El Golpe de Praga, de Hyman y Fromental (Ponent Mon) Traducción de Álvaro Nofuentes Hernández | por Juan Jiménez García

Hyman y Fromental | El Golpe de Praga

Hay películas capaces de construir todo un imaginario que permanecerá a lo largo de los años ocupando un espacio necesario. Una necesidad de construir una memoria de un momento que no pudimos vivir, pero tampoco evitar. El final de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, esa especie de despertar colectivo a una realidad aún más escalofriante que la propia guerra. El tercer hombre es sin duda una de esas películas, con un Orson Welles capaz de pasar por encima de Carol Reed, su director, e incluso de Graham Greene, el escritor de la novela original. Greene planteaba un asunto interesante. Pese a todo aquello que perdimos con el fuego, aún había todo un mundo, escondido, formado de sombras, que seguía aprovechándose de ese otro mundo en ruinas. Un mundo en el los criminales podían seguir siendo criminales y en el que participaban agentes secretos de todas partes. Dobles o triples, si era necesario. El propio Greene sabía mucho de eso, y sobre él mismo, sobre su misterio, que era mucho, se construye este El golpe de Praga, de Hyman y Fromental.

Graham Greene llega a Viena para participar en el guión que adaptará su novela, El tercer hombre. Allí se encuentra con Elisabeth Montagu, una mujer que supo hacer suyo aquel tiempo que le tocó vivir. Actriz de teatro, también frecuentó el cine, y, en este caso, haría de acompañante vienesa del escritor inglés, encargada por la productora del lejano Alexander Korda. Jean-Luc Fromental construye la historia más fascinado por ella que incluso por el Greene, siguiendo algunos datos reveladores de aquellos tiempos que han aparecido con los años, alrededor de la relación que este mantenía con el MI6, algún famoso espía y turbio personaje. El telón de acero está a punto de caer y es cuestión de ir cogiendo posiciones para evitar quedar en el lado equivocado.

Aquella Europa central abandonada por los nazis (abandonada… tal vez), vivía entregada no solo a la supervivencia (que siempre es cosa de pobres) sino a los negocios, que, en un paisaje en ruinas (también morales) siempre crecen bien. El Golpe de Praga, por tanto, solo podía ser una novela negra, un cómic noir, oscuro, lleno de incertidumbres y de preguntas, que poco a poco van encontrando su respuesta, no siempre satisfactoria, no siempre para todos. El dibujo de Myles Hyman nos entrega una ciudad invernal, de colores otoñales, rica en detalles. Pero esa abundancia de detalles también está llena de rincones y pliegues, y tras una Viena crepuscular o una Praga de futuro incierto, se esconde otro mundo.

Hyman y Fromental construyen un cómic sólido, entre la intriga, la aventura, el policiaco o el retrato de un tiempo. Entre la verdad y lo incierto, entre el pasado difícilmente olvidable, el presente que hay que exprimir y un futuro incierto del que surgirá otro mundo, otras guerras, frías, grises, escondidas, menos evidentes. Un mundo del que no logramos escapar los que llegamos mucho después y que, tal vez, aún sigue vivo en sus planteamientos. Todo ello acompañado de los apasionantes retratos de Graham Greene y Elisabeth Montagu, que vivieron todo aquello con pasión, conocedores de estar en un momento no solo irrepetible sino decisivo. El fin del mundo antiguo, el principio de un nuevo mundo.

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Cómo hablas de tu padre, de Joann Sfar (Confluencias) Traducción de José Miguel Parra | por Óscar Brox

Joann Sfar | Cómo hablas de tu padre

Lo reconozco, tengo un problema con las elegías o lamentos familiares. Con las palabras para recordar a aquellos que ya no están. Siempre pienso que llegan demasiado tarde, a destiempo, cuando el resto de corredores han traspasado la línea de meta. Hay excepciones, claro, como la de Albert Cohen y su memoria materna, tan profunda y vívida que ofrece un renovado sentido de la compasión humana. Pero, en general, no termino de conectar con los relatos elegíacos que disponen del tiempo suficiente como para reconstruir la figura, los sentimientos, del padre, la madre o el hijo. Quizá porque me aterroriza el vértigo de ese momento, cuando se deja de existir y ni siquiera la complicidad del pasado es suficiente para crear nuevas memorias, nuevos recuerdos que aporten otra dimensión a aquellos a los que amamos. Un vértigo que asumimos nada más pasar la frontera de la madurez, cuando adquirimos una conciencia real del envejecimiento de los demás; el propio, en fin, ya llegará. De las debilidades, los olvidos y los silencios, así como también del nuevo léxico familiar que se incorpora, casi se encabalga, con el viejo. Y que, de golpe y porrazo, revela una realidad a la que llegamos, paradójicamente, demasiado pronto. Porque la única certidumbre de esta historia radica en saber que nunca se llega en el momento justo.

Uno tiene la sensación de que a la obra de Joann Sfar siempre le ha venido bien la compañía, ya fuese la de Lewis Trondheim, la de Serge Gainsbourg (y su vida heroica) o la de Sandrina Jardel. Eran lo más parecido a la red de seguridad para un trapecista o el corrector de estilo para una editorial. Tal vez porque, en solitario, es más difícil que la ironía no deje al aire algún rincón de nuestro interior. Alguna inseguridad, alguna tecla falsa que se nos escapa en mitad del recital. De ahí, precisamente, nace el interés de Cómo hablas de tu padre, que es, ya desde el mismo título, una pelea cuerpo a cuerpo entre el autor y sus recuerdos. Entre el historietista y las viñetas en blanco sin tinta ni bocadillos. O entre el cineasta y un plano vacío. El hijo que reconstruye la figura del padre saltando febrilmente entre épocas, casi sin orden ni concierto. O con un único orden: el momento final en el que, ante el padre intubado, a apenas unos pasos de la muerte, uno se pregunta qué será de los dos. De esa relación forjada por el tiempo, las risas, el silencio y la distancia. Qué palabras puede uno añadir para hablar de todo eso, si a un padre se le recuerda a partir de la memoria táctil. De los roces fortuitos, de la presencia en el sillón del salón, de las comidas, cenas y desayunos, de los viajes de trabajo y los domingos de verano.

