La razón estética, de Chantal Maillard (Galaxia Gutenberg) | por Óscar Brox

Chantal Maillard | La razón estética

Una primera intuición al respecto del libro de Chantal Maillard es que bien podría haberse llamado maneras de entender el mundo, en tanto que son esas maneras las que se derivan de la educación de la sensibilidad. De las categorías de la sensibilidad que varían de una época a otra y que, a la larga, nos conducen hacia uno de esos problemas fundamentales: el conocimiento de uno mismo. Una segunda intuición es que a Maillard no le preocupa tanto la cantinela en torno a la pérdida de valores que parece acompañar a estos últimos tiempos posmodernos (en ausencia de una palabra más afortunada), sino que lo que realmente desea criticar -pintarle un bigote, como Duchamp al cuadro de la Gioconda- es el modo cultural que se desprende de esa lectura. Sobre todo, a causa de la falta de espontaneidad y de impulso de descubrimiento que preconiza la posmodernidad, con la mirada puesta en dirección a la nostalgia y el abatimiento. Y que revierte en algo más importante: el modo de racionalidad con el que se construye el mundo que le corresponde a la actualidad.

Pese a las reservas que manifiesta en el prólogo que acompaña al libro, a modo de revisión de las tesis expuestas veinte años atrás, lo cierto es que Maillard se entrega a la tarea intelectual de caracterizar a su Razón estética con tanta perspicacia como apasionamiento. Jugando, precisamente, con el vocabulario heredado de los últimos estertores del romanticismo, la Modernidad o la Ilustración para ver cómo fortalecer a la Razón. Cómo hablar de esa Razón poiética hacedora y creadora de realidad. Para ello, nos sitúa inicialmente en una consideración, junto a Gianni Vattimo, de lo que ha sido el devenir teórico de la posmodernidad, desde la crisis de la Modernidad hasta ese concepto siempre delicado que es el pensamiento débil, y las sucesivas recetas, desde la epistemología a la hermenéutica, que unos y otros han formulado para dar cuenta de la cuestión.

Así, el primer paso que lleva a cabo Maillard es el de recoger esos fundamentos caídos en la posmodernidad con los que nutrir su Razón estética. Y para ello se dedicará a revisar, al calor de, entre otras, las lecturas de Richard Rorty, las ideas en torno al papel de la ironía y de la conmiseración que hallará en la ternura -en un precioso pasaje, por cierto, a cuenta de David Lynch y su Corazón salvaje. Así como también echará la vista atrás, en dirección al sujeto romántico, para darle la vuelta al calcetín de su condición, a la categoría de lo sublime y el tránsito entre la ironía moderna y la posmoderna. De todo ello, un comentario más literario que filosófico, Maillard extraerá reflexiones sobre las versiones de Drácula y Frankenstein, el moderno Prometeo extrapolado a los tiempos de Blade Runner y la irrupción, en mitad de las categorías heredadas del romanticismo, de esa conmiseración, de ese con-padecimiento, como escribe la autora, de los que tirar del hilo. En especial, a partir de la agónica vindicación de su existencia emocional que lleva a cabo el replicante Roy al final de Blade Runner.

En uno de los textos más inspirados del libro, Maillard reclama recuperar lo lúdico para la vida; también, la fuerza filosófica necesaria para cambiar el comportamiento de los individuos en la sociedad actual, marcado por sus implicaciones con la técnica. Otra manera de vivir, o de ver el mundo, alejada de los resabios románticos o ilustrados que ha caracterizado a lo largo del libro. Y para ello hablará de la recuperación del placer, íntimamente ligado a la actitud estética. En ese recorrido por las diferentes tentativas filosóficas para cubrir el vacío dejado por la crisis de la Modernidad, se encargará de analizar la razón poética de María Zambrano -y, en especial, el papel de la metáfora- hasta trazar un hilo de comunicación con su razón estética.

Cuando un mundo cae, hay que reemplazarlo. En el vértigo de esa afirmación, Maillard nos interroga a propósito de la clase de racionalidad capaz de dar nacimiento al o a los mundos que nuestra actualidad requiere. Y se diría que, pese a sus reservas tardías, La razón estética es un ejercicio de optimismo filosófico, de pelear con el tedio posmoderno en busca de una respuesta creativa que dé lustre a conceptos aplastados por sus resabios románticos, por lecturas agotadas (como la risa, el humor y el bergsonismo) o por un pensar secuestrado por los imperativos de la técnica. De ahí que, ante todo, la de Maillard sea una obra que se pregunte qué puede dar la razón tras décadas marcadas por la posmodernidad. Y que su respuesta, en definitiva, nos invite a pintar un bigote a lo posmoderno.

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El mal y el tiempo, de Carlos Fortea (Nocturna) | por Óscar Brox

Carlos Fortea | El mal y el tiempo

En Los jugadores, la anterior novela de Carlos Fortea publicada en Nocturna, nos situábamos en los días previos a la firma del Tratado de Versalles, en un momento de especial vulnerabilidad para una Europa no solo acosada por la Primera Guerra Mundial, sino también por el declive de todos aquellos imperios que la sustentaron durante años. Telón de fondo para una historia de intrigas, decisiones pragmáticas y personajes preocupados por salvaguardar su futuro personal antes que el de unas patrias en estado de descomposición. El mal y el tiempo, en este sentido, significa un cambio de tercio en las ambiciones de Fortea, en tanto que sustituye el escenario histórico por un paisaje más cercano… tal vez, también, más mitificado; el de aquel Madrid recién salido de la Movida en el cuál su autor sigue los pasos de dos parejas. Pasos que, a la postre, le conducirán hasta, casi, el presente. Todo ello, por cierto, hilvanado a través de una trama policiaca y el estudio de personajes que llevará a cabo.

Fortea nos introduce en las vidas de dos parejas, Arturo y Nerea y Mario y Silvia, cuyas vidas cruzadas dibujan, en primera instancia, ese paso inicial difícil hacia la madurez que troca los últimos coletazos del idealismo juvenil en decisiones más o menos firmes dirigidas a encauzar un futuro. Solo que, para Arturo, el futuro parece encaminarse a seguir la sombra de Mario y anhelar el favor de Silvia. Por mucho que todo ello forme parte de su atribulado mundo interior; de esa clase de pensamientos que martillean una y otra vez sin dejar espacio a una respuesta. No en vano, es el personaje del inspector de policía el encargado de resolver el misterio de una relación que comienza a principios de los 90 y culmina en 2012, tras una bala perdida y un vuelco al corazón que acaban con la vida de Arturo.

