Aves, de Josechu Lalanda (Ediciones Asimétricas)| por Francisca Pageo

Josechu Lalanda | Aves

Josechu Lalanda, quien nació un día de febrero de 1939 y se crió en plena naturaleza (los Montes de Toledo) durante largas temporadas, es pintor y escultor animalista y ha trabajado de la mano del gran naturalista y divulgador científico Féliz Rodriguez de la Fuente, llevando la fauna a diversos programas educativos y culturales, dando así una visión clara y objetiva de lo que la naturaleza nos da y ha dado siempre. En este libro publicado por Ediciones Asimétricas llamado Aves nos ofrece toda una colección de ilustraciones sobre ellas en la Península Ibérica. De este modo, Lalanda nos acerca el mundo ornitológico para que lo tengamos al alcance de la mano.

La inspiración de Josechu Lalanda, como dice Juan García Millán, bebe de dos fuentes: el romanticismo y la ciencia. Es innegable ver cómo ambas se entrecruzan dando lugar a unas ilustraciones que son puro reflejo de lo que Lalanda no sólo ha visto, sino también de lo que ha experimentado en la naturaleza. Lalanda, así mismo y en esta edición, nos cuenta en sus propias palabras cómo se crió y cómo, desde bien pequeño, a los 12 años, ya tendría un gran talento para el dibujo que sería reconocido por su profesor. Por consiguiente, veremos cómo en los próximos años Lalanda se va haciendo un hueco en el mundo natural y artístico debido a su implacable técnica con la ilustración de la fauna ibérica. Más adelante experimentaría con la escultura y también la añadiría como oficio, dando así una completa visión del mundo animal. Los conocimientos del pintor son profundos en anatomía, en los movimientos, en las costumbres y los gestos de los animales, lo cual nos llevará a ver su trabajo muy completo ya que no sólo nos aporta belleza y armonía para nuestros sentidos, sino que también nos educa en nuestro conocimiento sobre la fauna.

Sus dibujos son cálidos, finos y elegantes. Hechos en su mayor parte en acuarela y tinta, esbozan un medio que muy pocas personas conocen y del cual Lalanda no sólo aprecia y vive, sino que también lo traslada como si no pudiera hacer otra cosa. Su amor por el arte, así como su amor por la naturaleza, nos hace ver el mundo animal de una manera nada llana y ajena, sino espléndida y de aquí y ahora -pues su trabajo es totalmente atemporal. Basta con que salgamos afuera y nos fijemos en el cielo, en los árboles, por encima de un matorral o de los montes, para ver las aves que Lalanda tan bien dibuja.

Es irremediable que después de ver y hojear este libro nos metamos más de lleno en lo que las aves nos ofrecen por su belleza. Ya no sólo las miraremos con más calma, con más precisión y con más alegría, sino que nos acordaremos de Lalanda y nos preguntaremos cuan de bella sería una ilustración suya del ave que observamos. Aves es un libro muy, muy cuidado y especial, de una brillante edición y de una selección que se va nutriendo a sí misma conforme vamos pasando las páginas. Sin duda es un libro que regalaría a cualquier amante de los animales, y da igual la edad del destinatario, porque nos ofrece la naturaleza de manera preciosa y ligera, como las plumas de las aves que observamos.

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El Golpe de Praga, de Hyman y Fromental (Ponent Mon) Traducción de Álvaro Nofuentes Hernández | por Juan Jiménez García

Hyman y Fromental | El Golpe de Praga

Hay películas capaces de construir todo un imaginario que permanecerá a lo largo de los años ocupando un espacio necesario. Una necesidad de construir una memoria de un momento que no pudimos vivir, pero tampoco evitar. El final de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, esa especie de despertar colectivo a una realidad aún más escalofriante que la propia guerra. El tercer hombre es sin duda una de esas películas, con un Orson Welles capaz de pasar por encima de Carol Reed, su director, e incluso de Graham Greene, el escritor de la novela original. Greene planteaba un asunto interesante. Pese a todo aquello que perdimos con el fuego, aún había todo un mundo, escondido, formado de sombras, que seguía aprovechándose de ese otro mundo en ruinas. Un mundo en el los criminales podían seguir siendo criminales y en el que participaban agentes secretos de todas partes. Dobles o triples, si era necesario. El propio Greene sabía mucho de eso, y sobre él mismo, sobre su misterio, que era mucho, se construye este El golpe de Praga, de Hyman y Fromental.

Graham Greene llega a Viena para participar en el guión que adaptará su novela, El tercer hombre. Allí se encuentra con Elisabeth Montagu, una mujer que supo hacer suyo aquel tiempo que le tocó vivir. Actriz de teatro, también frecuentó el cine, y, en este caso, haría de acompañante vienesa del escritor inglés, encargada por la productora del lejano Alexander Korda. Jean-Luc Fromental construye la historia más fascinado por ella que incluso por el Greene, siguiendo algunos datos reveladores de aquellos tiempos que han aparecido con los años, alrededor de la relación que este mantenía con el MI6, algún famoso espía y turbio personaje. El telón de acero está a punto de caer y es cuestión de ir cogiendo posiciones para evitar quedar en el lado equivocado.

Aquella Europa central abandonada por los nazis (abandonada… tal vez), vivía entregada no solo a la supervivencia (que siempre es cosa de pobres) sino a los negocios, que, en un paisaje en ruinas (también morales) siempre crecen bien. El Golpe de Praga, por tanto, solo podía ser una novela negra, un cómic noir, oscuro, lleno de incertidumbres y de preguntas, que poco a poco van encontrando su respuesta, no siempre satisfactoria, no siempre para todos. El dibujo de Myles Hyman nos entrega una ciudad invernal, de colores otoñales, rica en detalles. Pero esa abundancia de detalles también está llena de rincones y pliegues, y tras una Viena crepuscular o una Praga de futuro incierto, se esconde otro mundo.

