Cosmonauta, de Pep Brocal (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Pep Brocal | Cosmonauta

Convertirse en uno de tantos cosmonautas que escapan del mundo actual, de esta tierra presente o futura, para encontrar la nada, o un dios, tal vez Dios. Escapar de lo colectivo, de las relaciones sociales, de la frustraciones y fracasos compartidos, para encontrar la soledad sin piernas de una cápsula espacial con una voz robótica que lo sabe todo, que nos cuenta un poco y que calla, como un humano más, las cosas importantes. Atravesar el espacio en una improbable línea recta, unos junto a otros, para no dejar nada al azar (o dejarlo todo), para que alguien tenga que encontrarse necesariamente con esa divinidad a la que exigirle cuentas. Con un catálogo de reivindicaciones, de seres humanos airados por el abandono de su creador o por las imperfecciones, enormes, de su obra. Esto sería Cosmonauta, la última obra de Pep Brocal. Un viaje desesperanzado de miles de años, en el que no se busca nada, más que huir. Aunque aquello de lo que se huye va con uno mismo. Es él mismo.

Héctor Mosca no tiene muchas pretensiones en esta vida, como casi todos. Tiene un amigo, una amiga y un problema aritmético fácil de intuir. La infancia pasará y será el momento de que la amiga sea novia, el amigo rival. Héctor no es ningún conquistador y su victoria está llamada a ser efímera. Hay derrotas que valen por toda la batalla y, cuando uno no es capaz de abrazar eternos rencores o esperar una oportuna venganza, solo queda escapar, subirse en una moto y convertir en hombre bala lanzado hacia algún punto en el horizonte. Eso si no surge la oportunidad de que ese horizonte sea espacial y el hombre bala pueda llegar más y  más lejos, allí donde nadie ha llegado. Cuando la tierra ya no es suficiente, queda el espacio. Cuando todo ha ido mal, queda buscar al responsable de tal desbarajuste.

Pep Brocal construye una Odisea a la inversa, desprovista de monstruos y mitologías. No se trata de volver a Ítaca, sino de huir de ella. No se trata de encontrar a Penélope, sino de huir de ella. No se trata de una road movie, porque nada rueda ni nada es peliculero. No es una es una odisea en el espacio porque nada tiene de aventurado, y ni tan siquiera podemos esperar que aparezca algún alien, simplemente porque no cabe. Sí, Cosmonauta es un libro nihilista. Pero divertido (como si fueran cosas contradictorias… No, al menos desde aquel pez llamado Wanda, no lo son). Un libro con ese azul metálico, espacial y frío, que hace juego con la cara impasible de Héctor Mosca, en la que apenas queda sitio para el asombro. Un libro con ese rojo sangre de la vida pasada, que no se puede decir que fuera mejor, pero al menos sí más viva, más veloz. Cuando el tiempo aún se medía por minutos y días y no por años. Y en algunos momentos, todo se confunde, rojo y azul, derrota y derrota.

En Cosmonauta encontraremos grandes derrotas personales y grandes derrotas de la humanidad, y el humor necesario para pensar que, después de todo, es así. Siempre ha sido así. No somos tan especiales. Seguimos esperando quedarnos con la chica, encontrar a dios (uno cualquiera), huir como si ese fuera posible, y que nos solucione la vida una máquina. Un futuro muy parecido al pasado y qué decir del presente. Y la nada por todos lados, como algo pegajoso. Asquerosamente pegajoso. No es un tiempo para héroes y, si lo fuera, estos no serían otro Ulises, sino un Héctor. Sin duda.

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Un policía en la luna, de Tom Gauld (Salamandra Graphic) Traducción de Carlos Mayor Ortega | por Almudena Muñoz

Tom Gauld | Un policía en la luna

Tómese las proteínas y póngase el casco. O bien cómase un dónut y retírese la escafandra para suspirar e intentar entablar conversación con las máquinas. No hay otro propósito en el terruño lunar, una vez cumplidos todos los deseos de Elon Musk, porque nuestras insatisfacciones continuarán rotando en ciclos infinitos. No importa cuánto viaje el hombre triste y aburrido, si la depresión se sube con él al mismo cohete, y esto lo sabe hasta un robot terapeuta.

¿Cuál es su nombre?, dice el cacharro, imitando las costumbres de las personas parlanchinas. Nombre desconocido, suplantado por unas funciones que suenan de rechupete pero que no conllevan ningún esfuerzo: señor agente, señor policía. Podría ser el famosísimo Major Tom, o Tom Gauld a secas, que en todas sus viñetas sencillas y expresivas se dedica a representarnos a todos los demás. Apenas un puñado de palabras, el color blanco y variaciones de saturación sobre un mismo tipo de azul, y ya estamos instalados en la luna, donde de inmediato nos sentimos como en casa. ¿Todo correcto, nota algún tipo de presión? Tómese otro dónut.

La vida aquí no tiene nada que envidiar a la de ahí abajo; es más, la luna dispone de cantidades ilimitadas de tiempo y silencio para invertir en la meditación que tanto persiguen los terrícolas. Puede incluso practicar el movimiento slow, ya que la gravedad no es la misma y tardará horas (si no días) en recibir el correo y el cambio de una máquina expendedora. Nada que echar en falta de la Tierra. Imaginamos que le apetecerá replicar ¿y para qué un policía en medio de la nada, en lugar de unos ingenieros, unos geólogos, un vlogger de viajes? No hay rastro de selenitas que evaluar, ni muchos más humanos de los que llevar un registro.