A partir de ahí, las épocas saltan y las voces (la del narrador y las de los personajes) abren el relato a un vasto mosaico de emociones humanas. Un relato en el que, en esa conjunción que el título nos obliga a relacionar, el mal y el tiempo, Fortea parece explicarnos que ambas son heridas indelebles en el cuerpo de sus personajes. Y quizá, puestos a pensar, peor es el tiempo, en su paso implacable, que ese pragmatismo sin concesiones que lleva a Arturo por la senda de la perdición. Porque con el correr de los años, las heridas, los viejos dolores, se amplifican de tal manera que nada parece remediar la situación. O eso, al menos, es lo que describe ese postrero encuentro con Silvia, un largo diálogo repleto de pausas y de una pregunta que se repite sin obtener respuesta en el que Arturo desnuda todas esas debilidades que, tanto tiempo después, le han convertido en esa persona que nunca creyó llegar a ser.

Como sucedía en su anterior novela, Fortea mantiene esa prosa clara, con personajes bien perfilados y situaciones que, pese a los saltos en el tiempo, siempre nos mantienen en el mismo escenario. No en vano, el autor procede como en una autopsia, escudriñando hasta el último rincón de la vida de Arturo para explicarnos el drama de esa transformación. Los sueños rotos. La vida que no llegó a ser y la que, pese a sus temores, acabó por llegar. De ahí que, pese a su apariencia de relato policial -un género, como el histórico, que le proporciona un andamiaje y unos rasgos estilísticos con los que jugar-, El mal y el tiempo apueste por una reflexión menos coyuntural. Una en la que, precisamente, entra en juego el papel del arte y la cultura. De ese mismo arte que se cifra en los cuadros de Mahera y en las pinturas de una Silvia escondida. Cuyo valor es radicalmente opuesto al de la escalada política que Arturo y Mario emprenden al final de su juventud. Y que, de alguna manera, nos habla de ese temperamento crítico que permanece frente a ese otro, mucho más maleable, que vive a merced de las sacudidas de cada época. Sostenido por un paisaje en permanente transformación. De ahí la importancia que Fortea concede al retrato que pinta Silvia de Arturo; a las diferencias con respecto a los de Mario y Nerea. A ese instante fatal, hijo de los fantasmas del Dorian Grey de Wilde, en el que Arturo observa la pintura para, de una vez, admitir su descomposición moral.

El mal y el tiempo es, en efecto, una historia de vidas cruzadas; un relato policial salpimentado por la historia del principio y el final de una amistad. Por el rencor y la amoralidad en unos tiempos de auténtica miseria humana. Tiempos a los que Carlos Fortea se acerca desde una mirada inquieta, íntima, en busca de esos sentimientos humanos que le permitan iluminar las tinieblas privadas de cada persona. El retrato de cada uno que, en lo más profundo de nosotros, tememos observar.

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El tiempo de en medio, de Marcello Fois (Hoja de lata) Traducción de Francisco Álvarez | por Óscar Brox

Marcello Fois | El tiempo de en medio

Hay autores, como Leonardo Sciascia, Dacia Maraini, Gesualdo Bufalino o, como en este caso, Marcello Fois, cuya escritura está unida al territorio, a sus mitologías y a la historia oral forjada con el correr de los años. Quizá sea por su carácter insular, tal vez porque tanto Sicilia como, en especial, Cerdeña se empeñaron en vivir de otra manera las transformaciones del Siglo XX. Sin renunciar a esa tierra ni a esa lengua que había amamantado a una generación tras otra, en cuyo seno fermentaban leyendas como la del Tigre de Ogliastra (a la que Fois dedicó su novela Memoria del vacío) o dinastías como la de los Chironi, protagonistas de Estirpe y de este segundo episodio, El tiempo de en medio.

Decir Fois es decir Nuoro. Su Ítaca, su patria chica, su Parnaso y su lugar en el que echar por raíces. Por mucho que en la historia de los Chironi las raíces estén torcidas, debilitadas por los envites del tiempo y amenazadas, precisamente, por los vínculos sentimentales que las hacen crecer. Y es que Fois nos devuelve a ese mundo pequeño que dibujan con la mirada sus protagonistas. El de un anciano Michele Angelo, devastado por tantos hijos perdidos por la tragedia, la Guerra o la propia vida; el de su hija Marianna; y el de Vincenzo, el nieto al que nadie esperaba y que se encargará de reactivar el futuro del linaje. De ese espacio, casi sentimental, que la prosa de Fois compone en sus pequeños detalles: en su rutina, en el aroma de las flores que crecen entre las rocas, en la fragua, la belleza del dialecto y los recuerdos de una familia desconocida que Vincenzo recibe como si de una transfusión se tratase. Lo que sea con tal de recuperar ese Nuoro perdido. O arrebatado. Por reconquistar la misma pasión con la que el joven Michele Angelo de su anterior novela delineaba los rasgos de su futura estirpe. Todo ese amor, toda esa delicadeza.

Fois cambia a la siguiente generación, la que vivió el final de otra Guerra y el declive del fascismo, mientras el pueblo italiano decidía con qué quedarse: república, monarquía, comunismo o democracia cristiana. Detalles que en El tiempo de en medio forman parte del paisaje, sin llegar a alterarlo completamente, pero que Fois se las apaña para introducir como hitos en un largo camino; señales de demarcación cada vez que la vida se abre paso y exige a sus protagonistas reevaluar las decisiones emprendidas. Cuando Vincenzo pasa de muchacho a hombre, de ingenuo a determinado jefe de la herrería familiar. Cuando Michele Angelo pasa de abuelo a bisabuelo de una familia con demasiados muertos, con demasiadas tristezas, que parece visar en el nacimiento de un nuevo Chironi la posibilidad de un futuro menos cruel. Menos doloroso. Por mucho que cada episodio, cada vida arrebatada o vivida en su plenitud, sean síntomas de una misma enfermedad: la de ese amor incondicional por un lugar, por unas mitologías, por unos personajes que, más que de carne y hueso, parecen esculpidos en mármol y aire, en el aroma de las plantas y el fulgor anaranjado del hierro recién colado.