Hyman y Fromental construyen un cómic sólido, entre la intriga, la aventura, el policiaco o el retrato de un tiempo. Entre la verdad y lo incierto, entre el pasado difícilmente olvidable, el presente que hay que exprimir y un futuro incierto del que surgirá otro mundo, otras guerras, frías, grises, escondidas, menos evidentes. Un mundo del que no logramos escapar los que llegamos mucho después y que, tal vez, aún sigue vivo en sus planteamientos. Todo ello acompañado de los apasionantes retratos de Graham Greene y Elisabeth Montagu, que vivieron todo aquello con pasión, conocedores de estar en un momento no solo irrepetible sino decisivo. El fin del mundo antiguo, el principio de un nuevo mundo.

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Pensar no es buena idea, de Rafa Maltés (Ediciones Asimétricas) | por Juan Jiménez García

Rafa Maltés | Pensar no es buena idea

Vivimos en los tiempos del descrédito y la desconfianza hacia la prensa escrita. Ya no es una cuestión de papel o no papel. Simplemente aquello que leemos se aleja cada vez más de esa realidad que vivimos, y, en el mejor de los casos, nuestras querencias por tal o cual medio solo son una cuestión de distancia, sin que nada acabe de convencer. Es inquietante. Sin embargo en casi todos ellos hay un espacio de una extraña credibilidad, lo cual nos lleva a pensar en aquel programa de humor de la televisión británica que fue pionero en dar las noticias desde una visión irónica. Ahora la parodia es más cierta que la realidad. Así, las viñetas gráficas de los periódicos han tomado el testigo de una verdad que escurridiza. Encontramos en ellas lo que no logramos encontrar en toda aquello que las rodea.

Por otro lado, la ironía es un concepto tan resbaladizo como otro cualquiera. En este sentido, no deja de ser emblemática la obra de El roto, que en su seriedad no deja de ser un sarcasmo que se enfrente a eso que está, que se nos impone, que se no intenta hacer pasar por lo que hay. Sin solución. E instalado no muy lejos de El roto se sitúa la obra de Rafa Maltés, con todos sus matices, otras querencias y puntualizaciones. Publicadas en el diario digital Nueva Tribuna, se recogen ahora en un libro palpable y deseable por Ediciones asimétricas.

Hay algo en la obra de Maltés que me lleva hasta el grafiti. Al grafiti como expresión política. Como grito callejero y anónimo. Su trabajo sobre la fotografía llevado a una mancha negra, a una sombra, a una intuición, podríamos encontrarlo alguna pared y no nos sorprendería, como tampoco que sus mordaces, incisivos, comentarios formaran parte de otro mayo del 68 que ya no llegará. Los gritos se parecen unos a otros, porque la desesperación, las dudas y los miedos siguen siendo los mismos, ahora como hace años. Sus viñetas no siempre necesitan esos textos para ser entendidas, pero otras se convierten en el hilo necesario que las ata a la realidad. O su contrapunto.

A veces, los gritos son apuntes, reflexiones. Una viñeta, una ilustración que nos hace pensar, en su fugacidad (aunque siempre aspiren a permanecer, a dar vueltas en nuestras cabezas, siempre demasiado ocupadas). Un destello, una confirmación, una intuición. Una invitación a pensar por nuestros medios, sin las evidencias de los textos. Un lugar para el doble sentido, el triple, como los saltos mortales. Otra cosa que ya las noticias no pueden darnos, empeñadas en darlos las directrices adecuadas y las debidas consignas. Cualquier ilustración es una invitación a un momento de silencio. Con o sin texto. Y así, como en aquella voz de la luna, en ese silencio, tal vez lleguemos a comprender algo.

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Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo (Astiberri) | por Juan Jiménez García

José Domingo | Aventuras de un oficinista japonés

Un día, sales de trabajar. Trabajas en una oficina. En Japón. Coges tu maletín y caminas. Vuelves a tu cubículo en el que nadie te espera y tú no esperas a nadie. En realidad no esperas mucho de la vida, pero mira por dónde, la vida espera algo de ti. O no. Simplemente juega contigo. Podríamos ser tontamente positivos. Es simplemente que, el día menos pensando, empiezan a ocurrir cosas. Alguna cosa, demasiadas cosas. Unos yakuzas se lían a tiros en la calle y ahí se lía todo. Tu corres y corres y, cuando te das cuenta, te enfrentas a conejos, sectas, yetis, diablos, caníbales y vete a saber cuántas cosas más. No, nuestro oficinista japonés, al menos por un día (o por unos meses), no será un Fernando Pessoa entregado a una visión poética de su existencia gris. Nuestro oficinista japonés pasará una temporada en el infierno.

A un ritmo de dos por dos, de cuatro viñetas por página, de cuatro gloriosas viñetas por página, José Domingo reconstruye una realidad dislocada que tiene tanto de japonesa que podría ser española. Sí, cierto es que en nuestro imaginario no encajan muy bien los yokais, esos monstruos de formas extrañas, como tampoco ese imaginario kaiju de aparatosos monstruos (de nuevo) gigantescos enfadados con el mundo y enfrentados entre sí. Pero bueno, todo lo demás es parecido. En la irrealidad que nos propone uno se siente bien. La carrera de nuestro hombre gris es bien loca. En una viñeta está contenido el pasado y el futuro, cuya conjunción se llama presente. En sus enormes viñetas, tropezamos continuamente con los detalles. Nos gustaría ir corriendo, saltando de una en otra, pero nos paramos en los detalles. No hay palabras, y podríamos pensar en un gordo y un flaco que son una sola persona. En vez de destruir ellos el mundo, el mundo les destruye a ellos.

Como en aquellos videojuegos de los que bebe, los niveles se suceden, las pruebas son más terribles, el humor más delirante. Las referencias se cruzan como balas disparadas en todas las direcciones. No hay ninguna princesa. Bueno, sí, una, pero cuando la conquista, lleva bonus. La vida es un vómito continuo, un revoltijo de mil cosas comidas. Y en esta sociedad consumista, hemos comido demasiado. Por voluntad o a la fuerza. Y luego, hay gente por todos lados. ¡Hostil! Ni tan siquiera es posible fiarse de los conejos, animales traicioneros. Las viñetas suben y suben. Cosas de los pactos con el diablo para lograr recuperar el corazón perdido del protagonista. Máquina de pinball, hay que seguir golpeando furiosamente la bolita.

