Tocqueville. Hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot (Ponent Mon) Traducción de Sergio España | por Óscar Brox

Kévin Bazot | Tocqueville. Hacia un nuevo mundo

Probablemente fue la fascinación por América, un coloso asentado al otro lado del Atlántico, lo que dirigió en primera instancia el viaje que emprendieron Alexis de Tocqueville y Gustave de Béaumont en 1831. Por mucho que, en realidad, el argumento de aquella aventura fuese el estudio del sistema penitenciario y las condiciones políticas, raciales o económicas de la nación. O eso, al menos, es lo que se desprende del acercamiento emprendido por el ilustrador y dibujante Kévin Bazot. Algo que expone con pasión al trazar el viaje hacia el norte de Estados Unidos en busca de una identidad cultural preservada a salvo de cualquier cambio o transformación histórica, fuertemente arraigada a ese territorio originario. Bazot, interesado en los diferentes episodios de la Historia, que suele ser el motivo habitual de su trabajo en el cómic y la ilustración, nos sumerge en esta especie de conquista de América a través de una mirada intimista. Cercana. En la que Tocqueville y Béaumont recorren los territorios salvajes del nuevo mundo con el deseo de encontrar, precisamente, ese viejo mundo que amenazaba con desaparecer ante el impulso constante de la evolución.

Tocqueville comprende un relato aventurero, pero también una serie de apuntes etnográficos preparados para invitar al lector a reflexionar sobre la permeabilidad y la fortaleza de las civilizaciones al cambio. O cómo, hasta cierto punto, la confianza que depositamos en un futuro revela las frágiles, cuando no efímeras, estructuras que sustentan ese pasado cada vez más arrinconado en los márgenes. En esos últimos pedazos de tierra virgen que pugnan con la civilización avanzada para mantener su identidad propia. Su lengua y su cultura. De ahí que Bazot comience presentando a esos dos franceses, extranjeros en un país de emigrantes, fascinados por el ritmo febril de un lugar que nunca parece detenerse. En el que las conexiones, la comunicación y la tecnificación han barrido todas esas mitologías que en Europa son todavía objeto de estudio. Por eso, Tocqueville juega un poco con la frustración de ese viajero, casi más aventurero, contrariado al hallar un país en el que los grandes misterios parece que han sido ya descubiertos. Alejado de esa imagen de la vida en los bosques y de la desobediencia civil que tanta fortuna haría en los textos de autores como Thoreau o Emerson.

En esa paleta de color terrosos que utiliza Bazot, en la que la luz de la sociedad delimita la predominancia de un tono por encima del otro, tiene una especial importancia el momento en el que sus protagonistas culminan su viaje hacia tierras salvajes. Allí, en busca de pioneros, indios y nativos, Bazot rompe la cadencia con la que las viñetas han narrado la historia para dibujar, a página completa, esa visión puramente sensorial del que quizá sea el último rincón salvaje de América. Una explosión de verdes y azules, atrapados en la inmensidad del bosque que se abre ante los ojos de los dos aventureros franceses, atrapa ese instante de genuina fascinación. De terror, emoción y belleza ante un territorio que no se rige por los preceptos civilizatorios de esa otra América que han surcado hasta dar con él. Es importante recalcar este detalle, puesto que Bazot reconstruye las reflexiones de Tocqueville para plasmar con la mayor fidelidad ese momento de libertad. De contacto con otra cultura. Tal vez, también, de aprendizaje de unas costumbres que tarde o temprano desaparecerían borradas en el tiempo. Así hasta mezclarse, en la delicada tensión racial que nunca hemos dejado de vivir, con el avasallador nuevo mundo que imponía su ley desde las imparables transformaciones tecnológicas.

Una obra como Tocqueville, que perfectamente podría funcionar como prólogo a una primera lectura de La democracia en América, invita a recuperar ese pensamiento a propósito de la desprotección con la que determinadas culturas bregan frente a lo que generalmente percibimos como necesarios avances globalizadores. Esos que laminan o empequeñecen los ya de por sí minúsculos detalles de carácter que nos ayudan a diferenciarnos los unos a los otros. De ahí que, más que antropológica, la mirada de este Tocqueville en formato de cómic sea, esencialmente, humanista. Fascinada, cuando no sacudida, por esa comunidad india que continúa con su vida aparte. Resguardada por los bosques y lagos de una América salvaje que, paradójicamente, caminaba en dirección a convertirse en el pulmón del planeta. Para ser una nación a la que siempre se ha tachado de no tener historia, este Tocqueville de Kévin Bazot nos enseña la importancia de toda historia. Ya sea como sustancia de nuestro acervo cultural o como fundamento de nuestra identidad. Esa que en 1831 dos expedicionarios franceses decidieron conocer cuando pusieron rumbo al viejo mundo.

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Siete vidas, de Josep Maria Beà (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Josep Maria Beà | Siete vidas

Decía Jean-Pierre Melville en Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, que él quería ser inmortal para luego morir. Era un bonito deseo. Tras él, tal vez uno encuentre que no se muere una sola vez, sino muchas, y que somos inmortales, hasta que morimos. Tal vez no sean siete vidas, como una gato cualquiera, sino menos. O más. Momentos decisivos en los que nuestra vida hasta ese instante muere para encontrarse con otra que empieza. Momentos por los que ya nada, a partir de ese instante, podrá ser igual. Y ni tan siquiera se necesitan grandes acontecimientos, guerras o destrucciones. Simplemente algo. Ese, tal vez, es el punto de partida, allí donde se instala Josep Maria Beà en este Siete vidas.

