Apache Junction, de Peter Nuyten (Ponent Mon) Traducción de Maria Rosich | por Óscar Brox

Peter Nuyten | Apache Junction

Probablemente, las ilustraciones más bellas del western sean obra de Frederick Remington, quien asimismo fue cronista de excepción de su crepúsculo, aplastado ante el imparable avance del progreso. De aquellos años en los que Gerónimo ponía en pie de guerra a la administración americana, o en los que las comunidades indias quedaban separadas, apartadas en reservas cada vez más insignificantes, empujadas por un hombre blanco que le ganaba la partida a la naturaleza indómita de un país que comenzaba a sufrir transformaciones cada vez más drásticas. Años en los que el recuerdo de Billy el Niño quedaba registrado en una fotografía. Años, en definitiva, que reescribían el sentido de la frontera al achatar los límites entre territorios, haciendo de cada forajido, de la figura del fuera de la ley, su propia frontera. La perfecta ilustración de una época final, en la que el tiempo de aventuras y colonos dejaba su lugar al de la supervivencia y la asimilación.

Apache Junction, tal vez, la obra maestra del dibujante Peter Nuyten, nos traslada a ese instante (casi) final. Con la muerte de Cochise, el marcaje estrecho a las comunidades indias y la asimilación cultural de algunos de sus miembros, el clima de esa América de western recuerda a la fratricida guerra entre Norte y Sur, con los chiricahua y su Lobo Negro como vestigios de otros años de gloria. Y con la frontera mexicana como refugio, como arsenal y escapatoria frente a la presión de los agentes federales que han delimitado el espacio hasta asfixiar a las diferentes tribus indias; tantas, recuerda Nuyten, que prácticamente se desintegran ellas mismas al ser incapaces de encontrar un punto de unión. Quizá porque aquellos eran tiempos en los que cada cual hacía la guerra por su lado. Es por eso que no resulta sorprendente encontrar como protagonista a Roy Clinton, un mestizo hermano de Lobo Negro, que ha dejado atrás sus raíces indias en busca, tal vez, de otro presente. O de otro lugar, entre el polvo de las vastas extensiones desérticas y los puestos de destacamento.

Nuyten nos sumerge en la acción desde las primeras viñetas de la obra, a partir de una encrucijada que une a indios, blancos, renegados, buscavidas y agentes del gobierno. Todos buscan unas armas, el arsenal, cuyo poder puede cambiar el control de parte del territorio. O, quizá, acelerar el proceso de transformación. Parte de la historia tiene como decorado la emboscada nocturna a la casa de los Bellamy, cuyo papel en Apache Junction es el de catalizar esa sed de poder que desdibuja los valores ancestrales de sus personajes. La huida desde San Carlos y la vigilancia desde Fort Apache. De hecho, resulta muy interesante el choque entre los chiricahuas que describe Nuyten, en el que la ley de la sangre y el pasado se imponen sobre la sed de venganza de un presente demasiado obnubilado por sus deseos de poder. O, simplemente, de permanecer en alguna parte de esa tierra conocida. Y eso que en la obra de Nuyten hay lugar para las cabelleras cortadas, la violencia descarnada en las tripas de un cañón, las heridas profundas que casi acaban con la vida de sus personajes y el nihilismo tan propio de una época en la que el éxtasis del progreso despertaba, también, los más bajos instintos por alcanzarlo antes que nadie.

Sin caer en el estilo pictorialista de un Remington, Nuyten construye Apache Junction bajo dos ejes: paisajismo y dinamismo. Cada viñeta narra con habilidad una acción que ni siquiera se detiene en los momentos de aparente calma, sino que acumula tensión a medida que el cerco sobre los protagonistas se estrecha y su vida corre peligro. Uno siente el aliento de la muerte cerca, pues el oeste de Nuyten es un espacio violento, pragmático y feroz, pura extrapolación de los vicios de la sociedad que estaba construyéndose entre el furor del progreso. Y, por otro lado, resulta bellísimo el uso del color en la página. En especial, para dotar de entidad dramática a un paisaje generalmente desierto. En el que el rojo y el amarillo alumbran un cielo de tormenta. Duro, salvaje, mortal. Tanto como la persecución que indios y blancos llevan a cabo para tratar de dar con el arsenal escondido de armas antes que sus competidores. Algo que, paradójicamente, Nuyten narra de manera serena, sin apenas concesiones a las grandes ilustraciones que abarcan una página, construyendo desde la viñeta esa sensación de espacio, de frontera y devastadora soledad que contagia un aire de melancolía al relato.

En Apache Junction encontramos a un Gerónimo casi fantasmal, que camina por el desierto sin la ayuda de un caballo, la historia de amour fou entre Roy y su pasado indio y, en un giro que encantaría al Sergio Leone de Hasta que llegó su hora, los dilemas de una aguerrida viuda blanca atenazada por las deudas contraídas por su marido. Todo ello, en dos extraordinarios tomos (a falta de completar) que respiran el polvo del desierto, el valor y la sangre de una época condenada a desaparecer; una época a la que Peter Nuyten ha rendido un pequeño estudio antropológico en forma de percutante western. De identidad y frontera. O de relato de aquellos hombres que, aunque lo sospechaban, caminaban en dirección a su final.

 

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La desesperación de los simios… y otras bagatelas, de Françoise Hardy (Expediciones polares) Traducción de Felipe Cabrerizo | por Juan Jiménez García

Françoise Hardy | La desesperación de los simios... y otras bagatelas

Hace tiempo que Françoise y yo estamos juntos. Ella pone la música y yo no pongo nada, como suele ser habitual en estas relaciones. No es una cuestión de juventud. Si mal no recuerdo, el primer disco suyo que compré fue su Claire-obscur, que ya es de este siglo y en el que no quedaba gran cosa de aquella muchacha andrógina (como le gusta definirse físicamente), pero sí que tenía un puñado de buenas canciones, aunque no parezca muy satisfecha con su resultado. Eso sí, cantó con Jacques Dutronc, ese personaje oscuro, a la vuelta de todo (o de ninguna cosa) que le marcó la vida. Para ella era suficiente. Para mí un lugar crepuscular por el que comenzar. Luego seguimos ambos. Con su juventud, su fragilidad. Ahora estamos ahí. Ella escribe y yo leo. Ediciones polares publica La desesperación de los simios… y otras bagatelas, que son sus memorias. Y sí, hay mucha desesperación en ellas. Y también bagatelas. Uno no puede ser maravilloso y sublime siempre. Ni tan siquiera la mayor parte del tiempo. Bastante que lo sea a ratos…

Qué buscamos en los libros de memorias… La confirmación de alguna intuición, de algún temor, que nos confirmen maravillas, que espanten nuestros temores con respecto a aquel que cuenta su vida. Anécdotas jugosas, infancias poco prolongadas (las infancias, tristes o no, tienden a parecerse, alojadas en la bruma de los tiempos, pero siempre contadas con el entusiasmo de lo nunca conocido). La aparición de los otros. Revelaciones. En las de Françoise Hardy está todo esto. Padre no reconocido, hermana inestable mentalmente, una madre de personalidad algo complicada. Hardy acaba en el mundo de la canción porque un día eligió como regalo una guitarra. Podía haber sido otra cosa, pero fue eso, y tras eso, tuvo la suerte de que estar en el sitio exacto en el momento oportuno (con una Francia necesitada de chicos y chicas yeyés). Y de tener talento, porque después de todo, esa chica apasionada de la música americana, componía sus propias canciones.

A partir de ahí, se suceden sus discos y la fama, y ella, que se pensaba poca cosa, crea una imagen reconocible. Mientras tanto, como la adolescente que no ha dejado de ser, la jovencita bien joven, busca el amor, y algo encuentra, aunque acaba por darse de morros con otro cantante jovencito y seguramente no tan yeyé: Jacques Dutronc. Dutronc es como la otra cara de la moneda Hardy, aunque el fondo sea un tipo frágil. Un fondo muy al fondo y solo al alcance de miradas comprensivas. Porque después de todo, lo que se ve no invita a reconocerle ninguna dulzura. El caso es que su relación será de una complejidad inaudita y, entre tanto, y casi como un ejercicio de estilo, tienen un hijo.

Entre todo aquello está la música. Y los músicos (también algún escritor o cineasta). Los discos que se suceden, no siempre con la fortuna necesaria. Sus impresiones sobre ellos, sus decepciones, su relación con la prensa, con la televisión, con el público (su decisión de no cantar en directo). Sus limitaciones convertidas en virtud. Ah, y Gainsbourg, que seguramente saldrá en las memorias de cualquier que viviera esos años franceses, inquieto y nada discreto como era. Unas páginas por las que desfilan algunas de las figuras más importantes de la canción francesa de aquellos tiempos o una manera de ver aquellos años tras el telón, de la mano de la discreta, tímida Françoise.

El resto es astrología. Porque sí, Françoise Hardy es astróloga. Lejos de ser ningún capricho, para ella se convierte en algo tan serio que es una de sus principales divulgadoras en Francia, con programas de radio incluidos. Eso nos aporta los necesarios momentos de excentricidad, con esa sensación de vivir con doce gatos. Eso y sus apuntes políticos, que son bien extraños (la victoria del comunista Mitterrrand, sus enredos lepenistas,…). Y su hijo, con esos apuntes de madre (tremendamente) orgullosa. Humana, demasiado humana.