Nuestro oficinista no puede pasar desapercibido. El dibujo de José Domingo tampoco. Un mundo lleno de color que no renuncia a la oscuridad, atravesado por la inteligencia de una puesta en escena esencial. En el cine mudo todo nos habla. Aventuras de un oficinista japonés tiene muchas lecturas siendo un libro visual. Una de las posibles es la guía de lectura de Gerardo Vilches, que cierra la estupenda edición de Astiberri. Una guía que nos hará volver sobre las viñetas, sobre nuestros pasos, para disfrutar una vez más de las correrías delirantes de nuestro hombre, que parece salido del Minecraft.

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El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (Libros del zorro rojo) Ilustraciones de Enrique Breccia. Traducción de Sergio Pitol | por Juan Jiménez García

Joseph Conrad | El corazón de las tinieblas

Buscamos tantas cosas y tan desesperadamente… Leemos tantos libros y demasiadas veces creemos encontrar obras maravillosas, obras maestras, lecturas imprescindibles,… Necesitamos creer en la belleza como otros necesitan creen en dioses. Muchos o uno solo. O no creer en nada, cosa difícil, incierta. Creemos en esa belleza como algo fácilmente reconocible. Algo que es. Que no admite dudas, porque está ahí, a la vista de todos. Es. Sin embargo, la belleza está tan próxima a lo terrible… Eso debería hacernos desconfiar. Sin esa sombra no puede existir aquella luz. Entonces, pensamos en todas aquellas lecturas que nos han conmocionado, aquellas en las que un temor, un miedo indefinible nos ha atravesado. Hemos gastado todos los adjetivos. Y entonces llega un libro como El corazón de las tinieblas y ya no nos queda nada por decir. Habría que inventar todo un nuevo lenguaje, devolverle su sentido a tantas palabras,…

El corazón de las tinieblas es un viaje a través de la oscuridad. Joseph Conrad utilizará una y otra vez esta palabra o cualquier otra que nos entregue ese destino en sombras. Marlow busca una voz como otros buscan un temblor, algo que nos haga salir de unas vidas confortables, después de todo. El África colonial, la selva, no son más que nuestro destino. El río, esa cicatriz que nos abre de arriba abajo, invisible pero cierta. Piensa que la única manera de explicarlo es decir que no partió al centro de un continente, sino al centro de la tierra. Pero ahí también se equivocaba. Su viaje era hacia el centro de uno mismo, hacia el interior, hacia ese lugar más oscuro. También dice: Vivimos como soñamos… solos. Kurtz, su búsqueda, perdido allá lejos, en uno de los finales posibles de ese río, entre la selva, la muerte, los ritos y el marfil, no está menos solo que él.

Marlow descubre que el verdadero motivo de su viaje es oírle (ni tan siquiera verle, solo oírle). Él era una voz. Era poco más que una voz. Y sin embargo, esa voz es todo. Todo lo que queda cuando ya no queda nada. Todo un mundo que se hunde, arrastrando tras de sí cadáveres y muerte. Un tiempo primitivo, jugado contra geografías íntimas y naturalezas vivas. Un tiempo para los dioses, para aquellos que tenían que construir el mundo, poner orden en el paraíso, apropiarse de todo aquello que uno encontraba. Y eso solo puede hacerse desde el horror. Última palabra para nombre el mundo. Para transformarlo y ser transformado.

Como Sergio Pitol, tan solo podemos escribir una invitación a la lectura de El corazón de las tinieblas. Leerlo es una experiencia personal (sí, todas los son, pero…). Conrad escribe un libro de aventuras africanas, pero en él están encerrados todos los misterios del alma, algo en lo que solo parecían creer los rusos, pero que aquí se convierte en tangible, en algo palpable. Hacerlo en esta edición de Libros del zorro rojo tiene además el añadido de las ilustraciones de Enrique Breccia. En ellas se encuentra el mismo temblor, el mismo enigma. Hay libros que creemos haber leído mil veces sin haberlos leído nunca. Ejercicios pendientes, encuentros una y otra vez demorados. Hasta llegar a ellos, hemos recorrido nuestros propios ríos. Y como ese marinero que habla y habla mientras el barco permanece entre la niebla londinense, sabemos que hemos esperado y vagado por ahí para que, finalmente, llegue un día en el que poder leer sus palabras. He llegado.

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Shazam. El poder de la esperanza, de Paul Dini y Alex Ross (ECC Cómics) Traducción de Bárbara Azagra Rueda | por Óscar Brox

Paul Dini y Alex Ross | Shazam. El poder de la esperanza

Probablemente, una de las mayores contribuciones creativas de la carrera de Paul Dini se encuentre en su revisión, junto a Bruce W. Timm, de la figura de Batman. De aquel Batman cuya eclosión aunaba el espíritu de las películas forjadas por Tim Burton con la estilización y los ambientes de los Detective Comics. Un Batman cuya encarnación animada fue, a buen seguro, la última gran representación del personaje creado por Bob Kane. Y decimos probablemente porque la de Dini es una de esas carreras con tantas luces (una vez más, el universo Batman y la creación de un personaje como Harley Quinn; Superman y su Paz en la tierra) que resulta difícil entresacar una del conjunto. De ahí, pues, que la recuperación de ECC Cómics de El poder de la esperanza, que volvió a juntar a Dini con los dibujos de Alex Ross, suponga una extraordinaria noticia.