De entrada, ¿cómo pretende encontrar un oficio lógico en un espacio donde no teníamos nada que hacer? Lo sabe, incluso lo intuía en su país de origen. Consuélese con un dónut, son idénticos a los de siempre. Quizá la luna necesite un policía que controle las ilusiones desmedidas que los humanos trasladan al espacio. Un Neil Armstrong anclado para siempre en el bucle de su descubrimiento, por ejemplo. Las esperanzas de gente corriente que esperaba encontrar… ¿El qué? No se sabe tampoco aquí arriba. Cualquiera se siente agotado por la belleza y los paisajes nuevos. El espíritu que quería encontrar la paz en la luna al final siente de nuevo el tirón de la Tierra, como un perro fiel que regresa siempre a casa.

Rogamos en todo caso que reconsidere la situación. Tiene coches voladores. Hay palmeras encapsuladas. Cada semana lo cambiaremos de habitáculo para recibir el estímulo de un ambiente nuevo. Las mejores franquicias de café y bollería esperan instalar un punto de venta en breve. Pruebe, pruebe un dónut. ¡Hasta el robot terapeuta es auténtico y no cobra por sesiones! ¿Sigue sin gustarle? ¿Se siente solo, inútil, invisible, olvidado, el único humano de la colonia, y la luna le parece tan triste como declamaban todos esos viejos poetas? Por favor, antes de partir siéntese un momento y vea cómo son realmente las cosas azules y blancas en este trozo de firmamento: tal vez la cara oculta de la luna es que aquí arriba aún hay esperanza. Eso es, respire hondo, aprecie lo ridículo y hermoso que es todo, que su vida cabe en un pequeño libro sin apenas texto. Y tómese un dónut.

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Los lobos de Currumpaw, de William Grill (Impedimenta) Traducción de Jorge García Valcárcel | por Almudena Muñoz

William Grill | Los lobos de Currumpaw

En el museo de Philmont, en Nuevo México, se conservan dos fotografías originales de los protagonistas de esta historia. Las dos en blanco y negro, ambas retratos de un par de personajes que miran a cámara con un gesto que parece sonriente; posturas casi idénticas, las mismas líneas de fuga. Una es de un hombre, la otra muestra a un lobo. Sabemos que es el azar y nuestros ojos deseosos de romanticismo lo que lleva a descubrir similitudes pasmosas en momentos sin relación de personas (o animales) destinados a cruzarse más tarde. Para el narrador y dibujante William Grill, con esas delgadas líneas se teje el mapa del delincuente, las conexiones entre el horror y la lección que sirven de tablero de corcho para nuestro deporte favorito: la autopsia del pasado sobre el presente.

La región de Currumpaw (también escrita como Currumpah o Corrumpa) evoca los olores de la primera Norteamérica colonizada, a cebollas salvajes, sangre de bisontes y caballos exhaustos y sudorosos; a un paisaje saqueado e injusto, en definitiva. Todo lo que sabemos del pillaje y criminalidad de los primeros exploradores blancos en el Oeste anula el aura de aventura que tenían las novelitas de a centavo. Podría decirse que Grill comienza su homenaje hechizado de la misma manera, arrastrando los lapiceros de colores sobre las llanuras y los cielos intensos. Al contrario que en su anterior volumen, El viaje de Shackleton (2014), en Los lobos de Currumpaw opta por el paisajismo en lugar de por el tono divulgativo de los despieces, la subdivisión del suceso histórico en las pequeñas piezas reales. Quizá porque no es atractivo conocer todos los elementos de un bando condenado a ser brutal o asediado por el otro.

El procedimiento parece recrear el esquema de aquel bello tomo sobre Shackleton en la Antártida, aunque invierta su paleta de tonalidades. La preeminencia de un rojo seco, el de los tejidos indios y las banderas déspotas, finalmente sirve de marco para la gran revelación final: Los lobos de Currumpaw no es, como la peripecia del Endurance, un relato trágico y edificante. La obsesión de las gentes de Nuevo México y, más tarde, de Ernest Thompson Seton, no es otra que cosa que pura ansia por ver brillar el rojo que se seca más tarde. La sangre de Lobo, de todos los lobos, se derrama sin otro propósito moral que sacudir la conciencia del cazador Seton y darle la vuelta a su papel histórico, que pasaría a ser el de fundador de las bases de los entrañables Boy Scouts.

A día de hoy, podría argumentarse que la penitencia no elimina el crimen y que las planicies de América no son mejores por tener menos fauna, pero más equipos de defensores de la naturaleza. Como en aquel episodio de West Wing en el que la Secretaria de Prensa se mofaba un poco inquieta de la construcción de una carretera para lobos, Los lobos de Currumpaw se mece en el pantanoso territorio de la vergüenza y el orgullo por la leyenda. Grill lo conduce a sus propios dominios, con sus trazos de viñetas evocadoras y episodios anónimos y medio olvidados. La ilustración pasa a ser algo minimalista, como unas puntadas sobre tela. Mientras, la Historia desnuda su lado oscuro y odioso, idealizado en las antiguas láminas de cuentos como el Lobo, rey de Currumpaw que escribiría el propio Seton. Aquel hombre bigotudo que posaba a la entrada de una cabaña, sujetando una escoba como si nunca hubiese empuñado un rifle, frente al lobo que no tiene otro remedio que recostarse, humillado, en la trampa de la narrativa norteamericana.

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Escapar. Historia de un rehén, de Guy Delisle (Astiberri) Traducción de María Serna | por Juan Jiménez García

Guy Delisle | Escapar. Historia de un rehén

1997. Christophe André se encuentra en Ingusetia trabajando para Médicos sin Fronteras. Una noche, mientras se encuentra solo en un edificio secundario, un grupo armado, que se hace pasar por la milicia, se lo lleva con él. Se dirigen a Grozni, Chechenia. La primera guerra chechena terminó hace un año, la segunda no tardará en llegar. Entre medias, Rusia, el separatismo, los grupos armados que campan a sus anchas. Para André empieza un cautiverio que él piensa de unos pocos días pero que se prolongará durante meses. Una noche interminable.

