La Cárcel de Papel. Diario de un lector de tebeos (2002-2016), de Álvaro Pons (Confluencias) | por Juan Jiménez García

Álvaro Pons | La Cárcel de Papel

Unos apuntes totalmente personales a partir de La Cárcel de Papel. Hay que decir que el periodo que abarca este libro (2002-2016), que es también el de aquella página homónima, coincide en buena medida con mi propio recorrido personal, ligado al cine asiático, en mi caso. Cambian algo las formas (el blog por un foro), pero no cambian de ningún modo los tiempos y las experiencias y, también, el aire de un tiempo que se perdió en algún momento, entre fotografías siempre iguales y pensamientos nunca superiores a los ciento y poco caracteres. Un tránsito que responde a unas razones muy profundas y que, al leer La Cárcel de Papel, se vuelven a hacer evidentes (aunque no nos cabe la más mínima duda a aquellos que lo hemos vivido). Las razones profundas son que en algún momento en internet se tuvo la voluntad de intercambiar (no solo archivos, sino pensamientos, experiencias, cosas que nos habían emocionado), de encontrarse con los demás, mientras que ahora nos conformamos con sumarlos a un número de seguidores (irónicamente llamados amigos) y con decir algo ingenioso, de tanto en tanto, sin la más mínima esperanza de llegar a nadie. Álvaro Pons dice que La Cárcel de Papel, su blog, solo tuvo la fortuna de llegar el primero. Tal vez. Pero lo cierto es que más allá de eso tuvo la misma voluntad de otros tantos: transmitir aquello que le apasionaba a los demás. Con argumentos, con palabras, con aquellos textos interminables que escribíamos pero que nos resultaban (misterios) más sencillos, más fáciles, más evidentes, que esa línea o medio párrafo que se nos pide ahora. No, no es que ahora todos tengan menos tiempo para leer. Desgraciadamente es que nos hemos instalado en la nada, el chismorreo o, peor, la indiferencia. Dicho lo cual…

Leer La Cárcel de Papel es, por encima de todo, leer la historia social del cómic en nuestro país en los últimos quince años. Tal vez no tantos, porque aunque abarca todo estos años, lo cierto es que el último lustro no está igualmente representado (ese momento en el que la vida real se impone). Pero, en todo caso, las discusiones, en este arte como en los otros, son eternas: género contra autor, superhéroes a la deriva o no, grapas, tomos, formatos, editoriales, derechos, autores intocables o perfectamente manoseables y así hasta cualquier cosa, precisamente porque antes a todo el mundo le daba por discutir. Y como no valía con un me gusta o con poner redondeadas caritas de enfado, las discusiones eran kilométricas, siempre con la confianza de que, en una de esas, lograbas convencer al otro (u otros). En aquellos tiempos, hasta los trolls daban sus razones. Seamos sinceros. Dentro de quince años nadie podrá recopilar un libro como este.  O será un libro bien pequeño. Pero no, no es justo. Hay todavía gente que sigue pensando que es posible escribir y hasta convencer. Solo desde la vejez y el cansancio del corredor de fondo, se ve todo un poco más oscuro. Otro día hablaremos de los lectores.

No estamos ante un libro de reseñas de cómics, aunque las haya. Pons ha preferido centrarse especialmente en esa historia social, que, como siempre, es una historia personal. Sus razones son las razones de otros tantos, y, tal vez, lo primero que nos enseñó internet a aquellos que habitábamos en aldeas galas, temerosos de que el cine se viniera sobre nuestras cabezas, es que no estábamos solos. Que tal vez no éramos miles, pero sí los suficientes para sobrevivir con nuestras certezas y dudas. El cómic pasó de ser una diversión para niños a convertirse en un arte, el noveno, que buscaba su propio camino. Y todo eso está reflejado aquí, porque, en lo que respecta a nuestro país, fueron estos los años en los que cambió todo a mejor, hasta llegar a este momento, seguramente difícil de imaginar allá por el principio de este siglo. Y no me cabe la menor duda de que buena parte de esa evolución se debió a que existían sitios como La Cárcel de Papel, capaces a recoger en sí mismos las necesidades de unos lectores desde la individualidad de uno de ellos.

El libro ha conservado las formas del blog. No hay reescritura y esto, que algunos les puede chocar, forma parte también de su encanto, al preservar otros modos, más directos, más personales, de encontrarse con los demás. Dividido en varias partes, que abarcan desde el día a día de un lector de cómics hasta la reseña de aquellos que considera imprescindibles, tiene el rigor de uno de los mayores expertos de cómics de este país y la intimidad de quién escribe un diario, por muy público que este sea. Y, con ello, la sensación, página a página, de compartir una histórica común, con sus acuerdos y desacuerdos, pero viva.

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El cumpleaños de Kim Jong-il, de Aurélien Ducoundray, Mélanie Allag (Astiberri) Traducción de María Serna | por Juan Jiménez García

Aurélien Ducoundray, Mélanie Allag | El cumpleaños de Kim Jong-il

Nos hemos acostumbrado a entender el mundo solo desde nuestra posición privilegiada en la que casi nunca ocurre nada y solo, de cuando en cuando, nos llegan las amenazas de los otros. Corea del Norte es un peligro desde el momento que sea capaz de lanzar un bomba nuclear sobre los demás, pero poco nos interesa saber qué ocurre allá dentro, en ese lugar cerrado y olvidado, otro paraíso artificial más, lleno de objetos sin vida. No nos faltan testimonios, pero nos sobra la voluntad de mirar para otro lado. Guy Delisle ya se había acercado en su revelador Pyongyang a la vida cotidiana, al absurdo de cada día, de este país, poco más que el escenario de una película del oeste, en el que tras las fachadas de cartón piedra no hay nada. O peor, vidas humanas. Ahora Astiberri, precisamente, nos acerca de nuevo a través del cómic esa Corea del Norte poblada de fantasmas. Y lo hace a través de la única mirada que se presume inocente: la de un niño.