Con Shazam, Ross y Dini concentraron su interés por explorar a los grandes superhéroes del universo DC a través de una mirada, digámoslo así, humanista. En una línea parecida a la que Jeph Loeb y Tim Sale aplicaron sobre Superman en Las cuatro estaciones, ahondando en ese paisaje emocional en el que Clark Kent fraguaba sus primeros pasos como superhéroe. Pura bonhomía traducida a los entornos rurales de Smallville. Con el Capitán Marvel, Dini y Ross sintetizan las claves del personaje desde su mitología para, a lo largo de la obra, acercarlo a ese entorno humano en el que convive Billy Batson, su alter ego, y en el que Shazam representa una fuerza de esperanza. De hecho, guionista y dibujante se aplican a la hora de desmenuzar cómo se refleja el poder de su protagonista sobre los demás; sobre una población que, en este cómic, pasa a un primer plano para ayudar a calibrar los sentimientos del Capitán/Billy Batson.

Es por ello que cobra tanta relevancia el dibujo hiperrealista de Alex Ross, la precisión con la que retrata el espectro emocional de su personaje y lo aísla en viñetas estáticas que son, en sí mismas, narraciones en un cuadro. El orgullo, la bonhomía, la aceptación que describen el viaje de Shazam y sus aventuras, pero sobre todo el contacto con los niños de un hospital que, en cierto modo, expresan la definición de esa esperanza encapsulada en la figura del superhéroe. En su descomunal anatomía, acentuada por el dibujo de Ross, que pone de relieve la escala diferente en la que se encuentran uno y otros, pero que sin embargo el calado emocional de ambos puede acercar hasta agruparlos en un mismo paisaje. Quizá porque, frente a otros héroes marcados por su destino solitario, el de Shazam resulta más bien global. Como encarnación de la esperanza que cada cual pone a resguardo, en el mejor sitio posible, para recordarse que no todo está perdido.

Si Dini toma el argumento del álbum para reflexionar sobre el papel del superhéroe en una sociedad contemporánea como la nuestra, Ross emplea su dibujo para ensayar su anatomía, sus hechuras de mito (y, no en vano, las de Shazam lo son) y su pervivencia dentro de un mundo que no deja de cambiar. De progresar y evolucionar en diferentes direcciones. De ahí, pues, que El poder de la esperanza comparte ese aroma retro, vagamente tradicional, con una fundamentada disección del carácter del héroe y su lugar en la sociedad. De ahí, pues, que los dibujos de Ross sepan cómo reflejar al mismo tiempo la vulnerabilidad de las emociones humanas con la inmortalidad de las figuras superheroicas. La dualidad, en definitiva, que expresa la narración de Billy mientras glosa las numerosas aventuras del Capitán Marvel.

Shazam. El poder de la esperanza es como esas portadas inolvidables de Chip Kidd, una historia en la que Paul Dini y Alex Ross ponen sus virtudes al servicio de un personaje convertido en mito. Que no necesita explicación, sino un acercamiento humano; comprensión, que no admiración. Un personaje descrito en su bonhomía, en sus apariciones prácticamente divinas, en la fragilidad con la que interviene en los asuntos humanos. El héroe reducido a las emociones. Los sentimientos de un adolescente puestos al servicio de un Dios. De ahí que las escasas 70 páginas que comprenden este volumen supongan una auténtica delicia y, al mismo tiempo, un extraordinario estudio de lo que significa ser un superhéroe. Todo ello, encapsulado en esa luz con la que Ross ilumina el rostro de su criatura. En esas facciones talladas de manera hiperrealista, trabajadas con modelos al natural. Con la intención de colocar a Shazam al lado de los humanos, como otro elemento más que nos ayuda a entender en qué tiempo vivimos, pero también qué tiempo construimos entre todos.

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Puertadeluz, de Luis Bustos (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Luis Bustos | Puertadeluz

El futuro, como muy bien nos enseñó la ciencia ficción europea (en especial Andrei Tarkovski) es igual que el presente pero sin apenas nadie. Lo verdaderamente terrible de los años que vendrán es que estaremos solos. En los mismos lugares, pero solos. Últimos habitantes de unos mundos agotados, como tierras mil veces sembradas y recogidas. Entre todo, tal vez el paisaje español posterior al boom y, más tarde, a la crisis, es un lugar perfecto para nuestras peores pesadillas a años vista. Luis Bustos debió entenderlo también así, y Puertadeluz se instala ese presente deshumanizado que es el futuro para contarnos una historia negra por una multiplicidad de razones: género, tinta, historia.

Un día los padres de Alicia se trasladan a una urbanización digna de nuestra burbuja inmobiliaria. Está lejos de todo, en ninguna parte, y tiene su correspondiente centro comercial, ese lugar de ocio al que aspira nuestra clase media, ahora tirando a baja, que se creyó alta. Unos años después solo quedan carteles de “en venta”, un mundo destruido y unos vecinos que malviven, pensando aún así que peor se estaría en otro lado. Los brillantes edificios, todos iguales, todos geométricamente bien dispuesto, son ahora estructuras fantasmas. Y, entre todas esas estructuras fantasmas, destaca ese centro comercial abandonado.

Nada parece ya funcionar. La madre se marchó y Alicia tiene ahora un hermano y un par más de críos que son sus amigos, y un montón de tiempo libre para aburrirse. El mundo que ha quedado es un peligro constante, con bandas nómadas de oscuras intenciones, y la única aspiración que puede uno puede tener es vegetar de cualquier manera. Pero esa no es la aspiración de una adolescente ni de unos críos, siempre necesitados de aventuras. Y el centro comercial es su lugar. Un fortuito y aparatoso descubrimiento precipitará las cosas y los llevará a un punto de no retorno.

Con un tono entre la novela negra y la novela social (tantas veces coincidentes), Luis Bustos traza una historia de un mundo posible, a través de unos paisajes reconocibles. Si ha tenido que desplazarla unos pocos años hacia adelante no es precisamente por falta de escenarios posibles. Ese mundo en ruinas, pero no antiguo, ese mundo construido, hecho de ladrillos y aire, se convierte el mismo en un protagonista más de la historia. El dibujo de Bustos nos entrega esos inmensos espacios de la nada para que los habiten, compulsivamente, seres sin esperanza, y solo los niños y los jóvenes son capaces de pensar que hay algo más. Como en aquellas películas de Zatoichi en las que el espadachín ciego abandonaba pueblos tras los que tan solo había quedado muerte y desolación, solo quedan las carreteras desiertas hacia ningún lado.