Guy Delisle es sin duda uno figura esencial del último cómic (o no tan último). Ha sabido contar como pocos las contradicciones de nuestro tiempo a través de unos pocos lugares, colocándose en primera persona a través de un estilo reconocible, de una sencillez tremendamente complicada, de un humor desencantado. Sus viajes a Shenzhen, Pyongyang, Birmania o Jerusalén, han trazado una geografía del absurdo. Un absurdo que se ahoga entre contradicciones y una crueldad muy de aire de nuestro tiempo, escondida tras el costumbrismo. En Escapar le entrega el papel protagonista a André y esos viajes exteriores de antes se convierten en un viaje interior, pero el dibujante canadiense no abandona esa línea de apuntes gráficos sobre los días que pasan.

El álbum se instala en la más completa oscuridad. Los blancos desaparecen o son solo breves instantes. Solo está esa noche interminable en habitaciones a las que nunca llega la luz o carreteras en las que nunca es de día. Entre el gris y el azul, seguimos instalados en esa economía de la viñeta que tan bien maneja, en la que está lo esencial, lo que tiene que ser visto y también lo que tiene que ser intuido. El tiempo es un simple cambio en la disposición de la luz, la monotonía la repetición de los instantes. La narración del secuestrado solo se ve interrumpida por el habla incomprensible de sus secuestradores. A nosotros, lectores distantes, habitantes de otro mundo, nos empieza a invadir esa misma sensación de desasosiego, esa misma necesidad de escapar. Y de saber.

La odisea de Christophe André, que más que buscar su patria busca huir de la de los otros, se convierte con Delisle en una desesperación esperanzada. Ser capaz de determinar el día en que uno se encuentra, en la constatación de que sigue siendo una persona que no ha abandonado el mundo. Esa interminable noche chechena sigue buscando el día, entre recuerdos de otras guerras pasadas, generales napoleónicos y antiguos campos de batallas. Seguir vivo es ser capaz de no abandonarse al destino que los otros nos procuran. El dibujante se convierte en un fiel acompañante, en la mano que traza del diario, lleno de días que pasan, del otro. Y nos viene a demostrar aquello que intuíamos: que en primera o tercera persona, el personaje es el mismo: nosotros. Nosotros enfrentados a un mundo que no comprendemos, ya sea una dictadura coreana en una ciudad fantasma o bajo las piedras ultraortodoxas. Ya sea esposados a un radiador o enfrentados a otros misterios asiáticos.

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Philémon, de Fred (ECC Ediciones) Traducción de Sara Bueno Carrero | por Óscar Brox

Fred | Philémon

Para muchos, los años de la infancia y primera adolescencia quedaron marcados por Uderzo y Gosciny, Edgar P. Jacobs y Hergé, los pitufos de Peyo o, un poco más adelante, toda aquella generación de artistas larvada en las páginas del Métal Hurlant. De haber conocido antes a Frédéric Othon Theodor Aristidès, Fred, su nombre estaría incluido en la lista y, a buen seguro, sus álbumes habrían sido tan leídos y releídos como los de Blake y Mortimer o Spirou y Fantasio. Pero, en ocasiones, un descubrimiento tardío supone, también, una oportunidad para reconectar con ese espíritu de eterna inocencia que asociamos con la infancia. De pasión, curiosidad y sentido de la ilusión. Elementos, todos ellos, que cualquier lector entregado hallará en este Philémon integral que publica ECC.

Rebobinemos un instante para viajar a la Francia de los años 60, alimentada culturalmente por un grupo de artistas y escritores con ganas de jugar -con las reglas, las convenciones y las posibilidades del arte. Que Georges Perec sea una de las voces convocadas para loar las virtudes de Philémon no debería sorprender. No en vano, Fred bien podría ser hijo de aquel taller de literatura potencial que se dedicaba a alterar las normas y el estilo de la literatura para exprimir sus fantásticas oportunidades. ¿Y qué puede ser más fantástico que ese mundo, pequeño en apariencia, en el que viven Philémon y su burro Anatole? En el que la tranquila y bucólica vida rural se ve una y otra vez sacudida por el sentido de la maravilla, por situaciones tan fantásticas e inverosímiles que ponen patas arriba la lógica del relato, mientras nos invitan a desprendernos de prejuicios y abandonarnos a la pura ficción. Al arte de jugar con la libertad formal, temática y narrativa de la viñeta para imaginar cualquier cosa. Porque, así es, en el universo creativo de Fred cualquier cosa es posible.

En Philémon no resulta imposible toparse con un gigante al doblar la esquina, encontrar un catalejo que encoja o aumenta las dimensiones de cualquier cosa, tratar con un sastre que corta sombras a medida, caer por un agujero que comunica directamente con las letras del océano Atlántico (sí, las letras) o conocer un circo secreto encantado por los hechizos de un hipnotizador. Es tan amplio el caudal imaginativo de Fred que cada aventura reunida de Philémon guarda un nuevo as en la manga, con esa tenacidad infatigable con la que parece estimular cada rincón de nuestra imaginación. De ese espíritu infantil al que hacíamos referencia, en el que cabe un escenario lleno de apuntadores, pianos salvajes a los que domesticar con la mejor de las melodías o cebras transparentes que son en realidad la prisión más perfecta. Más que surrealista, esa palabra que resbala a la mínima ante argumentos de este tipo, la de Fred era una imaginación tremendamente fértil, en la que la acción de cada viñeta se orientaba a un perpetuo juego de expectativas y descubrimientos. Como si, a cada paso de su criatura, el mundo diese un nuevo vuelco; un giro de 180º en busca de esa extraordinaria sensación de felicidad lectora.