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Poemas cotidianos, de Pierre Albert-Birot (Ulises, Renacimiento) Traducción de Emilio Quintana | por Juan Jiménez García

Pierre Albert-Birot | Poemas cotidianos

En esto de las vanguardias (que luego fueron nuevas olas, nuevas literaturas, orillas, todo nuevo) parece que lo importante del hijo es liquidar al padre y reivindicar a algún abuelo. Que nada puede ser construido sin una necesaria destrucción y que toda guerra, debe dejar sus muertos y más bien pocos prisioneros. Los principios del siglo XX fueron un momento de perfeccionamiento de estas técnicas. Cierto que anteriormente los movimientos se sucedían y cada uno lo hacía sobre la negación del anterior, pero ahora había que ir más allá. No solo había que negarlo, sino que ningunearlo y acabar con él. Pierre Albert-Birot fue una de esas víctimas. Estuvo en los momentos adecuados en el bando incorrecto (para la historia). Y eso que amigos no le faltaron. Ni voluntad. Ni acción.

Amigo de Guillaume Apollinaire o de Max Jacob, ya durante la guerra había fundado una revista importante, SIC, y sabía del futurismo y del cubismo. Vanguardista, pues, antes del dadaísmo, que intentó adoptarle sin éxito. Creó su propio movimiento, el nunismo (de ahora), que no puede decirse que cogiera nada del aire de los tiempos que estaban por venir. No había sueños, no había automatismos, ni buscaba seguidores o discípulos. Eso le valió alguna pedrada (Philippe Soupault pensaba de él que era un extravagante sin talento) y la noche de los tiempos. ¿Cómo llamar, en la proximidad de unos tiempos que se pretendían más allá de la realidad, Poemas cotidianos a su obra?

Publicados en 1919, estos pequeños poemas-miniatura se aferran a la vida como único lugar posible tras la devastación de la guerra-muerte. En San Perfecto (cada poema está escrito bajo el signo de un santo) Albert-Birot escribe: Habría que saber  / Revolcarse en la vida / Como un niño en la arena. Y ahí, en esos versos y en el espacio en blanco alrededor de ellos está contenido todo un propósito que podría ser el del poemario, unos versos que extraen de aquello que nos rodea su materia para construir instantes que son destellos de esa realidad que nos rodea y que ya Apollinaire llevó a otro lugar, un momento suspendido, un instante único.

Para encontrar la poesía de la realidad y del ahora del nunismo, es necesario estar abierto a todo aquello que nos rodea y encontrar en ellos esa materia poética. Una materia poética que esta por todas partes, en horizontes, ventanas , casas, caballos o gente. Sus poemas, como el mismo indica, surgen entre un suelo, cuatro paredes y un techo. Es decir, anclados en el presente, en lo físico, para alcanzar otro estado, por medio de unos versos que dislocan esa realidad para encontrarse en otro estado. No más elevado, otro.

La obra de Pierre Albert-Birot nos invita no solo a vagar por esos destellos de luz, como paseantes de una ciudad que es otra, sino también a reflexionar sobre la suerte de todos aquellos escritores que se quedaron en los márgenes, lejos de lo que se esperaba de ellos, entregados a sus propias meditaciones. Ni tan siquiera tristes o derrotados, sino habitantes de un mundo propio que esperaba su tiempo.

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Cuaderno de campo, de María Sánchez (La Bella Varsovia ) | por Dara Scully

María Sánchez | Cuaderno de campo

Hundo mis manos en la sangre. En la memoria abierta como un vientre. Mi tacto revela los órganos, la calentura. El punto exacto de la enfermedad. Una enfermedad que no conozco y sin embargo, la siento aquí en mi palma, en el centro mismo de mi memoria, caliente, caliente.

La piel del animal es un paisaje ante mis ojos. En el prado, el trigo se despereza. Una niña sacude las trenzas, las manos manchadas de tierra, la negrura. Lleva sobre la frente la huella de una estirpe. La generación de hombres que la precede. María, María, cantan los gorriones. Los pajaritos que anidan en el pecho, en la garganta. Comed de mi cuerpo, les dice ella, y nosotros, obedientes, comemos.

El abuelo la lleva de la mano. Le alcanza el bisturí que corta: los instrumentos, brillantes, sobre una piedra. Sutura al animal ante su boca abierta. Le extirpa la enfermedad –la huella de la frente crece, crece, crece-. Una marca indeleble e inevitable. Abuelo, yo seguiré tus pasos. Yo haré nido en el estómago del animal. Aprenderé el lenguaje del rumiante. Me lavaré la boca con hierba, la carne con hierba, las manos con sangre. Te cuidaré, abuelo, aunque me cortes las trenzas. Aunque padre diga: los hombres. Aunque sea mujer y me señalen, cuidaré el legado que me dejas.

Y también nosotros lo cuidamos. Atentos, seguimos la estela de las palabras. Un rumor de rito en la espesura. Las hembras, recién paridas, nos acogen junto a su seno. Junto a la mujer que sana, comprendemos el peso de la miseria, el olor pesado, pegajoso, de las vísceras. Ella nos reprocha la ignorancia. Nos señala –aquí, aquí–, y nosotros, dóciles, aprendemos. Pues el canto es hermoso y grave, y la memoria expuesta nos acuna. Deseamos comprender y comprendemos, nos hacemos a un lado con humildad, dejamos que sea ella, la que sana, quien nos lleve de la mano. Quien nos hable de los cuatro estómagos. De la sutura de la herida. De cómo llevar un registro de aves. Porque ahora le toca hablar a ella, y nosotros, golondrinas, callamos.

‘Cuaderno de campo’ es enfermedad y memoria. Es la infancia junto a los olivos. La niña que le canta al padre, a la madre, al abuelo. La mujer que acoge a sus amantes. Ella nos entrega su cuerpo; el pecho, amplio, voraz, la leche. El fruto tierno de los limoneros. Nos entrega con cuidado y paciencia, como quien envuelve un tesoro, como quien lo abre y dice: mira, aquí el origen, aquí el comienzo, aquí la enfermedad futura. Yo sanaré a los animales. Yo me tenderé sobre la tierra para morir. Yo, abuelo, he comprendido la primera mancha, la ceniza sobre la frente. Y la niña crece, y transformada nos canta con su voz de nana, con su voz de una sabiduría antigua, sólida, nacida del tronco del olivo. Del hueso y la molécula, la técnica y una intuición primaria. Porque María reaprende aquello que ya sabía, en sus manos la marca del instrumento, una huella heredada. La senda que recorrieron sus ancestros. La voz del animal en su garganta.

***

«Quiero seguir el camino que hace un animal al morir. Tocar el trayecto difícil de la agonía en sus párpados. Pies en el lomo, voz en uno de los estómagos. Ellos me hablan como a un hombre. Ellos esperan de mí lo que esperan de un hombre. »

«pero la madre no tenía pecho
y la manada siempre prefirió
el paso adelante
nevaba
nevaba mientras la enterraban
en el momento exacto
en el que la luz
golpeaba una y otra vez
contra la herida.»

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Otro año más celebramos el Día del Libro junto a editores, libreros, colaboradores y amigos con una extensa lista de recomendaciones literarias que, sin más dilación, podéis leer a continuación:

Mayte Alvarado, Borja González (El Verano del Cohete)

Paseando con Samuel y Simplemente Samuel, de Tommi Musturi. Edición de Aristas Martínez.
Hoodoo Voodoo, varios autores. Edición de Fosfatina Editorial.
Arsène Schrauwen de Olivier Schrauwen. Edición de Fulgencio Pimentel.

José Luis Amores (Pálido fuego)

Recomiendo todos los libros de Pálido Fuego. Sobre todo, cuatro con los que he visto realizada la primera parte del sueño editorial que tenía en mente cuando creé esto: La familia real, de William T. Vollmann; El cuaderno perdido, de Evan Dara; Pinocho en Venecia, de Robert Coover; y Planos del otro mundo, de Ryan Boudinot. Estos son sin duda los cuatro mejores libros publicados entre 2014 y 2016. Pero hay otros tres que están a su altura, no publicados por Pálido Fuego. Uno es Interestatal, de Stephen Dixon, publicado por Eterna Cadencia; otro, Las llanuras, de Gerald Murnane, publicado por Editorial Minúscula; y el último, Zebulon, que acaba de publicar Tropo. Hay más cosas buenas, pero un lector que se precie puede irse una larga temporada con estos seis títulos a la isla desierta de rigor. Y ser muy feliz.

Marián Bango (Satori ediciones)

Este año hemos dicho adiós al maestro Jiro Taniguchi, nos queda su legado en forma de obras delicadas, elegantes, poéticas y fluidas. Me gustaría recomendar Furari, editada por Ponet Mon, por su ambientación en el Japón clásico y por su íntima relación con el haiku.
El Club de los Gourmets, de Junichiro Tanizaki, en la impecable edición de Gallo Nero Ediciones es una delicia suprema. Ilustraciones de elegante aroma, traducción de sabor refinado y una historia intensa en boca. Lo recomiendo.
Los sauces, de Algernon Blackwood, publicado por Hermida editores, me ha dado la excusa perfecta para volver a releer este relato perfecto de horror, un horror vago, indefinido e informe que, una vez más, me ha dejado sin aliento.

Y de Satori recomendaría
Cerezos en la oscuridad, de Higuchi Ichiyo, publicado este año, reúne 6 de los mejores relatos de esta autora, madre de la literatura japonesa moderna y emblema de los logros literarios del Japón de su tiempo. 6 historias pequeñas, delicadas, sencillas y de regusto amargo cuyas protagonistas viven, resignadas, en una sociedad cimentada en la jerarquía y la sumisión.

