Encontraste un alma, de Edith Södergran (Nórdica) Traducción de Neila García Salgado | por Almudena Muñoz

Edith Södergran | Encontraste un alma

Acabar en un sello o un billete de banco es cosa mala: es la eternidad adjudicando valor (literal) a alguien que, seguramente, en vida no tuvo tantos lectores como ahora. ¿Cuánto cuesta escuchar una voz de hace dos siglos, lo que un mass market paperback, es decir, lo mismo que un vermú de domingo con suplemento de terraza? Y si se escribiera una postal al autor entre oliva y oliva, ¿cómo se calcula el viaje de su fama? ¿Será el coste del sello directamente proporcional al tiempo que ha tenido que pasar hasta que una cara nos suene de algo?

Cuando el rostro de Edith Södergran apareció en unos sellos fineses de los años 1990, lo más probable es que los afortunados que recibían postales o los infelices que rasgaban facturas no reconociesen el nombre ni a la mujer de los quevedos y el sombrero eduardiano. Podía tratarse igualmente de Hagar Olsson, con quien Södergran mantuvo un fugaz flechazo, de Selma Lagerlöf o de cualquier mujer estancada para siempre en aquellos vasos comunicantes entre arte, política y tuberculosis.

Mientras vivió, Edith Södergran fue mucho más renombrada incluso en círculos literarios con los que nunca llegaría a tener contacto, pero también apreciada en una medida ínfima. Cuando publicó el culmen de su carrera como poeta, La lira de septiembre (1917), ya se la tildaba de loca, y no a nivel de histerismo, sino de centro sanitario. Quizá por no estar casada, por sus bravatas nietzscheanas, por sobrellevar muy mal la revolución de los soviets, o por escribir poesía desde ninguna tierra específica. Nacida en Finlandia, criada en Rusia, enferma en Suiza, matriculada en alemán y amada en sueco, Edith Södergran tardó en hallar su idioma más afín (si es que a los dieciséis años es tarde), aunque siempre tuviese claro que el medio sería la poesía. Por tomar recursos y experiencias de todas partes, de distintas lenguas, diversas vanguardias artísticas y clases opuestas (la infancia aburguesada en Raivola, la adultez empobrecida tras la Revolución de 1917), Södergran viviría, y escribiría, siempre excluida de cualquier grupo, presente o futuro.

Es ahora que se distinguen los brotes sobre su tumba, así como Nórdica mantiene su labor por limpiar la nieve acumulada en muchos túmulos de la literatura nórdica. El grueso volumen reúne toda la obra de Södergran, interrumpida a la muerte de la autora con treinta y un años de edad, y en él casi todo es comunión de fenómenos naturales, criaturas del folklore, arrebatos dogmáticos, accesos violentos y caricias. Nada que indique las difíciles circunstancias pecuniarias e históricas de alguien que parecía cazar sin tregua la voz de un cuerpo a medias enfermo, a medias sano, sin demasiados aliados y con menos amigos, como un navío salvado de la quema por los pelos.

Respecto a la presente edición, aunque a la mayor parte de los lectores no nos sea útil disponer de la lectura bilingüe entre el castellano y el sueco, siempre es delicioso (y agradecido en estos tiempos) navegar entre lo que creemos conocer de sobra y lo que nos suena absolutamente extraño, hasta agresivo. La lengua sueca, como muchos idiomas y dialectos norteños, nos parece que viniese desde grietas en la roca, pero la comparativa nos desvela una poesía que existe más allá de los versos de Södergran. Que decir cosas es una säga, que el amor cae rotundo como kärlek, que hay conocidos con un disfraz que nos resulta familiar, como la danserka (bailarina) y el drak (dragón), que la luna responde a un título místico como månen, que los días de sol son largos como la conjunción solskensdagarna, que el olvido se envuelve de glömska y que la palabra (ord) es breve e inmortal, como el poeta.

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La clausura del amor seguido de Ensayo, de Pascal Rambert (La uña rota) Traducción de Coto Adánez | por Óscar Brox

Pascal Rambert | La clausura del amor seguido de Ensayo

La potencia de la palabra, la magnitud del monólogo como músculo dramático de un teatro del que no se sale indemne. Que hiere, ataca y conmueve al agarrarse a nuestras entrañas, apuntando hacia nuestros rincones más íntimos para describir las fatigas y las frustraciones. Los recuerdos de otros tiempos. Los sentimientos que se han agotado. En la obra de Pascal Rambert no existen marcadores textuales, tan solo una concatenación de palabras, de encuentros y desencuentros, apelotonados en la página. A la espera de que cada lector proyecte su intensidad, su pausa, su recorrido. En definitiva, su voz. Porque los textos de Rambert se leen, casi, en voz alta, a pleno pulmón y, en ocasiones, a toda velocidad. Contagiados por la virulencia con la que aborda las cuitas personales, con la que reflexiona sobre nuestra existencia emocional. Con la que, asimismo, lleva a cabo un ejercicio de reducción. Ese mediante el cual dejamos de tener en la ficción una especie de sostén para aguantar el peso de las cosas. El peso de unas palabras de amor y, también, de desamor; de unos gestos de ternura y desaire, de rechazo y de conmiseración. A medida que los personajes de La clausura del amor afrontan sin ambages el fin de su relación.