A Fred no le interesaba tanto la perfecta construcción de la línea clara como, en cambio, la estimulación total de la imaginación lectora. De ahí que uno vea en su dibujo el trazo rápido que parece ilustrar el movimiento ininterrumpido de la aventura. El cambio de escena en busca del más difícil todavía; de la sorpresa que deje boquiabierto o de la carcajada al comprobar cómo el padre de Philémon cree vivir con los pies en la tierra en un mundo que, en fin, está siempre a la altura de las nubes. Por eso, Philémon pertenece a la estirpe de obras como Las flores azules, de Raymond Queneau, o de La gran O, de James Thurber -un autor, este, del que habría sido un excelente ilustrador; en esencia, a esa generación de artistas que sabían cómo exprimir las posibilidades del medio, violentando sus convencionalismos para atacar la raíz de la fantasía. Para explorar y transferir ese sentimiento de fantasía a las viñetas de sus aventuras, con el mismo sabor con el que los pioneros del género descubrieron cómo organizar una historia en imágenes. Con ese sentimiento de viaje alucinante en el que hasta la cosa más mínima supone una puerta que comunica con nuestra imaginación.

Afortunadamente, la edición integral de Philémon nos augura Fred para rato. Siempre habrá una nueva aventura con el pocero Barthélemy como personaje invitado, algún truco secreto del tío Felicien o una letra más del Atlántico que visitar. Y si no, quedará Anatole con sus ocurrencias de burro que piensa mejor que un humano. Que cualquiera de esos humanos cuyo mundo gris se exorcizaba, cuando no se combatía abiertamente, desde las filas del tebeo y la viñeta. Por eso resulta tan emocionante volver, o descubrir por vez primera, a las páginas de Fred. Son, en sí mismas, una síntesis de esa infancia eterna de la que nadie se quiere deshacer. A la que volver, de tanto en tanto, para ayudarnos a recordar qué era eso del espíritu de la fantasía.

 

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Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono, de Kan Takahama (Ponent Mon) Traducción de Miguel Ángel Ibáñez Muñoz | por Juan Jiménez García

Kan Takahama | Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono

Los franceses siempre han tenido un cierto gusto por la asimilación de otras culturas, intentándolas integrar dentro de la suya propia (otros dirían absorbiéndolas), intercambiando un cierto exotismo (o eso les parece) por un afrancesamiento. Esto a veces sale bien (en el cine tenemos amplios ejemplos) y  otras simplemente se convierte en una muestra de cierto pintorequismo en la carrera del artista de turno. A todo esto no podía ser ajeno el manga. Por su capacidad de atracción sobre occidente y por la potencia de la historieta francesa (o francobelga), que no es poca. Si juntamos todo ello, nos encontramos con algo que se llamó nouvelle manga, y que pretendía encontrar un punto intermedio, sumándole autoría e historias personales. Kan Takahama convergió en un determinado momento con ellos (especialmente con su segunda obra, Mariko Parade, en colaboración con el fundador del movimiento, Frédéric Boilet), pero qué duda cabe que, a estas alturas, su cabeza anda en otro lado. Y aunque comparte con Jirō Taniguchi aquello de ser los más occidentales de los dibujantes japoneses (ya estamos como con Akira Kurosawa en su tiempo y en su cine, como si no hubiéramos aprendido nada), lo cierto es que desde su primer libro (todos ellos publicados, como este, por Ponent Mon), sigue unas constantes que la hacen una autora, incluso en un sentido, ahora sí, nouvelle vague, manga, o la etiqueta que queramos utilizar.

Unas constantes que serían las relaciones personales, el sexo (aquí muy presente) o el artista, con un dibujo que ha ido pasando de lo borroso a lo concreto, del blanco y negro a los grises, para acabar, como en el epílogo de este manga, desvaneciéndose, como el tiempo o la historia (hache minúscula de intimidad). Si sus primeras obras se instalaban en un tiempo que podía ser el de la autora y todo sus personajes se confundían con ella misma, en sus últimos libros la distancia se alarga. Ya en El último vuelo de las mariposas se iba a la época Meiji para adentrarse en el mundo de las cortesanas, mientras que en Ciudad de Yotusya, barrio de Hanazono avanza algo, hasta alcanzar el final del periodo Taisho y la entrada del la era Shôwa, años que llevarían a Japón al ultranacionalismo y el militarismo. Es en ese instante donde Takahama se instala para contarnos una historia de amor y también de sueños perdidos (tal vez sea lo mismo).

Ishin, nombre con el que se conoce a Yoshimune Miyake, es un escritor de última fila, que lejos de esperar su momento se ha instalado en el mundo de las revistas eróticas, escribiendo para una nueva publicación, Las puertas del sexo. Su editor es Eijrô Aoki, un comunista que aspira a conseguir algo de dinero que pueda financiar sus actividades políticas. Para ello, se van sumergiendo en un Tokio condenado que vive sus últimos días, y no les va mal. La revista es un éxito hasta que el viento cambia y todo se pudre. La guerra está ahí, dispuesta a poner las cosas en su sitio, a llevar a Japón a un suicidio colectivo. Entre tanto, Ishin también conocerá el amor y la pasión (no en este orden), aunque como decía alguien, la felicidad nunca es alegre y más bien efímera.