El cumpleaños de Kim Jong-il es el relato de Jun Sang, de ocho años. Desde la devoción inevitable hasta la decepción, igual de inevitable. No se trata de una cuestión ideológica. Jefe de las juventudes patrióticas de su barrio, su historia podría ser igual a la de cualquier niño en un régimen dictatorial, todos amantes de los estandartes, los retratos, las fronteras (con sus monstruos exteriores), el pensamiento único, las frases hechas de verdades pronunciadas a gritos que no esconden más que calladas mentiras. Todos han tenido su formación específica para niños, para destrozarles la infancia y dejarles sin ninguna vida de escape, cuando llegue la edad adulta. Jun Song solo conoce una realidad incuestionable y está dispuesto a imponérsela a los demás, como los demás se la han impuesto a él. No hay ninguna contradicción desde el momento que no conoce otras alternativas.

Sí, hay sombras en su presente. Unos abuelos de los que no puede ni decir el nombre y debe dar por muertos y el descubrimiento, un día, de una terrible verdad. Además, sobre Corea del Norte y siempre por culpa de los demás, ya sean demonios, fantasmas o muertos vivientes, se abate un terrible hambruna. Y ya sabemos que el hambre tiene muy mal reparo si solo se cuenta con la publicidad y con decir lo sano que es comer dos veces en vez de tres cuando no puedes comer ni una. El mundo de Jun Sang se vendrá abajo y con él su infancia.

Inspirado en testimonios reales, Aurélien Ducoudray escribe el guión de una obra que juega entre el testimonio documental y un retrato de niños que juegan, demasiado pronto, a ser como sus mayores (hombres grises eternamente asustados y paranoícos). Una vida bajo el culto a la personalidad y el aniquilamiento de la propia. Lo primero es factible para un crío, tan necesitado de superhéroes, pero lo segundo se convierte en algo imposible, solo al alcance de una edad adulta tan dispuesta a la renuncia, siempre y en cualquier lugar del mundo. Primer álbum de la dibujante Mélanie Allag, sus imágenes se pasean entre el culto a un mundo que no existe, la realidad que está por todas partes, mal escondida bajo alfombras inexistentes, y la ausencia de color de la destrucción del hombre y su muerte. El conjunto es una obra terrible (porque terrible es vivir en un mundo así), de niño que desnuda una vez más a todos esos emperadores que no rodean. Y a uno le gustaría creer que es a través de estas obras y no de portaaviones y submarinos nucleares, que todo podría ser diferente, que todas las pesadillas podrían acabar. Pero no. Siguen las mismas palabras, las mismas amenazas, y la muerte por todos lados.

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Venecia, de Jiro Taniguchi (Ponent Mon) Traducción de Carolina Smith de la Fuente | por Óscar Brox

Jiro Taniguchi | Venecia

Hay en la obra de Jiro Taniguchi un dulce sentido de la melancolía, cada vez que la memoria del pasado envuelve a sus protagonistas; cuando, repentinamente, encuentran la necesidad de escarbar en sus vínculos familiares en busca de aquellos lazos perdidos, frutos de otros tiempos, que de alguna manera también han forjado el carácter de estos. Tal vez por ello, El almanaque de mi padre sea una de sus obras mayores, por lo que tiene no solo de reconstrucción de la memoria familiar, sino también de un fragmento de la Historia de Japón. Venecia, que publica Ponent Mon, es un cuaderno de viajes, prácticamente una sucesión de postales, dibujos y acuarelas, en los que Taniguchi recurre al pasado para localizar las huellas familiares en esa ciudad italiana que visita por primera vez. Esa en la que el abuelo pintor se labró parte de su reputación, en la que nació su madre y quedó sembrada una pequeña raíz familiar. Tan minúscula y sensible como son, por otro lado, sus historias.

En Venecia, pues, las líneas de diálogo apenas abarcan una mínima orientación entre paisajes, casi a modo de intuiciones que su autor desliza a medida que se empapa de la idiosincrasia cultural de ese otro país. Y, sin embargo, uno tiene la sensación de que Taniguchi nos acerca Venecia con la calidez sensorial de aquello que, en primera instancia, grabamos a través de nuestros sentidos. De ahí ese dibujo a doble página de las olas espejeantes del canal veneciano, quién sabe si navegado a lomos de una góndola o de un vaporetto. Un mar de una textura especial, como aquel otro de plástico que Fellini imaginó en su Casanova, en el que Taniguchi refleja sus apreciaciones personales. La sensibilidad con la que ha atrapado esa pizca de un paisaje que desearía ver con los ojos de su familia. De hecho, resulta significativo cómo los primeros compases del cuaderno nos colocan ante ese inmenso azul, de trazo sereno y tonos cálidos, que encierra a la ciudad. En el que, si se aguza el oído, se puede escuchar el canto de las gaviotas y el sonido del campanario desde cuya ventana enrejada se accede a una vista panorámica de Venecia. Con qué sencillez, de forma económica, Taniguchi nos sitúa ante ese sentimiento de extrañeza, pura mirada extranjera, cada vez que tratamos de asentarnos, de no dejarnos gobernar, en un territorio desconocido.

Taniguchi combina los dibujos con los bocetos, las imágenes que retrotraen al recuerdo materno con la presencia física de esa ciudad que recorre a través de sus lonjas de pescado, de sus plazas e iglesias. Quizá para comprender cómo un extranjero podía echar raíces en ese lugar; quizá para identificar en cada espacio un pedacito de su madre. Un gesto, una mirada, un sonido, unas palabras… lo que sea con tal de plasmar ese arraigo que le lleva a poner rumbo a Venecia. Y es que el propio autor reflexiona sobre la permanencia de los recuerdos cuando intenta localizar algún testimonio que le ayude a recordar a su abuelo, tanto tiempo después; a recordar que en algún momento de su vida eligió Venecia como taller artístico. Por eso resulta tan difícil separar el dibujo de Taniguchi del ejercicio de su memoria, pues a pesar del rigor con el que representa cada palmo de la arquitectura veneciana, cuesta no reconocer en sus dibujos, en el preciso uso del color y la combinación de viñetas y páginas dobles, esa sensación de querer trasladar la inmensa calidez de la memoria familiar al papel. Sin palabras, con el deseo de que cada plano, cada boceto, cada viñeta las contenga, como si se tratase de una explicación superflua que cualquiera puede captar tan solo viendo el momento elegido. Ese instante único. No en vano, de eso trata Venecia. En ello reside el arte de Taniguchi: en su capacidad para retratar instantes únicos, moldeados al calor de la memoria. Hermosos, efímeros, tan frágiles que tal vez dejen de existir, dejemos de mirarlos con los mismos ojos, al pasar a la siguiente página.