Sfar habla de su vida para tratar de recortar distancia con el recuerdo de su padre. Habla de su fracaso al no ser capaz de elaborar una elegía para el entierro judío. Habla de Sandrina y su separación, de su nueva novia y su nueva película. Flota en el ambiente el atentado en Charlie Hebdo, las tensiones culturales y la dificultad con la que se pueden consagrar los pequeños placeres de la vida. Todo ello, narrado arrítmicamente, casi entrecortadamente; tanto que no cuesta a imaginar a su autor con la mirada pausada sobre el texto, en busca de una frase que arranque el nuevo párrafo, de un orden que ayude a estructurar todo lo que ha escrito. Si bien, una vez concluida la lectura, no hay más orden que la atracción hacia esa figura paterna sobre la que gravitan todas las palabras de Sfar. Por mucho que lo que quede sea el miedo del hijo ante la presencia del padre, ante la fuerza con la que emergen los recuerdos del pasado de ambos. O cómo el cuerpo sacudido por la enfermedad, el silencio de una década afectada por el párkinson, no es obstáculo para que Joann siga hablando por teléfono con un padre que ha perdido la voz. Pero que sigue escuchando. Como también nosotros, lectores, escuchamos atentamente el testimonio del hijo. Por mucho que no queramos hacerlo, que no deseemos prepararnos, para cuando seamos los protagonistas. Esa voz, esas voces, que no dejan de hablar al otro lado de un teléfono que guarda silencio.

Sería bonito decir que la de Sfar es una memoria construida a partir de las tentativas, que vaga entre recuerdos en busca de las palabras justas. Las que nunca llegan, las que solo existen en forma de emociones, de negaciones y silencios. De miradas preocupadas y del miedo al envejecimiento, cada vez que el tiempo, implacable, enseña su pezuña. Por eso, uno se entrega a la lectura de Cómo hablas de tu padre con un sentimiento de complicidad con su autor. De hijo que lee a otro hijo mientras se pregunta qué será de sus memorias cuando su padre ya no esté. Con ese vértigo, con ese miedo, que contrarrestamos con los gestos más cotidianos. Pero que, en esencia, nos enseña en qué consiste el envejecer y la madurez, la inversión de roles con nuestros padres y la infinita ternura humana con la que pesamos cada uno de sus gestos. Tratando, quién sabe, de que se mantengan con vida en nuestra memoria, todo el tiempo del mundo.

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Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, de Charles Dickens (Alba) Traducción de Miguel Temprano García | por Almudena Muñoz

Charles Dickens | Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit

Decía Wislawa Szymborska que para leer a Dickens como cualquier dios manda hay que cogerse la gripe. Me he cruzado esta circunstancia entre más reflexiones de autores reales y personajes de ficción, y seguiría sin saber afirmar si se debe a que sólo la enfermedad otorga el grado de paciencia suficiente para leer un mamotreto, o a que ya no tenemos otro contexto favorable para los libros largos y superpoblados.

En cualquier caso, resulta agradable pensar en un Dickens como en esos bálsamos que solían anhelar sus personajes, a tumbos entre posadas, habitaciones de alquiler y casas prestadas. Un libro que sepa a cuenco de caldo, a bocadillo de lonchas de ternera, a vaso de leche coronada de burbujas, u otros aperitivos análogos veganos. Lo importante es que, como la urraca de la portada de esta Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, podría arriesgarse que cualquier persona obtiene alguna cosa de valor de un Dickens voluminoso, ya sea el reloj de oro o las cosquillas tras revolverle el chaleco a un señor tan orondo.

Este título no es muy popular entre el público angloparlante ni extranjero, y rara vez accede a las listas de favoritos de los dickensófilos, a excepción del propio Dickens, como buen padre literario que siempre prefiere al hijo raro y chistoso antes que al angélico y popular Tiny Tim. Y porque, en cierta medida, Martin Chuzzlewit es también un libro enfermo, habitado por demasiados personajes, plenos de vicios, como una placa de bacterias que danzan sin más sentido que hundirse el codo unas a otras, blandas y amorfas, a la espera de contaminar lo que venga.

Martin es, al mismo tiempo, joven sin adulterar y anciano de carácter irrevocable. Nieto y abuelo comparten nombre y se disputan la balanza moral de una familia extensa, intrincada, de odios y riquezas trágicos pero traje cómico. Las pesas, sin embargo, se las quedan otros personajes, que son los que hacen avanzar realmente las muchas tramas del libro. El arquitecto Pecksniff que pone su autoría en los diseños de sus alumnos, sus dos hijas de bautismo tan dickensiano, Cherry y Merry, y Tom Pinch, el alma cándida de la historia que, no sin venenosa ironía, resuelve los problemas de Martin para quedarse sin recompensa. A veces, uno termina un Dickens de 900 páginas y resulta que aún continúa enfermo.