Ciudad de Yotusya, barrio de Hanazono es seguramente el manga más divertido de Takahama hasta la fecha. Tal vez sea solo una especie de felices años veinte (esos años veinte que en prácticamente todo el mundo se celebraban, por haber salido de una guerra, por intuir que no sería la última). También tiene aquella melancolía de su obra anterior y una fatalidad tampoco exenta de pasado. A través de un ritmo sin fallas, de un dibujo que la emparenta con un manga más actual sin que sea por ello necesariamente occidental. La alegría de vivir frente a la realidad de la vida.

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Pameos y meopas, de Julio Cortázar (Nórdica) Ilustraciones de Pablo Auladell | por Almudena Muñoz

Julio Cortázar | Pameos y meopas

Cortázar, que como estudiante de la lírica dedicó un extenso ensayo a la vida y obra de John Keats, resumía que ser poeta es tener visiones. Curiosamente, la faceta en verso de Cortázar permanecería escondida a la visión del público durante décadas, o quizá a la vista pero de atractivos invisibles para los conocidos y editores del escritor argentino, que efectivamente escribía poemas como visiones frente a una ventana de domingo tempestuoso y superpoblado de recuerdos. Como en 1971, año en que reveló en Pameos y meopas su producción de poemas, Cortázar decía que lo normal es que los jóvenes ya no leyesen a Hölderlin, Mallarmé y Darío, y que la poesía se encontraba en los grafitis, en Peter Weiss y Bob Dylan, imaginamos que estaría igualmente cómodo con que la juventud de 2017 ya no hojee con pasión a Cortázar y en su lugar escuche en bucle el musical Hamilton.

Gran lector, pero completamente ajeno al clasicismo en su prosa, el Cortázar poeta parece no atreverse a olvidar del todo la herencia de los latinos, con su marco referencial al paisaje y el paso/peso del tiempo. Los poemas que vivieron ocultos al público son breves como haikus o estribillos perdidos en alguna biblioteca griega, la obra inconclusa de algún personaje que podría haber soñado Borges durante esas tardes de lluvia espesa en las que Cortázar se aburría, o se dolía, y escribía. Los mitos, los pintores italianos y los bosquejos de campo y travesía marina ya no son muy reconocibles para el lector promedio (para el de Cortázar o el de estos tiempos), pero siguen hundidos en una renovación que pronto será también un triunfo pasado, más debatido entre los doctorandos que en las librerías. Tal vez, consciente de esa libertad, el poeta Cortázar escribe a medias, garabatea, hace lírica de notas breves y poemarios de apenas un puñado de estrofas. Canta a las escenas de barrio que le hechizan y a las joyas de ‘alta cultura’ que le permiten hablar de fe y amor como lo hicieran Keats (esas repeticiones de Oh: «Oh rosa», «Oh delfines»), o e. e. cummings («una presión de manos pequeñitas»). Baila el chachachá en una capilla con murales de Masaccio y Piero della Francesca, reunidos todos los colores disponibles en el vocabulario castellano mientras la mano de Cortázar acaricia su horizontalidad. ¿Es posible darle la vuelta a la poesía? Es posible, pero quizá no para alguien que la amaba tanto.

Pablo Auladell, ilustrador alicantino y laureado que va depositando su trazo en las mejores casas independientes (entre las últimas, sus ediciones de La puerta de los pájaros de Garzo para Impedimenta, y El paraíso perdido de Milton para Sexto Piso), interpreta los pequeños versos de Cortázar como frescos recién descubiertos debajo de una gruesa capa de cal. Un sosias de Dante podría tocar el saxofón, una arpía hechizaría con su canto como un jilguero y a Beatriz se la podría encontrar todavía radiante y vestida de lino, paseándose frente a unos bloques de viviendas.

El volumen, casi una libreta de notas (reunidas desde 1951), surge en el abarrotado paisaje de nuevas ediciones y reediciones sobre Cortázar como una gigantesca cabeza clásica en el desierto, la boca abierta. Introduzca su mano y extraiga un verso que parece venido de cualquier nación y época, sin las palabras y artificios que el autor ingeniaría para el resto de su obra narrativa. Aquí ejerce de editor y documentalista sobre las imágenes más recurridas para expresar nuestras sensaciones de desamparo y afecto. No otra cosa respira bajo los versos de quien sabía reunir en la misma tertulia de bar lo enrevesado y lo fundamental, al hombre y al cronopio.

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Diario interestelar, de María Durán Montes (Modernito Books) | por Juan Jiménez García

María Durán Montes | Diario interestelar

Mientras Ho Po-Wing huía de sí mismo y de Lai Yiu-Fai, en aquel Buenos Aires fin de siglo (que era un Hong Kong fin de los tiempos), Chang buscaba la Tierra de Fuego (ese fin del mundo, iluminado por un faro). Muchos años después, una niña y un personaje de múltiples ojos, se embarcan a bordo de aquel viejo peztuerto convertido en dirigible (un viaje largo este, no solo en distancia, sino en años, no solo de la niña, sino también de la chica que sujeta los lápices de colores). Las razones son otras (o no). Vienen de lejos y siguen una cometa roja, como otros niños seguían un globo rojo (por afinidades asiáticas, pensaremos en Hou Hsiao-Hsien). La búsqueda es la misma: uno mismo. Sí, porque también los niños pueden buscarse a sí mismos. E incluso encontrarse.