No, no hay mucha esperanza en Puertadeluz. Solo oscuridad y fantasmas. Las utopías capitalistas del presente, las especulaciones de nuestros días, son las pesadillas del futuro. Luis Bustos traza un contundente retrato de todo ello, que no por desolador deja de ser menos justo. Y además vuelve a instalar el género en el lugar que le corresponde, como revelador de mecanismos y retrato implacable.

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La Cárcel de Papel. Diario de un lector de tebeos (2002-2016), de Álvaro Pons (Confluencias) | por Juan Jiménez García

Álvaro Pons | La Cárcel de Papel

Unos apuntes totalmente personales a partir de La Cárcel de Papel. Hay que decir que el periodo que abarca este libro (2002-2016), que es también el de aquella página homónima, coincide en buena medida con mi propio recorrido personal, ligado al cine asiático, en mi caso. Cambian algo las formas (el blog por un foro), pero no cambian de ningún modo los tiempos y las experiencias y, también, el aire de un tiempo que se perdió en algún momento, entre fotografías siempre iguales y pensamientos nunca superiores a los ciento y poco caracteres. Un tránsito que responde a unas razones muy profundas y que, al leer La Cárcel de Papel, se vuelven a hacer evidentes (aunque no nos cabe la más mínima duda a aquellos que lo hemos vivido). Las razones profundas son que en algún momento en internet se tuvo la voluntad de intercambiar (no solo archivos, sino pensamientos, experiencias, cosas que nos habían emocionado), de encontrarse con los demás, mientras que ahora nos conformamos con sumarlos a un número de seguidores (irónicamente llamados amigos) y con decir algo ingenioso, de tanto en tanto, sin la más mínima esperanza de llegar a nadie. Álvaro Pons dice que La Cárcel de Papel, su blog, solo tuvo la fortuna de llegar el primero. Tal vez. Pero lo cierto es que más allá de eso tuvo la misma voluntad de otros tantos: transmitir aquello que le apasionaba a los demás. Con argumentos, con palabras, con aquellos textos interminables que escribíamos pero que nos resultaban (misterios) más sencillos, más fáciles, más evidentes, que esa línea o medio párrafo que se nos pide ahora. No, no es que ahora todos tengan menos tiempo para leer. Desgraciadamente es que nos hemos instalado en la nada, el chismorreo o, peor, la indiferencia. Dicho lo cual…

Leer La Cárcel de Papel es, por encima de todo, leer la historia social del cómic en nuestro país en los últimos quince años. Tal vez no tantos, porque aunque abarca todo estos años, lo cierto es que el último lustro no está igualmente representado (ese momento en el que la vida real se impone). Pero, en todo caso, las discusiones, en este arte como en los otros, son eternas: género contra autor, superhéroes a la deriva o no, grapas, tomos, formatos, editoriales, derechos, autores intocables o perfectamente manoseables y así hasta cualquier cosa, precisamente porque antes a todo el mundo le daba por discutir. Y como no valía con un me gusta o con poner redondeadas caritas de enfado, las discusiones eran kilométricas, siempre con la confianza de que, en una de esas, lograbas convencer al otro (u otros). En aquellos tiempos, hasta los trolls daban sus razones. Seamos sinceros. Dentro de quince años nadie podrá recopilar un libro como este.  O será un libro bien pequeño. Pero no, no es justo. Hay todavía gente que sigue pensando que es posible escribir y hasta convencer. Solo desde la vejez y el cansancio del corredor de fondo, se ve todo un poco más oscuro. Otro día hablaremos de los lectores.

No estamos ante un libro de reseñas de cómics, aunque las haya. Pons ha preferido centrarse especialmente en esa historia social, que, como siempre, es una historia personal. Sus razones son las razones de otros tantos, y, tal vez, lo primero que nos enseñó internet a aquellos que habitábamos en aldeas galas, temerosos de que el cine se viniera sobre nuestras cabezas, es que no estábamos solos. Que tal vez no éramos miles, pero sí los suficientes para sobrevivir con nuestras certezas y dudas. El cómic pasó de ser una diversión para niños a convertirse en un arte, el noveno, que buscaba su propio camino. Y todo eso está reflejado aquí, porque, en lo que respecta a nuestro país, fueron estos los años en los que cambió todo a mejor, hasta llegar a este momento, seguramente difícil de imaginar allá por el principio de este siglo. Y no me cabe la menor duda de que buena parte de esa evolución se debió a que existían sitios como La Cárcel de Papel, capaces a recoger en sí mismos las necesidades de unos lectores desde la individualidad de uno de ellos.

El libro ha conservado las formas del blog. No hay reescritura y esto, que algunos les puede chocar, forma parte también de su encanto, al preservar otros modos, más directos, más personales, de encontrarse con los demás. Dividido en varias partes, que abarcan desde el día a día de un lector de cómics hasta la reseña de aquellos que considera imprescindibles, tiene el rigor de uno de los mayores expertos de cómics de este país y la intimidad de quién escribe un diario, por muy público que este sea. Y, con ello, la sensación, página a página, de compartir una histórica común, con sus acuerdos y desacuerdos, pero viva.

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El cumpleaños de Kim Jong-il, de Aurélien Ducoundray, Mélanie Allag (Astiberri) Traducción de María Serna | por Juan Jiménez García

Aurélien Ducoundray, Mélanie Allag | El cumpleaños de Kim Jong-il

Nos hemos acostumbrado a entender el mundo solo desde nuestra posición privilegiada en la que casi nunca ocurre nada y solo, de cuando en cuando, nos llegan las amenazas de los otros. Corea del Norte es un peligro desde el momento que sea capaz de lanzar un bomba nuclear sobre los demás, pero poco nos interesa saber qué ocurre allá dentro, en ese lugar cerrado y olvidado, otro paraíso artificial más, lleno de objetos sin vida. No nos faltan testimonios, pero nos sobra la voluntad de mirar para otro lado. Guy Delisle ya se había acercado en su revelador Pyongyang a la vida cotidiana, al absurdo de cada día, de este país, poco más que el escenario de una película del oeste, en el que tras las fachadas de cartón piedra no hay nada. O peor, vidas humanas. Ahora Astiberri, precisamente, nos acerca de nuevo a través del cómic esa Corea del Norte poblada de fantasmas. Y lo hace a través de la única mirada que se presume inocente: la de un niño.