Óscar Brox

Retiro, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)
La sal, de Jean-Baptiste Del Amo (Cabaret Voltaire)
En el corazón del corazón del país, de William H. Gass (La navaja suiza)
A través de la noche, de Stig Sæterbakken (Mármara)

Alodia Clemente (La Rossa)

Para este Sant Jordi breve y dominguero, esperemos que también soleado y vibrante, recomendamos dos libros para acompañar el desayuno y la caída del sol:
Un vaso de malta con canela y limón bien frío, unas tostadas de pan de pueblo untadas en tomate maduro, aliñadas con aceite de oliva y sal, un poco de jamón y Maria Mercé-Marçal. Luïsa Julià y Galaxia Gutenberg nos acercan, en 600 páginas, toda la dimensión humana de la gran poeta. Un placer desayunar con ella.
Atardece después de recoger los últimos vasos, copas y tazas de una sobremesa que se alarga. La brisa sopla delicada y mece las hojas de los limoneros en flor. Un té verde con pera, un par de galletas de mantequilla y Un día en la vida de una mujer sonriente de Margaret Drabble y publicado por Impedimenta cierra un Día del Libro perfecto. Historias de mujeres que no dejan de cuestionarse su propia realidad.

Annie Costello

Cuaderno de campo, María Sánchez (La Bella Varsovia)

María Sánchez lleva años sembrando entre sus lectores la pasión por las raíces: esas que se esconden invisibles bajo tierra, pero a la vez nos nutren y conforman quienes somos. Por ello Cuaderno de campo, su libro tan esperado, no sabe a debut sino a voz curtida en la creación y la siega. Un canto sincero a la vida rural que es, a la vez, ciencia cruda y matemática. El campo, lejos de ser Arcadia, en su poesía adquiere una cercanía casi desconcertante: cada órgano, criatura y memoria tienen nombre, y es un nombre tan familiar y bello como desconocido. Como la última heredera de un mundo que está muriendo –o que siempre renacerá–, María nos muestra el eslabón perdido entre (cito) la voz y el mugido, el pasto y el alimento. Recordándonos de donde venimos y avergonzándonos, en cierto modo, por haberlo olvidado.

Raquel Delgado

Todos nuestros ayeres, de Natalia Ginzburg (Lumen). La escritura de Ginzburg desborda la historia que está contando –dos familias italianas, dictadura de Mussolini, II Guerra Mundial– para hablar de vida, de lo diario e íntimo y de lo excepcional, con palabras que continúan palpitantes 65 años después.
El imperio, de Ryszard Kapuściński (Anagrama). En el centenario de la Revolución Rusa, las crónicas de Kapuściński desde Armenia, Uzbekistán o Azerbaiyán recuerdan que, más allá de política y Moscú, la Unión Soviética contenía una galaxia.
Del caminar sobre el hielo, de Werner Herzog (Gallo nero). Diario de una hazaña irracional, de unas piernas que caminan de Múnich a París en el invierno de 1974 como antídoto contra la enfermedad y la muerte de una persona querida. Otra prueba, esta vez no fílmica, de la determinación de Herzog.

María del Mar Domínguez (Confluencias)

La cárcel de papel. Diario de un lector de tebeos (2002-2016), de Alvaro Pons. Un magnífico recorrido por el mundo del cómic a través de un empedernido/crítico lector de tebeos y cómics.Con prólogo de Luis Alberto de Cuenca. «La Cárcel de papel puede llegar a ser un hotel de cinco o más estrellas para el aficionado a los tebeos. Compruébenlo.»
Durante más de diez años Alvaro Pons ha ido analizando las diferentes publicaciones y los cambios en el mundo del cómic.

Otra gran novela que estará en la distribuidora el 26 de abril es Hasta que seamos libres, de la premio nobel de la paz iraní Shirin Ebadi. Una gran novela autobiográfica que revela sin tapujos la situación de los derechos en Irán acompañado de imágenes evocadoras y llenas de belleza. La crueldad de los hechos contrasta con el coraje al que se enfrenta Shiron Ebadi, que actualmente vive exiliada de Irán y viaja por todo el mundo dando conferencias sobre la situación en su país y la necesidad de un cambio. Es un gran libro con un relato estremecedor en el que la lucha por los derechos humanos es un signo de esperanza.

María Fernández (Ediciones Asimétricas)

Pensar no es buena idea (Rafa Maltés)
Defense D’afficher (Patricio Rodríguez)
Ornamento Journal (Miguel Sotos) Disponibles sólo los números 1 y 2. Este proyecto es muy especial, tanto en formato como contenido. Es una super novedad que acaba de salir.

Miguel Fuentes (Cosecha Roja)

Dame tu corazón, de Joyce Carol Oates (Gatopardo Ediciones)
El diez por ciento de tu vida, de Hiber Conteris (Yulca Editorial)
Manual de exilio, de Velibor Colic (Editorial Periférica)

Víctor Gomollón (Jekyll and Jill editores)

Cuerpos, las otras vidas del cadáver, de Érica Couto-Ferreira (GasMask editores)
La historiadora y asirióloga Érica Couto-Ferreira nos propone un documentado paseo por la historia de la conservación y tratamiento de los cadáveres (embalsamamiento, tanatopraxia, petrificadores de cuerpos), seguido de un amplio muestrario de verdugos con gusto por la escritura, vampiros, estranguladores y demás necrofilias que hará las delicias de toda la familia, desde el más pequeño de la casa hasta el abuelito (de la familia Gein). Cuerpos, las otras vidas del cadáver es un ensayo tan goloso que además de leerlo te dan ganas de chupetearlo.

Susana Herman

Solo en Berlín, de Hans Fallada (Maeva editores)
Basada en hechos reales, de Delphine de Vigan (Anagrama)

Raúl Herrero (Libros del innombrable)

La primera antología poética de Eduardo Chicharro desde 1966, el cuarto libro suyo publicado, el último fue uno nuestro en 2002, la primera muestra de su obra poética desde 1974, un olvidado, casi, con fotos inéditas…
También recomiendo un par de libros más:
La reedición de Las pirañas de Sánchez-Ostiz, en el nuevo sello Limbo errante.
Las últimas noches de París, de Philippe Soupault en Jus ediciones.
El libro de Gloria Fuertes, en Blackie Books.

Donatella Iannuzzi (Gallo nero)

Las últimas noches de París de Philippe Soupault (editorial Jus)
Agencia general del suicidio, de Jacques Rigaut (Ático de los libros)
Alejandría, de M.R. Forster (Gatopardo)

Juan Jiménez García

El libro de sueños de Michel Leiris: Noches sin noche y algunos días sin día (Sexto Piso)
El libro de los placeres (en tiempos nada placenteros) de Béla Hamvas: La melancolía de las obras tardías (Ediciones del Subsuelo)
La vida y la literatura en Pierre Loti: Diarios íntimos (WunderKammer)
Escribir sobre libros como escribir: Prosas reunidas, de Wisława Szymborska (Malpaso)
El azar ordenado como apasionante acto creador: Ideas potentes. Atlas de literatura potencial 1, del Oulipo (Pepitas de calabaza)
Un clásico: Siete vidas, de Josep Maria Beà (Astiberri)
Otro clásico: La mujer de al lado, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero)

Miguel Lázaro (Cabaret Voltaire)

Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez (Seix Barral)
La casa de la vida, de Mario Praz (Debolsillo)
Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire)

Rubén León

La cámara sangrienta, de Angela Carter (Sexto piso)
Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)
El contrario de uno, de Erri de Luca (Siruela)
Mi cuerpo también, de Raquel Taranilla (Libros del Lince)
Me acuerdo, de Georges Perec (Impedimenta)
Cuentos completos, de Nikolái Gógol (Nevsky ediciones)
Enciclopedia de los muertos, de Danilo Kis (Acantilado)

Ricardo López Fernández (Armaenia editorial)

El mundo que vimos desaparecer, de Nick Harkaway (Armaenia)
El Tubo de Jorgmund es la columna vertebral del mundo y está en llamas. Gonzo Lubitsch, héroe de profesión, es contratado para apagarlo. Pero hay más en el incendio y en el propio Tubo de lo que parece. El mundo… es una aventura vertiginosa, hilarante y épica, y la crónica de un amor y su pérdida. Una odisea repleta de ninjas, piratas y conspiraciones políticas; con heroísmos inesperados en tierras extrañas y peligrosas y con una amistad puesta al límite. Pero también es la historia de un mundo no demasiado distinto al nuestro y desesperadamente necesitado de héroes, por improbables que estos sean.

Una constelación de fenómenos vitales, de Anthony Marra (Armaenia)
En esta emocionante obra maestra, el premiado autor nos transporta a un pequeño pueblo cubierto de nieve de Chechenia. Es 2004 y la pequeña Havaa de ocho años ha estado observando escondida entre los árboles cómo los soldados rusos se llevaban a su padre y prendían fuego a su casa en mitad de la noche. Una constelación… es la odisea de ocho personajes cuyas vidas se entretejen de maneras inimaginables en el marco de las cruentas guerras chechenas.

Huérfanos de Dios, de Marc Biancarelli (Armaenia)
Decidida a vengar a su hermano, a quien unos sanguinarios bandidos conocidos como los Santa Lucia han arrancado la lengua y desfigurado, Vénérande, una joven campesina de corazón árido, contrata los servicios de l´Infernu, un asesino a sueldo conocido por su salvajismo, y se embarca con él en una sangrienta épica por las montañas de la Córcega del siglo XIX.