Diario interestelar es un libro sin palabras. Un libro de imágenes, que no de postales. Y es un libro sin palabras no porque su autora renuncie a ellas, sino seguramente porque esa tarea (el asunto de las letras) nos lo deja a nosotros (y es curioso que hable de nosotros, como si hubiera muchos niños leyéndonos… quizás es simplemente un cierto optimismo sobre nuestra capacidad para retener la infancia). El pezglobo atraviesa la oscuridad del espacio exterior para adentrarse en nuestra propia noche. Atravesar países entre los claroscuros, entre la noche y el día, lugares desprovistos de casi todo excepto de emociones, porque este es un viaje emocional (y por eso tampoco necesita esas palabras, después de todo).

Ni tan siquiera sigue una lógica (¿y por qué extraña razón debería seguir una lógica un libro para niños? ¿y uno para adultos?), y la autora se permite desviar el viaje hacia Japón solo por encontrarse con aquellas olas de Hokusai con el monte Fuji al fondo. Un diario solo puede ser ese lugar donde la realidad y la fantasía se encuentran de la forma más personal. Algún día alguien escribirá sobre qué son los viajes. De verdad. El viaje como ese espacio que va de un sitio a otro, sin que importe llegar ni salir, sino ese trayecto. El viaje como creación, abierto a lo imprevisible, al accidente de Bacon. El viaje como último recurso ante las ataduras de la vida, las múltiples cadenas.

Libro dulce de aventuras, sin peligros, sin violencia, de una calidez nocturna (porque en este viaje atravesamos la noche… que no el fin de la noche), Diario interestelar es una invitación a dejarse llevar por misteriosas corrientes aéreas. Vagar para encontrar. Perderse para descubrir llaves y tesoros. Abandonarlo todo para lanzarse a los cielos. Atravesarlos para llegar a ese lugar que dejamos sin darnos cuenta, a ese rincón escondido, íntimo, donde se encuentra quién sabe qué. Y Cioran lloraba en aquella hora (no día) en que su padre lo sacó de Rasinari para llevarlo a la escuela. Tenía diez años y el presentimiento de que su infancia había acabado. Pero no, María Durán Montes nos enseña que aquel tiempo nunca acaba. Solo hemos olvidado como el camino de vuelta. Y aquí seguimos, esperando el paso de una cometa roja.

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Cuando floreció la risa, de Gioconda Belli (Libros del Zorro Rojo) | por Francisca Pageo

Gioconda Belli | Cuando floreció la risa

Gioconda Belli, poeta, novelista y activista nicaragüense, destaca por una obra literaria que se caracteriza por su compromiso político y por ahondar en el universo femenino, reivindicando el papel de las mujeres en la sociedad y en la construcción de la cultura. Gracias a Libros del Zorro Rojo  podemos disfrutar de Cuando floreció la risa, un pequeño cuento, una pequeña leyenda para los más pequeños, transcurrida en la selva, en la que nos muestra y enseña el nacimiento de la risa.

Será pues, a través de Enea y Alia, el primer hombre y la primera mujer, aquí los protagonistas de esta historia, que hallaremos una nueva forma de emocionarse, una nueva manera de expresión que creará esas onomatopeyas tan ricas en sentimiento, que se transformarán en risa. Así, Gioconda Belli nos muestra de una forma acogedora y sencilla lo que es y será la risa para estos pequeños pero grandes seres. Estamos ante una historia sobre el descubrimiento, sobre la generosidad y sobre la naturaleza. El tacto en este relato es el medio por el que todo se transforma, ya sean las manos de Enea sobre Alia, de Alia sobre Enea o las flores y hojas de árbol caídas sobre ellos. Todo lo que envuelve a este sentido, el sentido del tacto, se torna ligero, todo es alegría y color.

Las ilustraciones, bellas y llenas de color, nos transportan a la selva, a la naturaleza dulce y pura que se puede encontrar en las leyendas y el folklore popular. Alicia Baladan hace uso de su maestría artística y nos enseña y muestra las aventuras de Enea y Alia de una manera mágica y onírica. Gioconda Belli sabe sacar el jugo de la risa de una manera naïf y embellecedora, haciéndonos partícipes de las aventuras de los protagonistas, haciendo que, aunque no lleguemos a reír –la risa es algo muy íntimo que no a todos nos sale por igual–, sonriamos. Y lo consigue, es así.

Estamos, sin duda, ante una historia para el público infantil que los niños amarán y que los adultos podremos apreciar de manera íntima. Leer este cuento es como ir detrás del vuelo de una gaviota, es ver como las alas de la imaginación se abren todo lo posible para que podamos apreciar todo el aire y espacio que dejamos tras de sí. Este aire y espacio nos permitirán sacar nuestras emociones y sentimientos de nuestro interior, nos permitirán ya no sólo reír, sino también llorar o sonreír.

Este cuento es una manera de acercar las leyendas a los niños, de mostrarles las diferentes emociones ricas en alegría y placer que la risa nos provoca. Es para que lo leamos como niños, para descubrir esas cosquillas que tenemos escondidas y que este libro, convertido en una pluma de todos los colores posibles, se adentra en nuestro interior para excitarnos y sobresaltarnos.

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Heidi, de Johanna Spyri (Nórdica) Traducción de Isabel Hernández González. Ilustraciones de Sophie Wimmer | por Almudena Muñoz

Johanna Spyri | Heidi

Algunos libros infantiles regresan al mercado como dientes de león: su belleza es de sobra conocida pero, al habitar en todos los paisajes y pedazos de tierra, al menor soplo se desmontan. Podríamos decir que se esparcen, aunque la verdad es que cada vez menos tal y como eran en su forma original. Cinismo o aburrimiento, un bufido de unos belfos, como de vaca lechera u oveja, y adiós al diente de león. ¿De qué sirve una flor que no es una flor y que tampoco resulta comestible?