Tal vez el arte de narrar en imágenes se crease para encapsular aquellos fragmentos de una memoria, individual o familiar, a salvo del fuego del tiempo. De manera que cada vez que uno volviese a mirar cada dibujo encontrase, como por arte de magia, ese momento perdido. Olvidado. Quizá extraviado. El paseo de Taniguchi por la geografía veneciana, a salvo del siroco que atormentaba a los personajes de Thomas Mann, es la delicada reconstrucción de lo que pudo ser aquella otra vida materna secreta. Lo que fue, y ya no es. Y nunca esa búsqueda de los antepasados familiares contó con una ilustración tan bella. Con ese dibujo que, tras su muerte, nos recuerda que Taniguchi fue, en muchos aspectos, un artista de la memoria; también de la soledad. Cada vez que los vínculos familiares despiertan un dulce sentimiento de melancolía en el corazón. Cada vez, en fin, que el lápiz, el color y la viñeta se convierten en el billete para viajar al pasado en busca de sentido.

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Apache Junction, de Peter Nuyten (Ponent Mon) Traducción de Maria Rosich | por Óscar Brox

Peter Nuyten | Apache Junction

Probablemente, las ilustraciones más bellas del western sean obra de Frederick Remington, quien asimismo fue cronista de excepción de su crepúsculo, aplastado ante el imparable avance del progreso. De aquellos años en los que Gerónimo ponía en pie de guerra a la administración americana, o en los que las comunidades indias quedaban separadas, apartadas en reservas cada vez más insignificantes, empujadas por un hombre blanco que le ganaba la partida a la naturaleza indómita de un país que comenzaba a sufrir transformaciones cada vez más drásticas. Años en los que el recuerdo de Billy el Niño quedaba registrado en una fotografía. Años, en definitiva, que reescribían el sentido de la frontera al achatar los límites entre territorios, haciendo de cada forajido, de la figura del fuera de la ley, su propia frontera. La perfecta ilustración de una época final, en la que el tiempo de aventuras y colonos dejaba su lugar al de la supervivencia y la asimilación.

Apache Junction, tal vez, la obra maestra del dibujante Peter Nuyten, nos traslada a ese instante (casi) final. Con la muerte de Cochise, el marcaje estrecho a las comunidades indias y la asimilación cultural de algunos de sus miembros, el clima de esa América de western recuerda a la fratricida guerra entre Norte y Sur, con los chiricahua y su Lobo Negro como vestigios de otros años de gloria. Y con la frontera mexicana como refugio, como arsenal y escapatoria frente a la presión de los agentes federales que han delimitado el espacio hasta asfixiar a las diferentes tribus indias; tantas, recuerda Nuyten, que prácticamente se desintegran ellas mismas al ser incapaces de encontrar un punto de unión. Quizá porque aquellos eran tiempos en los que cada cual hacía la guerra por su lado. Es por eso que no resulta sorprendente encontrar como protagonista a Roy Clinton, un mestizo hermano de Lobo Negro, que ha dejado atrás sus raíces indias en busca, tal vez, de otro presente. O de otro lugar, entre el polvo de las vastas extensiones desérticas y los puestos de destacamento.

Nuyten nos sumerge en la acción desde las primeras viñetas de la obra, a partir de una encrucijada que une a indios, blancos, renegados, buscavidas y agentes del gobierno. Todos buscan unas armas, el arsenal, cuyo poder puede cambiar el control de parte del territorio. O, quizá, acelerar el proceso de transformación. Parte de la historia tiene como decorado la emboscada nocturna a la casa de los Bellamy, cuyo papel en Apache Junction es el de catalizar esa sed de poder que desdibuja los valores ancestrales de sus personajes. La huida desde San Carlos y la vigilancia desde Fort Apache. De hecho, resulta muy interesante el choque entre los chiricahuas que describe Nuyten, en el que la ley de la sangre y el pasado se imponen sobre la sed de venganza de un presente demasiado obnubilado por sus deseos de poder. O, simplemente, de permanecer en alguna parte de esa tierra conocida. Y eso que en la obra de Nuyten hay lugar para las cabelleras cortadas, la violencia descarnada en las tripas de un cañón, las heridas profundas que casi acaban con la vida de sus personajes y el nihilismo tan propio de una época en la que el éxtasis del progreso despertaba, también, los más bajos instintos por alcanzarlo antes que nadie.

Sin caer en el estilo pictorialista de un Remington, Nuyten construye Apache Junction bajo dos ejes: paisajismo y dinamismo. Cada viñeta narra con habilidad una acción que ni siquiera se detiene en los momentos de aparente calma, sino que acumula tensión a medida que el cerco sobre los protagonistas se estrecha y su vida corre peligro. Uno siente el aliento de la muerte cerca, pues el oeste de Nuyten es un espacio violento, pragmático y feroz, pura extrapolación de los vicios de la sociedad que estaba construyéndose entre el furor del progreso. Y, por otro lado, resulta bellísimo el uso del color en la página. En especial, para dotar de entidad dramática a un paisaje generalmente desierto. En el que el rojo y el amarillo alumbran un cielo de tormenta. Duro, salvaje, mortal. Tanto como la persecución que indios y blancos llevan a cabo para tratar de dar con el arsenal escondido de armas antes que sus competidores. Algo que, paradójicamente, Nuyten narra de manera serena, sin apenas concesiones a las grandes ilustraciones que abarcan una página, construyendo desde la viñeta esa sensación de espacio, de frontera y devastadora soledad que contagia un aire de melancolía al relato.