¿A quién amamos cuando amamos?, sentencia Rambert. ¿Cuál es el poso que dejan los años de convivencia? ¿Cómo se explica la súbita decisión de cortar por lo sano? ¿Qué mecanismo mental, que reacción física, nos lleva a dar por acabada una relación? Buscar lo humano, hurgar en el dolor, en el enfrentamiento, en la tensión entre dos voces que tratan de hacerse entender. Que llevan al límite las palabras, hasta prácticamente agotarlas, para describir el fracaso. La conclusión. El adiós más abrupto, el que congela el tiempo y la memoria, sacando a escena la intensidad de cada momento compartido. De lo vivido. De los viajes, del sabor del sexo, de los caprichos, los planes de futuro y los gestos de admiración. Y ahí está la clave: sacar a escena. Rambert pone en escena esas situaciones para producir un choque más brutal, mucho más contundente, a medida que desnuda a sus personajes de retórica y capas. Cada vez que se enfrentan a la embestida de unas emociones que exigen algo más. Un silencio incómodo, el mismo que intuimos durante la lectura de ambos monólogos. Una pausa para llorar, para lamer las heridas, para reafirmarnos en la convicción de que todo ha terminado. Para evitar mirar de frente. Para conjugar, a través de la obra de este dramaturgo francés, esa espiral de sensaciones que se arremolinan en el estómago, tan agresivas y, sin embargo, tan humanas, que no se puede salir indemne de este diálogo de monólogos. Combate de soledades que describe, que identifica con toda la amargura, las fracturas del desamor.

Ensayo, la otra pieza teatral que acompaña al volumen editado por La uña rota, supone una pequeña ampliación de La clausura del amor. Asentar las bases. Una versión polifónica de esa técnica del monólogo dramático interpretada por cuatro personajes. Cuatro personajes ante una estructura, un grupo, en pleno derrumbe. Una estructura que Rambert identifica con más de un elemento: la ficción, el amor, la confianza o la realidad. El reproche no es tan doloroso, tan hiriente, como el de la anterior pieza, pero habla muy bien de la capacidad de su autor para indagar en lo más profundo de cada cosa. Para describir hasta qué punto somos capaces de reconocer la belleza sin saber muy bien qué hacer con ella. Belleza, amor, verdad… tantas palabras que Rambert nos lanza sin piedad con una mirada, casi, acusatoria. Para poner el acento en el conformismo que adoptamos al hablar de ellas, al relacionarnos con ellas. El aburguesamiento, quizá. La frialdad que proyectan, en vez de la intensidad. Esa misma intensidad que le ponemos al texto, obligados por la escritura ausente de marcadores, cuando nos toca interpretar cada pausa y cada acción. Cuando nos tenemos que dejar la piel para seguir el ritmo de los personajes. De un cuarteto cansado de su relación, consciente de que no hay ficción tan resistente como para evitar que tantos fracasos acumulados no les hieran.

La mirada de entomólogo de Rambert, su precisión a la hora de afilar cada palabra, cada acusación, cada reflexión sobre amor y desamor, describen a un dramaturgo con el músculo suficiente como para poner en escena un teatro que golpea. Que conmueve al espectador/lector porque se dirige allí donde, paradójicamente, faltan las palabras. Hacia ese momento de silencio en medio de la tormenta. Al instante antes del adiós. Antes de que brote la primera lágrima o se seque la última palabra de amor. A la pausa entre una cosa y otra, cuando todavía creemos posible evitar dar explicaciones; sobre todo, a nosotros mismos. Cuando aún no hemos mirado en nuestro interior, en busca de esa sensación de vacío, de angustia y desamparo, tan humana y, al mismo tiempo, tan desgarradora, que se produce cuando reconocemos qué es lo bello, qué es el amor, y sin embargo no sabemos qué hacer con ello. Dolorosa humanidad.

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Sostiene Pereira, de Pierre-Henry Gomont (Astiberri) Traducción de Carlos Gumpert | por Juan Jiménez García

Pierre-Henry Gomont | Sostiene Pereira

¿Quién se acuerda ya de Antonio Tabucchi? Y lo peor, ¿por qué le hemos olvidado? Escritor fugaz, tuvo su momento. Ese instante en el que una obra te pone en tu lugar, para luego pasar a ser ella y solo ella y quién sabe por cuánto. Y así Tabucchi fue Sostiene Pereira. Pero los noventa quedaron atrás, una década de una extraña riqueza que conviene revisitar, lejos de los deslumbramientos del nuevo milenio. Y en ellos se quedó Tabucchi, Pereira y hasta su adaptación cinematográfica, protagonizada por Marcello Mastroianni. Ahora Pierre-Henry Gomont lo recupera en formato novela gráfica, y aquella historia vuelve a tener algo de presente, como lo tenía entonces. Tal vez porque 1938 no está tan lejos. O tal vez porque Pereira sigue siendo aquel personaje necesario. Antonio Tabucchi era italiano, pero amaba profundamente Portugal. Traductor de Fernando Pessoa, no solo se transmite en su obra todo ese amor por un país sino también aquello que ellos conocen como saudade y que nosotros conocemos como melancolía, un sentimiento bien presente en esta obra.

Estamos, como decía, en 1938. La guerra civil española se aproxima a su final. Mussolini afianza su poder en Italia y Hitler ya es algo más que una amenaza. En Portugal está António de Oliveira Salazar, que ya lleva tiempo en el poder pero que ha instaurado lo que llaman el Estado Novo, con amplias influencias del fascismo, si acaso algo más dulce pero no menos peligroso. Partidario de Franco, Portugal no es ajeno a la situación en España. Pereira se ocupa de la sección de cultura del diario Lisboa, un diario nacionalista, como tantos otros. La sección de cultura no es que interese a mucha gente. Ni antes ni ahora. Allí publica traducciones de sus amados franceses, lo cual puede ser inocuo si se trata de Balzac, pero peligroso según la elección. Un día, descubre un texto sobre la muerte, escrito por un tal Francesco Montero Rossi. Es un joven sin ocupación alguna y le propone escribir necrológicas. De los vivos, por lo que pueda pasar. A través de ese joven y de su novia anarquista, Marta, la vida de Pereira empezará a tambalearse, como lo hace su propio corazón. En esos años terribles, en la espera de unos años aún más terribles, ¿puede seguir uno impasible, refugiado en un puñado de libros y una fotografía?