Cada vez es más complejo diferenciar las malas hierbas de las secciones de literatura infantil, la redescubierta tierra utópica en la que se cruzan todos los formatos, físicos y de género, todos los sellos y todas las manos, las pequeñas que husmean por primera vez y las apergaminadas que escarban primeras lecturas, ya algo olvidadas. ¿Quién es Heidi, pronunciado con la hache muda? ¿Quién es Heidi, pronunciado como nos enseñaron los exquisitos dobladores de la televisión de los setenta? Cuando el diente de león se rompe en decenas de pedazos, cada una de esas hebras se denomina cipsela, que es un término procedente del griego y que originalmente hacía referencia a un cofre o una caja. Tal vez los libros actúen más como cofres que como portales, y en lugar de abrir espacios infinitos estén encapsulando memorias de generaciones enlazadas unas con otras. La persona de cierta edad encuentra Heidi en la sección infantil y se da cuenta de cómo el cofre está hablando acerca del contenido: es un libro que invita a ser regalado, conservado, guardado como las colecciones de clásicos universales, con su lomo de tela e ilustraciones que aparecen nada más despegar la tapa. Un libro pesado y grueso como las primeras lecturas que demandan un compromiso y cierta rutina. La clase de tomo de esas lecturas de transición, con temas de la niñez y formas de volumen adulto que, sin embargo, hoy ya sólo tiende un puente al pasado.

Johanna Spyri hizo honor a esa máxima que recomienda a los autores escribir sobre lo que conocen, y como maestra rural supo componer una antología de aventuras y travesuras ambientada en un paraje montañoso, verdísimo, de aires con aroma a nieve que curaban de verdad a las gentes, antes de que se instalasen en las cumbres los escépticos como Thomas Mann y compañía. Los Alpes de Spyri son un edén sin atisbo de guerra, ni de hambrunas, ni de enfermedades que no puedan remediarse mediante un combinado de buena dieta y milagro bíblico, así como extraordinaria es la convivencia social entre la huérfana Heidi, el pastorcillo analfabeto Pedro y Clara, la muchachita de clase alta. Podría decirse que las criaturas de Spyri nacieron en las cordilleras suizas para quedarse allí por siempre, sin que sus puros valores se viesen alterados en lo más mínimo. El popular anime de 1974 en el que llegó a colaborar Hayao Miyazaki no hizo más que congelar la radiante paleta de colores y las sonrisas desencajadas de unos personajes que, en la tradición del Bildungsroman infantil de cambio de siglo, atraviesan con la misma pasión la comedia y la tragedia.

En parte por la asociación entre libro y serie animada, escasean las ediciones ilustradas de Heidi, incluso en el mercado anglosajón, donde constituye una deliciosa idealización europea. Para este nuevo homenaje, la artista Sonja Wimmer opta por seguir celebrando el hálito típico de Heidi mediante postales de regusto navideño: abre el cofre de los lapiceros de colores que huelen a maderas frescas y que se llamaban, oh, casualidad, Alpino. Pero, ¿qué encontrará el lector nuevo, el de las manos minúsculas o que empiezan a tener un ligero vello, y que ya sólo sostienen lápices digitales? Aquella eclosión de heroínas chiquititas y femeninas entre finales del siglo XIX y principios del XX pretendía sembrar ejemplo de conducta entre una generación que ya no iba a limitarse a las tareas domésticas, pero también sirvieron para celebrar el salvajismo de las niñas de cualquier época, todavía desvinculadas de determinismos sexuales. Lo sorprendente es que Heidi, Anne Shirley, Sara Crewe o Mary Lennox terminasen persiguiendo la validación de una gran figura masculina, el abuelo, el padre perdido o el tío huraño, frente a la demonización habitual de las figuras adultas femeninas, la tía exigente, la institutriz rígida, la directora envidiosa, la vieja horda de mujeres de negro frente a la poderosa horda de mujeres con enormes sombreros avanzando en nombre del sufragismo, que diría Michel Faber. Empleando el mismo escenario de época, Philip Pullmann recrea una versión muy distinta de estas series de novelas para niñas: su Sally Lockhart, aun sometida a dictados masculinos, ya no pelea por una herencia o correr al aire libre, sino por ser madre soltera y directora de su propio negocio financiero.

Son tiempos y montañas distantes para Heidi, sometida a las mismas fluctuaciones que las lecturas infantiles. Perfilan las subidas y descensos de cientos de colinas que no pueden cambiar un relieve antiguo, pero sí conocerlo para abrir los conocimientos, las influencias de cualquier personaje independiente, atrevido, bonito y clásico como un diente de león que abra otros tantos cofres al futuro lector. Los ecos de esos Alpes que jamás existieron.

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La chica de los cigarrillos, de Masahiko Matsumoto (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Masahiko Matsumoto | La chica de los cigarrillos

Hay en las historias de La chica de los cigarrillos algo que nos llama la atención. Todos hablan poco excepto la ciudad, que no para de decir cosas. En una competición de palabras y onomatopeyas seguramente ganen esta últimas, y no es extraño, porque las ciudad son ruidos, sonidos que nos llegan de todos lados, desesperados por comunicarnos alguna cosa, mientras nosotros andamos pensando en las nuestras, como los personajes de Matsumoto, que están siempre dándole vueltas a algo. Algo simple pero que sin embargo para ellos representa cruzar una línea en sus existencias no muy trepidantes. Eternamente avergonzados, siempre al borde de enrojecer, viven en un mundo ruidoso en el que no pueden entender demasiado porque, como acabó Federico Fellini La voz de la luna, tal vez necesitemos un poco de silencio para entender algo.

