí. Un silencio que podemos apreciar cuando leemos y también cuando escribimos. «Cada palabra remite a mil palabras, que remiten a mil palabras y ninguna dice más que lo vacío. El otro es otra palabra, más ambigua que ninguna, y como receptor, toma un mensaje oscuro y lo descifra en clave oscura.»

La autora hace una investigación exhaustiva del mal-decir en la literatura. Lo detalla y hace añicos y es capaz de hacernos sentir aprendices ante todo lo que nos expone. El fondo filosófico de la palabra que se halla presente en todo el libro nos deslumbra y nos invita a pensar. Para Díaz Mindurry el logos tiene un lado oscuro, y este lado oscuro se halla presente así también en la poesía. El libro, de este modo, y con todas las referencias que presenta, es una poderosa fuente bibliográfica que nos sirve para aprender y deleitarnos con la oscuridad de la palabra. Dice la autora que en la literatura todo es inquietud: simular un orden para mostrar el Caos y que este vuelva a ordenar otro mundo donde el agujero vuelva a saltar; de este modo, cualquier libro, ya sea una novela, un relato, poesía o ensayo (incluso este propio ensayo ante el que estamos), pueden llevarnos al infinito de la(s) palabra(s).

Díaz Mindurry ha leído e investigado a conciencia, lo que le otorga una virtud propia y definible de cómo ella también asume la literatura como una fuente de conocimiento infinito que ha perdurado, perdura y perdurará mientras la palabra exista. La literatura, pese a ser intangible, es real desde el momento en que la escribimos y la leemos. La autora sintetiza las acepciones de diferentes autores haciéndolas suyas, creando un nuevo significado por, de y para la literatura. La pasión desmedida con la que escribe es deslumbrante y poderosa. Nos lleva por todos los caminos que la palabra tiene y ella se nos muestra desnuda y a la vez vestida y llena de complementos que la describen y la inspiran de manera contundente. La literatura, como ya sabemos, habla de todo pero para la autora es innegable que también habla de la nada, pues las palabras no son más que palabras, letras que se juntan y dan significados, nada más.

El lenguaje literario, a pesar de la conciencia con lo que lo escribimos, tiene su nacimiento en el inconsciente y la psicología profunda (Díaz Mindurry hace uso de diferentes psicólogos para mostrarnos esto) que se halla en el mal-decir, lo eleva y lo cosifica, lo hace “otro”, otro ser al que deseamos y está ahí, delante nuestro.  El libro habla de la verdad subyacente a todo lo que yace bajo la palabra: el eros, el malentendido, la complejidad del logos, la sombra y la luz que todo lo ilumina. La autora usa la literatura para hallar la multitud de significados que la palabra tiene y así mismo completa todo el círculo ourobórico que esta tiene en sí misma. De este modo, estamos ante un libro completo sobre ella, la literatura, que nos mostrará las diferentes acepciones y el mal-decir que la palabra tiene ante nosotros.

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