Pierre-Henry Gomont nos devuelve un Portugal otoñal porque otoñal lo es todo. El estado del mundo, en camino hacia un invierno de años, el estado de ánimo de Pereira, hacia el final de una vida en la que le asaltan las preguntas. Para Gomont, la conciencia son un montón de hombrecillos que nos asalta en cualquier momento. Los recuerdos, una fotografía que habla, hasta que ya no tiene nada más que contar. La ciudad, aquellos rincones que nos quedan. El campo, aquellos rincones que esperamos, fugaces. La noche, un instante. Fugaz. Su dibujo respira de ese mismo amor de Antonio Tabucchi por aquella patria perdida, que tiene poco que ver con fronteras y banderas y mucho con emociones, con sentimientos. Pereira poco creía saber de todo eso, pero si conoce el miedo, como cualquier animal, y lo que es vivir asustado, lleno de funestas intuiciones. La libertad está en cada uno, apenas un gesto. Decía Tadeusz Kantor, que él siempre había sido una persona libre, incluso con la ocupación alemana, incluso con el comunismo. Y, a ratos, uno empieza a comprender que significa eso.

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Casa de oración nº2, de Mark Richard (Dirty Works) Traducción de Tomás Cobos | por Óscar Brox

Mark Richard | Casa de oración nº2

Probablemente, El hielo en el fin del mundo sea la clase de obra que se entienda mejor tras leer Casa de oración nº2, suerte de autobiografía de Mark Richard, su autor. Si en aquella, Richard llevaba al territorio del relato breve una pizca de su paisaje vital, dejando tras de sí el rastro de las experiencias vividas, en esta nos topamos de bruces con el resumen de su vida intensa. Con esa infancia de hospitales para niños enfermos a la que no haría ascos el Thomas Bernhard de El frío, marcada por un hogar turbulento y una figura paterna cuyo amor/odio negociará durante los siguientes años. Con una adolescencia que podría haber escrito un aprendiz de Melville o Lowry, en las tripas de un pesquero, al límite del riesgo y de las sensaciones extremas. Y con una madurez repleta de idas y venidas, de giros y reveses, entre los cuales sobresale el deseo de ser escritor.

Ya desde su inicio, Richard concibe el libro como un combate a varios asaltos con su memoria, tratando de establecer una distancia entre el escritor y el chico sencillo de ascendencia cajún. Un diálogo en el que la información de aquel se transforma en un ejercicio de escritura rocosa, a su manera poético, en el que su autor nunca renuncia a la contundencia. A narrar la vida desde el margen, atravesada por dificultades y penurias, sin cualquier asomo de romanticismo beatnik, con la necesidad de permitir que se escuche su voz, las voces de aquel paisaje. Las de unos personajes a ratos grotescos, a ratos tiernos, violentos y humanos -quizá, demasiado-, con los que desarrolla unos vínculos sentimentales difíciles de desligar. Tal vez porque Richard es hijo de aquella cultura que tan bien describían los O’Connor o Faulkner de la primera mitad de siglo. De aquella cortesía sureña que no por ello ocultaba su lado pendenciero, volátil e itinerante, capaz de malgastar años en trabajos miserables para, con ello, zurcir una primera visión del mundo. De las cosas. De las personas. Una visión, diríamos, a ras de suelo. Anclada en las viejas tradiciones, en la bebida, la religión, el hogar y las figuras de autoridad.

Richards dibuja a su padre como una víctima del perfeccionismo, arrinconado entre insoportables ataques de ira y el tintineo del hielo en su vaso de bourbon. A una madre a la que no acaba de reconocer si teme más a su padre o a la vida misma. O a un entorno de perdedores y balas perdidas que, a excepción del hijo del cura, tratan de abrirse camino como pueden, a codazos y golpes, en aquello que la vida les tiene reservado. De ahí que, ante todo, Casa de oración nº2 sea la clase de libro en el que su autor se dedica a observar cada brizna del paisaje. A anotar los pasajes de su memoria sin eludir los pelos y las señales. La gente que entra y la gente que sale, los que protagonizan un párrafo y los que apenas abarcan una línea -aquel Larry Brown al que descubrió en su casa bebiéndose su bourbon. Pero, sobre todo, lo que la vida le enseña sobre las cosas. El lento proceso de maduración.

Como en El hielo en el fin del mundo, Richards busca ese punto de belleza en los márgenes. En los niños enfermos que serán su paisaje de infancia, con los que jugará a las damas y al ajedrez mientras el tiempo pasa. Con los amigos de quita y pon, las novias fugaces, los compañeros de trabajo y las casas en las que se apalancará lo justo mientras busca cómo reanudar la conquista de sus sueños. Los recuerdos del Sur, el hedonismo tan propio de la Costa Oeste, el frío jodido de Nueva York y el hielo en la calle que hace que sus piernas bailen camino de la redacción de Esquire. La entrevista (casi) imposible a Tom Waits, las historias para Robert Altman, el nacimiento de su primer hijo, la sensación de que la vida se abre camino…

Es difícil no ver en la escritura de Mark Richard, como en la de Larry Brown, la biografía de aquellos náufragos de los márgenes del establishment estadounidense. Criados entre serpientes, borracheras, hierbas altas y familias de tradición. Sin embargo, Richard se las apaña para domar la alta graduación de sus palabras y conducirnos por el relato de una vida accidentada, marcada por la promesa de que a los 30 estaría en silla de ruedas, para llevar a cabo un recuento de vivencias. De rostros, lugares y voces. De palabras que el fuego del tiempo no ha podido extinguir, y que, precisamente por ello, aúllan con tanta fuerza sobre el papel. Tras esa escritura rocosa. Como martillazos empeñados en hacer resonar lo que significa estar vivo y poder contarlo.