Javier Lucini (Dirty Works)

Sant Jordi es Goliat, es del ejército filisteo, es de monstruos ciclópeos y bestsellers infumables. Del último premio infecto, de los columnistas, de las presentadoras de telediario, de Mortadelo y Filemón y este año, seguro, del mamotreto de Gloria Fuertes, de la Gran Novela Vasca y de alguna insipidez inmunda de la vieja guardia (Marsé, Mendoza, Vicent, gente de esa)… Así que vamos mejor con David, con la honda y con la piedra, con los que viven bajo tierra y seguro que no van a estar representados en las mesas, o si lo están va a ser de a uno o de a dos y ya puedes darte con un canto en los dientes, emparedados entre montañas de mucha faja y mucho excremento. Por eso, En el corazón del corazón del país, de William H. Gass en La Navaja Suiza y Nog, de Rudolph Wurlitzer en Underwood, dos editoriales que han surgido este mismo año y que son, como decía Borges de leer a Chesterton, la felicidad. Y luego La pianola de Vonnegut, que se han sacado de pronto de la manga los de Hermida. América de Manuel Vilas, en Círculo de Tiza, (porque amo a Vilas y no hay más tu tía). Saturno de Eduardo Halfon, en Jekyll&Jill, porque Víctor es el puto amo y nadie edita tan bonito. El Ringolevio de Emmett Grogan, en Pepitas, que aún no he leído, pero tiene pintaza y me lo recomiendo a mí mismo, para pillarlo en cuanto pueda. Y, por supuesto, el último Valdemar de la colección Frontera, Más allá del ancho Misuri de Bernard DeVoto, qué coño, ya puestos, la colección entera.

Inés Martínez García

Querida Ljeawele. Cómo educar en el feminismo, de Chimamanda Ngozi Adichie (Literatura Random House)
La biblioteca de los libros olvidados, de David Foenkinos (Alfaguara)
Versión conmemorativa de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (Literatura Random House)

Keiko McCartney

Malina, de Ingeborg Bachmann (1971). La pasión, la deconstrucción del yo –más la búsqueda de una nueva identidad- y la historia de un triángulo “amoroso” cuanto menos enrevesado y turbio, es una de mis primeras recomendaciones para el Día del Libro.
Primavera sombría, de Unica Zürn (1969). Un libro de autoficción donde la autora nos invita a un viaje en tercera persona para conocer más a fondo los traumas de la infancia promovidos por la posguerra, el desajuste familiar, y el descubrimiento sexual a partir de imágenes oscuras.
Días extraños, de Ray Loriga (1994). Pequeños fragmentos en forma de diario íntimo se unen para contar una historia al más puro estilo bukowskiano, pero en español. Un tesoro.
Tan solo el fin del mundo, de Jean-Luc Lagarce (1999). Tras ver la adaptación cinematográfica de Xavier Dolan, y aprovechando la reciente traducción de la obra dramática al castellano, la pongo en la lista de recomendaciones para el Día del Libro, por su originalidad reflexiva y el cruce de esferas familiares conflictivas. Tremendo.

José Montfort (Malpaso)

La invasión de las bolas peludas (Malpaso, 2017) de Luke Rhinehart. El autor de El hombre de los dados nos presenta en esta ocasión una corrosiva sátira antisistema. Una divertidísima novela en la que nada es lo que parece.

El retablo del no (Tropo Editores, 2017) de Luis Rodríguez. Luis Rodríguez continúa su indagación sobre la identidad en tanto que interpretación del yo (“la herida”) y en esta obra nos cuenta cómo resistir es decir no.

Los diarios de Emilio Renzi, Los años felices (Anagrama, 2016) de Ricardo Piglia. Unos diarios escritos “contra uno mismo”, llenos de reflexiones literarias, de mucha vida; unos de esos diarios que sirven para hacerte compañía.

Almudena Muñoz

Lincoln in the Bardo, de George Saunders (Random House)
Prosas completas, de Wislawa Szymborska (Malpaso)
Las almas muertas, de Nikolái Gógol (Nórdica)

Dani Osca (Sajalín)

Padre e hijo de Larry Brown (Dirty Works)
Fat City, de Leonard Gardner (Underwood)
Retiro de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)
La mujer de al lado de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero)
Tula Springs, de James Wilcox (Contra)
Cavalls salvatges, de Jordi Cussà (L’Albí)

De los nuestros:

Alfa, Bravo, Charlie, Delta, de Stephanie Vaughn
Delincuentes de medio pelo de Gene Kerrigan

María O’shea (Astiberri)

Siete Vidas: Su trasunto felino apenas disfraza los trazos autobiográficos que Josep María Beà emplea para contarnos las pérdidas de la inocencia de un protadolescente en una Barcelona de postguerra fea, sucia, pobre y represiva. Sexo, religión, muerte, política, amor… son los primeros avistamientos del mundo adulto que suponen las 7 muertes del niño que se revelan en el título de la obra. Un Beà en estado de gracia, maduro y dominador de los recursos del medio da fé de esa metamorfosis universal e íntima con singular poesía.

Una posibilidad es el testimonio de Cristina Durán y Miguel Ángel Giner Bou sobre dos momentos trascendentales de su vida: el nacimiento de su primera hija con graves problemas de salud y el largo y complejo proceso de adopción de su segunda hija. Lo que podría haber sido un trabajo lacrimógeno y sentimentaloide se convierte, gracias a la verdad que transmite y a su contenido pulso narrativo, en una lección de vida sobre el valor, la familia, la amistad y la capacidad de salir adelante. Un relato emocionante.

El cumpleaños de Kim Jong-il: Un intenso relato sobre el paraíso comunista del dictador Kim Jong-il, visto a través de la mirada de un niño que va descubriendo la otra cara del régimen mientras se van resquebrajando todas sus creencias.

Francisca Pageo

Pequeños tratados, de Pascal Quignard (Sexto Piso)
Tainaron, de Leena Krohn (Nórdica)
La melancolía de las obras tardías, de Béla Hamvas (Ediciones del Subsuelo)
Ángeles e insectos, de A. S. Byatt (Debolsillo)
Mundos, de Gertrud Kolmar (Acantilado)

Elisabet Riera (Wunderkammer)

El libro rojo, de Carl G. Jung. En una edición facsímil de lujo que editó El hilo de Ariadna / Malba/ Fundación Constantini en 2010. Edición de textos en castellano a cargo de Bernardo Nante. Una de las joyas de mi biblioteca personal, para ir deleitándose con ella a lo largo de los años.
Diccionario de símbolos, de Juan Eduardo Cirlot (Siruela). Para tener siempre a mano; fuente segura de inspiración.
Arthur Rimbaud. Obra completa bilingüe (Atalanta). Edición a cargo de Mauro Armiño. Nada que añadir, un trabajo colosal.
Huellas. Tras los pasos de los románticos, de Richard Holmes (Editorial Turner). Un ensayo “a la anglosajona”, en que se mezcla experiencia personal, viaje y legado literario.

René Parra (El Nadir)

Effie Briest, de Theodore Fontane
Acontecimientos de la irrealidad inmediata/La Guarida iluminada, de Max Blecher

Manuel Ramírez (Pre-Textos)

Octubre, noviembre, diciembre, de Ana Blandiana
Confesión general, de José María Conget

Enrique Redel (Impedimenta)

Un día en la vida de una mujer sonriente, de Margaret Drabble (Impedimenta)
Es importante porque por primera vez al alcance del lector en castellano una de las lecturas más exquisitas y sólidas de las que hemos disfrutado en los últimos tiempos: los trece relatos que componen la narrativa breve completa de una de las escritoras británicas más importantes de las últimas décadas: Margaret Drabble. Drabble se inspira en los caracteres femeninos que pueblan las páginas de Austen, Woolf o Murdoch, para retratarlos como mujeres dolorosamente reales, con sus frustraciones y debilidades, con su fortaleza y su resignación, que nos recuerdan (a veces, por desgracia, en exceso) a muchas de las que nos rodean.

La familia Carter, de Frank M. Young y David Lasky (Impedimenta)
Un cómic galardonado con un Premio Eisner que narra la historia de la mítica familia de granjeros oriundos de Virginia del Norte, que, en la década de los veinte, en plena Gran Depresión, se patearon los caminos del sureste de los Estados Unidos y «recopilaron» parte de la mejor música popular de la época de la boca de granjeros emigrantes y colonos de pelo canoso, la grabaron en discos de pizarra de la compañía Victor y se convirtieron en las primeras grandes superestrellas de la música folk y country americana. Su legado llega hasta la mítica June Carter Cash, que se casaría con Johnny Cash, y prefigurarían a Woody Guthrie, Pete Seeger o Bob Dylan, que sin los Carter quizás nunca habrían existido.

Eduardo Riestra (Ediciones del viento)

Vida y aventuras de Jack Engle, de Walt Whitman (Ediciones del viento)
Inquietud en el paraíso, de Óscar Esquivias (Ediciones del viento)

Ingrid Rodríguez (Sexto piso)

Los ingrávidos, de Valeria Luiselli (Sexto Piso), la primera novela de Luiselli es un texto fragmentario, lleno de humor, de literatura desde distintos puntos de vista y de esos escritores fantasma que acompañan a los lectores a lo largo de la vida sin tan siquiera estar leyéndolos.
Mierda Bonita, de Pablo Gisbert (La Uña Rota), en este libro se reúnen todas las piezas teatrales escritas por Gisbert, muy difíciles de encasillar pero llenas de crítica: «Tan sólo 15 años después de haber empezado el siglo XXI, yo me atrevo a bautizar este siglo, por el triunfo de lo artificial, por el triunfo de lo falso, por la negación de la naturaleza y el instinto, por la beatificación del plástico y por la alquimia de Amor y Política en Sexo y Dinero, yo me atrevo a bautizar este siglo, digo, como el siglo de la Mierda Bonita».
De corazón y alma, de Carmen Laforet y Elena Fortún (Fundación Banco Santander) fue un gran descubrimiento poder encontrar la correspondencia de dos escritoras tan únicas y distintas entre sí, y ver de primera mano la relación tan intensa que establecieron mediante cartas.