En su prólogo, Rubén Lardín nos sitúa en el momento en que se encontraba Beà, ocupado en mantener, de alimentar, la revista Rambla. Acaba de cumplir los cuarenta años y esa es una crisis más en la vida de una persona. La edad de la melancolía o, para entendernos, ese momento en el que empezamos a tener la certeza de que los sueños de juventud no se cumplirán y que esto es lo que es. En ese punto, uno vuelve la vista atrás, a ese pasado lejano y, por tanto, fácilmente maleable, hecho de aquello que ocurrió y aquello que estamos convencidos de que ocurrió. Esas falsas verdades, tan ciertas como las otras. Para ello, siguiendo a Robert Crumb, decide deshumanizar a sus personajes o animalizarlos, como se prefiera. Convertirlos en gatos los hará especiales. Y además, les permitirá morir varias veces. Siete. Siete muertes del espíritu.

Cada muerte es un fragmento de vida. Aquella mano misteriosa que surgía de las profundidades de una cama y que por un duro te hacía atravesar ese muro que separa la infancia de la edad adulta, ese muro que está en nuestras cabezas. Una paja y un bolero cantando eran suficientes. Cómo nos hemos complicado. Esos personajes ciertos o inciertos que nos cuesta imaginar como reales. El vendedor de puros callejero Galápago (llamado así por su joroba), enfrentado al mundo. Galintia, esa muchacha surgida de la nada, del verde del horizonte, y que solo pretende despedirse de su infancia jugando por última vez. El territorio mítico de aquel tiempo mejor. Pero no, este no era un país para gatos. Un país en el que no ir a misa podría abrir la puerta del infierno, o una muchacha masturbándose podía acabar con una vida, la suya, o un pueblo entero. Nadie es inocente.

Josep Maria Beà no solo es un extraordinario dibujante, uno de los mejores que ha dado el cómic español, un clásico, después de todo (si esa palabra nos aporta algo). Su capacidad como narrador y su habilidad para encontrar el tono necesario (su visión del infierno, por ejemplo, en la cuarta muerte), le permiten escapar de lo innecesario para ofrecer una obra sin desmayo, en la que cada momento encuentra su justo espacio. Siete obras es un cómic breve pero de una especial intensidad, un cómic que parte al encuentro de un tiempo y lo hace con una rara melancolía. Nada está perdido, todo sigue ahí, en otro lado. La acción dejó su lugar al pensamiento. El tiempo se ha detenido.

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La comedia humana, de Clement Moreau (Sans Soleil) | por Juan Jiménez García

Clement Moreau | La comedia humana

La vida de Joseph Carl Meffert no estaba destinada a ser fácil. Ya solo nacer en 1903 en Alemania era una invitación segura para atravesar todas las catástrofes, cruzar todos los infiernos. Perder la infancia, la juventud y el futuro. Tanto fue así que tras acabar en la cárcel (enviado por su propio padre), en el exilio suizo (enviado por la ascensión del nazismo), acabó en Argentina con todo perdido, incluido su nombre: ahora era Clement Moreau. Pero sus luchas seguían siendo las mismas. También sus derrotas. Ahora Sans Soleil, dentro de su imprescindible colección de silenciosas novelas gráficas (un silencio que grita), nos trae una de sus obras más importantes, La comedia humana (y también, para acabar, Educación asistencial, sobre su paso por el internado).

Publicada originalmente por entregas, La comedia humana son distintas escenas de la ascensión del nacionalsocialismo, de su irrupción brutal. No es una obra sobre la guerra (que queda como una sombra, con algo inevitable) sino apuntes sobre la destrucción de una sociedad a través del individuo. Ya desde las primeras imágenes todo está construido. El nazismo y el tremendo apoyo popular, con toda su parafernalia, enfrentados a aquellos que resistían o buscaban el sentido de las cosas. Pero en esos tiempos de obediencia absoluta a una Alemania apocalíptica, todo era terrible. Aunque lo más terrible fueran los otros, esos ciudadanos entregados, fieles a la voz de amo (que son tantos, en los buenos como en los malos tiempos). La delación, la prisión, las torturas, los suicidios imposibles, la muerte, lo que queda tras esa muerte. La huída.

Moreau se adentró en el mundo de la ilustración de la mano de Kathe Kollwitz y llegó a conocer personalmente a Georges Grosz y John Heartfield. Nada de eso le es ajeno y nada de esto está ausente de La comedia humana. De la primera coge su técnica, su expresividad. Si nos acercamos a la obra de Kollwitz reconoceremos no pocas de las cosas que luego encontraremos en Moreau. Su expresividad, fundamentalmente, esas miradas hundidas, esos rostros agotados de personas más allá de los límites. De Georges Grosz y John Heartfield su compromiso político, el dibujo convertido como arma (pero desprovisto del gusto por la caricatura de los otros dos). De Grosz cogerá también algo sobre lo que algún día se debería escribir un estudio, si no existe ya: las calles, los edificios que como otros fantasmas más, esas figuras en las ventanas, como pequeños momentos de vida. Y luego, Frans Masereel, al que también llegó a conocer y que está por todos lados.

Sin embargo, bajo estas influencias de una novela gráfica que se alimentaba de la obra en común de todos estos creadores, con múltiples vasos comunicantes, en Moreau podemos encontrar como hay un trabajo constante no para ofrecer una obra que responda a unos parámetros determinados, sino que la técnica se va adaptando, a las necesidades expresivas de aquello que nos quiere contar. Así, pasa sin dificultad del grotesco (en especial para representar a la policía, a la Gestapo), a la más expresiva expresividad, con la prisión o la viuda, sin dejar pasar una aproximación a las técnicas cinematográficas (el extraordinario pasaje de la huída, todo intensidad).

La comedia humana es una obra especialmente sombría. ¿Cómo podría ser de otro modo, con los tiempos, con la vida personal de su autor? Cuando la única opción es la huída. Construida blanco sobre negro, esa oscuridad se convierte en la única luz posible. Ni tan siquiera eran los peores tiempos posibles. Solo un prólogo al fin del mundo. Uno de esos tantos finales que ha tenido.