No hay una ubicación única para Martin Chuzzlewit dentro del historial de Dickens, ni tendrá una afinidad uniforme con todos los tipos de lectores. Esto es porque, como el propio Martin, la novela parece haber heredado muchos rasgos familiares, excepto el afecto por ninguno de ellos.

Es la rara cúspide entre los inicios (la acumulación de episodios picarescos del Club Pickwick) y el canto del cisne (la trayectoria de una fortuna y un amor de Nuestro común amigo). El libro que se ríe de todo, que viaja entre continentes y ejecuta una olimpiada desde la caricatura ideológica hasta las muertes y los matrimonios que aplauden como platillos al final de los folletines.

Una odisea que hace del Edén un destino cruel y fangoso para el protagonista no puede ser del todo serio, pero tampoco luminoso. Como se lee en sus Notas de América (1842), Dickens viajó por Estados Unidos horrorizado por el esclavismo y cansado por la fama, y es probable que escribiese la saga Chuzzlewit para relajarse dentro de los tropos de su universo que para satirizar a sus vecinos norteamericanos. ¿Acaso no somos un poco turistas de los libros, hartos pero sin poder parar, cuando la enfermedad nos obliga al reposo?

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Un día en la vida de una mujer sonriente, de Margaret Drabble (Impedimenta) | por Francisca Pageo

Margaret Drabble | Un día en la vida de una mujer sonriente

Margaret Drabble nació en el seno de una familia cuyo gen principal sería el de la escritura. Tanto su padre, el novelista John F. Dabble, como su hermana, la afamada escritora A. S. Byatt, acogieron la palabra como el principal protagonista de sus vidas. Por primera vez, en esta edición de Impedimenta, se recogen todos los relatos, 13 exactamente, que Margaret Drabble ha escrito durante todos estos años. Son relatos, ordenados por orden de publicación –desde el año 1964 al 2000–, que nos hablan de la mujer en todas sus facetas. Se podría decir que cada relato es un día en la vida de todas las mujeres que se hallan en este libro. Vidas ordinarias que nos parecen extraordinarias, que buscan los detalles de aquello que hace que la vida valga la pena, aun incluyendo los defectos que podemos encontrar en ella.

Lo cotidiano y lo mundano, en estos relatos, cobran su máximo esplendor, haciendo de este libro algo que nos acompaña en el día a día y algo en lo que entretenernos cuando estos días se tornan sosegados y tranquilos, o no, pues nos anima a pensar sobre la vida y sobre la mujer y todas las facetas que esta nos puede ofrecer. Se puede ver (y declarar) que Margaret Drabble es feminista, y es así como la vemos en este libro. Las historias de cada una de las mujeres que conforman cada relato son sobre ellas y para ellas; y para nosotras y para ellos también, si quieren. Son historias para todos, pero que nos hablan desde un punto de vista ya experimentado que la autora nos ofrece, aun siendo este ficción. Tenemos a una periodista, a una actriz, a una profesora, entre otras maneras de hacer y ver la vida. Mujeres que abogan por y defienden el conocimiento, así como también defienden lo que aman y a lo que se dedican e incluso asumen sus miedos y defectos, aunque estos sean proclives al dramatismo y a la mentira, a la persuasión y la disuasión. Son mujeres con caracteres fuertes y personalidades particulares que, sin embargo, podemos encontrar en la vida real. ¿Acaso las historias, siendo ficción, no pueden tornarse incluso más reales que la propia realidad? Pareciera que Drabble desentraña la vida desde que la escritura tomase parte en su quehacer, desde que la escritura la hiciera, incluso, más humana de lo que ya es.

Resulta difícil no acordarse de Clarice Lispector, si es que alguna vez la hemos leído, en estas historias. Porque el universo de Lispector y Drabble tienen un hilo conductor paralelo, ubicado casi en el mismo universo, aunque el de la primera se torne más oscuro y críptico, y el de la segunda sea más suave y ameno. No hay duda de que si nos ha gustado Lispector, nos gustará Drabble, porque ambas abogan por la voz de la mujer, por la voz de ese género lleno de efectos adversos que la sociedad ha dado y da de sí.

Un día en la vida de una mujer sonriente, el cual también es un relato que se recoge en el interior de esta bella edición de Impedimenta, es un alegato a favor de la mujer, un discurso que contiene subdiscursos que nos narran de primera mano toda la psicología -mayoritaria en este caso- que podemos encontrar dentro del mundo femenino; aunque la psicología muchas veces no distinga entre sexos. De este modo, estamos ante un libro ameno y perspicaz, que nos llevará de la mano hacia el destino singular de cada protagonista en estos relatos, sin dejar paso al aburrimiento. Estamos, sin duda, ante un libro inspirador y nada presuntuoso que nos invitará a usar el intelecto.

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Pensar no es buena idea, de Rafa Maltés (Ediciones Asimétricas) | por Juan Jiménez García

Rafa Maltés | Pensar no es buena idea

Vivimos en los tiempos del descrédito y la desconfianza hacia la prensa escrita. Ya no es una cuestión de papel o no papel. Simplemente aquello que leemos se aleja cada vez más de esa realidad que vivimos, y, en el mejor de los casos, nuestras querencias por tal o cual medio solo son una cuestión de distancia, sin que nada acabe de convencer. Es inquietante. Sin embargo en casi todos ellos hay un espacio de una extraña credibilidad, lo cual nos lleva a pensar en aquel programa de humor de la televisión británica que fue pionero en dar las noticias desde una visión irónica. Ahora la parodia es más cierta que la realidad. Así, las viñetas gráficas de los periódicos han tomado el testigo de una verdad que escurridiza. Encontramos en ellas lo que no logramos encontrar en toda aquello que las rodea.