Diego Salgado

Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes, Blackie Books (recomendación de Roberto Alcover Oti).
Realizing the Witch: Science, Cinema, and the Mastery of the Invisible, de Todd Meyers & Richard Baxstrom, Fordham University Press.

Faustino Sánchez

Este año el día del libro cae en domingo, así que me parece un gran momento para deambular a ciegas por nuestras ciudades. Y, por supuesto, recorrer ciudades míticas, cargadas de sombras, secretos y fantasmas, en las que lo onírico sirva para fundir la arquitectura urbana con las habitaciones privadas que no nos imaginamos detrás de las fachadas. Así, propongo vagar por París, Nueva York y San Petersburgo:

El bosque de la noche, de Djuna Barnes (Seix Barral)
Trilogía de Nueva York, de Paul Auster (Anagrama)
Noches Blancas, de Fiodor Dostoievski (Nórdica)

Diego Luis Sanromán

Cinco recomendaciones. Cinco libros de géneros diversos, para que cada cual y cada quien elija en función de sus gustos y querencias. El primero es una obra cuya lectura me está ocupando estos últimos días: Rien n’est fini, tout commence (Allia, 2014), una larga entrevista (cerca de 400 páginas) entre el editor de Allia, Gérard Berréby, y Raoul Vaneigem, autor entre otros textos del Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, una de las obras de referencia de las movidas de mayo del 68. Me parece un documento impagable sobre la intrahistoria del movimiento situacionista.
Las otras cuatro son libros que, por una razón u otra, me tocan muy de cerca (algo, he de advertir, de lo que no tienen ninguna culpa los autores aquí invocados):
Nostalgia de la acción, Ana Gorría (Saltadera, 2016). Ana y Maya Deren danzan juntas en uno de los mejores libros de poesía que he leído en los últimos años.
Shogun inflamable, Salvador Luis Raggio (Casatomada, 2015). Libro de relatos de un joven maestro de las formas literarias breves escritas en castellano.
Ringolevio. Una vida vivida a tumba abierta, Emmett Grogan, traducción de Julio Monteverde (Pepitas de Calabaza, 2017). Dennis Hopper dijo de Ringolevio: “es el mejor libro (y el único auténtico) sobre el underground americano de los sesenta”. Yo no tengo nada que añadir.
Algunos mensajes personales. ¡Abrid las puertas de las prisiones!, Pierre Clémenti (Pepitas de Calabaza, 2017). El libro llegará a las librerías en la primera semana de mayo. Mientras tanto, el lector interesado puede abrir boca leyendo la introducción al libro, publicada hace unos meses por Détour.

Marta Sebastián (Galaxia Gutenberg)

La virgen roja (La Cúpula). Es una obra de Mary M. Talbot y Bryan Talbot, un dibujante británico clásico conocido por la emblemática e influyente historia Las aventuras de Luther Arkwright. Su esposa, Mary M. Talbot es una reputada estudiosa de temas de género y guionista de cómic. Es un álbum espectacular.

Dara Scully

(de libros que recomendaría para el día del libro o para cualquier tarde silenciosa)

Lo que dijo Harriet, de Beryl Bainbridge (Impedimenta)
Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez (Anagrama)
Pequeña música nocturna, de Liliana Díaz Mindurry (Huso)
La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas (Tusquets)
El jardín colgante, de Patrick White (Tres Hermanas)
Cuaderno de campo, de María Sánchez (La bella Varsovia)
El zoo trágico, de Lidia Zinovieva-Annibal (Nevsky)
Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)




San Sebastián, de Fernando Savater (Confluencias) | por Juan Jiménez García

Fernando Savater | San Sebastián

Entre todos los lugares en los que me he perdido y me volvería a perder, tal vez San Sebastián tenga un lugar especial. Entre todas las geografías que soy incapaz de reconstruir, entre todos aquellas calles que ya no sé si son ciertas y parques que se confunden con otros parques en su continuidad, entre todos aquellos recuerdos reales o imaginados, San Sebastián está ahí, como viejos días del pasado que uno no quiere invocar, sino volver a ellos. Solo por unos instantes, para asustarnos de aquello fuimos o somos, no lo sé aún muy bien. Luego, está la ciudad que habitamos. Ese lugar que algunos dan por conocido en dos días de visita apresurada y que nosotros, que llevamos aquí años, no logramos acabar de conocer. Algo de todo esto se encuentra en el libro de Fernando Savater.

Fernando Savater se enfrenta a su ciudad asumiendo la forma de un diccionario. Un diccionario en el que cada letra tiene una sola entrada y cada entrada es un mundo. Hedonista como es, no hay lugar para lamentarse más que de los placeres perdidos. El resto, son los placeres encontrados. Reivindicando el territorio de la infancia, que reconoce como feliz o muy feliz, revisa su libro desde el presente (cuando ya pasaron treinta años desde su publicación) y lo va punteando de notas que ahondan en esa distancia de usos y costumbres y de lugares que desaparecieron. Hay cosas que siempre estarán. El mar, la ciudad vieja, los puentes, el río, los jardines, los jardines salvajes. Los recuerdos asociados a cada cosa. Una cierta idea de las cosas.

Los tiempos han cambiado. Siempre cambian. Atrás quedó el terrorismo y otras cosas más triviales (o no, para Savater) como fumar o los toros. Otros rituales persisten y la comida está presente en muchos de ellos, desde los pinchos a las sociedades gastronómicas. Todo lo que resta, todo lo perdido, nos dice algo sobre la ciudad. Como un cuerpo herido, como ausencias, nostalgias, melancolías. Decía que Savater no es muy de lamentarse más que de la estupidez, que uno atribuye según sus propias manías, pero que sin duda es el mal no de nuestro tiempo, sino aquello sobre el que se sustenta la historia de la humanidad.

Aunque hay espacio para historiar, el filósofo prefiere las pequeñas cosas, que solo son pequeñas por ignorancia o por algún tipo de sentimiento de culpa por la felicidad y los placeres. Sí, uno podría perderse contando batallitas, pero es tontería. Para alcanzar a contar una ciudad hay que irse a la íntimo. Y lo íntimo son todas aquellas cosas por las que seguimos aquí, paseantes de nuestro destino. Contar una ciudad no es cualquier cosa. Savater regala las montañas a los demás y se reivindica como urbanita, y como un salmón más, remonta los ríos a contracorriente.

Su abecedario abreviado es una invitación a encontrar. Y encontrar solo puede hacerse desde una búsqueda del gusto que nos proporcionan los lugares, sean un puente, un restaurante, un plato de comida, un parque, un cementerio inglés, unos caballos, pináculos, hoteles que nunca ocuparemos por estar ahí, festivales de cine, acuario, puerto o calles. Sí, siempre quisimos volver a San Sebastián. Por aquello y por cosas que solo nos incumben a nosotros. Pero San Sebastián, libro, no es solo eso. Es también una invitación a mirar de otra manera los lugares que habitamos.

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Releer a Rilke, de Adam Zagajewski (Acantilado) Traducción de Javier Fernández de Castro | por Francisca Pageo

Adam Zagajewski | Releer a Rilke

En este pequeño librito editado por Acantilado, obra del prolífico escritor nacido en Ucrania pero nacionalizado polaco Adam Zagajewski, tenemos a la figura de Rainer Maria Rilke como protagonista principal. Un Rilke al que Zagajewski nos acerca de manera prístina y bella; también personal, pues Rilke es uno de los autores que más le han conmovido a lo largo de toda su trayectoria como escritor y lector.

Zagajewski compara a Rilke con Goethe en su grandeza y hace hincapié en la sincera modestia que mantendría a lo largo de su vida en lo que refiere a su obra. Pese a ser los dos, prácticamente, de los más grandes autores germánicos, Rilke llevaría consigo todo un aluvión de encuentros fortuitos con otros autores y otras formas de ver la vida. De este modo, la intensidad con la que este vivía es aquí retratada. Así, no se verán fuera los intensos viajes que Rilke emprendía por Europa en busca de inspiración y belleza para dar lo mejor en su escritura.

El autor polaco nos presenta las obras que Rilke nos dejaría en legado y es a través de ellas que Zagajewski reflexiona sobre el amor intenso por la literatura que el poeta llevaría a cuestas. Aquí se nos presenta a Rilke como a un artista puro, y es que así lo fue. Zagajewski comenta las distintas acepciones que los libros de Rilke presentarían ante el mundo, siento estas de lo más diversas y curiosas. Se ve también reflejada una biografía mínima pero esencial del poeta que nos servirá para comprenderlo tanto a él mismo como a su obra más completa. Se torna necesario y evidente ver cómo Zagajewski ha indagado en toda su obra y vida para darnos así una visión objetiva de la vida de Rainer Maria Rilke. El autor de esta edición no escatima en detalles y nos ofrece muchas particularidades de la vida del poeta.

Rilke impondrá una nueva mitología y forma de expresar los sentimientos, sensaciones, emociones y pensamientos, transformándose así en una figura clave de la edad moderna. Rilke vivía en su imaginación y en un mundo donde lo esencial era captar lo invisible para llevarlo a lo visible, como diría Klee. De hecho, con este último promulgaría en su pensamiento y su hacer, siendo una figura clave en la forma que Rilke sentía el mundo. Como ya se da en el trasfondo de casi toda poesía, y como podemos ver a lo largo de su trayectoria vital y profesional, el eje principal de Rilke sería la famosa acepción de Klee.