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La mujer de al lado, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Yoshiharu Tsuge | La mujer de al lado

Gallo Nero vuelve, dos años después de la publicación de El hombre sin talento, a publicar a Yoshiharu Tsuge. Y eso es otro momento importante de la edición de manga en nuestro país. Si aquella obra nos enfrentó (esa es la palabra) a la obra de un autor muy especial, esta otra, La mujer de al lado, solo hace que devolvérnoslo como un viejo conocido al que encontramos de nuevo, como si nada hubiera pasado y todo volviera a estar ahí. Todo es toda esa tristeza, todo es la vida de Tsuge, que se encuentra entre cada una de sus páginas, en los márgenes de sus historias. Todo es una nueva obra plena, intensa en emociones pero que fluye tranquilamente con la tranquilidad de saber que va hacia ninguna parte. O hacia todo. Viajes, lugares de destino, que tienden a confundirse.

La mujer de al lado recoge seis historias que Tsuge publicó a lo largo de los años, unos años en los que no se encontraba bien (psicológicamente) y en los que su intención de abandonarlo todo definitivamente debía estar ya presente. Cuando uno se cuestiona su presente, tarde o temprano acaba de aparecer ante nosotros nuestro pasado lejano. Más allá de buscar las razones inmediatas, buscamos en ese paraíso perdido que debió de ser, nos dicen, nuestra infancia y juventud, esas épocas en las que todo, a diferencia de ahora, nos parecía posible. Tsuge buscó ahí y sus historias se encuentran con aquel niño que fue y con aquel mangaka que buscaba hacerse un lugar en el mundo, algo nada fácil de encontrar.

En conjunto no conforman una obra sobre las dificultades de crear, de ser artista, como podía serlo en mayor medida El hombre sin talento, sino más bien una interrogación sobre los demás. Sobre los otros. Y en esas preguntas, encontrarse uno mismo. Por confrontación, por similitudes, por raras coincidencias. Y digo “el otro” porque decir la sociedad japonesa de aquel tiempo me parece algo muy grande, cuando toda la obra de Tsuge está construida sobre la intimidad y limitada por el alcance de su mirada, una distancia que no está dispuesto a sobrepasar. Un territorio, un tiempo, que es aquel que dejaba la guerra atrás, un poco menos atrás la ocupación americana y se lanzaba a buscar su milagro económico. Una época que en manos de Heinrich Böll sirve para cuestionarse todo un país, pero que en manos de Tsuge se convierte en un asunto de personas. Personas que buscan su lugar en un mundo que va a arrollarles, a pasarles por encima.

Así, el contrabando en La mujer de al lado, el relato que da título al libro, es el  escenario para una relación extraña, en la que el protagonista acaba convertido en mero espectador, lanzando a su propia realidad. Una realidad que se impone, cruelmente, en el caso de Días de paseo, un relato otoñal en el que la vida parece haberse definitivamente detenido. Al contrario que en Niño, donde esta se le desvela al protagonista como un golpe, una carrera perdida antes de empezar. Un autor sin nombre es tal vez la más personal (siéndolo el resto), desde el momento que se instala en el mundo de los dibujantes y sus dificultades para ser autores, algo más que dibujar para otros. También (y uno no puede dejar de pensar en ello) la historia más triste, más cruel. La más próxima a El hombre sin talento en sus pensamientos. Tras ella, Paisaje de vecindario se escapa hacia un relato social de los coreanos que se quedaron en Japón, como ciudadanos de segunda o ni tan siquiera ciudadanos. Y La asociación de los cien lugares de interés de Ikebukuro, otra cara más de la búsqueda infructuosa para escapar de la pobreza, de la miseria de aquellos años. Una miseria que no era solo económica, sino también moral.

Instalada en un estado permanente de melancolía, La mujer de la lado es, de nuevo, una obra esencial. Una obra en la que Tsuge parte al encuentro de sí mismo, perdido entre las brumas, y se encuentra en un mundo lejano, pero tal vez el único. Un tiempo nada heroico y, desde luego, ningún paraíso perdido. Todo está ahí. Todas las derrotas, todas las cosas perdidas.

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Hilda y el bosque de piedra, de Luke Pearson (Barbara Fiore)| por Almudena Muñoz

Luke Pearson | Hilda y el bosque de piedra

En pocos años, un algoritmo ha suplantado al esfuerzo que requería decidir según qué baremo decidimos si algo es o no interesante. Esa inteligente máquina de reunir y amasar datos que es Netflix convierte, si no en oro, al menos en estatuilla dorada temporal todo aquello sobre lo que sopla. Y no porque sea un Midas irresponsable; a veces su dedo se posa sobre historias que realmente merecerían más entusiasmo y difusión, aunque ni siquiera la agenda de Netflix las haga saltar a la fama.

La adaptación de la serie de cómics de Luke Pearson es uno de los proyectos animados de Netflix más sorprendentes a medio plazo, pero Hilda aún no es tan conocida fuera de los círculos de lectores asiduos al tebeo y del mercado anglosajón. ¿Se debe esto a que Hilda es una niña? ¿A que el ritmo de publicación de cada tomo es demasiado lento en comparación con la estrategia de Netflix de difundir todos los episodios en un mismo día? ¿O es cosa de esa tierra de nadie en la que se ubica la vida de Hilda, un espacio absorbente adonde va a parar de todo: los conflictos familiares, las criaturas fantásticas y los calcetines desparejados?