El cumpleaños de Kim Jong-il es el relato de Jun Sang, de ocho años. Desde la devoción inevitable hasta la decepción, igual de inevitable. No se trata de una cuestión ideológica. Jefe de las juventudes patrióticas de su barrio, su historia podría ser igual a la de cualquier niño en un régimen dictatorial, todos amantes de los estandartes, los retratos, las fronteras (con sus monstruos exteriores), el pensamiento único, las frases hechas de verdades pronunciadas a gritos que no esconden más que calladas mentiras. Todos han tenido su formación específica para niños, para destrozarles la infancia y dejarles sin ninguna vida de escape, cuando llegue la edad adulta. Jun Song solo conoce una realidad incuestionable y está dispuesto a imponérsela a los demás, como los demás se la han impuesto a él. No hay ninguna contradicción desde el momento que no conoce otras alternativas.

Sí, hay sombras en su presente. Unos abuelos de los que no puede ni decir el nombre y debe dar por muertos y el descubrimiento, un día, de una terrible verdad. Además, sobre Corea del Norte y siempre por culpa de los demás, ya sean demonios, fantasmas o muertos vivientes, se abate un terrible hambruna. Y ya sabemos que el hambre tiene muy mal reparo si solo se cuenta con la publicidad y con decir lo sano que es comer dos veces en vez de tres cuando no puedes comer ni una. El mundo de Jun Sang se vendrá abajo y con él su infancia.

Inspirado en testimonios reales, Aurélien Ducoudray escribe el guión de una obra que juega entre el testimonio documental y un retrato de niños que juegan, demasiado pronto, a ser como sus mayores (hombres grises eternamente asustados y paranoícos). Una vida bajo el culto a la personalidad y el aniquilamiento de la propia. Lo primero es factible para un crío, tan necesitado de superhéroes, pero lo segundo se convierte en algo imposible, solo al alcance de una edad adulta tan dispuesta a la renuncia, siempre y en cualquier lugar del mundo. Primer álbum de la dibujante Mélanie Allag, sus imágenes se pasean entre el culto a un mundo que no existe, la realidad que está por todas partes, mal escondida bajo alfombras inexistentes, y la ausencia de color de la destrucción del hombre y su muerte. El conjunto es una obra terrible (porque terrible es vivir en un mundo así), de niño que desnuda una vez más a todos esos emperadores que no rodean. Y a uno le gustaría creer que es a través de estas obras y no de portaaviones y submarinos nucleares, que todo podría ser diferente, que todas las pesadillas podrían acabar. Pero no. Siguen las mismas palabras, las mismas amenazas, y la muerte por todos lados.

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Venecia, de Jiro Taniguchi (Ponent Mon) Traducción de Carolina Smith de la Fuente | por Óscar Brox

Jiro Taniguchi | Venecia

Hay en la obra de Jiro Taniguchi un dulce sentido de la melancolía, cada vez que la memoria del pasado envuelve a sus protagonistas; cuando, repentinamente, encuentran la necesidad de escarbar en sus vínculos familiares en busca de aquellos lazos perdidos, frutos de otros tiempos, que de alguna manera también han forjado el carácter de estos. Tal vez por ello, El almanaque de mi padre sea una de sus obras mayores, por lo que tiene no solo de reconstrucción de la memoria familiar, sino también de un fragmento de la Historia de Japón. Venecia, que publica Ponent Mon, es un cuaderno de viajes, prácticamente una sucesión de postales, dibujos y acuarelas, en los que Taniguchi recurre al pasado para localizar las huellas familiares en esa ciudad italiana que visita por primera vez. Esa en la que el abuelo pintor se labró parte de su reputación, en la que nació su madre y quedó sembrada una pequeña raíz familiar. Tan minúscula y sensible como son, por otro lado, sus historias.

En Venecia, pues, las líneas de diálogo apenas abarcan una mínima orientación entre paisajes, casi a modo de intuiciones que su autor desliza a medida que se empapa de la idiosincrasia cultural de ese otro país. Y, sin embargo, uno tiene la sensación de que Taniguchi nos acerca Venecia con la calidez sensorial de aquello que, en primera instancia, grabamos a través de nuestros sentidos. De ahí ese dibujo a doble página de las olas espejeantes del canal veneciano, quién sabe si navegado a lomos de una góndola o de un vaporetto. Un mar de una textura especial, como aquel otro de plástico que Fellini imaginó en su Casanova, en el que Taniguchi refleja sus apreciaciones personales. La sensibilidad con la que ha atrapado esa pizca de un paisaje que desearía ver con los ojos de su familia. De hecho, resulta significativo cómo los primeros compases del cuaderno nos colocan ante ese inmenso azul, de trazo sereno y tonos cálidos, que encierra a la ciudad. En el que, si se aguza el oído, se puede escuchar el canto de las gaviotas y el sonido del campanario desde cuya ventana enrejada se accede a una vista panorámica de Venecia. Con qué sencillez, de forma económica, Taniguchi nos sitúa ante ese sentimiento de extrañeza, pura mirada extranjera, cada vez que tratamos de asentarnos, de no dejarnos gobernar, en un territorio desconocido.