Zagajewski nos mete de lleno en sus poemas para hacernos ver la viveza y temas centrales de su obra. Las múltiples referencias de otros autores con los que Rilke se codearía influirían amigablemente en esta, su obra, llenándola de momentos de inspiración y vida espiritual. Rilke era un hombre inmensamente espiritual, que sacaría lo más bello de las cosas para pasarlas al papel. Influirían sus amores, como el de Lou Andreas Salomé, o el de su amistad con la princesa Maria von Thurn und Taxis en su escritura. Terriblemente. Así, esta sería una escritura pasional y llena de romanticimo idealista y platónico, como el propio Rilke sería.

Rilke era un hombre serio y leal, que dedicaría toda su vida a la escritura -ya sean cartas, poemas o novelas-, la cual hará mella en Zagajewski y en otras muchas personas, entre las que me incluyo. Estamos sin duda ante un libro esencial para comprender la obra de este autor de una manera genérica y particular, pues el modo que tiene Zagajewski de verlo es inevitable. El legado de Rilke se recoge aquí y se torna necesario volver a este librito para conocer su vida y obra.

«Así es Rilke: intemporal e indudable hijo de su propio tiempo histórico. Pero no inocente; sólo el silencio lo es, y Rilke todavía nos habla.»

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Tocqueville. Hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot (Ponent Mon) Traducción de Sergio España | por Óscar Brox

Kévin Bazot | Tocqueville. Hacia un nuevo mundo

Probablemente fue la fascinación por América, un coloso asentado al otro lado del Atlántico, lo que dirigió en primera instancia el viaje que emprendieron Alexis de Tocqueville y Gustave de Béaumont en 1831. Por mucho que, en realidad, el argumento de aquella aventura fuese el estudio del sistema penitenciario y las condiciones políticas, raciales o económicas de la nación. O eso, al menos, es lo que se desprende del acercamiento emprendido por el ilustrador y dibujante Kévin Bazot. Algo que expone con pasión al trazar el viaje hacia el norte de Estados Unidos en busca de una identidad cultural preservada a salvo de cualquier cambio o transformación histórica, fuertemente arraigada a ese territorio originario. Bazot, interesado en los diferentes episodios de la Historia, que suele ser el motivo habitual de su trabajo en el cómic y la ilustración, nos sumerge en esta especie de conquista de América a través de una mirada intimista. Cercana. En la que Tocqueville y Béaumont recorren los territorios salvajes del nuevo mundo con el deseo de encontrar, precisamente, ese viejo mundo que amenazaba con desaparecer ante el impulso constante de la evolución.

Tocqueville comprende un relato aventurero, pero también una serie de apuntes etnográficos preparados para invitar al lector a reflexionar sobre la permeabilidad y la fortaleza de las civilizaciones al cambio. O cómo, hasta cierto punto, la confianza que depositamos en un futuro revela las frágiles, cuando no efímeras, estructuras que sustentan ese pasado cada vez más arrinconado en los márgenes. En esos últimos pedazos de tierra virgen que pugnan con la civilización avanzada para mantener su identidad propia. Su lengua y su cultura. De ahí que Bazot comience presentando a esos dos franceses, extranjeros en un país de emigrantes, fascinados por el ritmo febril de un lugar que nunca parece detenerse. En el que las conexiones, la comunicación y la tecnificación han barrido todas esas mitologías que en Europa son todavía objeto de estudio. Por eso, Tocqueville juega un poco con la frustración de ese viajero, casi más aventurero, contrariado al hallar un país en el que los grandes misterios parece que han sido ya descubiertos. Alejado de esa imagen de la vida en los bosques y de la desobediencia civil que tanta fortuna haría en los textos de autores como Thoreau o Emerson.

En esa paleta de color terrosos que utiliza Bazot, en la que la luz de la sociedad delimita la predominancia de un tono por encima del otro, tiene una especial importancia el momento en el que sus protagonistas culminan su viaje hacia tierras salvajes. Allí, en busca de pioneros, indios y nativos, Bazot rompe la cadencia con la que las viñetas han narrado la historia para dibujar, a página completa, esa visión puramente sensorial del que quizá sea el último rincón salvaje de América. Una explosión de verdes y azules, atrapados en la inmensidad del bosque que se abre ante los ojos de los dos aventureros franceses, atrapa ese instante de genuina fascinación. De terror, emoción y belleza ante un territorio que no se rige por los preceptos civilizatorios de esa otra América que han surcado hasta dar con él. Es importante recalcar este detalle, puesto que Bazot reconstruye las reflexiones de Tocqueville para plasmar con la mayor fidelidad ese momento de libertad. De contacto con otra cultura. Tal vez, también, de aprendizaje de unas costumbres que tarde o temprano desaparecerían borradas en el tiempo. Así hasta mezclarse, en la delicada tensión racial que nunca hemos dejado de vivir, con el avasallador nuevo mundo que imponía su ley desde las imparables transformaciones tecnológicas.

Una obra como Tocqueville, que perfectamente podría funcionar como prólogo a una primera lectura de La democracia en América, invita a recuperar ese pensamiento a propósito de la desprotección con la que determinadas culturas bregan frente a lo que generalmente percibimos como necesarios avances globalizadores. Esos que laminan o empequeñecen los ya de por sí minúsculos detalles de carácter que nos ayudan a diferenciarnos los unos a los otros. De ahí que, más que antropológica, la mirada de este Tocqueville en formato de cómic sea, esencialmente, humanista. Fascinada, cuando no sacudida, por esa comunidad india que continúa con su vida aparte. Resguardada por los bosques y lagos de una América salvaje que, paradójicamente, caminaba en dirección a convertirse en el pulmón del planeta. Para ser una nación a la que siempre se ha tachado de no tener historia, este Tocqueville de Kévin Bazot nos enseña la importancia de toda historia. Ya sea como sustancia de nuestro acervo cultural o como fundamento de nuestra identidad. Esa que en 1831 dos expedicionarios franceses decidieron conocer cuando pusieron rumbo al viejo mundo.

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Siete vidas, de Josep Maria Beà (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Josep Maria Beà | Siete vidas

Decía Jean-Pierre Melville en Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, que él quería ser inmortal para luego morir. Era un bonito deseo. Tras él, tal vez uno encuentre que no se muere una sola vez, sino muchas, y que somos inmortales, hasta que morimos. Tal vez no sean siete vidas, como una gato cualquiera, sino menos. O más. Momentos decisivos en los que nuestra vida hasta ese instante muere para encontrarse con otra que empieza. Momentos por los que ya nada, a partir de ese instante, podrá ser igual. Y ni tan siquiera se necesitan grandes acontecimientos, guerras o destrucciones. Simplemente algo. Ese, tal vez, es el punto de partida, allí donde se instala Josep Maria Beà en este Siete vidas.

En su prólogo, Rubén Lardín nos sitúa en el momento en que se encontraba Beà, ocupado en mantener, de alimentar, la revista Rambla. Acaba de cumplir los cuarenta años y esa es una crisis más en la vida de una persona. La edad de la melancolía o, para entendernos, ese momento en el que empezamos a tener la certeza de que los sueños de juventud no se cumplirán y que esto es lo que es. En ese punto, uno vuelve la vista atrás, a ese pasado lejano y, por tanto, fácilmente maleable, hecho de aquello que ocurrió y aquello que estamos convencidos de que ocurrió. Esas falsas verdades, tan ciertas como las otras. Para ello, siguiendo a Robert Crumb, decide deshumanizar a sus personajes o animalizarlos, como se prefiera. Convertirlos en gatos los hará especiales. Y además, les permitirá morir varias veces. Siete. Siete muertes del espíritu.

Cada muerte es un fragmento de vida. Aquella mano misteriosa que surgía de las profundidades de una cama y que por un duro te hacía atravesar ese muro que separa la infancia de la edad adulta, ese muro que está en nuestras cabezas. Una paja y un bolero cantando eran suficientes. Cómo nos hemos complicado. Esos personajes ciertos o inciertos que nos cuesta imaginar como reales. El vendedor de puros callejero Galápago (llamado así por su joroba), enfrentado al mundo. Galintia, esa muchacha surgida de la nada, del verde del horizonte, y que solo pretende despedirse de su infancia jugando por última vez. El territorio mítico de aquel tiempo mejor. Pero no, este no era un país para gatos. Un país en el que no ir a misa podría abrir la puerta del infierno, o una muchacha masturbándose podía acabar con una vida, la suya, o un pueblo entero. Nadie es inocente.

Josep Maria Beà no solo es un extraordinario dibujante, uno de los mejores que ha dado el cómic español, un clásico, después de todo (si esa palabra nos aporta algo). Su capacidad como narrador y su habilidad para encontrar el tono necesario (su visión del infierno, por ejemplo, en la cuarta muerte), le permiten escapar de lo innecesario para ofrecer una obra sin desmayo, en la que cada momento encuentra su justo espacio. Siete obras es un cómic breve pero de una especial intensidad, un cómic que parte al encuentro de un tiempo y lo hace con una rara melancolía. Nada está perdido, todo sigue ahí, en otro lado. La acción dejó su lugar al pensamiento. El tiempo se ha detenido.

[…]

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Carles Pradas es un excelente contador de historias. Es tan perspicaz, que durante la entrevista he disfrutado tanto como cuando leí La Séptima vida de Kaspar Schwarz, el debut literario de este autor barcelonés que publica en castellano AstroRey. Un juego de pistas en el que el lector, más que leer, imagina. Es de esas historias en las que es más importante lo que queda en el aire que lo que se cuenta. La imaginación del lector determina la longitud de la historia, puede ser muy breve o puede no terminar nunca. Pradas pone las bases y las hojas en blanco (¡que las hay!) que uno tiene que rellenar. No debería suponer ninguna molestia, si tenemos en cuenta que se ha hartado de investigar y recoger pruebas para colocarnos sobre la mesa la vida de un ente que no tiene ningún prejuicio en poner en práctica, y de manera vil —por qué esconderlo—, todas esas vidas que su cabeza es capaz de maquinar. Porque, ¿quién no quiso ponerse en la piel de otra persona? ¿De M.I.A.? ¿De Virginia Woolf? Pasad y conoced a este Gran Gatsby felino. ¡Mirad sus fotos y hurgad entre sus recuerdos!