Al margen del crecimiento lento pero potente de Hilda en la escena del cómic infantil, sin lugar a dudas su lenguaje lo pone fácil a cualquier adaptación audiovisual, pues Pearson se vale de una ruptura continua de las viñetas para dirigirse adonde necesite la acción. Túneles mágicos, discusiones, narraciones silenciosas con cambios de luz y saltos de perspectiva compiten en este mundo donde conviven lo más diminuto y lo gigante, como personas del tamaño de meñiques y montañosos trols, aunque la medida de referencia siga siendo humana. Hilda y su madre son el epicentro de una serie de aventuras en las que, en realidad, lo extraordinario forma parte del paisaje y su irrupción en el día a día no es tanto un impacto como un incordio frente a lo corriente, como un viernes con planes de helado y juegos de mesa. Al igual que en las películas de Studio Ghibli y los libros de Roald Dahl o Diana Wynne Jones, las criaturas más raras pueden ser invitadas a la mesa tranquilamente y las niñas son decididas, brutas, bocazas, cariñosas y valientes, porque en el mundo de Pearson nada de eso es un apunte especial, sino la norma.

Las cinco historias de Hilda publicadas hasta la fecha no se proponen ninguna moraleja recurrente; es más, aunque la estatura de Hilda no cambie, sí lo hace la relación con su madre y la forma en que afronta los problemas habituales de la niñez, desde mudanzas de ciudad y colegio hasta compaginar las obligaciones escolares con los excesos de imaginación y energía. El trazo de Pearson contiene ecos de otros historietistas que encajaron con todo tipo de lectores, como Morris y Goscinny, y de ese renacer de la animación bidimensional como algo hecho de capas trepidantes y complejas pero estéticamente suaves, tal y como han demostrado las series Gravity Falls (2012-2016), Más allá del jardín (2014) y el próximo remake de Patoaventuras. Hilda y el bosque de piedra es la primera entrega que no ofrece una aventura cerrada, sino un cliffhanger final totalmente opuesto a la filosofía de consumo de Netflix. Una llamada, quizá, a que no olvidemos a Hilda mientras se fragua una nueva historia, y a ese tejido entre la insatisfacción y lo satisfactorio que rodea nuestro trato con la ficción desde que somos pequeños.

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Cosmonauta, de Pep Brocal (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Pep Brocal | Cosmonauta

Convertirse en uno de tantos cosmonautas que escapan del mundo actual, de esta tierra presente o futura, para encontrar la nada, o un dios, tal vez Dios. Escapar de lo colectivo, de las relaciones sociales, de la frustraciones y fracasos compartidos, para encontrar la soledad sin piernas de una cápsula espacial con una voz robótica que lo sabe todo, que nos cuenta un poco y que calla, como un humano más, las cosas importantes. Atravesar el espacio en una improbable línea recta, unos junto a otros, para no dejar nada al azar (o dejarlo todo), para que alguien tenga que encontrarse necesariamente con esa divinidad a la que exigirle cuentas. Con un catálogo de reivindicaciones, de seres humanos airados por el abandono de su creador o por las imperfecciones, enormes, de su obra. Esto sería Cosmonauta, la última obra de Pep Brocal. Un viaje desesperanzado de miles de años, en el que no se busca nada, más que huir. Aunque aquello de lo que se huye va con uno mismo. Es él mismo.

Héctor Mosca no tiene muchas pretensiones en esta vida, como casi todos. Tiene un amigo, una amiga y un problema aritmético fácil de intuir. La infancia pasará y será el momento de que la amiga sea novia, el amigo rival. Héctor no es ningún conquistador y su victoria está llamada a ser efímera. Hay derrotas que valen por toda la batalla y, cuando uno no es capaz de abrazar eternos rencores o esperar una oportuna venganza, solo queda escapar, subirse en una moto y convertir en hombre bala lanzado hacia algún punto en el horizonte. Eso si no surge la oportunidad de que ese horizonte sea espacial y el hombre bala pueda llegar más y  más lejos, allí donde nadie ha llegado. Cuando la tierra ya no es suficiente, queda el espacio. Cuando todo ha ido mal, queda buscar al responsable de tal desbarajuste.

Pep Brocal construye una Odisea a la inversa, desprovista de monstruos y mitologías. No se trata de volver a Ítaca, sino de huir de ella. No se trata de encontrar a Penélope, sino de huir de ella. No se trata de una road movie, porque nada rueda ni nada es peliculero. No es una es una odisea en el espacio porque nada tiene de aventurado, y ni tan siquiera podemos esperar que aparezca algún alien, simplemente porque no cabe. Sí, Cosmonauta es un libro nihilista. Pero divertido (como si fueran cosas contradictorias… No, al menos desde aquel pez llamado Wanda, no lo son). Un libro con ese azul metálico, espacial y frío, que hace juego con la cara impasible de Héctor Mosca, en la que apenas queda sitio para el asombro. Un libro con ese rojo sangre de la vida pasada, que no se puede decir que fuera mejor, pero al menos sí más viva, más veloz. Cuando el tiempo aún se medía por minutos y días y no por años. Y en algunos momentos, todo se confunde, rojo y azul, derrota y derrota.

En Cosmonauta encontraremos grandes derrotas personales y grandes derrotas de la humanidad, y el humor necesario para pensar que, después de todo, es así. Siempre ha sido así. No somos tan especiales. Seguimos esperando quedarnos con la chica, encontrar a dios (uno cualquiera), huir como si ese fuera posible, y que nos solucione la vida una máquina. Un futuro muy parecido al pasado y qué decir del presente. Y la nada por todos lados, como algo pegajoso. Asquerosamente pegajoso. No es un tiempo para héroes y, si lo fuera, estos no serían otro Ulises, sino un Héctor. Sin duda.