Taniguchi combina los dibujos con los bocetos, las imágenes que retrotraen al recuerdo materno con la presencia física de esa ciudad que recorre a través de sus lonjas de pescado, de sus plazas e iglesias. Quizá para comprender cómo un extranjero podía echar raíces en ese lugar; quizá para identificar en cada espacio un pedacito de su madre. Un gesto, una mirada, un sonido, unas palabras… lo que sea con tal de plasmar ese arraigo que le lleva a poner rumbo a Venecia. Y es que el propio autor reflexiona sobre la permanencia de los recuerdos cuando intenta localizar algún testimonio que le ayude a recordar a su abuelo, tanto tiempo después; a recordar que en algún momento de su vida eligió Venecia como taller artístico. Por eso resulta tan difícil separar el dibujo de Taniguchi del ejercicio de su memoria, pues a pesar del rigor con el que representa cada palmo de la arquitectura veneciana, cuesta no reconocer en sus dibujos, en el preciso uso del color y la combinación de viñetas y páginas dobles, esa sensación de querer trasladar la inmensa calidez de la memoria familiar al papel. Sin palabras, con el deseo de que cada plano, cada boceto, cada viñeta las contenga, como si se tratase de una explicación superflua que cualquiera puede captar tan solo viendo el momento elegido. Ese instante único. No en vano, de eso trata Venecia. En ello reside el arte de Taniguchi: en su capacidad para retratar instantes únicos, moldeados al calor de la memoria. Hermosos, efímeros, tan frágiles que tal vez dejen de existir, dejemos de mirarlos con los mismos ojos, al pasar a la siguiente página.

Tal vez el arte de narrar en imágenes se crease para encapsular aquellos fragmentos de una memoria, individual o familiar, a salvo del fuego del tiempo. De manera que cada vez que uno volviese a mirar cada dibujo encontrase, como por arte de magia, ese momento perdido. Olvidado. Quizá extraviado. El paseo de Taniguchi por la geografía veneciana, a salvo del siroco que atormentaba a los personajes de Thomas Mann, es la delicada reconstrucción de lo que pudo ser aquella otra vida materna secreta. Lo que fue, y ya no es. Y nunca esa búsqueda de los antepasados familiares contó con una ilustración tan bella. Con ese dibujo que, tras su muerte, nos recuerda que Taniguchi fue, en muchos aspectos, un artista de la memoria; también de la soledad. Cada vez que los vínculos familiares despiertan un dulce sentimiento de melancolía en el corazón. Cada vez, en fin, que el lápiz, el color y la viñeta se convierten en el billete para viajar al pasado en busca de sentido.

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Apache Junction, de Peter Nuyten (Ponent Mon) Traducción de Maria Rosich | por Óscar Brox

Peter Nuyten | Apache Junction

Probablemente, las ilustraciones más bellas del western sean obra de Frederick Remington, quien asimismo fue cronista de excepción de su crepúsculo, aplastado ante el imparable avance del progreso. De aquellos años en los que Gerónimo ponía en pie de guerra a la administración americana, o en los que las comunidades indias quedaban separadas, apartadas en reservas cada vez más insignificantes, empujadas por un hombre blanco que le ganaba la partida a la naturaleza indómita de un país que comenzaba a sufrir transformaciones cada vez más drásticas. Años en los que el recuerdo de Billy el Niño quedaba registrado en una fotografía. Años, en definitiva, que reescribían el sentido de la frontera al achatar los límites entre territorios, haciendo de cada forajido, de la figura del fuera de la ley, su propia frontera. La perfecta ilustración de una época final, en la que el tiempo de aventuras y colonos dejaba su lugar al de la supervivencia y la asimilación.

Apache Junction, tal vez, la obra maestra del dibujante Peter Nuyten, nos traslada a ese instante (casi) final. Con la muerte de Cochise, el marcaje estrecho a las comunidades indias y la asimilación cultural de algunos de sus miembros, el clima de esa América de western recuerda a la fratricida guerra entre Norte y Sur, con los chiricahua y su Lobo Negro como vestigios de otros años de gloria. Y con la frontera mexicana como refugio, como arsenal y escapatoria frente a la presión de los agentes federales que han delimitado el espacio hasta asfixiar a las diferentes tribus indias; tantas, recuerda Nuyten, que prácticamente se desintegran ellas mismas al ser incapaces de encontrar un punto de unión. Quizá porque aquellos eran tiempos en los que cada cual hacía la guerra por su lado. Es por eso que no resulta sorprendente encontrar como protagonista a Roy Clinton, un mestizo hermano de Lobo Negro, que ha dejado atrás sus raíces indias en busca, tal vez, de otro presente. O de otro lugar, entre el polvo de las vastas extensiones desérticas y los puestos de destacamento.

Nuyten nos sumerge en la acción desde las primeras viñetas de la obra, a partir de una encrucijada que une a indios, blancos, renegados, buscavidas y agentes del gobierno. Todos buscan unas armas, el arsenal, cuyo poder puede cambiar el control de parte del territorio. O, quizá, acelerar el proceso de transformación. Parte de la historia tiene como decorado la emboscada nocturna a la casa de los Bellamy, cuyo papel en Apache Junction es el de catalizar esa sed de poder que desdibuja los valores ancestrales de sus personajes. La huida desde San Carlos y la vigilancia desde Fort Apache. De hecho, resulta muy interesante el choque entre los chiricahuas que describe Nuyten, en el que la ley de la sangre y el pasado se imponen sobre la sed de venganza de un presente demasiado obnubilado por sus deseos de poder. O, simplemente, de permanecer en alguna parte de esa tierra conocida. Y eso que en la obra de Nuyten hay lugar para las cabelleras cortadas, la violencia descarnada en las tripas de un cañón, las heridas profundas que casi acaban con la vida de sus personajes y el nihilismo tan propio de una época en la que el éxtasis del progreso despertaba, también, los más bajos instintos por alcanzarlo antes que nadie.

Sin caer en el estilo pictorialista de un Remington, Nuyten construye Apache Junction bajo dos ejes: paisajismo y dinamismo. Cada viñeta narra con habilidad una acción que ni siquiera se detiene en los momentos de aparente calma, sino que acumula tensión a medida que el cerco sobre los protagonistas se estrecha y su vida corre peligro. Uno siente el aliento de la muerte cerca, pues el oeste de Nuyten es un espacio violento, pragmático y feroz, pura extrapolación de los vicios de la sociedad que estaba construyéndose entre el furor del progreso. Y, por otro lado, resulta bellísimo el uso del color en la página. En especial, para dotar de entidad dramática a un paisaje generalmente desierto. En el que el rojo y el amarillo alumbran un cielo de tormenta. Duro, salvaje, mortal. Tanto como la persecución que indios y blancos llevan a cabo para tratar de dar con el arsenal escondido de armas antes que sus competidores. Algo que, paradójicamente, Nuyten narra de manera serena, sin apenas concesiones a las grandes ilustraciones que abarcan una página, construyendo desde la viñeta esa sensación de espacio, de frontera y devastadora soledad que contagia un aire de melancolía al relato.