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Mil millones de años hasta el fin del mundo, de Arkadi y Borís Strugatski (Sexto Piso) Traducción de Fernando Otero Macías | por Juan Jiménez García

Arkadi y Borís Strugatski | Mil millones de años hasta el fin del mundo

Si algo aprendimos con la ciencia ficción europea o, mejor, con las películas del género de Tarkovski, es que el futuro lejano es igual al presente, con algo que no acaba de encajar. Podemos decir que fueron los beneficios de la pobreza de medios, que son extensibles a buena parte de todas las artes soviéticas, excepto las oficiales, aquellas que ya uno no recuerda o que fueron tiradas a patadas. De Arkadi y Borís Strugatski, Tarkovski adaptó Stalker. Y es que ambos fueron a la ciencia ficción soviética lo que Tarkovski al cine. Que ya es decir. Y podemos pensar que todo eso se refleja en un libro como Mil millones de años hasta el fin del mundo, que no es ciencia ficción (si es que yo sabría definir esto, que pienso que no) sino más bien una dislocación en el presente. Pero como los soviéticos vivían siempre en el futuro, quién sabe.

El caso es que Dmitri Maliánov, sin saber muy bien cómo, un día se encuentra en mitad de una pesadilla. Y ni tan siquiera es algo personal, producto de alguna indigestión de su época, sino que es algo colectivo, compartido con algunos amigos y nuevos conocidos. Malíánov es astrofísico. Pasa sus días dándole vueltas a las cosas y esas cosas, muy de cuando en cuando, le devuelven algo. Se ha quedado solo en casa. Su mujer y su hijo se han marchado a ver a la madre de esta. Él se entretiene pensando en sus cosas y enfrentándose a su gato. Pero entonces, algo viene a su cabeza. Un descubrimiento genial en su campo. Y entonces, llaman a la puerta. Y ahí es donde su mundo, que acaba de encontrar un sentido, se entrega a un total sinsentido.

Lo que empieza como una de esas maravillosas novelas costumbristas (que en la Unión Soviética tenían algo de imposible), con esos personajes inolvidables que hablan de lo humano y lo divino (que en el pensamiento ruso tienen a confundirse), acaba como un tratado sobre otros mundos y algunas ideas en particular. Uno empieza corriendo detrás de un gato y acaba en no se sabe que planeta y eso es así cada día. Al menos para ellos. Aquellas conversaciones en las cocinas que construyeron unos mundos paralelos, enfrentados a aquellos grises y enmarañados de la burocracia y el aparato del Estado. El vodka como remedio contra todas las cosas, más allá del frío. El hambre también suelta la lengua y más cuando te llega un pedido inesperado (por no haber sido pedido).

Alrededor de la miseria, un grupo de intelectuales y científicos enfrentados a las dudas del presente es capaz de construir una novela disparatada sobre un lejano fin del mundo que no debe ser muy distinto a lo que tienen. La clave de todo está en renunciar a los descubrimientos por una vida tranquila, sin sobresaltos. En la Unión Soviética, dicen, no había que trabajar mucho, por lo que tampoco se esperaba demasiado. Ese es el punto. Arkadi y Borís Strugatski construyen una obra oscura, de un profundo humor negro, que se ríe por no llorar, sobre una época incomprensible, en la que la inmovilidad era la única manera de llegar a viejo. Y no siempre funcionaba. Me pregunto qué lejos estaremos de todo eso. El futuro estaba ahí. O aquí. El futuro, como en la moda, es el pasado, y no dejamos de hacer girar esa rueda como ratones de algún desconocido experimento. Y mientras tanto hacemos lo que podemos. Es decir, vivir.

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Poemas de la vida interior, de Lizzie Doten (Wunderkammer) Traducción de Manuel Barea y Miguel Cisneros | por Francisca Pageo

Lizzie Doten | Poemas de la vida interior

Por primera vez traducida al español, gracias al trabajo de Manuel Barea y Miguel Cisneros Perales bajo el paraguas de la editorial Wunderkammer, tenemos la poesía y algunos textos de la famosa poeta y médium Lizzie Doten.

Doten, que en vida sería autora de numerosos libros, siempre escribiría gracias a escritores y personas ya fallecidas, los cuáles serían quien le otorgarían la palabra para que ella los trasladase a este mundo físico. Esta edición incluye todos los textos de la edición original de 1864 y un prólogo donde la autora expone sus experiencias espiritistas; así como también una conferencia acerca de los misterios de la piedad, la cuál no sería nada más y nada menos que la más alta espiritualidad a la que puede llegar el hombre, tanto en su pensamiento más bajo (pues gracias a este aprendemos enormemente) como en su más profunda consciencia, la cual nos eleva y nos sumerge en una vida plena y mucho más seductora.

Para la autora, la poesía no es ni más ni menos que un mensaje, y sería a través de autores como Shakespeare, Burns o Edgar Allan Poe que ella haría de mediadora. Pero tampoco nos equivoquemos, aunque los poemas parezcan a simple vista que pertenecen a estos autores del más allá, habría que considerar a Doten como la autora principal, ya que sin ella los poemas que abarcan este libro no se podrían haber creado.

Pareciera que no hay paso para pensar en si de verdad Doten era médium, pero los escritos confirman cosas de los espíritus que Doten no sabía y que son relevados en las poesías. La mayoría de ellas abarcarán lo sagrado, lo divino y la poesía misma.

La poesía de la autora es densa y profunda. Emerge del más vasto universo. Es una poesía para degustar de a poco, sin prisa y con pausa. Detenerse en ella para poder ¿entenderla? ¿comprenderla? ¿llegar a su origen? Aún no sabemos a ciencia cierta cómo la poesía llega a nosotros ya que casi siempre se usa la metáfora, ese signo mágico. Aquí, sin embargo, resulta tremendamente esclarecedora, ya que florece para hacernos ver aquellos mundos que ninguno podemos ver. Poesía que florece con pasión y detenimiento. Que urge y nace de la vida y de la muerte. Y más allá de estas.