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Un policía en la luna, de Tom Gauld (Salamandra Graphic) Traducción de Carlos Mayor Ortega | por Almudena Muñoz

Tom Gauld | Un policía en la luna

Tómese las proteínas y póngase el casco. O bien cómase un dónut y retírese la escafandra para suspirar e intentar entablar conversación con las máquinas. No hay otro propósito en el terruño lunar, una vez cumplidos todos los deseos de Elon Musk, porque nuestras insatisfacciones continuarán rotando en ciclos infinitos. No importa cuánto viaje el hombre triste y aburrido, si la depresión se sube con él al mismo cohete, y esto lo sabe hasta un robot terapeuta.

¿Cuál es su nombre?, dice el cacharro, imitando las costumbres de las personas parlanchinas. Nombre desconocido, suplantado por unas funciones que suenan de rechupete pero que no conllevan ningún esfuerzo: señor agente, señor policía. Podría ser el famosísimo Major Tom, o Tom Gauld a secas, que en todas sus viñetas sencillas y expresivas se dedica a representarnos a todos los demás. Apenas un puñado de palabras, el color blanco y variaciones de saturación sobre un mismo tipo de azul, y ya estamos instalados en la luna, donde de inmediato nos sentimos como en casa. ¿Todo correcto, nota algún tipo de presión? Tómese otro dónut.

La vida aquí no tiene nada que envidiar a la de ahí abajo; es más, la luna dispone de cantidades ilimitadas de tiempo y silencio para invertir en la meditación que tanto persiguen los terrícolas. Puede incluso practicar el movimiento slow, ya que la gravedad no es la misma y tardará horas (si no días) en recibir el correo y el cambio de una máquina expendedora. Nada que echar en falta de la Tierra. Imaginamos que le apetecerá replicar ¿y para qué un policía en medio de la nada, en lugar de unos ingenieros, unos geólogos, un vlogger de viajes? No hay rastro de selenitas que evaluar, ni muchos más humanos de los que llevar un registro.

De entrada, ¿cómo pretende encontrar un oficio lógico en un espacio donde no teníamos nada que hacer? Lo sabe, incluso lo intuía en su país de origen. Consuélese con un dónut, son idénticos a los de siempre. Quizá la luna necesite un policía que controle las ilusiones desmedidas que los humanos trasladan al espacio. Un Neil Armstrong anclado para siempre en el bucle de su descubrimiento, por ejemplo. Las esperanzas de gente corriente que esperaba encontrar… ¿El qué? No se sabe tampoco aquí arriba. Cualquiera se siente agotado por la belleza y los paisajes nuevos. El espíritu que quería encontrar la paz en la luna al final siente de nuevo el tirón de la Tierra, como un perro fiel que regresa siempre a casa.

Rogamos en todo caso que reconsidere la situación. Tiene coches voladores. Hay palmeras encapsuladas. Cada semana lo cambiaremos de habitáculo para recibir el estímulo de un ambiente nuevo. Las mejores franquicias de café y bollería esperan instalar un punto de venta en breve. Pruebe, pruebe un dónut. ¡Hasta el robot terapeuta es auténtico y no cobra por sesiones! ¿Sigue sin gustarle? ¿Se siente solo, inútil, invisible, olvidado, el único humano de la colonia, y la luna le parece tan triste como declamaban todos esos viejos poetas? Por favor, antes de partir siéntese un momento y vea cómo son realmente las cosas azules y blancas en este trozo de firmamento: tal vez la cara oculta de la luna es que aquí arriba aún hay esperanza. Eso es, respire hondo, aprecie lo ridículo y hermoso que es todo, que su vida cabe en un pequeño libro sin apenas texto. Y tómese un dónut.

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Los lobos de Currumpaw, de William Grill (Impedimenta) Traducción de Jorge García Valcárcel | por Almudena Muñoz

William Grill | Los lobos de Currumpaw

En el museo de Philmont, en Nuevo México, se conservan dos fotografías originales de los protagonistas de esta historia. Las dos en blanco y negro, ambas retratos de un par de personajes que miran a cámara con un gesto que parece sonriente; posturas casi idénticas, las mismas líneas de fuga. Una es de un hombre, la otra muestra a un lobo. Sabemos que es el azar y nuestros ojos deseosos de romanticismo lo que lleva a descubrir similitudes pasmosas en momentos sin relación de personas (o animales) destinados a cruzarse más tarde. Para el narrador y dibujante William Grill, con esas delgadas líneas se teje el mapa del delincuente, las conexiones entre el horror y la lección que sirven de tablero de corcho para nuestro deporte favorito: la autopsia del pasado sobre el presente.

La región de Currumpaw (también escrita como Currumpah o Corrumpa) evoca los olores de la primera Norteamérica colonizada, a cebollas salvajes, sangre de bisontes y caballos exhaustos y sudorosos; a un paisaje saqueado e injusto, en definitiva. Todo lo que sabemos del pillaje y criminalidad de los primeros exploradores blancos en el Oeste anula el aura de aventura que tenían las novelitas de a centavo. Podría decirse que Grill comienza su homenaje hechizado de la misma manera, arrastrando los lapiceros de colores sobre las llanuras y los cielos intensos. Al contrario que en su anterior volumen, El viaje de Shackleton (2014), en Los lobos de Currumpaw opta por el paisajismo en lugar de por el tono divulgativo de los despieces, la subdivisión del suceso histórico en las pequeñas piezas reales. Quizá porque no es atractivo conocer todos los elementos de un bando condenado a ser brutal o asediado por el otro.

El procedimiento parece recrear el esquema de aquel bello tomo sobre Shackleton en la Antártida, aunque invierta su paleta de tonalidades. La preeminencia de un rojo seco, el de los tejidos indios y las banderas déspotas, finalmente sirve de marco para la gran revelación final: Los lobos de Currumpaw no es, como la peripecia del Endurance, un relato trágico y edificante. La obsesión de las gentes de Nuevo México y, más tarde, de Ernest Thompson Seton, no es otra que cosa que pura ansia por ver brillar el rojo que se seca más tarde. La sangre de Lobo, de todos los lobos, se derrama sin otro propósito moral que sacudir la conciencia del cazador Seton y darle la vuelta a su papel histórico, que pasaría a ser el de fundador de las bases de los entrañables Boy Scouts.