No resulta arriesgado señalar que Fois observa a los Chironi como guías para entender la Historia, la idiosincrasia, de Nuoro y, por ende, de la cultura sarda. De esa sombra que mira a la otra Italia con la arrogancia propia de quien posee su propia lengua y sus propias mitologías. Y que, pese a los asaltos, pese a las tentativas de la Modernidad, resiste con todo para preservar su lugar en el tiempo. Porque, efectivamente, Fois escribe sobre el tiempo. El que pasa y ya no vuelve, el que está a punto de suceder y el que ya está aquí, en marcha, haciéndose junto a las pequeñas desventuras de sus personajes. Atragantándose con la desdicha de ese joven matrimonio que no consigue tener descendencia, con la tristeza de la tía que antaño fue madre y dueña de una casa que ahora solo visita para quitar el polvo, con los fantasmas de un anciano que se ha negado a cortar el vínculo, aquellas raíces, con el tiempo que el destino le arrebató.

Por eso, El tiempo de en medio es una novela que solo se puede entender en esa especie de excepción cultural que es Cerdeña. Una historia de amor por un lugar, por unos personajes, que ha inventado sus propias mitologías -como la de aquel Soldado Quirón que con los años moldeó el apellido Chironi- para mantener los rasgos propios. Esos que cualquiera es capaz de identificar, como el rostro de un padre, de una madre o de unos hijos, por mucho tiempo que pase. De ahí que volver sobre las obras de Fois posea ese fuerte sentimiento de tiempo sellado, de raíces que palpitan sobre cada página, de voces que continúan haciéndose escuchar. De palabras que, en definitiva, hablan de una historia inmortal. De amor, tristeza y dolor. De vida.

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Muerte con pingüino, de Andrei Kurkov (Blackie Books) Traducción de Atalaire (Mario Grande y Mercedes Fernández) | por Juan Jiménez García

Andrei Kurkov | Muerte con pingüino

Aquello tiempos postsoviéticos que invitaban a la tristeza. No a la melancolía, que es otra cosa, demasiado poética para tanta hambre y tanta mierda, y ni tan siquiera para esa melancolía por el futuro, que tenía un nombre en alemán (como todas estas cosas… un nombre que llevo años intentando recordar, para parecer alguien). Aquellos tiempos postsoviéticos que son un género literario construido sobre el hambre y las vidas minúsculas, un género de muertos vivientes que esperan transformarse en verdaderos hombres o mujeres de provecho, al triste sol del capitalismo de los escapados de comunismo. China: un país, dos sistemas. Rusia: un país, ningún sistema. Un día, unos cuantos millones de personas se despertaron y no había nada tras los cristales. De sus casas, de las tiendas.

Viktor podría ser uno de ellos. Es un escritor incapaz de escribir más de una hoja. Ahora escribiría micro relatos y se sentiría bien, incluso iluminado por la luz de una cierta modernidad. Pero entonces… Entonces no podía ser otra cosa que un escritor fracasado. Vive con un pingüino que se quedó del zoo de Kiev, cuando este tuvo que colocar sus animales por ahí, dado la ausencia de dinero. Se llevan bien. Los dos tienen poco que contar, más allá de mirarse con una cierta perplejidad, no exenta de cariño. Pero un pingüino necesita del frío y un hombre de una vida. Un día las cosas cambian. Le ofrecen un trabajo en un periódico de gran tirada. Escribir las necrológicas de gente que aún no ha muerto. Hay que estar preparados. Y un día, esos mismos empiezan a morir. Y no de muerte natural. Y Viktor se encuentra en un mundo extraño, protegido por invisibles desconocidos, con la hija pequeña de un mafioso. Y el pingüino sigue ahí. La soledad a ratos. Y Ucrania desaparece. Como aquellos murales romanos de ese film de Federico Fellini, que se desvanecían al contacto con el aire. Es decir, de los tiempos modernos.

Muerte con pingüino es terriblemente triste. Y entonces te ríes. Sus personajes atraviesan el invierno, un invierno gélido que aquí no logramos ni imaginar. No lo suficiente para Misha (el pingüino) pero sí para todos los demás. La vida es tan disparatada en ese tránsito desde la nada hasta lo poco que resulta cómica. Luego nos acordamos de Svetlana Aleksiévich y entonces sabemos que aquellos disparates eran la realidad diaria. Y luego de Liudmila Petrushévskaia, y de que las mejores actores de tragedias han sido cómicos. En la novela de Kurkov, todo va de mal en peor cuando todo parece ir de lo bueno a lo mejor. Qué brillante retrato de esos tiempos… Entre la novela negra, porque está el misterio, y la novela negra, porque todo es de una oscuridad de tinieblas. Y luego hay un poco de luz. Misha, el pingüino. Y como en este mundo el destino es ciertamente disparatado, nosotros teníamos una cobaya que se llamaba Andrei, como Kurkov, que también se quedaba mirando vete a saber qué. Y que tal vez no era tan divertida como un perro ni tan fotogénica como un gato, pero la queríamos igual. Y como Misha, Andrei tenía problemas de corazón. Qué pequeño es el mundo y qué pequeños somos nosotros, hombres, pingüinos y cobayas. Perdidos en las revueltas de la historia, siempre a punto de asistir al fin de nuestro j*** mundo.

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Breve relación de vidas extraordinarias, de Martín Olmos (Pepitas) | por Juan Jiménez García

Martín Olmos | Breve relación de vidas extraordinarias

Las vidas imaginadas son un clásico de la literatura desde quién sabe cuándo. Sin saberlo, me gusta poner como referencia a Marcel Schwob, aunque en mi cabeza estén siempre presentes Alberto Savinio o Juan Jacobo Bajarlía. Dar voz a otros hombres que nunca existieron, trazar las biografías ejemplares de personajes de dudosa existencia (y digo dudosa porque no existieron, pero algo nos dice que podrían haber existido perfectamente, porque el mundo es así de raro). Útil Instrumento para intentar construir el mundo a través de las personas, de los hombres, como si fuéramos la medida de todo, la causa, y todo lo demás el triste resultado de nuestros esfuerzos y desvelos. Martín Olmos, con esta Breve relación de vidas extraordinarias, se suma ahora al género (si es que en su anterior libro, también editado por Pepitas, no tenía ya algo, aunque estuviera basado en hechos reales).