La naturaleza, la muerte, lo angelical, el amor… Son sólo algunos de los temas que podemos apreciar en los poemas del más allá de Doten. Todo es divino, todo es profundo, todo es silencioso. Y ello nos lleva a degustarla con dedicación y cierta alevosía.

Sin duda estamos ante un libro, bellamente editado, que deleitará a aquellas personas que buscan más allá, que no se conforman con la vida misma, que miran la muerte como un paso más a otro mundo. Un mundo lleno de luz y de, incluso, me atrevería a decir, de más vida. Una vida llena de alegría y de amor que los ángeles mismos nos traen a la tierra cuando menos lo esperamos.

***

Después mis párpados no conocieron el descanso:
y una vez a medianoche, despierta en la vigilia,
lloré más allá de todo llanto.
Y de repente fue como cayeran
desde mi propia existencia espiritual,
desde mis ojos interiores,
las escamas, al igual que ocurrió con los ojos de San Pablo.

Vientos celestiales me envolvieron,
manos angelicales mi alma sostuvieron,
y escuché una voz firme que decía:
“Levántate, vamos… ven y mira.
Tú, madre asolada por la pena,
hasta ti, y a ningún otro,
el Cielo despliega sus misterios.”

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Nada es más asombroso que la verdad, de Egon Erwin Kisch (Minúscula) Traducción de Francisco Uzcanga Meinecke | por Juan Jiménez García

Egon Erwin Kisch | Nada es más asombroso que la verdad

Iba a escribir que, como cualquier periodista, Egon Erwin Kisch tenía un profundo aprecio por la verdad. Entonces he sonreído. Entonces he pensado de nuevo en el tiempo que pasa, en los tiempos pasados, en las verdades que ya no son ninguna verdad y en las frases hechas que tras las que ya no queda nada. Qué pensaría Kisch de nuestro tiempo… Y de nosotros. Es inútil pensar en ello. A cada cual su época. Él atravesó dos guerras y un puñado de países y, tal vez cansado, no vivió mucho más. En él se reunían una amplia variedad de motivos para morir en aquellos años: austrohúngaro cuando existió ese Imperio, checo cuando ya no existía nada, en  Alemania cuando se perseguía a los judíos, como él, a los comunistas, como él, a los periodistas, como él. Fue amigo de muchos escritores, entre ellos, íntimamente, de Jaroslav Hašek, otro singular viajero entre guerras, países y destinos. Nada es más asombroso que la verdad reúne un buen número de significativos textos de este reportero que pensaba en la objetividad y, misterios, escribía desde la literatura. En todo caso, un escritor apasionado y apasionante.

Contarse se cuenta él mismo. En De reportajes y reporteros nos deja algunos apuntes sobre un oficio que amaba profundamente. El reportero frenético, como se le conocía, escribía desde la primera persona y él mismo acababa convertido en un personaje, como en el relato de Cómo me enteré de que Redl era un espía, en el que vuelve sobre el caso en el que el azar, le abrió el camino para una carrera de éxito. En él ya encontramos esa pasión por los hechos, ese gusto por los detalles, ese mundo visto como un misterio rico en matices y objetos. También el humor praguense, un humor que se aplica a sí mismo, como en la hilarante Mis tatuajes, que seguramente haría las delicias de su amigo Hasek.

La vida no es un largo río tranquilo. Menos en aquellos años. Se presenta voluntario en la Gran Guerra solo para estar más cerca de todo lo que debía ser contando. Contado desde la experiencia y no desde las noticias que llegan manoseadas, convertidas en otra cosa. Allí acabará herido, en el gabinete militar de la prensa austriaca. Allí están Musil o Zweig, entre otros muchos. Qué extraños lugares para encontrarse… Tras la guerra llegan los espejismos del presente. La República de Weimar. Hitler. Acaba en las mazmorras de Spandau. Por intelectual. Entonces ser un intelectual era algo con algún significado. Los primeros en ser buscados, detenidos y quemados. Sus libros también arderán. Él, como ciudadano extranjero, solo es expulsado del país. Los países…

Viajero, traza unos curiosos retratos de los lugares donde estuvo. La avenida Nevski, por ejemplo, que ya no se llamaba ni así. O su encuentro con Charles Chaplin. O su retrato despiadado de Henry Ford y su fábrica, nuevo barco para esclavos anclado en ningún océano. Y como también estuvo en España, eso le sirve para hablar de la Guerra Civil y de la gente que marchaba voluntaria o de un Prado vacío, objetivo de bombardeos. Los peligros del arte en una época en la que no faltaban ocasiones para morir asesinado. Malos tiempos para los verdugos profesionales (El currículum de un verdugo) cuando hay tantos aficionados. Malos tiempos para los asesinos (La madre del asesino) cuando todo el mundo puede ser uno de ellos e, igual de fácilmente, un asesinado.

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Oficio, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel) Traducción de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea | por Óscar Brox

Serguéi Dovlátov | Oficio

Entre telones de acero y purgas ideológicas, la Unión Soviética ahorró poco en cadenas que contuviesen el espíritu de libertad de sus intelectuales más molestos. Algo que, en la época más cruda, podía equivaler a casi cualquier persona que tuviese alguna queja contra los aparatos de la URSS. Para un escritor, la coyuntura era aún más difícil. Tocaba elegir entre escribir o vivir. O entre pensar o vivir. Pero ¿cómo podían separarse ambas cosas si la una era la expresión fundamental de la otra? A Serguéi Dovlátov le costó unos cuantos años y una amarga experiencia en el exilio percatarse de la imposibilidad práctica que suponía ser escritor en la Rusia soviética. Unos cuantos años y, también, numerosos textos, relatos y libros que no pasaban el corte en alguno de los infinitos comités que revisaban hasta la última coma del manuscrito antes de aprobar su publicación. La ironía, el sarcasmo, la visión de otro mundo, la constatación brutal de las miserias de un régimen… cualquiera de todos esos motivos podía ser suficiente para orillar su obra. Para condenarle a trabajos de poca monta, a un desempleo crónico, al alcoholismo o a la nostalgia de otro lugar, otro momento, en el que la vida todavía podía enderezar su camino.