Por otro lado, la ironía es un concepto tan resbaladizo como otro cualquiera. En este sentido, no deja de ser emblemática la obra de El roto, que en su seriedad no deja de ser un sarcasmo que se enfrente a eso que está, que se nos impone, que se no intenta hacer pasar por lo que hay. Sin solución. E instalado no muy lejos de El roto se sitúa la obra de Rafa Maltés, con todos sus matices, otras querencias y puntualizaciones. Publicadas en el diario digital Nueva Tribuna, se recogen ahora en un libro palpable y deseable por Ediciones asimétricas.

Hay algo en la obra de Maltés que me lleva hasta el grafiti. Al grafiti como expresión política. Como grito callejero y anónimo. Su trabajo sobre la fotografía llevado a una mancha negra, a una sombra, a una intuición, podríamos encontrarlo alguna pared y no nos sorprendería, como tampoco que sus mordaces, incisivos, comentarios formaran parte de otro mayo del 68 que ya no llegará. Los gritos se parecen unos a otros, porque la desesperación, las dudas y los miedos siguen siendo los mismos, ahora como hace años. Sus viñetas no siempre necesitan esos textos para ser entendidas, pero otras se convierten en el hilo necesario que las ata a la realidad. O su contrapunto.

A veces, los gritos son apuntes, reflexiones. Una viñeta, una ilustración que nos hace pensar, en su fugacidad (aunque siempre aspiren a permanecer, a dar vueltas en nuestras cabezas, siempre demasiado ocupadas). Un destello, una confirmación, una intuición. Una invitación a pensar por nuestros medios, sin las evidencias de los textos. Un lugar para el doble sentido, el triple, como los saltos mortales. Otra cosa que ya las noticias no pueden darnos, empeñadas en darlos las directrices adecuadas y las debidas consignas. Cualquier ilustración es una invitación a un momento de silencio. Con o sin texto. Y así, como en aquella voz de la luna, en ese silencio, tal vez lleguemos a comprender algo.

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Jurgen o la comedia de la justicia, de James Branch Cabell (Defausta) Traducción de Susana Prieto Mori | por Almudena Muñoz

James Branch Cabell | Jurgen o la comedia de la justicia

Cuando un viejo trovador es olvidado, a veces su única carta de presentación puede ser la de otros dioses mayores, con voz más potente (no diremos que mejores), como Hades y Eurídice derritiéndose ante las habilidades de Orfeo. En la portada de Jurgen se reproduce la ilustración de una muchacha rasgando, quizá, un harpa enorme, invocando al lector a que se detenga y escuche, aunque sea en la más atestada de las mesas de novedades de una librería (no diremos que el infierno).

Es James Branch Cabell quien se oculta detrás de ese rostro reclinado, y lo mecen décadas después las alabanzas de otros escritores con mejor estrella que la suya, desde Mark Twain hasta Neil Gaiman. Y es rápidamente comprensible por qué el señor Gaiman, quien ya ha utilizado a Orfeo para su Sandman y suele retratar amores divididos entre dos realidades, se rinde a las historias de un autor que es como los juegos de mesa expuestos en un escaparate de segunda mano. Tan populares en su época, un galimatías de reglas para la vida moderna.

Pero el tablero de Cabell es sencillo, porque recupera lo milenario en sus materiales más básicos —el héroe órfico, a veces digno de compasión, a veces risible, que debe ir a buscar a su esposa a los infiernos—, y en los mil y un cortinajes con que decora su escena. Cabell anticiparía muchas ramificaciones del fantástico del siglo XX, pero también de la textura que aportaría al género una actitud más próxima al fanfic contemporáneo: tomarlo todo, no dejar nada para después, nunca dosificar la erudición, las referencias, el amor sincero y desbocado por aquello que desea reescribirse. Tal vez por no esconder sus cofres del tesoro, Cabell acabaría siendo arrinconado en la esquina opuesta a los autores que también necesitan muchas notas al pie… sin la condescendencia que todavía se aplica al fantástico. Jurgen es sólo una pieza de un universo literario profuso y oscuro, que experimenta con la cara fea y burlona de la nostalgia. Como en los mundos ficticios más vivos (que comparte con Terry Pratchett o los Strugatsky), el lector puede comenzar el tránsito por cualquier zona. Por ejemplo,por esta misma aventura, que se acompaña de pertinentes mapas y genealogías, para quien gustede esas bitácoras. Igual que no hay orden para recorrer un lienzo de el Bosco, Cabell no despista,pero tampoco da tregua en su expresividad y valores arcaizantes, en su palique artúrico, en las descripciones que se abordan como el inventario de una tienda.

Porque Jurgen es, ante todo, un prestamista. Y el de prestamista es el mejor oficio para el poeta, porque recupera lo olvidado, le da valor, lo tasa de nuevo y lo vuelve a poner en circulación. Reconoce todas las cosas y les encuentra vitrina y etiquetado a cada una; es un ser que nunca mata y siempre recicla. Por supuesto, esto implica que nada es suyo. No es extraño que los afectos de Jurgen varíen como un molinillo y que le suponga una ventaja desprenderse de su mujer, porque él es poeta y una esposa parlanchina es todo lo contrario a la inspiración, que nunca

A partir de entonces, Jurgen recorre decenas de rincones de un inframundo que haría las delicias de los psicoanalistas y los prerrafaelitas; un infierno que reparte para todos pero que no guarda ninguna certeza para su héroe. ¿Para qué iba a viajar Orfeo hasta el averno, si no es para descubrir que en el fondo nunca quiso recuperar a Eurídice, ser un hombre responsable y no un poeta?