He empezado escribiendo sobre vidas y ahí, tal vez, esté el primer error. O la primera diferencia con todo lo demás. Tendría que haber empezado hablando de lo que trata realmente esta breve relación: del lenguaje. De las palabras. Porque no, este no es un libro sobre hombres que construyen vidas que construyen un mundo lamentable. Es un libro sobre palabras que construyen hombres. Y allá ellos con lo que hagan. Porque después de todo, aquello que no puede ser nombrado no existe. Y eso ocurre con los personajes de Martín Olmos: para existir necesitan ser construidos a golpe de martillo y se inscritos en la piedra. Cada adjetivo debe ser buscado, encontrado, masticado y revuelto en el estómago. Durante años, todos los que ha tardado esa lengua en madurar, en ser arrastrado por el fango del tiempo y en sobrevivir a nosotros mismos.

Como no estamos solos, esa escritura no deja de ser el eco de otras tantas, y los nombres saltan aquí y allá, como si de una película de Jean-Luc Godard se tratara. No somos más que el eco de otros que nos precedieron. En estas vidas de asesinos y putas, de maricones ajusticiados o tontos del pueblo, hay lugar para Susan Sontag y otros tantos. Para pensamientos que no estaban dedicados a ellos, pero que como trajes dados a la caridad para otros más pobres y miserables, encajan, visten, quedan algo grandes pero son suficientes.

Al final, hay un gusto a antiguo. A Edad Media, a ciegos recorriendo caminos polvorientos para contar a los demás que no deben sentirse apenados, que aún hay gente más horrible que ellos, con una existencias tanto o más lamentables. Escuchamos sus vidas y nos resultan conocidas. Por muy extraordinarias que sean, tiene algo de normal. Incluso de cotidiano. Hemos oído hablar de ellos. Algunos aparecieron en algún telediario. De otros supimos por referencias. Esas viejas palabras los sacan del misterio de vivir para entregarlos al misterio de la escritura, que es esa eternidad tanto tiempo buscada (y con la que no sabríamos que hacer).

Desde algún lugar llega una canción de Sonrisas y lágrimas. Y sí, eso debe ser todo, más o menos. Martín Olmos lo sabe muy bien. Maneja las palabras como si se tratara de un escultor (pero eso ya lo he insinuado). Y con la fuerza de unas palabras tan amenazadas como las abejas o los pajarillos de ciudad. Fijar, dar brillo y esplendor. Pero de verdad, como si fuera todos aquellos trastos heredados de nuestros abuelos. Y entre esos trastos, esos personajes, arrancados del álbum de fotos de una historia inexistente pero cierta.

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La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine, de Yasujiro Ozu (Gallo Nero) Traducción de Amelia Pérez de Villar | por Juan Jiménez García

Yasujiro Ozu | La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine

Entonces pensé que no recordaba nada. Y también que no necesariamente debía recordarlo. Sí, estaba la escritura. Hay una frase que marqué: Lo difícil es escribir, no escribir bien. Entonces el oficio de escribir es algo que no se puede aprender. Y Continuación de ideas diversas una manera de dar vueltas alrededor de ese oficio misterioso que depende de cosas igualmente misteriosas (o no: simplemente es una cuestión de ser). ¿Cómo recordar esos pensamientos lanzados al aire? No. Se quedan ahí, en nuestra cabeza, esperando el momento de volver. Sé que algunas de estas ideas diversas de César Aira volverán. Porque son justas. Y porque son otras. Dice: Las ideas no son del todo ideas, y nunca son todas las ideas.

Hay un título de Edmond Jabès: El libro de las preguntas. Este, quizás, sería el libro de las respuestas. A las preguntas que nunca nos hicimos, más allá de esos pensamientos lanzados al vuelvo que corren tras otros que corren tras otros. Las respuestas que siempre entrañan una duda, porque la duda no es solo cosa de las preguntas, ni mucho menos. Responder desde la duda es estar abierto a más respuestas, a más contradicciones, a más descubrimientos, a más derrotas que buscan una victoria definitiva. Una buena respuesta debe plantear nuevas preguntas, inocentemente.

Pequeños cuadros. Pequeños momentos sin importancia. Los recuerdos de la infancia, las ciudades perdidas y encontradas, se cruzan con el presente o el pasado de la escritura. Tiempo continuo. Los tiempos modernos que desmontan la memoria o las sensaciones. La página en blanco reemplazada por la pantalla en blanco. La tinta por la tinta electrónica. ¿Y nuestros sentimientos al respecto? ¿Por qué han sido cambiados? César Aira busca en esas confrontaciones. O tal vez no. Se pasea por ellas como por un paisaje de un futuro alcanzado y no siempre comprendido. Entonces…

Los recuerdos. Debidamente transformados, alterados, con un sentido encontrado años después. El comienzo de esas respuestas, de esas ideas diversas que nos surgen ahora. Durante tiempo removidos. Como un runrún. Un ruido continuado de voces. Entonces nos parece entender. Lo escribimos. Queda ahí. Sigue ahí. Lector precoz, algo esnob, dice. Sin embargo, está Superman, y esa es su mayor influencia. Allá están todas las contradicciones necesarias. Tal vez no. La coherencia de las contradicciones.

No. No es cierto. Quiero decir. Sí. Continuación de ideas diversas está lleno de preguntas. Algunas son, están ahí. Otras se insinúan. Otras son poco más que dudas, esbozos interrogantes. Algunas son para sí mismo, no buscan nada. Otras nos interrogan. Todo se acaba. También la brevedad de este libro. La brevedad física. De pocas hojas. Mientras tanto seguimos pensando en él. Un día. Y otro. Y otro más allá. Y no, no recordamos nada. Y no, no hay nada que recordar. Solo esa invitación a pensarse y a pensar el mundo. Desde todas esas cosas pequeñas, desde todos esos instantes, que, mal unidos, son nuestra vida.