Tras la publicación de Retiro, Fulgencio Pimentel edita Oficio, y con ella regresamos a un terreno más autobiográfico, en el que la memoria de su autor serpentea por cada uno de los episodios mientras explica los últimos años en la Unión Soviética y los primeros en suelo estadounidense. Como sucede en prácticamente todas sus novelas, Dovlátov saca músculo a la hora de plasmar, incluso en sus minucias, las vidas de ese coro que le acompaña durante su accidentado periplo. Tanto da si se trata de un funcionario que lee con manifiesto desinterés uno de sus relatos o de uno de los colegas que formarán parte, ya en el exilio, del fugaz semanario ruso parido en tierras yanquis. La habilidad del autor de La maleta radica en su forma de dejar que hablen sus personajes, que impregnen cada página con sus pequeñas miserias y sus breves alegrías. De manera que, si acercamos el oído al papel, prácticamente podamos escuchar esa melopea de voces que se apelotonan en una redacción clandestina mientras ponen en marcha el primer consejo del semanario. A aquel grupo de desclasados que se cuece en la barra de cualquier bar mientras piensa qué será del futuro, qué pasará con sus vidas.

Dovlátov hace uso de la sátira como la herramienta más eficaz para revelar la sinrazón de una Rusia fracturada en demasiados bandos. Perseguida por las ideologías extremas, capaces de volver del revés un mismo argumento para utilizarlo en la situación más oportuna. De ahí, pues, que ni siquiera en suelo americano los inmigrantes soviéticos obtengan un mínimo de comprensión y piedad por parte del brazo fuerte de los exiliados, que intuye en ese pequeño grupúsculo a un competidor peligroso. Algo, en definitiva, peor que un enemigo ideológico; alguien que piensa, que busca esa perspectiva humana en las cosas que, para qué engañarnos, todo el mundo ha preferido aparcar. Lo que hace de Dovlátov y los suyos unos marginados, outcasts en el país de las oportunidades. Por mucho que su autor comience a publicar sus relatos en el New Yorker y sus libros, olvidados entre gabinetes burocráticos en Rusia, descansen en la mesa de un editor. Al final, de una u otra manera, siempre queda la dicotomía entre escribir y vivir.

Por eso, resulta significativo que Oficio, más que de la labor periodística de Dovlátov, verse sobre sus infinitos percances para ejercer esa labor. Una crónica sobre el trabajo que cuesta poder trabajar. Y, claro, los sacrificios que conlleva. La nostalgia inacabable, el sentimiento de desplazamiento, esa tristeza que la mayor de las socarronerías no puede camuflar completamente… El factor humano, en definitiva, que es lo que lleva a Dovlátov a contar hasta el último detalle de su extraño viaje. Los años de mierda, el tiempo de dar tumbos para conseguir algo de dinero, la belleza de aquellas pequeñas cosas que reanimaban una vida interior alicaída, la guasa con la que comunica un cierto sentimiento de compañía entre los miembros del periódico. Todo aquello que respira en las páginas del libro, a veces entrecortadamente, fatigado por el esfuerzo para contarlo, a veces en pleno ímpetu. De ahí que leer a Dovlátov sea como leer una vida. Lo más parecido a la felicidad literaria. Y el oficio al que alude el título del libro, su mandato para proporcionar un poco de aire, de respiración asistida, a ese crisol de personajes y situaciones que, pese a todo, no se dejaron triturar bajo el peso del telón de acero.

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El libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya, de T.S. Eliot (Nórdica) Traducción de Juan Bonilla. Ilustraciones de Edward Gorey | por Almudena Muñoz

T.S. Eliot | El libro de los gatos sensatos de la vieja zarigüeya

No me gustan los gatos. Son altaneros y paradójicos, se lamen y limpian durante todo el día para luego escupir y dejar por las esquinas inquietantes bolas de pelo… Pero, ¡uh, qué misteriosos son estos Macavity y Misstofeles! También el poeta T. S. Eliot, escogiendo la piel de una vieja zarigüeya para lanzarse a la tarea de hacer rimas para sus ahijados. Terminan siendo simpáticos, pero los gatos de Eliot al principio se muestran esquivos, conflictivos y soberbios (o más bien sucede todo al contrario). Ponerse bocabajo como la zarigüeya conlleva que la sangre se suba a la cabeza… y la creatividad, y nuestras lentes sobre el mundo, la vida callejera y los gatos.

Pero no me gustan los gatos. Tienen un significado divino que se me escapa, algo oscuro que puede servir tanto a sabidurías ocultas como a las peores sectas… Pero ¡oh, qué favorecidos aparecen estos gatos Melifluos! Esto sí que es una silueta de gato agradable: entre un pan de molde y una almohada, ya no se diferencia gran cosa, y luce sonrisa de oreja a oreja y bigotes arreglados. Eliot ilustró la primera portada de la colección de estos poemillas para Faber & Faber, con gatitos minúsculos, ridículos, sin color ni pelaje. Edward Gory, más conocido por apelar al dibujo inquietante, consiguió que este grupo de gatos refleje todas las personalidades imaginadas por Eliot. Las pequeñas láminas traslucen simpatía, surrealismo y, por qué no, a veces el momento congelado en que lo que va a pasar podría hacernos morir de risa o de pánico.