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Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo (Astiberri) | por Juan Jiménez García

José Domingo | Aventuras de un oficinista japonés

Un día, sales de trabajar. Trabajas en una oficina. En Japón. Coges tu maletín y caminas. Vuelves a tu cubículo en el que nadie te espera y tú no esperas a nadie. En realidad no esperas mucho de la vida, pero mira por dónde, la vida espera algo de ti. O no. Simplemente juega contigo. Podríamos ser tontamente positivos. Es simplemente que, el día menos pensando, empiezan a ocurrir cosas. Alguna cosa, demasiadas cosas. Unos yakuzas se lían a tiros en la calle y ahí se lía todo. Tu corres y corres y, cuando te das cuenta, te enfrentas a conejos, sectas, yetis, diablos, caníbales y vete a saber cuántas cosas más. No, nuestro oficinista japonés, al menos por un día (o por unos meses), no será un Fernando Pessoa entregado a una visión poética de su existencia gris. Nuestro oficinista japonés pasará una temporada en el infierno.

A un ritmo de dos por dos, de cuatro viñetas por página, de cuatro gloriosas viñetas por página, José Domingo reconstruye una realidad dislocada que tiene tanto de japonesa que podría ser española. Sí, cierto es que en nuestro imaginario no encajan muy bien los yokais, esos monstruos de formas extrañas, como tampoco ese imaginario kaiju de aparatosos monstruos (de nuevo) gigantescos enfadados con el mundo y enfrentados entre sí. Pero bueno, todo lo demás es parecido. En la irrealidad que nos propone uno se siente bien. La carrera de nuestro hombre gris es bien loca. En una viñeta está contenido el pasado y el futuro, cuya conjunción se llama presente. En sus enormes viñetas, tropezamos continuamente con los detalles. Nos gustaría ir corriendo, saltando de una en otra, pero nos paramos en los detalles. No hay palabras, y podríamos pensar en un gordo y un flaco que son una sola persona. En vez de destruir ellos el mundo, el mundo les destruye a ellos.

Como en aquellos videojuegos de los que bebe, los niveles se suceden, las pruebas son más terribles, el humor más delirante. Las referencias se cruzan como balas disparadas en todas las direcciones. No hay ninguna princesa. Bueno, sí, una, pero cuando la conquista, lleva bonus. La vida es un vómito continuo, un revoltijo de mil cosas comidas. Y en esta sociedad consumista, hemos comido demasiado. Por voluntad o a la fuerza. Y luego, hay gente por todos lados. ¡Hostil! Ni tan siquiera es posible fiarse de los conejos, animales traicioneros. Las viñetas suben y suben. Cosas de los pactos con el diablo para lograr recuperar el corazón perdido del protagonista. Máquina de pinball, hay que seguir golpeando furiosamente la bolita.

Nuestro oficinista no puede pasar desapercibido. El dibujo de José Domingo tampoco. Un mundo lleno de color que no renuncia a la oscuridad, atravesado por la inteligencia de una puesta en escena esencial. En el cine mudo todo nos habla. Aventuras de un oficinista japonés tiene muchas lecturas siendo un libro visual. Una de las posibles es la guía de lectura de Gerardo Vilches, que cierra la estupenda edición de Astiberri. Una guía que nos hará volver sobre las viñetas, sobre nuestros pasos, para disfrutar una vez más de las correrías delirantes de nuestro hombre, que parece salido del Minecraft.

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El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (Libros del zorro rojo) Ilustraciones de Enrique Breccia. Traducción de Sergio Pitol | por Juan Jiménez García

Joseph Conrad | El corazón de las tinieblas

Buscamos tantas cosas y tan desesperadamente… Leemos tantos libros y demasiadas veces creemos encontrar obras maravillosas, obras maestras, lecturas imprescindibles,… Necesitamos creer en la belleza como otros necesitan creen en dioses. Muchos o uno solo. O no creer en nada, cosa difícil, incierta. Creemos en esa belleza como algo fácilmente reconocible. Algo que es. Que no admite dudas, porque está ahí, a la vista de todos. Es. Sin embargo, la belleza está tan próxima a lo terrible… Eso debería hacernos desconfiar. Sin esa sombra no puede existir aquella luz. Entonces, pensamos en todas aquellas lecturas que nos han conmocionado, aquellas en las que un temor, un miedo indefinible nos ha atravesado. Hemos gastado todos los adjetivos. Y entonces llega un libro como El corazón de las tinieblas y ya no nos queda nada por decir. Habría que inventar todo un nuevo lenguaje, devolverle su sentido a tantas palabras,…

El corazón de las tinieblas es un viaje a través de la oscuridad. Joseph Conrad utilizará una y otra vez esta palabra o cualquier otra que nos entregue ese destino en sombras. Marlow busca una voz como otros buscan un temblor, algo que nos haga salir de unas vidas confortables, después de todo. El África colonial, la selva, no son más que nuestro destino. El río, esa cicatriz que nos abre de arriba abajo, invisible pero cierta. Piensa que la única manera de explicarlo es decir que no partió al centro de un continente, sino al centro de la tierra. Pero ahí también se equivocaba. Su viaje era hacia el centro de uno mismo, hacia el interior, hacia ese lugar más oscuro. También dice: Vivimos como soñamos… solos. Kurtz, su búsqueda, perdido allá lejos, en uno de los finales posibles de ese río, entre la selva, la muerte, los ritos y el marfil, no está menos solo que él.