En Apache Junction encontramos a un Gerónimo casi fantasmal, que camina por el desierto sin la ayuda de un caballo, la historia de amour fou entre Roy y su pasado indio y, en un giro que encantaría al Sergio Leone de Hasta que llegó su hora, los dilemas de una aguerrida viuda blanca atenazada por las deudas contraídas por su marido. Todo ello, en dos extraordinarios tomos (a falta de completar) que respiran el polvo del desierto, el valor y la sangre de una época condenada a desaparecer; una época a la que Peter Nuyten ha rendido un pequeño estudio antropológico en forma de percutante western. De identidad y frontera. O de relato de aquellos hombres que, aunque lo sospechaban, caminaban en dirección a su final.

 

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Tocqueville. Hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot (Ponent Mon) Traducción de Sergio España | por Óscar Brox

Kévin Bazot | Tocqueville. Hacia un nuevo mundo

Probablemente fue la fascinación por América, un coloso asentado al otro lado del Atlántico, lo que dirigió en primera instancia el viaje que emprendieron Alexis de Tocqueville y Gustave de Béaumont en 1831. Por mucho que, en realidad, el argumento de aquella aventura fuese el estudio del sistema penitenciario y las condiciones políticas, raciales o económicas de la nación. O eso, al menos, es lo que se desprende del acercamiento emprendido por el ilustrador y dibujante Kévin Bazot. Algo que expone con pasión al trazar el viaje hacia el norte de Estados Unidos en busca de una identidad cultural preservada a salvo de cualquier cambio o transformación histórica, fuertemente arraigada a ese territorio originario. Bazot, interesado en los diferentes episodios de la Historia, que suele ser el motivo habitual de su trabajo en el cómic y la ilustración, nos sumerge en esta especie de conquista de América a través de una mirada intimista. Cercana. En la que Tocqueville y Béaumont recorren los territorios salvajes del nuevo mundo con el deseo de encontrar, precisamente, ese viejo mundo que amenazaba con desaparecer ante el impulso constante de la evolución.

Tocqueville comprende un relato aventurero, pero también una serie de apuntes etnográficos preparados para invitar al lector a reflexionar sobre la permeabilidad y la fortaleza de las civilizaciones al cambio. O cómo, hasta cierto punto, la confianza que depositamos en un futuro revela las frágiles, cuando no efímeras, estructuras que sustentan ese pasado cada vez más arrinconado en los márgenes. En esos últimos pedazos de tierra virgen que pugnan con la civilización avanzada para mantener su identidad propia. Su lengua y su cultura. De ahí que Bazot comience presentando a esos dos franceses, extranjeros en un país de emigrantes, fascinados por el ritmo febril de un lugar que nunca parece detenerse. En el que las conexiones, la comunicación y la tecnificación han barrido todas esas mitologías que en Europa son todavía objeto de estudio. Por eso, Tocqueville juega un poco con la frustración de ese viajero, casi más aventurero, contrariado al hallar un país en el que los grandes misterios parece que han sido ya descubiertos. Alejado de esa imagen de la vida en los bosques y de la desobediencia civil que tanta fortuna haría en los textos de autores como Thoreau o Emerson.

En esa paleta de color terrosos que utiliza Bazot, en la que la luz de la sociedad delimita la predominancia de un tono por encima del otro, tiene una especial importancia el momento en el que sus protagonistas culminan su viaje hacia tierras salvajes. Allí, en busca de pioneros, indios y nativos, Bazot rompe la cadencia con la que las viñetas han narrado la historia para dibujar, a página completa, esa visión puramente sensorial del que quizá sea el último rincón salvaje de América. Una explosión de verdes y azules, atrapados en la inmensidad del bosque que se abre ante los ojos de los dos aventureros franceses, atrapa ese instante de genuina fascinación. De terror, emoción y belleza ante un territorio que no se rige por los preceptos civilizatorios de esa otra América que han surcado hasta dar con él. Es importante recalcar este detalle, puesto que Bazot reconstruye las reflexiones de Tocqueville para plasmar con la mayor fidelidad ese momento de libertad. De contacto con otra cultura. Tal vez, también, de aprendizaje de unas costumbres que tarde o temprano desaparecerían borradas en el tiempo. Así hasta mezclarse, en la delicada tensión racial que nunca hemos dejado de vivir, con el avasallador nuevo mundo que imponía su ley desde las imparables transformaciones tecnológicas.

Una obra como Tocqueville, que perfectamente podría funcionar como prólogo a una primera lectura de La democracia en América, invita a recuperar ese pensamiento a propósito de la desprotección con la que determinadas culturas bregan frente a lo que generalmente percibimos como necesarios avances globalizadores. Esos que laminan o empequeñecen los ya de por sí minúsculos detalles de carácter que nos ayudan a diferenciarnos los unos a los otros. De ahí que, más que antropológica, la mirada de este Tocqueville en formato de cómic sea, esencialmente, humanista. Fascinada, cuando no sacudida, por esa comunidad india que continúa con su vida aparte. Resguardada por los bosques y lagos de una América salvaje que, paradójicamente, caminaba en dirección a convertirse en el pulmón del planeta. Para ser una nación a la que siempre se ha tachado de no tener historia, este Tocqueville de Kévin Bazot nos enseña la importancia de toda historia. Ya sea como sustancia de nuestro acervo cultural o como fundamento de nuestra identidad. Esa que en 1831 dos expedicionarios franceses decidieron conocer cuando pusieron rumbo al viejo mundo.

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Siete vidas, de Josep Maria Beà (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Josep Maria Beà | Siete vidas

Decía Jean-Pierre Melville en Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, que él quería ser inmortal para luego morir. Era un bonito deseo. Tras él, tal vez uno encuentre que no se muere una sola vez, sino muchas, y que somos inmortales, hasta que morimos. Tal vez no sean siete vidas, como una gato cualquiera, sino menos. O más. Momentos decisivos en los que nuestra vida hasta ese instante muere para encontrarse con otra que empieza. Momentos por los que ya nada, a partir de ese instante, podrá ser igual. Y ni tan siquiera se necesitan grandes acontecimientos, guerras o destrucciones. Simplemente algo. Ese, tal vez, es el punto de partida, allí donde se instala Josep Maria Beà en este Siete vidas.