No hay manera, no me gustan los gatos. Más aburridos que el Deuteronomio, todo el día encerrados en casa, desdeñando sus juguetes caros y empeñados en meterse en fiambreras y en cilindros de papel higiénico… Pero, ¡ah, qué graciosos son estos gatos Mungojerrie y Rumpelteazer, expertos en trastadas! Enemigos de los hornos llenos de asado, los ovillos de lana, los pugs, los pequineses y los trenes con retraso. En realidad, los gatos de Eliot contravienen cada norma social y cada tediosa costumbre humana, mediante el principio de slapstick de alcanzar el humor y la libertad si se desafía a la autoridad. Y eso sí que debemos aprenderlo de ustedes, queridos gatos: darle la vuelta al estado del mundo y hacer el ridículo sin perder la dignidad (ni una cadera si nos caemos y somos igual de elásticos).

Aun así, no me gustan los gatos. Son ladinos, falsos, achican los ojos de una forma totalmente contradictoria con sus pupilas… Pero, ¡eh, qué divertidos son estos gatos Gus y Bustopher Jones, gordos y teatreros! Eliot no iba a ser menos en un poema dirigido a un niño que en unos cuartetos para adultos, y se zampa referencias literarias y chistes ingleses que, evidentemente, se nos pierden en la traducción. Ya se sabe que los gatos no dejan más que la raspa del pescado, y la versión de Juan Bonilla, que toma elementos de otras previas, tiene más en común con nuestra Gloria Fuertes que con el estilo de canción trabalenguas tarareada por algún secundario de Lewis Carroll. Aquí, Bustopher Jones resulta pasearse por el barrio de Salamanca, ¡e incluso Nórdica Libros hace un cameo! Eso es admirable: qué bien consiguen camuflarse los gatos.

Lo he repetido hasta la saciedad, no me gustan los gatos. Aunque de tanto insistir en las cosas, se nos vuelcan y colocan del revés, y a los gatos blandos les vemos su lado secreto y en los gatos tuertos y pardos intuimos su corazoncito amable… Sí, supongo que en el fondo, gracias a la vieja zarigüeya, me gustan los gatos.

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Évariste, de François-Henri Désérable (Cabaret Voltaire) Traducción de Adoración Elvira Rodríguez | por Juan Jiménez García

François-Henri Désérable | Évariste

Hemos conocido muchos hombres efímeros. Generalmente escritores, que pasaron rápidamente por la literatura y nos abandonaron, convertidos en un nombre, el recuerdo de otros y un puñado de libros o uno solo. Algunos siguieron vivos, como Arthur Rimbaud. Otros murieron. En la literatura es fácil ser efímero. Es una cuestión de instinto, de azar. Pero, ¿se puede ser un matemático efímero? Es decir, cambiarlo todo a los dieciocho años y morir a los veinte. Que nadie te haga caso, que no entres en ningún sitio, que seas ignorado por todos (excepto por la policía y por otras razones) y que, aún así, seas capaz de dejar un puñado de hojas emborronadas destinadas a aquellos otros matemáticos que, en un futuro, entenderán que querías decir. Y no solo eso, sino que lo que decías cambia el sentido de lo conocido para abrir un camino que, ni aún en día (y hablamos de alguien que vivió hace doscientos años) ha terminado de ser transitado. En fin, todo eso es Évariste Galois.

Para muchos será solo un nombre. Los números y las palabras siguieron extraños caminos (pero no… las matemáticas fueron la obsesión de muchos escritores que amo, como Raymond Queneau, y están en el origen del OuLiPo). En todo caso, para muchos este Évariste será la biografía de un total desconocido. ¿La biografía? Bueno, ahora llega la clave de la cuestión. Por de Évariste Galois se sabe apenas nada. Ya no es que nació allá por 1811, sino que en vida no fue nadie ni nadie reparó en él. Nos han llegado dos retratos, cuatro papeles, algún testimonio de pasada y poco más. El vacío. El vacío por todos lados. Entonces ¿cómo escribir?

La revolución francesa ya ha pasado. Pero no fue la última revolución francesa. A ella le siguieron otras, bajo la sombra de aquella guillotina del pasado. De nuevo, la monarquía. Carlos X. No habían aprendido mucho, y el absolutismo volvía a tomar carta de presencia. En 1830, julio, y durante tres días, el pueblo se vuelve a lanzar a las calles. El rey vuelve a caer pero nadie se atreve a instaurar una Segunda República. De momento. Nuevo rey, otros tiempos. Évariste Galois es republicano y eso le lleva a meterse en follones y a acabar en prisión, aunque sea fugazmente (aunque unos meses en las prisiones de entonces no eran cualquier cosa). Estos tiempos atraviesan toda su historia. François-Henri Désérable vuelve sobre unos temas que le interesa particularmente (no olvidemos, también editado por Cabaret Voltaire, Muestra mi cabeza al pueblo).

¿Y nuestro matemático? Désérable se entrega a una apasionada, vertiginosa, recreación (¿o debería decir “creación”?) de su vida. Hay que completar tremendas elipsis, imaginar personas, encuentros, palabras. Pero no solo eso. Hay que reconstruir decepciones, ambiciones, amigos y enemigos, entregarle a la mediocridad del mundo, hasta que, finalmente, quede ahí, tendido sobre un campo no sabemos de qué, abatido en un duelo, a saber por quién ni por qué motivos. Sin pasión (toda esta quedó en una habitación, la noche anterior, enfrentado a esas matemáticas). Héroe de otro tiempo por venir.