A día de hoy, podría argumentarse que la penitencia no elimina el crimen y que las planicies de América no son mejores por tener menos fauna, pero más equipos de defensores de la naturaleza. Como en aquel episodio de West Wing en el que la Secretaria de Prensa se mofaba un poco inquieta de la construcción de una carretera para lobos, Los lobos de Currumpaw se mece en el pantanoso territorio de la vergüenza y el orgullo por la leyenda. Grill lo conduce a sus propios dominios, con sus trazos de viñetas evocadoras y episodios anónimos y medio olvidados. La ilustración pasa a ser algo minimalista, como unas puntadas sobre tela. Mientras, la Historia desnuda su lado oscuro y odioso, idealizado en las antiguas láminas de cuentos como el Lobo, rey de Currumpaw que escribiría el propio Seton. Aquel hombre bigotudo que posaba a la entrada de una cabaña, sujetando una escoba como si nunca hubiese empuñado un rifle, frente al lobo que no tiene otro remedio que recostarse, humillado, en la trampa de la narrativa norteamericana.

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Escapar. Historia de un rehén, de Guy Delisle (Astiberri) Traducción de María Serna | por Juan Jiménez García

Guy Delisle | Escapar. Historia de un rehén

1997. Christophe André se encuentra en Ingusetia trabajando para Médicos sin Fronteras. Una noche, mientras se encuentra solo en un edificio secundario, un grupo armado, que se hace pasar por la milicia, se lo lleva con él. Se dirigen a Grozni, Chechenia. La primera guerra chechena terminó hace un año, la segunda no tardará en llegar. Entre medias, Rusia, el separatismo, los grupos armados que campan a sus anchas. Para André empieza un cautiverio que él piensa de unos pocos días pero que se prolongará durante meses. Una noche interminable.

Guy Delisle es sin duda uno figura esencial del último cómic (o no tan último). Ha sabido contar como pocos las contradicciones de nuestro tiempo a través de unos pocos lugares, colocándose en primera persona a través de un estilo reconocible, de una sencillez tremendamente complicada, de un humor desencantado. Sus viajes a Shenzhen, Pyongyang, Birmania o Jerusalén, han trazado una geografía del absurdo. Un absurdo que se ahoga entre contradicciones y una crueldad muy de aire de nuestro tiempo, escondida tras el costumbrismo. En Escapar le entrega el papel protagonista a André y esos viajes exteriores de antes se convierten en un viaje interior, pero el dibujante canadiense no abandona esa línea de apuntes gráficos sobre los días que pasan.

El álbum se instala en la más completa oscuridad. Los blancos desaparecen o son solo breves instantes. Solo está esa noche interminable en habitaciones a las que nunca llega la luz o carreteras en las que nunca es de día. Entre el gris y el azul, seguimos instalados en esa economía de la viñeta que tan bien maneja, en la que está lo esencial, lo que tiene que ser visto y también lo que tiene que ser intuido. El tiempo es un simple cambio en la disposición de la luz, la monotonía la repetición de los instantes. La narración del secuestrado solo se ve interrumpida por el habla incomprensible de sus secuestradores. A nosotros, lectores distantes, habitantes de otro mundo, nos empieza a invadir esa misma sensación de desasosiego, esa misma necesidad de escapar. Y de saber.

La odisea de Christophe André, que más que buscar su patria busca huir de la de los otros, se convierte con Delisle en una desesperación esperanzada. Ser capaz de determinar el día en que uno se encuentra, en la constatación de que sigue siendo una persona que no ha abandonado el mundo. Esa interminable noche chechena sigue buscando el día, entre recuerdos de otras guerras pasadas, generales napoleónicos y antiguos campos de batallas. Seguir vivo es ser capaz de no abandonarse al destino que los otros nos procuran. El dibujante se convierte en un fiel acompañante, en la mano que traza del diario, lleno de días que pasan, del otro. Y nos viene a demostrar aquello que intuíamos: que en primera o tercera persona, el personaje es el mismo: nosotros. Nosotros enfrentados a un mundo que no comprendemos, ya sea una dictadura coreana en una ciudad fantasma o bajo las piedras ultraortodoxas. Ya sea esposados a un radiador o enfrentados a otros misterios asiáticos.

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Philémon, de Fred (ECC Ediciones) Traducción de Sara Bueno Carrero | por Óscar Brox

Fred | Philémon

Para muchos, los años de la infancia y primera adolescencia quedaron marcados por Uderzo y Gosciny, Edgar P. Jacobs y Hergé, los pitufos de Peyo o, un poco más adelante, toda aquella generación de artistas larvada en las páginas del Métal Hurlant. De haber conocido antes a Frédéric Othon Theodor Aristidès, Fred, su nombre estaría incluido en la lista y, a buen seguro, sus álbumes habrían sido tan leídos y releídos como los de Blake y Mortimer o Spirou y Fantasio. Pero, en ocasiones, un descubrimiento tardío supone, también, una oportunidad para reconectar con ese espíritu de eterna inocencia que asociamos con la infancia. De pasión, curiosidad y sentido de la ilusión. Elementos, todos ellos, que cualquier lector entregado hallará en este Philémon integral que publica ECC.