En su prólogo, Rubén Lardín nos sitúa en el momento en que se encontraba Beà, ocupado en mantener, de alimentar, la revista Rambla. Acaba de cumplir los cuarenta años y esa es una crisis más en la vida de una persona. La edad de la melancolía o, para entendernos, ese momento en el que empezamos a tener la certeza de que los sueños de juventud no se cumplirán y que esto es lo que es. En ese punto, uno vuelve la vista atrás, a ese pasado lejano y, por tanto, fácilmente maleable, hecho de aquello que ocurrió y aquello que estamos convencidos de que ocurrió. Esas falsas verdades, tan ciertas como las otras. Para ello, siguiendo a Robert Crumb, decide deshumanizar a sus personajes o animalizarlos, como se prefiera. Convertirlos en gatos los hará especiales. Y además, les permitirá morir varias veces. Siete. Siete muertes del espíritu.

Cada muerte es un fragmento de vida. Aquella mano misteriosa que surgía de las profundidades de una cama y que por un duro te hacía atravesar ese muro que separa la infancia de la edad adulta, ese muro que está en nuestras cabezas. Una paja y un bolero cantando eran suficientes. Cómo nos hemos complicado. Esos personajes ciertos o inciertos que nos cuesta imaginar como reales. El vendedor de puros callejero Galápago (llamado así por su joroba), enfrentado al mundo. Galintia, esa muchacha surgida de la nada, del verde del horizonte, y que solo pretende despedirse de su infancia jugando por última vez. El territorio mítico de aquel tiempo mejor. Pero no, este no era un país para gatos. Un país en el que no ir a misa podría abrir la puerta del infierno, o una muchacha masturbándose podía acabar con una vida, la suya, o un pueblo entero. Nadie es inocente.

Josep Maria Beà no solo es un extraordinario dibujante, uno de los mejores que ha dado el cómic español, un clásico, después de todo (si esa palabra nos aporta algo). Su capacidad como narrador y su habilidad para encontrar el tono necesario (su visión del infierno, por ejemplo, en la cuarta muerte), le permiten escapar de lo innecesario para ofrecer una obra sin desmayo, en la que cada momento encuentra su justo espacio. Siete obras es un cómic breve pero de una especial intensidad, un cómic que parte al encuentro de un tiempo y lo hace con una rara melancolía. Nada está perdido, todo sigue ahí, en otro lado. La acción dejó su lugar al pensamiento. El tiempo se ha detenido.

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La comedia humana, de Clement Moreau (Sans Soleil) | por Juan Jiménez García

Clement Moreau | La comedia humana

La vida de Joseph Carl Meffert no estaba destinada a ser fácil. Ya solo nacer en 1903 en Alemania era una invitación segura para atravesar todas las catástrofes, cruzar todos los infiernos. Perder la infancia, la juventud y el futuro. Tanto fue así que tras acabar en la cárcel (enviado por su propio padre), en el exilio suizo (enviado por la ascensión del nazismo), acabó en Argentina con todo perdido, incluido su nombre: ahora era Clement Moreau. Pero sus luchas seguían siendo las mismas. También sus derrotas. Ahora Sans Soleil, dentro de su imprescindible colección de silenciosas novelas gráficas (un silencio que grita), nos trae una de sus obras más importantes, La comedia humana (y también, para acabar, Educación asistencial, sobre su paso por el internado).

Publicada originalmente por entregas, La comedia humana son distintas escenas de la ascensión del nacionalsocialismo, de su irrupción brutal. No es una obra sobre la guerra (que queda como una sombra, con algo inevitable) sino apuntes sobre la destrucción de una sociedad a través del individuo. Ya desde las primeras imágenes todo está construido. El nazismo y el tremendo apoyo popular, con toda su parafernalia, enfrentados a aquellos que resistían o buscaban el sentido de las cosas. Pero en esos tiempos de obediencia absoluta a una Alemania apocalíptica, todo era terrible. Aunque lo más terrible fueran los otros, esos ciudadanos entregados, fieles a la voz de amo (que son tantos, en los buenos como en los malos tiempos). La delación, la prisión, las torturas, los suicidios imposibles, la muerte, lo que queda tras esa muerte. La huída.

Moreau se adentró en el mundo de la ilustración de la mano de Kathe Kollwitz y llegó a conocer personalmente a Georges Grosz y John Heartfield. Nada de eso le es ajeno y nada de esto está ausente de La comedia humana. De la primera coge su técnica, su expresividad. Si nos acercamos a la obra de Kollwitz reconoceremos no pocas de las cosas que luego encontraremos en Moreau. Su expresividad, fundamentalmente, esas miradas hundidas, esos rostros agotados de personas más allá de los límites. De Georges Grosz y John Heartfield su compromiso político, el dibujo convertido como arma (pero desprovisto del gusto por la caricatura de los otros dos). De Grosz cogerá también algo sobre lo que algún día se debería escribir un estudio, si no existe ya: las calles, los edificios que como otros fantasmas más, esas figuras en las ventanas, como pequeños momentos de vida. Y luego, Frans Masereel, al que también llegó a conocer y que está por todos lados.

Sin embargo, bajo estas influencias de una novela gráfica que se alimentaba de la obra en común de todos estos creadores, con múltiples vasos comunicantes, en Moreau podemos encontrar como hay un trabajo constante no para ofrecer una obra que responda a unos parámetros determinados, sino que la técnica se va adaptando, a las necesidades expresivas de aquello que nos quiere contar. Así, pasa sin dificultad del grotesco (en especial para representar a la policía, a la Gestapo), a la más expresiva expresividad, con la prisión o la viuda, sin dejar pasar una aproximación a las técnicas cinematográficas (el extraordinario pasaje de la huída, todo intensidad).

La comedia humana es una obra especialmente sombría. ¿Cómo podría ser de otro modo, con los tiempos, con la vida personal de su autor? Cuando la única opción es la huída. Construida blanco sobre negro, esa oscuridad se convierte en la única luz posible. Ni tan siquiera eran los peores tiempos posibles. Solo un prólogo al fin del mundo. Uno de esos tantos finales que ha tenido.