En Apache Junction encontramos a un Gerónimo casi fantasmal, que camina por el desierto sin la ayuda de un caballo, la historia de amour fou entre Roy y su pasado indio y, en un giro que encantaría al Sergio Leone de Hasta que llegó su hora, los dilemas de una aguerrida viuda blanca atenazada por las deudas contraídas por su marido. Todo ello, en dos extraordinarios tomos (a falta de completar) que respiran el polvo del desierto, el valor y la sangre de una época condenada a desaparecer; una época a la que Peter Nuyten ha rendido un pequeño estudio antropológico en forma de percutante western. De identidad y frontera. O de relato de aquellos hombres que, aunque lo sospechaban, caminaban en dirección a su final.

 

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Tocqueville. Hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot (Ponent Mon) Traducción de Sergio España | por Óscar Brox

Kévin Bazot | Tocqueville. Hacia un nuevo mundo

Probablemente fue la fascinación por América, un coloso asentado al otro lado del Atlántico, lo que dirigió en primera instancia el viaje que emprendieron Alexis de Tocqueville y Gustave de Béaumont en 1831. Por mucho que, en realidad, el argumento de aquella aventura fuese el estudio del sistema penitenciario y las condiciones políticas, raciales o económicas de la nación. O eso, al menos, es lo que se desprende del acercamiento emprendido por el ilustrador y dibujante Kévin Bazot. Algo que expone con pasión al trazar el viaje hacia el norte de Estados Unidos en busca de una identidad cultural preservada a salvo de cualquier cambio o transformación histórica, fuertemente arraigada a ese territorio originario. Bazot, interesado en los diferentes episodios de la Historia, que suele ser el motivo habitual de su trabajo en el cómic y la ilustración, nos sumerge en esta especie de conquista de América a través de una mirada intimista. Cercana. En la que Tocqueville y Béaumont recorren los territorios salvajes del nuevo mundo con el deseo de encontrar, precisamente, ese viejo mundo que amenazaba con desaparecer ante el impulso constante de la evolución.

Tocqueville comprende un relato aventurero, pero también una serie de apuntes etnográficos preparados para invitar al lector a reflexionar sobre la permeabilidad y la fortaleza de las civilizaciones al cambio. O cómo, hasta cierto punto, la confianza que depositamos en un futuro revela las frágiles, cuando no efímeras, estructuras que sustentan ese pasado cada vez más arrinconado en los márgenes. En esos últimos pedazos de tierra virgen que pugnan con la civilización avanzada para mantener su identidad propia. Su lengua y su cultura. De ahí que Bazot comience presentando a esos dos franceses, extranjeros en un país de emigrantes, fascinados por el ritmo febril de un lugar que nunca parece detenerse. En el que las conexiones, la comunicación y la tecnificación han barrido todas esas mitologías que en Europa son todavía objeto de estudio. Por eso, Tocqueville juega un poco con la frustración de ese viajero, casi más aventurero, contrariado al hallar un país en el que los grandes misterios parece que han sido ya descubiertos. Alejado de esa imagen de la vida en los bosques y de la desobediencia civil que tanta fortuna haría en los textos de autores como Thoreau o Emerson.

En esa paleta de color terrosos que utiliza Bazot, en la que la luz de la sociedad delimita la predominancia de un tono por encima del otro, tiene una especial importancia el momento en el que sus protagonistas culminan su viaje hacia tierras salvajes. Allí, en busca de pioneros, indios y nativos, Bazot rompe la cadencia con la que las viñetas han narrado la historia para dibujar, a página completa, esa visión puramente sensorial del que quizá sea el último rincón salvaje de América. Una explosión de verdes y azules, atrapados en la inmensidad del bosque que se abre ante los ojos de los dos aventureros franceses, atrapa ese instante de genuina fascinación. De terror, emoción y belleza ante un territorio que no se rige por los preceptos civilizatorios de esa otra América que han surcado hasta dar con él. Es importante recalcar este detalle, puesto que Bazot reconstruye las reflexiones de Tocqueville para plasmar con la mayor fidelidad ese momento de libertad. De contacto con otra cultura. Tal vez, también, de aprendizaje de unas costumbres que tarde o temprano desaparecerían borradas en el tiempo. Así hasta mezclarse, en la delicada tensión racial que nunca hemos dejado de vivir, con el avasallador nuevo mundo que imponía su ley desde las imparables transformaciones tecnológicas.

Una obra como Tocqueville, que perfectamente podría funcionar como prólogo a una primera lectura de La democracia en América, invita a recuperar ese pensamiento a propósito de la desprotección con la que determinadas culturas bregan frente a lo que generalmente percibimos como necesarios avances globalizadores. Esos que laminan o empequeñecen los ya de por sí minúsculos detalles de carácter que nos ayudan a diferenciarnos los unos a los otros. De ahí que, más que antropológica, la mirada de este Tocqueville en formato de cómic sea, esencialmente, humanista. Fascinada, cuando no sacudida, por esa comunidad india que continúa con su vida aparte. Resguardada por los bosques y lagos de una América salvaje que, paradójicamente, caminaba en dirección a convertirse en el pulmón del planeta. Para ser una nación a la que siempre se ha tachado de no tener historia, este Tocqueville de Kévin Bazot nos enseña la importancia de toda historia. Ya sea como sustancia de nuestro acervo cultural o como fundamento de nuestra identidad. Esa que en 1831 dos expedicionarios franceses decidieron conocer cuando pusieron rumbo al viejo mundo.

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