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Dibujos mentales. Principios del universo creativo de Juan Navarro Baldeweg, de Ignacio Moreno (Ediciones Asimétricas) | por Francisca Pageo

Ignacio Moreno | Dibujos mentales. Principios del universo creativo de Juan Navarro Baldeweg width=

Podríamos decir que Juan Navarro Baldeweg es ya todo un referente en el ámbito arquitectónico, y estaríamos en lo cierto; pero también lo estaríamos si dijéramos que su pintura guarda una estrecha relación con su arquitectura y que esta también se eleva y es digna de ser estudiada y observada; haciendo del artista alguien completamente virtuoso en todos los campos que toca. De este modo, Ignacio Moreno nos trae bajo Dibujos mentales todo el universo creativo del artista, haciendo hincapié en todo lo que nos es capaz de ofrecer.

Conforme leemos, Ignacio Moreno nos lleva e incita a pensar en Juan Navarro Baldeweg no sólo como un gran artista que utiliza los medios posibles para crear su obra, sino, también, como un profundo filósofo que dispone de su obra para hacer acopio de lo que yace en su pensamiento. En base a esto, Baldeweg tomará una actitud en la que lo principal es la visualización energética del espacio, dando paso a una objetivación de lo que ve, siente y piensa. De hecho, las leyes de la física también tendrán una gran relevancia en su trabajo, como la fuerza de la gravedad o la luz y el espacio. Se explica detalladamente toda la metodología que Juan Navarro Baldeweg lleva a cabo para crear su obra, desde los aspectos más técnicos a los más artísticos. También se expone el campo teórico, siendo este exhaustivo y denso.

Juan Navarro Baldeweg reconoce las limitaciones del ser humano y no busca la perfección en el arte, prefiere dejar inacabadas sus series para crear cierto grado de incertidumbre. Trabaja en todo a la vez y ordena mentalmente todas las sensaciones que le van llegando, transfigurándolas y haciendo así no una reproducción de la naturaleza, sino su expresión en sí misma. La obra del artista es compleja y busca el refinamiento del material, de la luz y de la sombra. Baldeweg trabaja a fondo y ello se puede ver en su extensa y variada obra.

Ignacio Moreno nos narra los hechos y eventos que influirían en el artista y harían destacar su obra y pensamiento. Para Baldeweg no sólo la arquitectura haría el lugar y el espacio, sino también la pintura. Esta se puede apreciar cuando el artista estudia la obra de Matisse dándose cuenta de que es la pintura la que crea un ambiente espacial. Para él, la pintura es un ejercicio continuo de la imaginación. Con la pintura aparece el milagro, con la arquitectura, la sorpresa. El arte ha de ser un hecho de la experiencia. ¿Qué tiene de arquitectura la pintura? ¿Qué tiene de pintura la arquitectura? ¿Dónde empieza la arquitectura? ¿Dónde termina el arte? Es el paso permanente de una habitación a la otra aún por descubrir.

Pese a las comparaciones en el libro de la obra de Baldeweg con otros artistas como Klee, pienso que estas no se vuelven ni tan siquiera necesarias, ya que cuando vemos y observamos la obra del autor que aquí tenemos como referente, podemos percibir que esta se explica y sustenta por sí sola y por sí misma, debido a la gran cantidad de recursos que tiene y que el autor le ha sabido dar. El autor del libro ha hecho un exhaustivo y arduo trabajo en esta edición, trayendo a colación todo el enorme valor del trabajo de Juan Navarro Baldeweg. Así, estamos, sin duda, ante un libro que se tornará como referente principal de la obra del artista, tanto para aquellos que amamos el arte, como la arquitectura o la teoría filosófica en la que se sustenta todo Baldeweg.

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Petra Chérie, de Attilio Micheluzzi (Ponent Mon) Traducción de José E. Martínez | por Óscar Brox

Attilio Micheluzzi | Petra Chérie

La Europa de principios del Siglo XX vivió no pocas caídas y derrotas sangrantes -la que puso fin al Imperio Austrohúngaro, quizá, la más dolorosa de todas-, la destrucción de la Guerra y el terror del fascismo. Y, sin embargo, en aquellas primeras décadas todavía quedaba espacio para las aventuras, los coletazos de un romanticismo tardío y un sentido de la vida que las emergentes revoluciones, industriales y sociales, no habían triturado. Attilio Micheluzzi ambientó su obra maestra, Petra Chérie, en aquella época. Entre espías sin identidad, ejércitos y fuerzas de ocupación, movimientos de ajedrez en el tablero geopolítico e intrigas bañadas por la nostalgia de la aventura. Con un personaje principal, Petra de Karlowitz, que reflejaba tras su idiosincrasia las turbulencias de la Europa sumida en la Primera Guerra Mundial. Su complejidad y, sin duda, su aliento final.

Ya desde sus primeras páginas, Petra Chérie sorprende en su estilización y ligereza, en la armonía con la que Micheluzzi plantea la acción en las viñetas, narrando con fluidez las intrigas aventureras de Petra, mientras el trazo preciso de sus dibujos en blanco y negro reflejan con energía el paisaje de una Europa dividida. Francia contra Alemania, Italia y Yugoslavia, Constantinopla y la Rusia de la Revolución de Octubre. La habilidad del dibujante italiano para combinar tramas es pareja a su dominio del relato, a la dulce ironía y autoconsciencia, vía voz del narrador, con la que persigue las desventuras de su heroína de un país a otro, entre líneas amigas y enemigas. A lomos de un aeroplano camuflado o con la ayuda del paternal Nung como fuerza de choque contra las resistencias de los infinitos villanos que pueblan las páginas de la obra. Villanos, ventajistas, hombres o mujeres atrapados en la tela de araña de las luchas intestinas entre países.