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La mujer de al lado, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Yoshiharu Tsuge | La mujer de al lado

Gallo Nero vuelve, dos años después de la publicación de El hombre sin talento, a publicar a Yoshiharu Tsuge. Y eso es otro momento importante de la edición de manga en nuestro país. Si aquella obra nos enfrentó (esa es la palabra) a la obra de un autor muy especial, esta otra, La mujer de al lado, solo hace que devolvérnoslo como un viejo conocido al que encontramos de nuevo, como si nada hubiera pasado y todo volviera a estar ahí. Todo es toda esa tristeza, todo es la vida de Tsuge, que se encuentra entre cada una de sus páginas, en los márgenes de sus historias. Todo es una nueva obra plena, intensa en emociones pero que fluye tranquilamente con la tranquilidad de saber que va hacia ninguna parte. O hacia todo. Viajes, lugares de destino, que tienden a confundirse.

La mujer de al lado recoge seis historias que Tsuge publicó a lo largo de los años, unos años en los que no se encontraba bien (psicológicamente) y en los que su intención de abandonarlo todo definitivamente debía estar ya presente. Cuando uno se cuestiona su presente, tarde o temprano acaba de aparecer ante nosotros nuestro pasado lejano. Más allá de buscar las razones inmediatas, buscamos en ese paraíso perdido que debió de ser, nos dicen, nuestra infancia y juventud, esas épocas en las que todo, a diferencia de ahora, nos parecía posible. Tsuge buscó ahí y sus historias se encuentran con aquel niño que fue y con aquel mangaka que buscaba hacerse un lugar en el mundo, algo nada fácil de encontrar.

En conjunto no conforman una obra sobre las dificultades de crear, de ser artista, como podía serlo en mayor medida El hombre sin talento, sino más bien una interrogación sobre los demás. Sobre los otros. Y en esas preguntas, encontrarse uno mismo. Por confrontación, por similitudes, por raras coincidencias. Y digo “el otro” porque decir la sociedad japonesa de aquel tiempo me parece algo muy grande, cuando toda la obra de Tsuge está construida sobre la intimidad y limitada por el alcance de su mirada, una distancia que no está dispuesto a sobrepasar. Un territorio, un tiempo, que es aquel que dejaba la guerra atrás, un poco menos atrás la ocupación americana y se lanzaba a buscar su milagro económico. Una época que en manos de Heinrich Böll sirve para cuestionarse todo un país, pero que en manos de Tsuge se convierte en un asunto de personas. Personas que buscan su lugar en un mundo que va a arrollarles, a pasarles por encima.

Así, el contrabando en La mujer de al lado, el relato que da título al libro, es el  escenario para una relación extraña, en la que el protagonista acaba convertido en mero espectador, lanzando a su propia realidad. Una realidad que se impone, cruelmente, en el caso de Días de paseo, un relato otoñal en el que la vida parece haberse definitivamente detenido. Al contrario que en Niño, donde esta se le desvela al protagonista como un golpe, una carrera perdida antes de empezar. Un autor sin nombre es tal vez la más personal (siéndolo el resto), desde el momento que se instala en el mundo de los dibujantes y sus dificultades para ser autores, algo más que dibujar para otros. También (y uno no puede dejar de pensar en ello) la historia más triste, más cruel. La más próxima a El hombre sin talento en sus pensamientos. Tras ella, Paisaje de vecindario se escapa hacia un relato social de los coreanos que se quedaron en Japón, como ciudadanos de segunda o ni tan siquiera ciudadanos. Y La asociación de los cien lugares de interés de Ikebukuro, otra cara más de la búsqueda infructuosa para escapar de la pobreza, de la miseria de aquellos años. Una miseria que no era solo económica, sino también moral.

Instalada en un estado permanente de melancolía, La mujer de la lado es, de nuevo, una obra esencial. Una obra en la que Tsuge parte al encuentro de sí mismo, perdido entre las brumas, y se encuentra en un mundo lejano, pero tal vez el único. Un tiempo nada heroico y, desde luego, ningún paraíso perdido. Todo está ahí. Todas las derrotas, todas las cosas perdidas.

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Hilda y el bosque de piedra, de Luke Pearson (Barbara Fiore)| por Almudena Muñoz

Luke Pearson | Hilda y el bosque de piedra

En pocos años, un algoritmo ha suplantado al esfuerzo que requería decidir según qué baremo decidimos si algo es o no interesante. Esa inteligente máquina de reunir y amasar datos que es Netflix convierte, si no en oro, al menos en estatuilla dorada temporal todo aquello sobre lo que sopla. Y no porque sea un Midas irresponsable; a veces su dedo se posa sobre historias que realmente merecerían más entusiasmo y difusión, aunque ni siquiera la agenda de Netflix las haga saltar a la fama.

La adaptación de la serie de cómics de Luke Pearson es uno de los proyectos animados de Netflix más sorprendentes a medio plazo, pero Hilda aún no es tan conocida fuera de los círculos de lectores asiduos al tebeo y del mercado anglosajón. ¿Se debe esto a que Hilda es una niña? ¿A que el ritmo de publicación de cada tomo es demasiado lento en comparación con la estrategia de Netflix de difundir todos los episodios en un mismo día? ¿O es cosa de esa tierra de nadie en la que se ubica la vida de Hilda, un espacio absorbente adonde va a parar de todo: los conflictos familiares, las criaturas fantásticas y los calcetines desparejados?

Al margen del crecimiento lento pero potente de Hilda en la escena del cómic infantil, sin lugar a dudas su lenguaje lo pone fácil a cualquier adaptación audiovisual, pues Pearson se vale de una ruptura continua de las viñetas para dirigirse adonde necesite la acción. Túneles mágicos, discusiones, narraciones silenciosas con cambios de luz y saltos de perspectiva compiten en este mundo donde conviven lo más diminuto y lo gigante, como personas del tamaño de meñiques y montañosos trols, aunque la medida de referencia siga siendo humana. Hilda y su madre son el epicentro de una serie de aventuras en las que, en realidad, lo extraordinario forma parte del paisaje y su irrupción en el día a día no es tanto un impacto como un incordio frente a lo corriente, como un viernes con planes de helado y juegos de mesa. Al igual que en las películas de Studio Ghibli y los libros de Roald Dahl o Diana Wynne Jones, las criaturas más raras pueden ser invitadas a la mesa tranquilamente y las niñas son decididas, brutas, bocazas, cariñosas y valientes, porque en el mundo de Pearson nada de eso es un apunte especial, sino la norma.