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El zar del amor y el tecno, de Anthony Marra (Armaenia) Traducción de Jacinto Pariente | por Juan Jiménez García

Anthony Marra | El zar del amor y el tecno

Un día se levantaron y la Unión Soviética ya no estaba allí. Estaba otra cosa y ni tan siquiera era la última cosa. Y cuando ya no estaba ni esa penúltima cosa se dieron cuenta que habían pasado unas cuantas décadas y un montón de calamidades para encontrarse con que de nuevo eran rusos. Escombros y almas a la deriva. Porque después de todo eso fue siempre el común denominador: los escombros y el alma. No los escombros de edificios en ruinas o de estatuas caídas, como caídos estaban aquellos a quienes representaban. No. Escombros de seres humanos. El hombre de a pie, siempre zancadilleado. Hasta ahora habíamos recorrido todos aquellos años de la mano de aquellos que los habitaron. Las víctimas. Porque víctimas eran todos, más tarde o más pronto. Bueno, tal vez no. Pero eso es otra historia. Lo curioso de El zar del amor y el tecno es ver a un joven escritor estadounidense, Anthony Marra, escribiendo una novela sobre aquella época. Y también como esta se instala entre todas esas grandes y terribles obras, con la ironía de Liudmila Petrushévskaia, los perdedores (las perdedoras) de Svetlana Aleksiévich o las cosas inútiles de Yuri Dombrovski. Y más, otros más.

El zar del amor y del tecno es un libro de relatos. Dice su autor. Aunque es un solo libro que salta de época en época, de año en año, de personaje en personaje y de lugar en lugar para ofrecer una sola historia que es imposible de resumir. Todo empieza en una ciudad llamada Leningrado, en 1937, para acabar (en realidad no) en otra llamada San Petersburgo. Una misma ciudad. Allí, en Leningrado, un censor quita de la Historia a los caídos en desgracia, que son tantos en tiempo de Stalin. En Siberia, por aquel tiempo, una bailarina danza en un campo de concentración. En Chechenia, se trata de preservar lo poco que queda del arte, como si allá importara el arte para algo. No entonces, en todo caso. De ellos van surgiendo ríos y riachuelos, vidas y muertes y el retrato de un época nada gloriosa que sería reemplazada por otra menos gloriosa y otra menos gloriosa y en eso están. Sí, quedan los espejismos, que son tantos en los oasis.

Para Anthony Marra, todo es una cuestión de destino. O destinos cruzados. El destino, esa otra forma de azar. Más solemne. Solemnidad tenían a toneladas en la Unión Soviética. Tanta que aún la están gastando. En El zar del amor y el tecno parece que todos están condenados a acabar mal (y quién no, en aquellos tiempos). Sí, tienen su tiempo, sus pequeñas oportunidades de ser alguien y sobrevivir a ese ser alguien (cuando lo que se lleva es que nadie repare en ti, mucho menos que nadie, el vecino de al lado). Pero está la fatalidad, algo tan ruso como el alma. Desde aquel abrigo nuevo robado, desde aquella nariz perdida. Tal vez antes. Así, pues, sucesión de destinos y fatalidades con finales nada felices, aunque a veces, se logre encontrar algo así como un instante de felicidad. O de justicia. Qué final más maravilloso tiene este libro (ya no hablo de aventuras espaciales, sino de encuentros). Vivir para llegar a ese instante. Bueno, sobrevivir para encontrar que un puñado de cuerpos lanzados a la nada acabarán por encontrarse. Quizás. Un día. Ellos solos. Porque la Historia, al final, es algo íntimo. Y esa es nuestra victoria.

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La muerte de la mariposa, de Pietro Citati (Gatopardo Ediciones) Traducción de Teresa Clavel | por Francisca Pageo

Pietro Citati | La muerte de la mariposa

Pietro Citati es crítico literario así como biógrafo, autor de obras a propósito de Goethe, Kafka, Tolstoi o Katherine Mansfield. En este libro, Citati aborda las figuras de Zelda y Francis Scott Fitzgerald, ofreciéndonos una visión generalista sobre la vida y obra de ambas figuras.

Francis Scott Fitzgerald se convertiría en uno de los escritores más famosos de su época, y su esposa Zelda lo acompañaría y también sería notoria en la pintura desde el día en que se conocieron. Ambos, aun viviendo vidas separadas, tanto por la enfermedad de Zelda (esquizofrenia, con sus fases de internamiento en clínicas psiquiátricas) como por los continuos viajes que Scott tendría que hacer, estarían juntos por siempre, cosa demostrada en las cartas que se enviarían. Es destacable cómo Zelda, aun no siendo escritora, destila cierto potencial a la hora de expresarse, y su escritura sería de gran interés, pues ya son varias las ediciones epistolares que han salido de ambos.

En esta edición a cargo de Gatopardo, se nos muestra cómo Zelda y Scott se conocieron, cómo llevaron el resto de sus vidas juntos y cómo de grande fue la repercusión de los libros de Scott. Una biografía bastante breve y general que nos sirve para conocer la vida de dos personajes que representaron el S.XX de manera intensa y nada ideal, pese a la imagen que podemos tener de ellos como figuras públicas que fueron.

Según Citati, “eran la misma persona con dos corazones y dos cabezas; y esos corazones y esas cabezas se volvían apasionadamente el uno hacia el otro, el uno contra el otro, hasta arder en una única hoguera.” Así era su pasión y su vida, en resumidas cuentas, y sin embargo no podían vivir el uno sin el otro. Ambos se daban entre sí lo que a cada uno le faltaba. “Tú y yo hemos sido felices; y no lo hemos sido solo una vez, hemos sido felices miles de veces.”, diría Scott a Zelda en una carta. Es claro que estamos ante una pareja que destilaba elegancia y ternura, pero también altibajos que influirían en la vida interior de ella.

Citati hace uso de su investigación para acercarnos a Zelda y a Scott de una manera común, haciéndose así a este libro una biografía amena y ligera que aumentará nuestro conocimiento por las figuras ante las que nos hallamos. Un libro esencial y leve para acercarnos a los Fitzgerald. A sus mentes y a sus vidas.

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