Marlow descubre que el verdadero motivo de su viaje es oírle (ni tan siquiera verle, solo oírle). Él era una voz. Era poco más que una voz. Y sin embargo, esa voz es todo. Todo lo que queda cuando ya no queda nada. Todo un mundo que se hunde, arrastrando tras de sí cadáveres y muerte. Un tiempo primitivo, jugado contra geografías íntimas y naturalezas vivas. Un tiempo para los dioses, para aquellos que tenían que construir el mundo, poner orden en el paraíso, apropiarse de todo aquello que uno encontraba. Y eso solo puede hacerse desde el horror. Última palabra para nombre el mundo. Para transformarlo y ser transformado.

Como Sergio Pitol, tan solo podemos escribir una invitación a la lectura de El corazón de las tinieblas. Leerlo es una experiencia personal (sí, todas los son, pero…). Conrad escribe un libro de aventuras africanas, pero en él están encerrados todos los misterios del alma, algo en lo que solo parecían creer los rusos, pero que aquí se convierte en tangible, en algo palpable. Hacerlo en esta edición de Libros del zorro rojo tiene además el añadido de las ilustraciones de Enrique Breccia. En ellas se encuentra el mismo temblor, el mismo enigma. Hay libros que creemos haber leído mil veces sin haberlos leído nunca. Ejercicios pendientes, encuentros una y otra vez demorados. Hasta llegar a ellos, hemos recorrido nuestros propios ríos. Y como ese marinero que habla y habla mientras el barco permanece entre la niebla londinense, sabemos que hemos esperado y vagado por ahí para que, finalmente, llegue un día en el que poder leer sus palabras. He llegado.

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Moscú-Petushkí, de Venedikt Eroféiev (Marbot) Traducción de Helena S. Kriúkova y Vicente Cazcarra. Ilustraciones de Lina Gorbaneva | por Juan Jiménez García

Venedikt Eroféiev | Moscú-Petushkí

Viénichka es un tipo curioso. Ya no es que haya sido capaz de no haber visto nunca ese Kremlin que está en boca de todos, aún viviendo en Moscú y habiéndolo recorrido más de mil veces, borracho o no, es que se dedica a tender cables de alguna parte a otra cuando lo suyo es la escritura. Y la bebida. Pero ahí no es muy original. Cierto es que en aquella Unión Soviética todo el mundo llevaba un escritor en su interior. Y no menos cierto es que todos llevaba una botella de vodka en algún lugar no muy lejos de ellos. Viénichka se va a Petushkí. Allí tiene algo parecido a una novia, que le espera, por decimotercera vez, con su larga coleta, en la estación. Son dos horas y media las que los separan, pero el tiempo es relativo, o eso parece. Al menos si se lo multiplica por equis botellas de alcohol variado, mezclado o no. Así, nuestro héroe coge el tren. Y, a partir de ahí, la Unión Soviética desfila ante nosotros como nunca antes, y eso que no vemos apenas nada, más que delirios etílicos, propios y ajenos. Bueno, y también al diablo, que debe ser ruso, por las veces en las que se ha dejado caer por aquellos lugares, narrativamente hablando.

He leído tanto sobre la Unión Soviética… Extraordinarios escritores capaces de trasladarnos una tragedia colectiva, que tal vez era como otras tragedias colectivas, pero que era suya. Tantos terribles testimonios, no siempre exentos de humor, pero siempre rodeados de esa tragedia que parece perseguir al hombre soviético. Y sin embargo, tras todas esas lecturas, Moscú-Petushkí, delirio etílico en el que las palabras fluyen como lo hace la bebida, se me aparece (temible) como uno de los retratos más justos de algo que, después de todo, no conocí. Eroféiev se pone a sí mismo en primer plano y no asciende a ningún reino de los cielos, porque cuando cree llegar ya está de vuelta. Y algo debe querer decir esto.

Por sus páginas desfila todo. El mundo. Aprendemos a preparar cócteles de nombres exóticos mezclando colonias o barnices, nos encontramos con esfinges que hacen preguntas delirantes, recorremos Europa como se recorren las decepciones y Rusia como se recorre una gigantesca licorería. Aprendemos sobre los distintos tipos de vodka y, fundamentalmente, como hay que beber, que no es fácil. Hay una cadencia, un orden, un progreso, hasta llegar a la pérdida de la conciencia. Y, mientras tanto, se habla de todo, con cualquiera, y la historia de la humanidad solo sirve para no pagar el billete (en bebida, porque es de locos pagarlo en serio… un traición al espíritu patrio). En aquella Unión Soviética de Eroféiev se es humano hasta el vómito.

Moscú-Petushkí debe ser leída de un tirón. Ello nos llevará más o menos el tiempo del trayecto que emprende su protagonista y nos permitirá sumergirnos en un universo de palabras atropelladas que son tan justas como un plano de Robert Bresson. No sobra ninguna ni falta ninguna y todas ellas están en el orden correcto. En esta Odisea de ida y vuelta, con una Penélope olvidada, Ulises- Viénichka nos deja ahí tirados, con nuestra condición humana. La vida es una enorme borrachera, un griterío de voces, un largo sueño etílico, un montón de esperanzas perdidas. Y sin embargo todo está bien. Vale la pena intentarlo. Intentar llegar respetando el orden correcto de los tragos y el vértigo que nos provocan.