Masahiko Matsumoto fue uno de los fundadores del movimiento gegika (leo). Gegika (sigo leyendo en otro lado) sería algo así como dibujos dramáticos. Pero La chica de los cigarrillos no es ningún drama (el drama es vivir) e incluso el humor atraviesa sus páginas, como una hoja llevada por el viento (nada poético… una hoja de un periódico tirada por el suelo). Profundamente urbana, las historias son de urbanitas enfrentados a la soledad de la escandalosa ciudad que parece recordarles esa soledad. Ya sea una chica vendiendo cajas de condones, apelando a las esperanzas de sus compradores en un futuro lleno de posibilidades, o un tipo enamorado de la vendedora de tabaco, aunque él no fume. Personajes que se buscan tímidamente, se encuentran a ratos y acaban rara vez bien, muchas veces de ninguna manera y algunas con la cara arañada por un gato.

Matsumoto no necesita muchas páginas para aportar sus brillantes destellos de humanidad. Ni muchos trazos para una necesaria expresividad. Lo suyo es simplemente una inteligencia que ahora diríamos minimalista (menos es más), pero que aquí daría una visión equivocada, porque asociamos demasiado el minimalismo a la falta de muebles. No, en el autor japonés lo encontramos es un cuidado trabajo de síntesis en el que cada trazo cuenta (suma y expresa). Su dibujo agresivo tiene una asombrosa calidez, tal vez por unos personajes que parecen necesitados de que les quieran (y por qué no íbamos a hacerlo nosotros).

Tokio (¿es Tokio?) como ciudad no muy humana en la que cada cual debe buscar un futuro más brillante que ese presente gris. Una ciudad que no es más grande que aquello que uno es capaz de recorrer (unos recorridos que se repiten hacia unos espacios iguales). Una búsqueda avergonzada del amor, aunque amor sea una palabra que queda muy grande o muy cursi o muy alguna otra cosa. Los protagonistas de Matsumoto (que son personajes secundarios o terciarios del mundo) solo aspiran a que los quieran, por el simple motivo de que ellos sí que quieren. Sin dramas, pero avergonzados. Como una mano encontrándose con otra mano, en ese azar que no existe.

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Tejados de Barcelona, de Miguel Herranz (Editorial Gustavo Gili) | por Francisca Pageo y Juan Jiménez García

Miguel Herranz | Tejados de Barcelona

Mirar la ciudad de otra manera, con otros ojos. Descubrir una Barcelona que podría ser inédita, pero que simplemente es, tal vez, ignorada. Ciudad a pie de calle, quién piensa en sus tejados, en ese espacio entre el cielo y  la tierra. Bueno, Miguel Herranz, por ejemplo, ilustrador. Tejados de Barcelona son esos pensamientos. Es la luz sobre las azoteas, los balcones y los tejados. Sus límites, dibujados. Una ciudad que revela en sus trazos algún tipo de profunda verdad, en su curiosidad una identidad que posiblemente ha perdido ahí abajo, lejos. Esa búsqueda se traslada al papel.

Apropiarse de la ciudad, convertirla en algo personal, único. Mirarla no a vista de pájaro, sino de frente, pero a otro nivel, a otra altura, lejos de todo. Del ruido. Una ciudad más tranquila, más callada, menos entregada a la velocidad de los días. Una ciudad secreta pero no escondida. Con sus códigos propios, sus propias armonías, que Miguel Herranz traslada con enfoques personalizados y una paleta de colores propia.

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A través de los tejados, tenemos la sensación de que Barcelona subsiste más en ellos que en sus calles, que la ciudad se ha convertido en otra cosa, pero que algo de pasado persiste ahí, lejos de las miradas. ¿Qué opinas al respecto?

Los nuevos edificios tienen una enorme carga visual por lo que parecen estar más hechos para ser vistos desde abajo, sus tejados no son tan distintos de los antiguos. Hay nuevas torres que marcan el skyline, pero en la mayor parte de los edificios modernos las azoteas no son muy diferentes de las de hace algún siglo. Los aires acondicionados y las parabólicas no son nuevos en sí, podríamos considerarlos nuevas chimeneas, consecuencias de la vida dentro de las casas; no nos reunimos al lado del fuego sino al lado de la tele.

En el libro hay un uso especial del color que no responde a ningún intento de reproducir la realidad, sino más bien a un estado de ánimo. ¿Cómo afrontaste el tema del color?

No lo racionalicé demasiado. Cada entorno me impulsaba a una herramienta para la línea, bolígrafo, pluma, pincel en algún caso… El color lo afronto desde un punto de vista más gráfico que pictórico. Además de la información concreta sobre las formas que proporciona la línea, quería algo de sugerencia abstracta, no demasiado racional, por eso los colores, cuando están, no son estrictamente reales.

Tu gusto por los tejados, ¿se circunscribe solo a una ciudad como Barcelona o realmente es una atracción que harías extensible a cualquier lugar?

Siempre me han atraído, son como algo secreto (a voces) oculto pero a la vista de todos, vacíos pero superpoblados. Me gusta esa sensación infantil que tienes cuando miras un hormiguero, y no ves las hormigas pero sabes que están todas ahí debajo.

¿Podemos relacionar esas vistas “superiores” como la visión de una ciudad sin gente? (lo cual tiene algo de huida)

Más que de huída, de distancia sin irte al campo. Ahí arriba es como una ciudad light, casi libre de la carga de ruido, bullicio y agobio, pero aún ciudad.

Entrevista realizada por correo. Agradecemos a Laia Beltrán su colaboración.

Miguel Herranz | Tejados de Barcelona
Miguel Herranz | Tejados de Barcelona
Miguel Herranz | Tejados de Barcelona

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