A medida que la serie evolucionó, también lo hicieron las inquietudes de Micheluzzi. Europa se descomponía y así lo hacían también las aventuras de Petra, cada vez más enmarañadas y marcadas por un sentido del drama. Por los amores frustrados, la muerte y la sensación de que las aventuras conducían a su protagonista hacia un callejón sin salida. De polizón en un carguero, a las puertas de la Asia ignota o en el corazón de la cruel Yugoslavia que había dejado tras de sí el asesinato de Francisco Fernando. Episodios que el lápiz de Micheluzzi ya no podía capturar con el mismo dinamismo, sí bajo una intensidad dramática menos permeable a la ironía o la nostalgia. Adaptada, en definitiva, al tiempo de supervivencia e inhumanidad al que se vio acostumbrada la vieja Europa. Así también el personaje de Petra.

Como sucediera en otra de las grandes obras del cómic europeo, Adler, todo parece conducir a Petra Chérie hacia aquel macrocosmos brutal que resultó la Rusia revolucionaria, vencida por la euforia de la caída, a sangre y fuego, del zarismo. Si bien la mirada de Micheluzzi es, ante todo, amarga, desdeñosa ante cualquier triunfalismo, pegada al espíritu de supervivencia con el que cada hombre trataba de abrirse paso entre el terror y el acoso del enemigo. De ahí que, pese a la elegancia de sus trazos y la precisa combinación del blanco y el negro, las aventuras de Petra queden heridas de muerte por una época de terror, de violencia y maldad. Por ese tren de la Revolución que se dirige hacia ninguna parte. Sin más rumbo que el de un grupo de hombres y mujeres preocupados por sobrevivir a cualquier precio.

Petra Chérie, a lo largo de sus años de publicación, supuso un hermoso canto a un tiempo en el que Europa comenzaba a olvidar el romanticismo de una vida de aventuras. Y bajo los rasgos de una heroína sin más patria que el valor y el ansia por devorar mundo, Attilio Micheluzzi forjó una obra inolvidable. Fruto de una época en la que la vida era ese sentimiento fugaz atrapado entre una guerra y otra.

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Furtivos, de Tom Franklin (Dirty Works) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

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No por casualidad, Furtivos comienza con una presentación de su autor que, en sí misma, podría funcionar como otro relato más dentro de la antología. En él, Tom Franklin narra su regreso a casa y una parte de sus memorias -sobre todo, en relación a la caza furtiva- que todavía le acompaña. Y uno tiene la sensación de que ese paseo por Alabama es, fundamentalmente, una manera de sumergirnos poco a poco en las aguas heladas de un territorio humano devastado. En el que la belleza de los arces y las glicinias, la presencia del kudzu y las aguas pantanosas, delimita no solo un lugar sino también un espacio mental. El de hombres y mujeres que se rigen por los códigos de una ley natural, por la familia y los vínculos de sangre, por mucho que el mundo avance en otras direcciones. Que forman parte de un ritual y de unas tradiciones que sobreviven pese a todo. En parte, a buen seguro, porque representan el último amarre con un mundo, un pasado y una memoria de los que cada vez es más difícil vivir.

Franklin combina los relatos cortos, prácticamente de una escena o situación, con aquellos un poco más extensos que permiten comprobar su nervio literario. Su afán descriptivo, tan meticuloso que no cabe duda de que Alabama es, siempre, la protagonista principal de sus historias. El único marco posible en el que esos personajes pueden existir. Por mucho que sea a base de golpes y decepciones, de familias desestructuradas y violencia. Porque nadie parece capacitado para escapar de su destino y todos han contraído una deuda que no pueden saldar. Como ese jefe de una explotación de grava que colecciona tantas deudas de juego y problemas con la bebida como matrimonios fallidos. Franklin no deja -más bien, no cede- espacio al cambio. Al contrario, pues somete a un brutal proceso de descomposición a su personaje hasta colocarlo en un callejón sin salida. Prisionero de sí mismo, pero también de una violencia que no puede controlar.

De hecho, en el mejor relato de la colección, Furtivos, Franklin lleva a cabo una suerte de reflexión sobre la violencia inherente a ese paisaje de infancia. Completamente blindada al cambio o al progreso, a la evolución de las costumbres y de la vida misma. Ritualizada, en definitiva, por todas aquellas tradiciones que se han pasado de padres a hijos. Y sobre las que el propio Franklin medita en la presentación del libro, a propósito de su adolescencia como cazador y la combinación de emociones que vivía armado con su rifle, el reclamo y protegido por el denso follaje del bosque. Tradiciones, en definitiva, que describen la historia de una vida salvaje, sin más ley que el poder de un hombre sobre otro y la fuerza del núcleo familiar como elemento de cohesión.

En Furtivos encontramos un rosario de perdedores y balas perdidas, de personajes camino de tomar la peor decisión posible y ancianos que han aprendido a poner un poco de distancia con respecto al mundo que los vio crecer. En sus relatos, Franklin se las apaña para encontrar, desde el lenguaje más cercano, pero no por ello poco elaborado, los ecos de una civilización casi perdida. La misma que, aventuramos, vive en territorios tan duros como las Ozark que describe en sus novelas Daniel Woodrell. Y que en Furtivos compone imágenes de una poesía telúrica como la de esos tres hermanos, desnudos y desamparados, ante las tumbas de su madre y hermana, al amparo de un padre que los criará como animales salvajes. Amos de una tierra de sangre y barro, en la que no existe Dios ni Ley. De un Sur que, desde luego, es un microcosmos en sí mismo. Un espacio mental, más que un territorio, que la prosa de Franklin nos obliga a recorrer con el pulso de un cazador al acecho de su presa.

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Invierno, de Christopher Nicholson (Gatopardo) Traducción de Catalina Martínez Muñoz | por Dara Scully

Christopher Nicholson | Invierno width=

Un hombre pasea por la avenida. Le sobrevuela la vejez, la muerte: un peso que le empuja los hombros. Sabe, también él, que le queda poco tiempo en este mundo. Que pronto, sus pasos serán huellas mudas, una sombra pálida sobre la tierra. Que sólo quedará lo escrito, las novelas, los poemas que aún compone en su estudio.

Tal vez, por eso, siente la voracidad cuando aparece la muchacha. La joven actriz que se parece tanto a su querida Tess, que se refleja en sus rasgos, en el cabello salvaje y largo, en el centro mismo de los ojos. Sabe que los separa una vida completa. Sabe, este hombre, este anciano, que no puede tenderle su mano para que ella la recoja. Soy un viejo, piensa, y el temblor sacude sus piernas flacas, el pecho que se hunde. Su aliento a punto de agotarse.