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Quemaduras, de Dolores Prato (Minúscula) Traducción de César Palma | por Dara Scully

Dolores Prato | Quemaduras

Una muchacha interna. En el convento, las niñas aprenden la disciplina, la humildad, el ejercicio despiadado de la fe. Se habla de los misterios: Dios explicado en detalle, desmenuzado, atado al tobillo con una cadenita de oro. El mundo queda fuera y alejado. Su huella: una quemadura. Os quemaréis, dicen las monjas, si os entregáis a lo mundano. Pero la juventud apremia, persevera, desea alzar su vuelo jubiloso. La muchacha quiere pronunciar su nombre. Pronunciar la vida con su boca tierna de criatura.

La orfandad la ha confinado en el convento. Al otro lado del mundo, en América, un tío que la reclama. Extiende sus manos y ofrece la riqueza. Un casamiento: el salto de una jaula a otra. ¿Desea casarse, la muchacha? ¿Está la vida tras el océano? Las monjas dicen: te quemarás. El mundo, niña, nos tiende sus pequeñas trampas. Sólo en Dios se encuentra la salvación. Sólo en Dios, muchacha, hallamos la gracia. 

No es Dios, sino la culpa, quien la retiene. Su orfandad es una marca sobre la frente. Las monjas le han dado estudio y alimento; ella debe, por tanto, quedarse. Pagar aquello que ha recibido durante años. Entregarse, humilde, como un valor, hasta saldar la deuda. Pero la hermosa cadenita aprieta el tobillo con violencia. A la luz del día, el convento es de una dolorosa desnudez. Cómo renunciar a la vida, se dice la muchacha, cuando una es joven, cuando conoce sólo el sueño en una celda, cuando el mar se ondula en la distancia.

Pero la vida arde en nuestra carne. Ahí están las quemaduras. A la muchacha se le permite el estudio fuera del convento: la universidad, tanto tiempo anhelada, tiende su mano hacia ella. El mundo es de una belleza palpable. La muchacha ignora la rosa de la espina y alocadamente se lanza a la posesión de su pasado. Desea construir una hilera de pasos, un lugar en el mundo. Primero la hermana, hija de la madre muerta. Qué soy, se pregunta. Cuáles son mis antepasados. Qué luz me guía en este tránsito. Nos enternece su inexperiencia. Pero también, secretamente, nos hiere el daño futuro, aquel que la muchacha no espera, ciega como está a la negrura. El daño que, inevitablemente, a todos nos espera en nuestra senda.

Eso es, en cierto modo, ‘Quemaduras’. La voz de Dolores Prato rememora su primera juventud en un convento, el trance de alcanzar la vida adulta. Nosotros nos reconocemos en la palabra. Comprendemos la mirada amplia, nueva, de quien se abre por primera vez al mundo. Y también, aquello que nos retiene -la culpa, el miedo-: la cadenita que limita nuestro vuelo. Como la rosa, exhibimos una exuberancia que habrá de marchitarse con el tiempo. El olor, templado, tierno, posee una vida fugaz. Pero mientras dure, la muchacha reirá con júbilo, y también nosotros, en estas hojas, tras la lectura de este relato hermoso y breve, reiremos con ella.

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Shazam. El poder de la esperanza, de Paul Dini y Alex Ross (ECC Cómics) Traducción de Bárbara Azagra Rueda | por Óscar Brox

Paul Dini y Alex Ross | Shazam. El poder de la esperanza

Probablemente, una de las mayores contribuciones creativas de la carrera de Paul Dini se encuentre en su revisión, junto a Bruce W. Timm, de la figura de Batman. De aquel Batman cuya eclosión aunaba el espíritu de las películas forjadas por Tim Burton con la estilización y los ambientes de los Detective Comics. Un Batman cuya encarnación animada fue, a buen seguro, la última gran representación del personaje creado por Bob Kane. Y decimos probablemente porque la de Dini es una de esas carreras con tantas luces (una vez más, el universo Batman y la creación de un personaje como Harley Quinn; Superman y su Paz en la tierra) que resulta difícil entresacar una del conjunto. De ahí, pues, que la recuperación de ECC Cómics de El poder de la esperanza, que volvió a juntar a Dini con los dibujos de Alex Ross, suponga una extraordinaria noticia.

Con Shazam, Ross y Dini concentraron su interés por explorar a los grandes superhéroes del universo DC a través de una mirada, digámoslo así, humanista. En una línea parecida a la que Jeph Loeb y Tim Sale aplicaron sobre Superman en Las cuatro estaciones, ahondando en ese paisaje emocional en el que Clark Kent fraguaba sus primeros pasos como superhéroe. Pura bonhomía traducida a los entornos rurales de Smallville. Con el Capitán Marvel, Dini y Ross sintetizan las claves del personaje desde su mitología para, a lo largo de la obra, acercarlo a ese entorno humano en el que convive Billy Batson, su alter ego, y en el que Shazam representa una fuerza de esperanza. De hecho, guionista y dibujante se aplican a la hora de desmenuzar cómo se refleja el poder de su protagonista sobre los demás; sobre una población que, en este cómic, pasa a un primer plano para ayudar a calibrar los sentimientos del Capitán/Billy Batson.

Es por ello que cobra tanta relevancia el dibujo hiperrealista de Alex Ross, la precisión con la que retrata el espectro emocional de su personaje y lo aísla en viñetas estáticas que son, en sí mismas, narraciones en un cuadro. El orgullo, la bonhomía, la aceptación que describen el viaje de Shazam y sus aventuras, pero sobre todo el contacto con los niños de un hospital que, en cierto modo, expresan la definición de esa esperanza encapsulada en la figura del superhéroe. En su descomunal anatomía, acentuada por el dibujo de Ross, que pone de relieve la escala diferente en la que se encuentran uno y otros, pero que sin embargo el calado emocional de ambos puede acercar hasta agruparlos en un mismo paisaje. Quizá porque, frente a otros héroes marcados por su destino solitario, el de Shazam resulta más bien global. Como encarnación de la esperanza que cada cual pone a resguardo, en el mejor sitio posible, para recordarse que no todo está perdido.