Las cinco historias de Hilda publicadas hasta la fecha no se proponen ninguna moraleja recurrente; es más, aunque la estatura de Hilda no cambie, sí lo hace la relación con su madre y la forma en que afronta los problemas habituales de la niñez, desde mudanzas de ciudad y colegio hasta compaginar las obligaciones escolares con los excesos de imaginación y energía. El trazo de Pearson contiene ecos de otros historietistas que encajaron con todo tipo de lectores, como Morris y Goscinny, y de ese renacer de la animación bidimensional como algo hecho de capas trepidantes y complejas pero estéticamente suaves, tal y como han demostrado las series Gravity Falls (2012-2016), Más allá del jardín (2014) y el próximo remake de Patoaventuras. Hilda y el bosque de piedra es la primera entrega que no ofrece una aventura cerrada, sino un cliffhanger final totalmente opuesto a la filosofía de consumo de Netflix. Una llamada, quizá, a que no olvidemos a Hilda mientras se fragua una nueva historia, y a ese tejido entre la insatisfacción y lo satisfactorio que rodea nuestro trato con la ficción desde que somos pequeños.

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Cosmonauta, de Pep Brocal (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Pep Brocal | Cosmonauta

Convertirse en uno de tantos cosmonautas que escapan del mundo actual, de esta tierra presente o futura, para encontrar la nada, o un dios, tal vez Dios. Escapar de lo colectivo, de las relaciones sociales, de la frustraciones y fracasos compartidos, para encontrar la soledad sin piernas de una cápsula espacial con una voz robótica que lo sabe todo, que nos cuenta un poco y que calla, como un humano más, las cosas importantes. Atravesar el espacio en una improbable línea recta, unos junto a otros, para no dejar nada al azar (o dejarlo todo), para que alguien tenga que encontrarse necesariamente con esa divinidad a la que exigirle cuentas. Con un catálogo de reivindicaciones, de seres humanos airados por el abandono de su creador o por las imperfecciones, enormes, de su obra. Esto sería Cosmonauta, la última obra de Pep Brocal. Un viaje desesperanzado de miles de años, en el que no se busca nada, más que huir. Aunque aquello de lo que se huye va con uno mismo. Es él mismo.

Héctor Mosca no tiene muchas pretensiones en esta vida, como casi todos. Tiene un amigo, una amiga y un problema aritmético fácil de intuir. La infancia pasará y será el momento de que la amiga sea novia, el amigo rival. Héctor no es ningún conquistador y su victoria está llamada a ser efímera. Hay derrotas que valen por toda la batalla y, cuando uno no es capaz de abrazar eternos rencores o esperar una oportuna venganza, solo queda escapar, subirse en una moto y convertir en hombre bala lanzado hacia algún punto en el horizonte. Eso si no surge la oportunidad de que ese horizonte sea espacial y el hombre bala pueda llegar más y  más lejos, allí donde nadie ha llegado. Cuando la tierra ya no es suficiente, queda el espacio. Cuando todo ha ido mal, queda buscar al responsable de tal desbarajuste.

Pep Brocal construye una Odisea a la inversa, desprovista de monstruos y mitologías. No se trata de volver a Ítaca, sino de huir de ella. No se trata de encontrar a Penélope, sino de huir de ella. No se trata de una road movie, porque nada rueda ni nada es peliculero. No es una es una odisea en el espacio porque nada tiene de aventurado, y ni tan siquiera podemos esperar que aparezca algún alien, simplemente porque no cabe. Sí, Cosmonauta es un libro nihilista. Pero divertido (como si fueran cosas contradictorias… No, al menos desde aquel pez llamado Wanda, no lo son). Un libro con ese azul metálico, espacial y frío, que hace juego con la cara impasible de Héctor Mosca, en la que apenas queda sitio para el asombro. Un libro con ese rojo sangre de la vida pasada, que no se puede decir que fuera mejor, pero al menos sí más viva, más veloz. Cuando el tiempo aún se medía por minutos y días y no por años. Y en algunos momentos, todo se confunde, rojo y azul, derrota y derrota.

En Cosmonauta encontraremos grandes derrotas personales y grandes derrotas de la humanidad, y el humor necesario para pensar que, después de todo, es así. Siempre ha sido así. No somos tan especiales. Seguimos esperando quedarnos con la chica, encontrar a dios (uno cualquiera), huir como si ese fuera posible, y que nos solucione la vida una máquina. Un futuro muy parecido al pasado y qué decir del presente. Y la nada por todos lados, como algo pegajoso. Asquerosamente pegajoso. No es un tiempo para héroes y, si lo fuera, estos no serían otro Ulises, sino un Héctor. Sin duda.

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Un policía en la luna, de Tom Gauld (Salamandra Graphic) Traducción de Carlos Mayor Ortega | por Almudena Muñoz

Tom Gauld | Un policía en la luna

Tómese las proteínas y póngase el casco. O bien cómase un dónut y retírese la escafandra para suspirar e intentar entablar conversación con las máquinas. No hay otro propósito en el terruño lunar, una vez cumplidos todos los deseos de Elon Musk, porque nuestras insatisfacciones continuarán rotando en ciclos infinitos. No importa cuánto viaje el hombre triste y aburrido, si la depresión se sube con él al mismo cohete, y esto lo sabe hasta un robot terapeuta.

¿Cuál es su nombre?, dice el cacharro, imitando las costumbres de las personas parlanchinas. Nombre desconocido, suplantado por unas funciones que suenan de rechupete pero que no conllevan ningún esfuerzo: señor agente, señor policía. Podría ser el famosísimo Major Tom, o Tom Gauld a secas, que en todas sus viñetas sencillas y expresivas se dedica a representarnos a todos los demás. Apenas un puñado de palabras, el color blanco y variaciones de saturación sobre un mismo tipo de azul, y ya estamos instalados en la luna, donde de inmediato nos sentimos como en casa. ¿Todo correcto, nota algún tipo de presión? Tómese otro dónut.