También Florence, la esposa, la otra, puede verlo. Esa muchacha exuberante. Una reencarnación de la criatura escrita tantos años atrás, esa Tess que es realmente la mujer idealizada. Florence se mira en el espejo. En el cuello, una cicatriz indecorosa. Los labios pálidos. El rostro de las mujeres que enferman a fuerza de no existir. ¿Cómo competir con ella? Florence, que tiene cuarenta y cinco años, que, también ella, es vieja. No anciana como su marido, pero vieja, ajada, invisible. Oculta tras la voz del escritor, tras el peso del hombre que es alguien en el mundo. ¿Quién es ella? ¿Existe? ¿Puedes verme?, se pregunta.

Nosotros podemos verla. De los tres, es Florence quien nos seduce. A quien deseamos salvaguardar de la sombra hostil que proyectan los árboles. Reconocemos en ella a las mujeres cuya voz ha sido silenciada. También ella escribía, en el pasado. Tenía una vida, o habría podido tenerla. Ahora, diez años después, es tan solo la señora Hardy. La esposa del escritor, su secretaria. Ella pone la comida sobre la mesa. Responde sus cartas con la voz de él: una voz imitada, perfecta. Conoce el mecanismo de su pensamiento. Sostiene el peso del artista: él, el escritor, no debe ser perturbado. Sólo la escritura puede poseerlo. Lo demás, las minucias, es cosa de Florence. Ese es su lugar en el mundo. No hables. No sientas. No me perturbes.

Y al otro lado, y sin embargo dentro, está Gertie, la muchacha. La actriz, inocente y víctima. La luz sobre una vejez que se resiste a consumirse. Thomas Hardy le ha tendido su mano amiga. A ella, una muchacha provinciana casada con un carnicero. Hay en Gertie admiración, pero también un deseo genuino de ser alguien por sí misma. De llenar un escenario. Es, de algún modo, una Florence pasada, joven: el futuro entero por delante. Su voz es todavía fuerte, pero el lastre acecha, la misma enfermedad de todas las mujeres.

Porque Invierno sigue los últimos pasos en la vida del escritor Thomas Hardy, pero realmente nos habla de las mujeres. De aquello a lo que tenían que renunciar, de cómo permanecían ocultas, mudas, quietas como criaturas inanimadas. En su propia casa, Florence no tiene voz. Desea algo tan sencillo como que se poden los árboles, y ni eso consigue. El hombre, brutal en su distancia, la invisibiliza. ¿Por qué no eres como al principio?, se pregunta él. Callada y sumisa, adorando cada uno de mis pasos. Por qué te empeñas en tener voz y deseos. Y vuelve la mirada hacia Gertie, olvidando que una vez miró así a Florence, y que, seguramente, si Gertie tomara su mano, con el tiempo también la silenciaría. Porque ha sido así durante siglos, el deseo de ellas se sofoca pronto, se estrangula bajo las manos de una sociedad que las quiere calladas, madres, esposas, isombras. Aunque ellas, años después, aún sueñen con rebelarse y escapar de la sombra hostil que proyectan los árboles.

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Morir en California, de Newton Thornburg (Sajalín) Traducción de Inga Pellisa | por Óscar Brox

Newton Thornburg | Morir en California

Resulta difícil no apreciar el poso de ansiedad, de numerosos lastres sociales y morales, que arrastra la América que Newton Thornburg describe en novelas como Cutter y Bone o Morir en California. Y no lo es tanto por las heridas de Corea o Vietnam, sino por la sensación de una nación descompuesta en la que las diferencias entre sus estados, con la cálida California como cúspide del hedonismo capitalista, son tan palpables que, por fuerza, aíslan a todos aquellos que no forman parte de esa burbuja. De la vida fácil, de la eterna resaca que azota con indolencia a una parte del país mientras la otra se dedica a vivir de puertas adentro. A sobrellevar como puede sus traumas y pérdidas, mediante la disciplina del trabajo o a través de un núcleo familiar convertido en el alfa y el omega de la vida. Aspectos, todos ellos, que Thornburg tiñe con la desesperación propia del que contempla el instante antes del accidente fatal. Con la impotencia de no poder remediar esa crisis interior. El fin, tal vez, de una época que las revoluciones juveniles soñaron con que perdurase en el tiempo.

Morir en California comienza con la muerte en extrañas circunstancias del hijo de un granjero de Illinois y el viaje que este último ha de emprender hacia la Costa Oeste para averiguar qué sucedió en realidad. La irrupción de Hook en la soleada Santa Bárbara le devuelve a los recuerdos de adolescencia, al descubrimiento de una sensualidad que, más tarde, con los años y la experiencia, atemperó a través del trabajo. De la responsabilidad y la familia. Y que ahora Thornburg dibuja como un mundo extraño, a veces inexplicable. Un microcosmos de perdidos, mujeres fatales y políticos sin escrúpulos que, sin embargo, huyen de cualquier cliché y manierismo literario para presentarse ante nosotros como criaturas frustradas. Heridas. Prisioneras de una época y unas promesas que las han convertido en grotescas parodias de lo que fueron. De aquel periodo en el que América confiaba su cambio a los Kennedy, cuando la autoridad del Presidente o el Congreso no había quedado en entredicho por la participación en la Guerra o la bomba mediática del Watergate. Así que Thornburg se aplica en subrayar el doble filo que marca el camino de su protagonista en su lucha por recuperar la dignidad perdida de su hijo. A medida que descubre la basura detrás del lujo, pero también la piedad que le inspiran unos personajes caídos en desgracia, con los que se mezclará hasta tal punto que averiguar lo que le sucedió realmente a Chris se convertirá en una pesadilla.