Si Dini toma el argumento del álbum para reflexionar sobre el papel del superhéroe en una sociedad contemporánea como la nuestra, Ross emplea su dibujo para ensayar su anatomía, sus hechuras de mito (y, no en vano, las de Shazam lo son) y su pervivencia dentro de un mundo que no deja de cambiar. De progresar y evolucionar en diferentes direcciones. De ahí, pues, que El poder de la esperanza comparte ese aroma retro, vagamente tradicional, con una fundamentada disección del carácter del héroe y su lugar en la sociedad. De ahí, pues, que los dibujos de Ross sepan cómo reflejar al mismo tiempo la vulnerabilidad de las emociones humanas con la inmortalidad de las figuras superheroicas. La dualidad, en definitiva, que expresa la narración de Billy mientras glosa las numerosas aventuras del Capitán Marvel.

Shazam. El poder de la esperanza es como esas portadas inolvidables de Chip Kidd, una historia en la que Paul Dini y Alex Ross ponen sus virtudes al servicio de un personaje convertido en mito. Que no necesita explicación, sino un acercamiento humano; comprensión, que no admiración. Un personaje descrito en su bonhomía, en sus apariciones prácticamente divinas, en la fragilidad con la que interviene en los asuntos humanos. El héroe reducido a las emociones. Los sentimientos de un adolescente puestos al servicio de un Dios. De ahí que las escasas 70 páginas que comprenden este volumen supongan una auténtica delicia y, al mismo tiempo, un extraordinario estudio de lo que significa ser un superhéroe. Todo ello, encapsulado en esa luz con la que Ross ilumina el rostro de su criatura. En esas facciones talladas de manera hiperrealista, trabajadas con modelos al natural. Con la intención de colocar a Shazam al lado de los humanos, como otro elemento más que nos ayuda a entender en qué tiempo vivimos, pero también qué tiempo construimos entre todos.

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La chica de Kyushu, de Seicho Matsumoto (Libros del asteroide) Traducción de Marina Bornas | por Juan Jiménez García

Seicho Matsumoto | La chica de Kyushu

Hace algo más de un año, nos llegaba de la mano (como ahora) de Libros de asteroide un libro absolutamente maravilloso, por lo que tenía de novela hipnótica construida sobre los horarios de trenes. Aquel libro era El expreso de Tokio y su autor Seicho Matsumoto. Matsumoto podía ser un desconocido para nosotros, pero lo cierto es que es uno de los escritores de novela negra (o de misterio) más conocidos de Japón, un clásico. A menudo llevado al cine (en especial por Yoshitaro Nomura, otro clásico demasiado desconocido) sus obras son pequeñas construcciones, con todo lo que tienen de obsesivas, alrededor de apenas una anécdota. Un día, en la vida de alguien por lo demás corriente, algo se disloca. Y tras esa dislocación se encuentra un misterio. Tras ese misterio, están las novelas del escritor japonés.

La chica de Kyushu es Kiriko Yanagida. Su hermano ha sido encarcelado y condenado a muerte por el asesinato de una usurera que le estaría acosando por una deuda que es incapaz de pagar. Todas las pruebas llevan a él. O al menos las suficientes para no hacerse muchas más preguntas y cerrar el caso. Pero Kiriko está convencida de su inocencia. Reúne todo el dinero del que es capaz una joven humilde y se marcha a Tokio para pedirle a un famoso abogado, Kinzo Otsuka, que se ocupe de ese juicio. Sabe que no podrá pagarle, pero confía en ser lo suficientemente convincente para que lo defienda y demuestre su inocencia. Pero no es así. En otro momento, tal vez, pero a Otsuka le espera un campo de golf y una amante. Y ahí empezarán también los problemas para él. De conciencia y no solo.

Atravesada por una reflexión (aún muy actual) sobre lo que puede esperar alguien sin dinero de la justicia, La chica de Kyushu es una obra terrible en su frialdad y en sus certezas. El personaje de Kiriko, desafiado a un mundo en el que no hay lugar para tantos, se convierte, con su impasibilidad y su determinación, en un ser entregado a una sola idea, cierto, pero idea que sustenta su mundo, privado de lo poco que tenía. La novela da la sensación de que debió de publicarse por entregas, dada la reiteración con el que el escritor vuelve sobre sus mismos pasos y lo sucedido hasta el momento, pero, curiosamente, ese recurso acaba por conformar una atmósfera opresiva que le viene bien. Una sucesión de círculos que no dejan de ser, en cierto modo, aquellos en los que ha caído, Kiriko, espirales en las que quedarán, igualmente atrapados los protagonistas del relato.

Cuando creíamos tenerlo todo, incluso la renuncia, la novela tomará un nuevo impulso, con la llegada de la chica de Kyushu definitivamente a Tokio. Ahí Matsumoto empezará ya no solo a encajar todas las piezas sino a ir añadiendo engranajes para crear esa maquinaria infernal que nos llevará hasta una parte final sorprendente, verdadero estudio de la condición humana, terreno en el que se encuentra tan cómodo. Lloverá, noche tras noche, pero nada de eso podrá eliminar toda la miseria, toda la muerte, toda esa pobreza. Y nos hará partícipes de la miseria y la desesperación, pero también de la determinación sobre las que se construye un drama terrible. Crimen y castigo. Crimen y castigo.

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