La vida aquí no tiene nada que envidiar a la de ahí abajo; es más, la luna dispone de cantidades ilimitadas de tiempo y silencio para invertir en la meditación que tanto persiguen los terrícolas. Puede incluso practicar el movimiento slow, ya que la gravedad no es la misma y tardará horas (si no días) en recibir el correo y el cambio de una máquina expendedora. Nada que echar en falta de la Tierra. Imaginamos que le apetecerá replicar ¿y para qué un policía en medio de la nada, en lugar de unos ingenieros, unos geólogos, un vlogger de viajes? No hay rastro de selenitas que evaluar, ni muchos más humanos de los que llevar un registro.

De entrada, ¿cómo pretende encontrar un oficio lógico en un espacio donde no teníamos nada que hacer? Lo sabe, incluso lo intuía en su país de origen. Consuélese con un dónut, son idénticos a los de siempre. Quizá la luna necesite un policía que controle las ilusiones desmedidas que los humanos trasladan al espacio. Un Neil Armstrong anclado para siempre en el bucle de su descubrimiento, por ejemplo. Las esperanzas de gente corriente que esperaba encontrar… ¿El qué? No se sabe tampoco aquí arriba. Cualquiera se siente agotado por la belleza y los paisajes nuevos. El espíritu que quería encontrar la paz en la luna al final siente de nuevo el tirón de la Tierra, como un perro fiel que regresa siempre a casa.

Rogamos en todo caso que reconsidere la situación. Tiene coches voladores. Hay palmeras encapsuladas. Cada semana lo cambiaremos de habitáculo para recibir el estímulo de un ambiente nuevo. Las mejores franquicias de café y bollería esperan instalar un punto de venta en breve. Pruebe, pruebe un dónut. ¡Hasta el robot terapeuta es auténtico y no cobra por sesiones! ¿Sigue sin gustarle? ¿Se siente solo, inútil, invisible, olvidado, el único humano de la colonia, y la luna le parece tan triste como declamaban todos esos viejos poetas? Por favor, antes de partir siéntese un momento y vea cómo son realmente las cosas azules y blancas en este trozo de firmamento: tal vez la cara oculta de la luna es que aquí arriba aún hay esperanza. Eso es, respire hondo, aprecie lo ridículo y hermoso que es todo, que su vida cabe en un pequeño libro sin apenas texto. Y tómese un dónut.

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Los lobos de Currumpaw, de William Grill (Impedimenta) Traducción de Jorge García Valcárcel | por Almudena Muñoz

William Grill | Los lobos de Currumpaw

En el museo de Philmont, en Nuevo México, se conservan dos fotografías originales de los protagonistas de esta historia. Las dos en blanco y negro, ambas retratos de un par de personajes que miran a cámara con un gesto que parece sonriente; posturas casi idénticas, las mismas líneas de fuga. Una es de un hombre, la otra muestra a un lobo. Sabemos que es el azar y nuestros ojos deseosos de romanticismo lo que lleva a descubrir similitudes pasmosas en momentos sin relación de personas (o animales) destinados a cruzarse más tarde. Para el narrador y dibujante William Grill, con esas delgadas líneas se teje el mapa del delincuente, las conexiones entre el horror y la lección que sirven de tablero de corcho para nuestro deporte favorito: la autopsia del pasado sobre el presente.

La región de Currumpaw (también escrita como Currumpah o Corrumpa) evoca los olores de la primera Norteamérica colonizada, a cebollas salvajes, sangre de bisontes y caballos exhaustos y sudorosos; a un paisaje saqueado e injusto, en definitiva. Todo lo que sabemos del pillaje y criminalidad de los primeros exploradores blancos en el Oeste anula el aura de aventura que tenían las novelitas de a centavo. Podría decirse que Grill comienza su homenaje hechizado de la misma manera, arrastrando los lapiceros de colores sobre las llanuras y los cielos intensos. Al contrario que en su anterior volumen, El viaje de Shackleton (2014), en Los lobos de Currumpaw opta por el paisajismo en lugar de por el tono divulgativo de los despieces, la subdivisión del suceso histórico en las pequeñas piezas reales. Quizá porque no es atractivo conocer todos los elementos de un bando condenado a ser brutal o asediado por el otro.

El procedimiento parece recrear el esquema de aquel bello tomo sobre Shackleton en la Antártida, aunque invierta su paleta de tonalidades. La preeminencia de un rojo seco, el de los tejidos indios y las banderas déspotas, finalmente sirve de marco para la gran revelación final: Los lobos de Currumpaw no es, como la peripecia del Endurance, un relato trágico y edificante. La obsesión de las gentes de Nuevo México y, más tarde, de Ernest Thompson Seton, no es otra que cosa que pura ansia por ver brillar el rojo que se seca más tarde. La sangre de Lobo, de todos los lobos, se derrama sin otro propósito moral que sacudir la conciencia del cazador Seton y darle la vuelta a su papel histórico, que pasaría a ser el de fundador de las bases de los entrañables Boy Scouts.

A día de hoy, podría argumentarse que la penitencia no elimina el crimen y que las planicies de América no son mejores por tener menos fauna, pero más equipos de defensores de la naturaleza. Como en aquel episodio de West Wing en el que la Secretaria de Prensa se mofaba un poco inquieta de la construcción de una carretera para lobos, Los lobos de Currumpaw se mece en el pantanoso territorio de la vergüenza y el orgullo por la leyenda. Grill lo conduce a sus propios dominios, con sus trazos de viñetas evocadoras y episodios anónimos y medio olvidados. La ilustración pasa a ser algo minimalista, como unas puntadas sobre tela. Mientras, la Historia desnuda su lado oscuro y odioso, idealizado en las antiguas láminas de cuentos como el Lobo, rey de Currumpaw que escribiría el propio Seton. Aquel hombre bigotudo que posaba a la entrada de una cabaña, sujetando una escoba como si nunca hubiese empuñado un rifle, frente al lobo que no tiene otro remedio que recostarse, humillado, en la trampa de la narrativa norteamericana.

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