Si el retrato de América que lleva a cabo Thornburg es el de una sociedad víctima de la ansiedad, no resulta menos desesperada su forma de describir a los personajes. A triunfadores como Douglas, futuro congresista demócrata, pobre diablo escondido tras una máscara de cálculo y cordialidad que apenas puede tapar sus vergüenzas. A esa especie de mujer fatal que simboliza Liz Madera, traumatizada desde su infancia, que hace de su belleza una suerte de cortafuegos para evitar involucrarse emocionalmente con alguien. O, finalmente, del mismo Hook, marcado por un orgullo herido, por la rigidez paternal que le lleva, una y otra vez, a torturarse pensando si el universo cerrado de la granja familiar pudo influir en algún punto en la muerte de su hijo. En su búsqueda de la felicidad por otros caminos. Por otras personas. Y en verdad Morir en California no es una novela negra al uso, en tanto que su autor dilata escenas y diálogos, acción y reacción, para poner el foco en la frustración que sacude a sus criaturas. Pero es justo decir que pocas novelas expresan con tanta vehemencia la desesperación de un país acogotado por su falta de salidas. De futuro. De cualquier cosa que no subrayase, aún más, su condición hedonista. El gusto por la vida fácil, fugaz y repentina.

Frente a ese paisaje de personajes derrotados y desoladores, lo que más destaca en la novela de Thornburg es su visión pesimista del héroe. La derrota psicológica que conlleva, paradójicamente, su victoria, toda vez que Hook no sabe si será capaz de soportar la carga moral que ha adquirido para limpiar el honor de su hijo. Pese a volver a casa, al frío de la granja y el esfuerzo del trabajo familiar. Porque Morir en California comparte ese sentimiento fatalista de una cultura en crisis, en la que héroes y villanos no solo eran prácticamente lo mismo sino, asimismo, víctimas de una sociedad sin rumbo. De un vacío, el mismo que experimenta Hook una vez consumada su historia de venganza, que nos obliga a replantearnos quién se ha vengado de quién. Qué ha sido de aquel héroe clásico. Dónde han quedado la bondad y el bien. Qué va a ser de esa América malherida, que se desangra por el costado oeste mientras el dinero viejo trata de taponar como puede el agujero. Si Morir en California deja ese regusto amargo, esa impresión de eterna derrota que Thornburg sublimará en su posterior Cutter y Bone, es porque su historia no nos habla tanto del apogeo de un género, si de una sociedad sin rumbo ni destino. En la que sus protagonistas no saben qué hacer, a quién compartir, ese vacío que amenaza con borrarlos del mapa. Como héroes caídos, ídolos de barro. Sumidos en una resaca eterna que les permita olvidar el horror con el que se construye su realidad. Olvidar que, en verdad, aquella América de las promesas ha muerto.

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Sobre lo azul, de William H. Gass (La navaja suiza) Traducción de Ce Santiago | por Óscar Brox

William H. Gass | Sobre lo azul

Hace poco más de un mes que fallecía William Gass, el antepenúltimo de una generación de autores de la que solo restan John Barth y Robert Coover. Renovadores en su manera de acercarse al acervo cultural americano; eruditos desenfadados que hacían de la escritura juegos de lenguaje como los del OuLiPo en Francia, por citar un ejemplo entre tantos. De Gass sobreviven prólogos -aquella magnífica introducción a Los reconocimientos de William Gaddis-, libros de relatos y ensayos. Y en estos dos apartados destaca la labor editorial de La Navaja Suiza a la hora de arrojar un poco de luz sobre un autor traducido con cuentagotas. Si hace unos meses hablábamos de En el corazón del corazón del país, ahora es momento de abordar el pequeño ensayo Sobre lo azul, de publicación reciente. Ensayo que bien podría haberse titulado el poder de la metáfora, pues es esta figura la principal protagonista del trabajo de Gass.

A propósito de Carlo Emilio Gadda, Alessandro Baricco afirmaba que una de las tareas del escritor radica en dar nombre a las cosas. Para conocerlas, para hacerles frente; incluso, para domesticarlas. En Sobre lo azul, Gass camina por una senda parecida, en tanto que su preocupación parece ser cómo se empasta, cómo se estructura, la consciencia del lector con el asunto del texto. Cómo esas palabras, o esos enunciados, “son contenedores de consciencia cuyo propósito es crear percepciones conceptuales”, como dirá el propio autor. O dicho de otra forma, una reflexión sobre el poder que tiene el lenguaje para entrar en nosotros, y que Gass ilustra con textos de otros autores o con la más variada panoplia de metáforas. Es decir, mediante relaciones que pongan de relieve la viveza del lenguaje.

No importa si se trata de un chascarrillo soez o de un pasaje de Virginia Woolf, las palabras de Joyce sobre Leopold Bloom o la descripción de Stanley Elkin -otro titán olvidado- de la entrada de su personaje en unos grandes almacenes, Gass tira de prácticamente cualquier recurso literario para proclamar su amor por el lenguaje, haciendo de su reflexión sobre lo azul un ejercicio de filosofía práctica. Una cuestión relacional o un problema de estructuras -la del lenguaje y la cognitiva. De lo que se piensa y lo que se dice con otras palabras. Del, como señala Belén Piqueras en el prólogo, artista como fundamento verbal del texto. De la manera en la que estos y otros escritores logran fintar lo manido del lenguaje, la chabacanería y las ideas más ramplonas -sobre la sexualidad o sobre el tema que traten-, desplazando el erotismo o el brillo hacia el lenguaje. De ahí el fuerte componente metaficcional de su obra -como, por otro lado, sucede en colegas de generación como Coover- y la impronta que deja la metáfora como expresión de esa pugna que vive el lenguaje en sus textos.

La aparente ligereza con la que Gass se maneja en Sobre lo azul, acumulando expresiones, metáforas cromáticas y dichos propios del acervo cultural, no esconde su profundo amor por una escritura, y un lenguaje, cuya pregnancia, cuyo poder de penetración, conoce perfectamente.  Que le lleva a asociar ideas opuestas para desmontar la aleatoriedad con la que otorgamos significados a una palabra. Que le sirve para juguetear con las ideas de Platón, Descartes, Wittgenstein y, si apuramos, Peter F. Strawson, para urdir esa dinámica relacional mediante la cual empastar al lector y al texto. Y que, en definitiva, nos conduce por una montaña rusa de asociaciones, variaciones de un azul que todo lo tiñe, autores y obras para reflejar su amor total hacia un lenguaje capaz de construir mundos.

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