Rebobinemos un instante para viajar a la Francia de los años 60, alimentada culturalmente por un grupo de artistas y escritores con ganas de jugar -con las reglas, las convenciones y las posibilidades del arte. Que Georges Perec sea una de las voces convocadas para loar las virtudes de Philémon no debería sorprender. No en vano, Fred bien podría ser hijo de aquel taller de literatura potencial que se dedicaba a alterar las normas y el estilo de la literatura para exprimir sus fantásticas oportunidades. ¿Y qué puede ser más fantástico que ese mundo, pequeño en apariencia, en el que viven Philémon y su burro Anatole? En el que la tranquila y bucólica vida rural se ve una y otra vez sacudida por el sentido de la maravilla, por situaciones tan fantásticas e inverosímiles que ponen patas arriba la lógica del relato, mientras nos invitan a desprendernos de prejuicios y abandonarnos a la pura ficción. Al arte de jugar con la libertad formal, temática y narrativa de la viñeta para imaginar cualquier cosa. Porque, así es, en el universo creativo de Fred cualquier cosa es posible.

En Philémon no resulta imposible toparse con un gigante al doblar la esquina, encontrar un catalejo que encoja o aumenta las dimensiones de cualquier cosa, tratar con un sastre que corta sombras a medida, caer por un agujero que comunica directamente con las letras del océano Atlántico (sí, las letras) o conocer un circo secreto encantado por los hechizos de un hipnotizador. Es tan amplio el caudal imaginativo de Fred que cada aventura reunida de Philémon guarda un nuevo as en la manga, con esa tenacidad infatigable con la que parece estimular cada rincón de nuestra imaginación. De ese espíritu infantil al que hacíamos referencia, en el que cabe un escenario lleno de apuntadores, pianos salvajes a los que domesticar con la mejor de las melodías o cebras transparentes que son en realidad la prisión más perfecta. Más que surrealista, esa palabra que resbala a la mínima ante argumentos de este tipo, la de Fred era una imaginación tremendamente fértil, en la que la acción de cada viñeta se orientaba a un perpetuo juego de expectativas y descubrimientos. Como si, a cada paso de su criatura, el mundo diese un nuevo vuelco; un giro de 180º en busca de esa extraordinaria sensación de felicidad lectora.

A Fred no le interesaba tanto la perfecta construcción de la línea clara como, en cambio, la estimulación total de la imaginación lectora. De ahí que uno vea en su dibujo el trazo rápido que parece ilustrar el movimiento ininterrumpido de la aventura. El cambio de escena en busca del más difícil todavía; de la sorpresa que deje boquiabierto o de la carcajada al comprobar cómo el padre de Philémon cree vivir con los pies en la tierra en un mundo que, en fin, está siempre a la altura de las nubes. Por eso, Philémon pertenece a la estirpe de obras como Las flores azules, de Raymond Queneau, o de La gran O, de James Thurber -un autor, este, del que habría sido un excelente ilustrador; en esencia, a esa generación de artistas que sabían cómo exprimir las posibilidades del medio, violentando sus convencionalismos para atacar la raíz de la fantasía. Para explorar y transferir ese sentimiento de fantasía a las viñetas de sus aventuras, con el mismo sabor con el que los pioneros del género descubrieron cómo organizar una historia en imágenes. Con ese sentimiento de viaje alucinante en el que hasta la cosa más mínima supone una puerta que comunica con nuestra imaginación.

Afortunadamente, la edición integral de Philémon nos augura Fred para rato. Siempre habrá una nueva aventura con el pocero Barthélemy como personaje invitado, algún truco secreto del tío Felicien o una letra más del Atlántico que visitar. Y si no, quedará Anatole con sus ocurrencias de burro que piensa mejor que un humano. Que cualquiera de esos humanos cuyo mundo gris se exorcizaba, cuando no se combatía abiertamente, desde las filas del tebeo y la viñeta. Por eso resulta tan emocionante volver, o descubrir por vez primera, a las páginas de Fred. Son, en sí mismas, una síntesis de esa infancia eterna de la que nadie se quiere deshacer. A la que volver, de tanto en tanto, para ayudarnos a recordar qué era eso del espíritu de la fantasía.

 

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Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono, de Kan Takahama (Ponent Mon) Traducción de Miguel Ángel Ibáñez Muñoz | por Juan Jiménez García

Kan Takahama | Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono

Los franceses siempre han tenido un cierto gusto por la asimilación de otras culturas, intentándolas integrar dentro de la suya propia (otros dirían absorbiéndolas), intercambiando un cierto exotismo (o eso les parece) por un afrancesamiento. Esto a veces sale bien (en el cine tenemos amplios ejemplos) y  otras simplemente se convierte en una muestra de cierto pintorequismo en la carrera del artista de turno. A todo esto no podía ser ajeno el manga. Por su capacidad de atracción sobre occidente y por la potencia de la historieta francesa (o francobelga), que no es poca. Si juntamos todo ello, nos encontramos con algo que se llamó nouvelle manga, y que pretendía encontrar un punto intermedio, sumándole autoría e historias personales. Kan Takahama convergió en un determinado momento con ellos (especialmente con su segunda obra, Mariko Parade, en colaboración con el fundador del movimiento, Frédéric Boilet), pero qué duda cabe que, a estas alturas, su cabeza anda en otro lado. Y aunque comparte con Jirō Taniguchi aquello de ser los más occidentales de los dibujantes japoneses (ya estamos como con Akira Kurosawa en su tiempo y en su cine, como si no hubiéramos aprendido nada), lo cierto es que desde su primer libro (todos ellos publicados, como este, por Ponent Mon), sigue unas constantes que la hacen una autora, incluso en un sentido, ahora sí, nouvelle vague, manga, o la etiqueta que queramos utilizar.