***

¿Cuál fue el primer indicio que tuviste de la existencia de Kaspar Schwarz?

El primer indicio que encontré de Kaspar Schwarz fueron algunos pelos negros en el sofá del comedor de casa. Las fotografías y otros documentos aparecieron más tarde…

¿Por qué decidiste investigar las vidas de este personaje?

Mi decisión parte de mi interés por la historia. Siempre me ha interesado mucho estudiar historia a través de las biografías de esas personalidades que de uno u otro modo desempeñaron un papel decisivo en momentos de fractura mayúsculos de la humanidad. La biografía de Kaspar Schwarz me resulta interesante porque se encuadra en un periodo histórico del que estoy totalmente prendado: la primera mitad del siglo xx. Una época que me encanta, tanto por su estética como por sus aspectos bélicos y transformadores que la caracterizan. Un contemporáneo de Kaspar Schwarz, el filósofo Antonio Gramsci, dijo: «El viejo mundo muere. El nuevo mundo no acaba de nacer. Es en este claroscuro donde surgen los monstruos». Y Kaspar es precisamente eso: un monstruo, producto de su tiempo. Un tiempo convulso, de grandes cambios y trastornos, en cierto modo parecido a la época actual. Por este motivo me interesa su figura.

¿Con qué facilidades y dificultades te encontraste?

Las dificultades en las investigaciones las estableció simplemente la limitación de mi capacidad imaginativa. Al cruzar esos límites, Kaspar se generó a sí mismo y sus biografías pueden anidar en la mente de cualquier lector que se deje poseer.

¿Cuál de sus 7 vidas es tu preferida?

Resulta difícil elegir una sola. Durante el proceso pasé por obsesionarme con Hugo Von Hauser, me dejé fascinar por Alexander Kosinki o compartí la espiral destructiva de Gerald S. Miller, pero nunca encontré a mi personaje preferido. Es complicado decidirte por una sola vida cuando tienes enfrente a una personalidad tan mutante como esta. Es igual que cuando escuchas un disco muchas veces y vas cambiando tu canción preferida en cada nueva audición (supongo que también en función de tu estado de ánimo o de tu presión cerebral ese día). De todas formas, me gusta pensar que mi vida preferida de Kaspar es esa que aún desconocemos.

Al investigar su historia, ¿has encontrado que tengáis algún punto en común?

Sí. Pocos, pero alguno hay. Su inquietud sería uno, quizás sea el más importante. La dificultad de encasillarse en algún lugar sería otro. Yo mismo no termino de especializarme nunca en nada y me aterroriza consagrarme a una sola actividad. Lo puedes llamar también inconstancia… La mentira también; como narrador siempre tienes que definirte como un poco mentiroso. Y por último, la curiosidad. Dicen que la curiosidad mató al gato, ¿verdad?

¿Algunas de sus personalidades están inspiradas en otro personaje real, literario o cinematográfico? Por ejemplo, vemos que Kaspar mantiene una intuida amistad con Aleister Crowley.

Inspirarse en otros personajes siempre es inevitable. Ya sea por tus lecturas, tus mitos, cosas que ves o escuchas y sin que tú lo sepas se almacenan en tu inconsciente. Te podría citar algunos, así de forma rápida, como quien vacía el tambor de un revólver: David Bowie, Fernando Pessoa, Alonso Quijano (alias Don Quijote), Leonard Zelig, Bobby Fisher, Jay Gatsby, William S. Burroughs, Vittorio Andolini de Corleone, Hans Bender, Kaspar Hauser (no el niño perdido alemán, sino mi gato negro)…

Respecto a Aleister Crowley, Kaspar lo conoció, en efecto. Al menos así lo creemos.

Pero al final, las diversas personalidades terminan por mezclarse y los distintos personajes confunden las inspiraciones. Todo nos afecta y nos contamina sin darnos cuenta y siempre llegará alguien que te dirá: «Este personaje es clavado a…» y, probablemente, tendrá razón.

¡Hablando de personajes! ¿Cuál es el simbolismo que esconde Egon, el relojero de París con vocación de escritor?

Egon es seguramente el personaje que más me representa, ya que de algún modo es el que intenta controlar el tiempo a través de sus engranajes, algo así como cuando el escritor intenta dominar el texto con sus estructuras. Egon calibra el tiempo, pero no necesariamente lo doma. Aquí influye mucho la propia linealidad temporal y la articulación de la biografía de Kaspar Schwarz. El tiempo —y su concepción— es muy importante en este libro y este personaje nos resume la paradoja que supone que un creador del paso del tiempo no pueda nunca llevar las riendas de un relato que, por otro lado, no deja de ser fundamentalmente una sucesión cronológica de acontecimientos. Pero este libro tiene mucho de mecanismo que permuta en cada lectura y un personaje como Egon, entre la precisión y el descontrol, me servía para explicar lo que yo sentía y experimentaba mientras escribía la novela. El pobre Egon intenta obstinadamente escribir su libro sin mucho éxito, pero yo finalmente lo he conseguido. A pesar de todo, ahora es el lector quien debe opinar si lo he hecho con éxito o no.

¿Por qué Alexander Kosinski (uno de los álter ego de Kaspar) decidió en 1931 instalarse en el Hotel Chelsea de Nueva York? Él es un hombre millonario, educado y diplomático, mientras que en ese periodo el hotel estaba en decadencia, justo antes de que lo adquiriera la familia Bard y se convirtiera en el albergue de artistas como Patti Smith y Dylan Thomas. ¿Es posible que Kaspar supiera que esto iba a suceder?

¡Es cierto! Veo que te has preparado a conciencia la entrevista… 😉 Alexander ganó mucho dinero, pero también se lo gastaba rápidamente; era más bien un catalizador de riqueza que un poseedor de ella. Su poder adquisitivo era elevado, pero su liquidez tampoco era ilimitada y el Chelsea le permitía llevar ese nivel de vida acelerado y de gasto desorbitado. Por otro lado, su espíritu era decadente y el Chelsea atesoraba ese carácter melancólico que acompañaba a nuestro protagonista durante sus vidas. Debemos considerarlo, así, uno de los primeros personajes ilustres que vivió allí, antes incluso de que se convirtiera en un lugar de referencia. No podemos olvidar que Kaspar o Alexander —como quieras llamarlo— fue un precursor profético de muchas cosas. ¿Sabías que el Chelsea llegó a ser el edificio más alto de Manhattan en un momento determinado de la historia neoyorquina? Estos detalles fascinaban a Alexander Kosinski: el mítico aliento de la decadencia. De lo que había sido y ya no era y que posiblemente ya nunca jamás sería. Si te fijas, el coche que conduce tampoco es lujoso y resulta anacrónico para su época. Aún así, Kosinski tiene ese aire de crooner que lo convierte en un ser carismático y especial. Fíjate ahora: todos los «modernos» quieren gadgets y complementos antiguos, vintage —como se dice ahora— y fuera de época. Kosinski, en cierto modo, fue un visionario estético, un creador de tendencia.

Pero el principal motivo era porque el Chelsea era de los pocos hoteles céntricos de Nueva York que te permitía vivir con un perro en la habitación, y si a una cosa no renunciaría Alexander era a Arthur.

Respecto a la pregunta de si Kaspar Schwarz ya lo sabía, te diré que es probable. Ahora que conocemos el don de la ubicuidad temporal del protagonista de la obra, puedo darte la siguiente exclusiva… Ahora no entraré en detalles y de momento no lo publicaremos por falta de garantías en la información, pero dispongo de una fuente —eso sí, poco fiable— que habla de una presunta hoja de contactos en la que se ve a Kaspar en el Chelsea con Leonard Cohen y Janis Joplin en situaciones comprometidas. ¿Ménage à trois? Continuaremos investigando… ¿Quién sabe?

El hecho de que todas sus vidas adoptivas sean personajes enriquecidos, ¿tiene relación con algún trauma de infancia como inmigrante a «las Américas»?

Tienes toda la razón. Se parece un poco a esa frase de Scarlett O’Hara: «¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!», chachaaan, chaaann,… y el plano que se aleja con un atardecer rojizo en Tara. En fin, que sí, que el pobre y pequeño Kaspar las pasó «canutísimas» y desde que terminó la Gran Guerra decidió que no volvería a pasar estrecheces. Pero las cosas no siempre le fueron bien y algunas de sus vidas no resultaron tan sencillas como parecen, económicamente hablando. En muchas ocasiones subsistió engañando, mintiendo o incluso robando. De todos modos, no creo que el dinero le interesara nunca demasiado.

En sus papeles, siempre que puede se infiltra en y se aprovecha de la nobleza. ¿Fue un precursor del «Pequeño Nicolás»? Y no precisamente el personaje de René Goscinny…

La figura del impostor siempre me ha parecido un pozo infinito de contradicciones y trastornos. Es un tema muy interesante… ¿Te acuerdas del tipo que se infiltró en el funeral de Mandela como intérprete de sordomudos y al final se desveló que nadie lo había contratado y que, además, estaba absolutamente loco (clínicamente)? Eso es material de primera para hacer ficción. Se halla a medio camino entre la comedia más decadente, el patetismo y la peligrosidad. Todos los casos de infiltrados, suplantadores de identidad o mentirosos tienen un calado dramático (en el sentido narrativo) brutal. O, como mínimo, a mí así me lo parece.

Ahora que tenemos a ese «ser plasticoso» con aspecto de dibujo animado atolondrado que han bautizado como «Pequeño Nicolás» por doquier, las conexiones con Kaspar resultan evidentes. Y, mucho ojo, porque este «niñato» puede llegar a desestabilizar a un país entero dando un golpe de Estado a base de entretenimento y espectáculo. ¡Es increíble! No sé qué me da más miedo: que esté mintiendo o que todo sea verdad.

En la vida de Kaspar Schwarz hay un agujero de lombriz (puente de Einstein-Rosen), lo que me hace pensar en Interstellar. Como investigador detectivesco y escritor de ciencia ficción, ¿te sitúas entre los defensores o detractores de la película?

Je je, vaya, vaya… Los enemigos que me buscaré con esta respuesta… No te voy a mentir: ya tuve esta discusión alguna que otra vez (y otra y otra…), pero como decía uno: «Me encanta que me hagas esta pregunta».

En primer lugar, el solo hecho de generar debate ya me parece algo muy positivo para esta película. Únicamente porque algún colgado que no tenía ni puñetera idea de lo que era la teoría de la relatividad, ni que Einstein era algo más que ese tipo con cara de asustado de la E = mc2, vaya y busque información sobre este tema, ya me parece un pequeño triunfo de la película.

Ahora bien, si queremos comparar la peli de Nolan con 2001, Solaris o, incluso, Moon, ¡eso ya no! Interstellar es un producto comercial, muy bien hecha, con un presupuesto acojonante y con unos actores solventes, pero no es una obra de la transcendencia filosófica como la de las que he citado anteriormente. Aparte, continúo pensando que tiene errores de guión que no cuelan y que los hermanos Nolan nos los meten con malas artes y trampas. Si queréis entender la física cuántica, la teoría de cuerdas y estas cosas tan complicadas, revisad Futurama: ¡lo entenderéis mejor y además reiréis!

En definitiva, se trata de un blockbuster bien ejecutado que no trata al espectador como si fuera un retrasado mental –siempre se agradece– y que te mantiene muy entretenido durante casi tres horas –por cierto, una tarea nada fácil–. No lo definiría como un clásico de culto, pero se puede decir que, finalmente, soy un defensor de lo que realmente es: That’s entertaiment!

Entrevista publicada originalmente en català en Gent Normal

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Noches sin noche y algunos días sin día, de Michel Leiris (Sexto Piso) Traducción de David M. Copé | por Juan Jiménez García

Michel Leiris | Noches sin noche y algunos días sin día

Como una persona incapaz de recordar sus sueños, más allá de algunos apuntes perezosos, de restos del naufragio-noche, no dejan de fascinarme los libros de sueños, en los que uno es capaz de recordar hasta los más pequeños detalles. A menudo, estos libros se convierten en una mera sucesión de escenas que esperan de nosotros, lectores, que les demos un sentido (en el caso de que estos tuvieran alguno, que seguramente se le escapa al propio escritor-soñador). O eso pensaba. Hasta que ahora está aquí este Noches sin noche y algunos días sin día (título bellísimo, arrebatador). Un libro que es un misterio. O un libro que está atravesado por un misterio. Por la poesía, por la vida, por el reverso de la vida.

Michel Leiris siempre, de algún modo, escribió sobre él mismo. Ya fuera cruzando África o hablando de la pintura de  Francis Bacon. Escribir es un acto personal que uno comparte, pero ese acto personal no puede sustraerse a aquello que somos. Dado que no puede sustraerse, mejor quedarse ahí, enfrentado al otro, al otro que lee. O a nadie. Buscando las vanguardias, Leiris encontró el surrealismo. Como Robert Desnos, era un soñador. Como Desnos acabó saliendo del grupo. Aquel a empujones, este sin demasiados traumas. En aquellos años veinte, empieza a anotar sus sueños. Su intención es escribir una novela con ellos. Pero, como le ocurrió con la etnografía y El África fantasmal, acabó por escribir sobre sí mismo.

El libro no se publicó hasta pasar la ocupación alemana, aunque era anterior. Al contrario que otros tantos, se negó a publicar entonces. Años después, añadió algún sueño más y volvió sobre aquellos otros. Como uno no sueña cualquier cosa, los sueños acaban por ser una autobiografía inconsciente, que discurre paralela a su vida, habitados por los mismos personajes, los mismos miedos, las mismas esperanzas. Está el día y está la noche. Eso es todo. Leiris piensa en el sueño como telaraña. Es inestable, es velado. Los años veinte, los años del surrealismo, de la poesía, serán años de sueños perturbadores. Los años treinta traerán la movilización y la guerra. Los cuarenta la ocupación. El resto, sueños que serán relatos. El hombre convertido en literatura. La literatura del hombre.

Estas noches sin noche, estos días sin día, están cruzados por la poesía. A veces son solo unas líneas. Otras unas páginas. Siempre late en ellos algo más que una anécdota y mucho más que una imagen automática, como esos sueños en los que los surrealistas no dejaban de ser surrealistas, como si fuera un trabajo a tiempo completo, conscientes o inconscientes. Si alguna vez fuera capaz de recordar mis sueños, me gustaría que fueran como los sueños de Michel Leiris. Bellos, justos, atrevidos, vividos alguna vez, llenos de todas aquellas personas que significan algo para mí, y también de los miedos íntimos, que lejos de ser abstractos son concretos, y siguen ahí, al despertarnos, desprovistos de su inmaterialidad y llenos de huesos y columnas vertebrales.

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Un incendio invisible, de Sara Mesa (Anagrama) | por Dara Scully

Sara Mesa | Un incendio invisible

Contemplemos la desolación. Vado: una ciudad vacía. Un olor poderoso, mísero, que se extiende con lentitud. En la lejanía, la huella de una antigua gloria. Los edificios que lamen el cielo, ahora oscurecidos, abandonados. En el río, los barcos de recreo se balancean. Una brisa fúnebre mueve sus cuerpos varados. También ellos lloran el abandono, la incertidumbre.

Contemplemos la desolación. El doctor Tejada: un hombre. Un polizón que huye. En su mirada, una veladura. La imposibilidad de leer, de comprenderlo. Tejada nos rechaza de un golpe. Lo seguimos, en estos primeros días en Vado; el calor nos acorrala, nos muerde. ¿Quién eres?, nos preguntamos. Pero él avanza deprisa, esquiva nuestros dedos presurosos. Ha venido aquí para morir. Para esconderse, en una ciudad vacía. Entre las barcas que se ondulan en el río. En un hotel que se desmorona.

Contemplemos, digo, la desolación. Una residencia de ancianos. El brillo tenue de la locura. Quienes antes lo tuvieron todo ahora perecen de inanición. Arrastran sus bastones sobre la hierba quemada. Profetizan. ¿Quién es el nuevo médico? ¿Qué ha venido a hacer aquí? La sospecha lo sobrevuela. Lo saben: no se puede confiar en el hombre. Como la ciudad, también él los abandona.

Sólo nos queda la niña. La luz, seguida de un galgo. Un perro que nos olfatea las manos; también nosotros, como ella, queremos alimentarlo. Sanar su herida supurante. Acariciar el lomo raquítico, la cabeza erguida y afilada. Entre la ruina y la basura, caminamos. La niña es un faro pequeño, parpadeante. ¿Dónde están los demás? ¿Qué hace esa criatura sola en el río? Enfermará, pensamos, enfermará como ha enfermado la ciudad, bajo este calor anómalo, abrasador, terrible. Sus huesos serán polvo sobre el asfalto. Que se la lleven, pedimos, que no permitan que la ciudad la devore. Pero el silencio nos aniquila. No hay nadie, en este páramo urbano, que escuche nuestro ruego.

‘Un incendio invisible’ es el vacío absoluto. El de una ciudad que conoció la prosperidad y ahora se derrumba. Una distopía que, de algún modo, nos resulta conocida. ¿Qué sucedió en Vado? ¿Por qué este éxodo masivo? Nos duele el abandono, pero lo realmente brutal, cortante, es la miseria humana. La luz se eclipsa inevitablemente. En Vado sólo pervive la podredumbre, lo malsano. El doctor Tejada la trae consigo y de ella se contagia: su miseria moral, escandalosa, bordea cada uno de sus pasos. Viene huyendo de algo que en realidad lleva dentro, y mientras lo observamos sabemos que no hay redención posible. Igual que la ciudad, el hombre ha sido sentenciado. Una huella marca su frente. Una polvareda que se levanta. Aunque se acerque a la niña –único estandarte de inocencia–, no puede cambiar su suerte.

Lo sabemos desde el principio. No hay respuesta para nuestras preguntas. Nunca sabremos qué ocurrió en Vado. Igual que ese hombre que investiga, también nosotros cogeremos el tren de vuelta. Antes de que la podredumbre nos invada. Tomaremos distancia, aire; apartaremos nuestros dedos de las hojas. Dejaremos de leer para buscar belleza en otro lado. Porque si algo hace Sara Mesa es volver palpable la desolación. Respiramos su atmósfera enfermiza. Nos inocula un veneno potente que se desliza con lentitud por nuestro cuerpo. Y aunque tratemos de expulsarlo, ya es demasiado tarde. También para nosotros, igual que para quienes arden bajo el cielo blanco de Vado. No amamos a sus habitantes, podríamos decir, incluso, que nos asquean, pero caminamos con ellos hasta el final, aunque retiremos los dedos al alcanzar el corazón del incendio.

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