Unas constantes que serían las relaciones personales, el sexo (aquí muy presente) o el artista, con un dibujo que ha ido pasando de lo borroso a lo concreto, del blanco y negro a los grises, para acabar, como en el epílogo de este manga, desvaneciéndose, como el tiempo o la historia (hache minúscula de intimidad). Si sus primeras obras se instalaban en un tiempo que podía ser el de la autora y todo sus personajes se confundían con ella misma, en sus últimos libros la distancia se alarga. Ya en El último vuelo de las mariposas se iba a la época Meiji para adentrarse en el mundo de las cortesanas, mientras que en Ciudad de Yotusya, barrio de Hanazono avanza algo, hasta alcanzar el final del periodo Taisho y la entrada del la era Shôwa, años que llevarían a Japón al ultranacionalismo y el militarismo. Es en ese instante donde Takahama se instala para contarnos una historia de amor y también de sueños perdidos (tal vez sea lo mismo).

Ishin, nombre con el que se conoce a Yoshimune Miyake, es un escritor de última fila, que lejos de esperar su momento se ha instalado en el mundo de las revistas eróticas, escribiendo para una nueva publicación, Las puertas del sexo. Su editor es Eijrô Aoki, un comunista que aspira a conseguir algo de dinero que pueda financiar sus actividades políticas. Para ello, se van sumergiendo en un Tokio condenado que vive sus últimos días, y no les va mal. La revista es un éxito hasta que el viento cambia y todo se pudre. La guerra está ahí, dispuesta a poner las cosas en su sitio, a llevar a Japón a un suicidio colectivo. Entre tanto, Ishin también conocerá el amor y la pasión (no en este orden), aunque como decía alguien, la felicidad nunca es alegre y más bien efímera.

Ciudad de Yotusya, barrio de Hanazono es seguramente el manga más divertido de Takahama hasta la fecha. Tal vez sea solo una especie de felices años veinte (esos años veinte que en prácticamente todo el mundo se celebraban, por haber salido de una guerra, por intuir que no sería la última). También tiene aquella melancolía de su obra anterior y una fatalidad tampoco exenta de pasado. A través de un ritmo sin fallas, de un dibujo que la emparenta con un manga más actual sin que sea por ello necesariamente occidental. La alegría de vivir frente a la realidad de la vida.

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Pameos y meopas, de Julio Cortázar (Nórdica) Ilustraciones de Pablo Auladell | por Almudena Muñoz

Julio Cortázar | Pameos y meopas

Cortázar, que como estudiante de la lírica dedicó un extenso ensayo a la vida y obra de John Keats, resumía que ser poeta es tener visiones. Curiosamente, la faceta en verso de Cortázar permanecería escondida a la visión del público durante décadas, o quizá a la vista pero de atractivos invisibles para los conocidos y editores del escritor argentino, que efectivamente escribía poemas como visiones frente a una ventana de domingo tempestuoso y superpoblado de recuerdos. Como en 1971, año en que reveló en Pameos y meopas su producción de poemas, Cortázar decía que lo normal es que los jóvenes ya no leyesen a Hölderlin, Mallarmé y Darío, y que la poesía se encontraba en los grafitis, en Peter Weiss y Bob Dylan, imaginamos que estaría igualmente cómodo con que la juventud de 2017 ya no hojee con pasión a Cortázar y en su lugar escuche en bucle el musical Hamilton.

Gran lector, pero completamente ajeno al clasicismo en su prosa, el Cortázar poeta parece no atreverse a olvidar del todo la herencia de los latinos, con su marco referencial al paisaje y el paso/peso del tiempo. Los poemas que vivieron ocultos al público son breves como haikus o estribillos perdidos en alguna biblioteca griega, la obra inconclusa de algún personaje que podría haber soñado Borges durante esas tardes de lluvia espesa en las que Cortázar se aburría, o se dolía, y escribía. Los mitos, los pintores italianos y los bosquejos de campo y travesía marina ya no son muy reconocibles para el lector promedio (para el de Cortázar o el de estos tiempos), pero siguen hundidos en una renovación que pronto será también un triunfo pasado, más debatido entre los doctorandos que en las librerías. Tal vez, consciente de esa libertad, el poeta Cortázar escribe a medias, garabatea, hace lírica de notas breves y poemarios de apenas un puñado de estrofas. Canta a las escenas de barrio que le hechizan y a las joyas de ‘alta cultura’ que le permiten hablar de fe y amor como lo hicieran Keats (esas repeticiones de Oh: «Oh rosa», «Oh delfines»), o e. e. cummings («una presión de manos pequeñitas»). Baila el chachachá en una capilla con murales de Masaccio y Piero della Francesca, reunidos todos los colores disponibles en el vocabulario castellano mientras la mano de Cortázar acaricia su horizontalidad. ¿Es posible darle la vuelta a la poesía? Es posible, pero quizá no para alguien que la amaba tanto.

Pablo Auladell, ilustrador alicantino y laureado que va depositando su trazo en las mejores casas independientes (entre las últimas, sus ediciones de La puerta de los pájaros de Garzo para Impedimenta, y El paraíso perdido de Milton para Sexto Piso), interpreta los pequeños versos de Cortázar como frescos recién descubiertos debajo de una gruesa capa de cal. Un sosias de Dante podría tocar el saxofón, una arpía hechizaría con su canto como un jilguero y a Beatriz se la podría encontrar todavía radiante y vestida de lino, paseándose frente a unos bloques de viviendas.

El volumen, casi una libreta de notas (reunidas desde 1951), surge en el abarrotado paisaje de nuevas ediciones y reediciones sobre Cortázar como una gigantesca cabeza clásica en el desierto, la boca abierta. Introduzca su mano y extraiga un verso que parece venido de cualquier nación y época, sin las palabras y artificios que el autor ingeniaría para el resto de su obra narrativa. Aquí ejerce de editor y documentalista sobre las imágenes más recurridas para expresar nuestras sensaciones de desamparo y afecto. No otra cosa respira bajo los versos de quien sabía reunir en la misma tertulia de bar lo enrevesado y lo fundamental, al hombre y al cronopio.

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