Manifiesto Redneck, de Jim Goad (Dirty Works) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Jim Goad | Manifiesto Redneck

Tras una primera lectura del Manifiesto Redneck de Jim Goad, resulta difícil decidir si es mejor empezar la reflexión con un verso de Fear of a black planet o con unas palabras de Bill Clinton -por aquello de la economía y la idiotez; con el amplísimo material gráfico de aquel Little black Sambo o con alguna recopilación de las apariciones de Cletus, el redneck animado más ilustre, en los capítulos de Los Simpson. O, por qué no, con los vídeos de trailer park girls almacenados bajo una misma etiqueta en webs como Pornhub. Todo ello, en fin, nos proporcionaría una ligera ventaja a la hora de pensar un libro-misil como el de Goad, en tanto que estos son ejemplos de racismo y clasismo absorbidos, normalizados y/o mercantilizados de modo que, a la larga, permanezcan en la Historia como débiles síntomas de un problema algo más grave. De un odio, tal vez. O, aún peor, de una indiferencia que, durante décadas, ha sido el combustible de tantas transformaciones sociales; en especial, si para ejecutar ese complicado cambio hay que orillar a una cuota de la población que, total, tampoco va a hacerse notar cuando se manifiesten sus tempranas consecuencias.

Afortunadamente, Goad es la clase de escritor tocapelotas empeñado en señalar con el dedo el miedo y asco que, para el caso, circula por las venas de Estados Unidos. Y cómo ambos, miedo y asco, en una jugada maestra propia del estadista más espabilado, han acomodado sus culos a lo largo del tiempo en discursos que eluden los componentes racistas/clasistas para abonar una cuestión sin apenas matices: la economía. O la necesidad de encontrar una víctima propiciatoria, un chivo expiatorio, el terreno más grande para almacenar residuos nucleares, que permita a una clase sobrevivir a sus numerosos desmanes. Purgar la mala conciencia como se cura un resfriado o se repara un mueble. Sin pensar en todo aquello que anida en los márgenes, en los parques de caravanas o en las Ozark, prematuramente envejecido por un sistema social que se ha creado, desarrollado y modernizado sin tener en cuenta sus voces. Porque, en definitiva, se trata de la economía, estúpido.

Goad apunta a la religión, las relaciones sociales y el trabajo, se remonta a los orígenes de la eurobasura y desmonta (o remonta) los mitos de la inmigración a América con los tintes lúgubres que solo aquellos viajes atlánticos podían tener. Llenos de muerte y miseria. Pero, a su vez, se encarga de desdramatizar la condición de redneck, de paleto y cuello enrojecido, para no caer en el victimismo que borre su objetivo principal: escupir a la cara de las clases dirigentes. Meterles el dedo en el ojo, o en el culo, obligarles a recorrer toda una galería de personajes marginados o marginales que, como las familias empobrecidas de William Faulkner, penan por los territorios americanos sin brillo ni gloria. Vidas pequeñas, desmadradas, de ratones y hombres que poco o nada pueden aportar a un sistema que estruja los escasos dólares que cotizan. Que, simplemente, se olvida de ellos para llevar a cabo lo que, elocuentemente, Goad describe como caridad telescópica: el hambre en África, las crisis humanitarias en el sudeste asiático… Nada que ver, ni por asomo, con las camadas bastardas de Cletus y su parentela.

Manifiesto Redneck tiene mucho de vómito y de furia, de (paradójica) exhibición de grandeza a cargo de una minoría. En parte, porque Goad echa los restos para enfrentarse a la doble moral de su nación mientras exhibe músculo y cicatrices de sus orígenes. A nadie le importa una mierda, piensa, pero nunca está de más reventar la costra biempensante que con tanto ahínco ha forjado el progresismo blanco. De ahí que, más que programático, este manifiesto sea el resumen de los infinitos agravios sufridos por la gente de los márgenes. Su eterna condición, en un país tan fuertemente racista, de chivos expiatorios para una América que siempre mira adelante. Huelga decir que el estilo de Goad, frontal y directo, sumerge al lector en un acervo cultural fraguado al calor del racismo y el clasismo, entre hillbillies, crackers y otros términos ofensivos que, sin embargo, son motivo de chascarrillo porque a nadie le importa la nación paleta.

La dificultad de trasladar ese acervo cultural, amén del discurso enfurecido de su autor, son detalles que engrandecen la labor de traducción al castellano. También esa visceralidad con la que Goad se tira sobre cada charco, sin importar que sea el más maloliente de todos, si con ello puede destapar las vergüenzas culturales del país. De ahí que leer el Manifiesto Redneck sea como una clase acelerada de economía social, en la que los parias, los descastados y los marginales toman la palabra para dar un poco de lustre a una condición convertida, gracias a los medios, la literatura o la cultura visual, en mercancía. En broma. En algo insignificante. La ferocidad con la que Goad se encomienda a esa aventura es digna de alabar, el resultado es una reflexión sobre todos aquellos elementos que la cultura, cuando no la sociedad misma, sacrifica en aras del progreso. La trastienda del sueño americano.

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Duelo, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide) | por Juan Jiménez García

Eduardo Halfon | Duelo

De qué estarán hechos nuestros recuerdos… De confusiones, mentiras, pocas certezas. Antes. Antes teníamos una sola fotografía, un solo instante. Ahora son miles. Se acabó la incertidumbre. Es triste. Es triste pensar que ya no podrá existir un Michel Leiris, con esa exposición descarnada de alguien que creyó ser, pero tampoco un Eduardo Halfon, reconstruyendo un pasado de errores, de titubeos, que tiene que ser revisado una y otra vez, libro tras libro. Por un momento pensé en leer las entrevistas que le hicieron. Pero no, no me interesa saber cuánto hay de cierto en estos libros. No quiero conocer más de lo que me dijo el escritor en ellos. Otro producto terrible de estos tiempos: sabemos demasiado. Halfon se ha convertido en un asunto personal y abrir un libro suyo tiene algo de intimidad. Solo son necesarias unas palabras y volvemos a una geografía reconocible. Las mismas sensaciones, el mismo tiempo. Duelo es otro de esos regresos. Uno más. Dicen que cada uno escribe un solo libro. En él solo hay un libro. Porque solo hay una vida. ¿Pero cuál?

Los personajes se repiten. Las dudas son otras. Lo cierto, seguramente también. La memoria es ese material inestable que trabajamos continuamente. Los pasos se pierden y los caminos son andados de nuevo. El narrador, Eduardo, es la interrogación sobre un mundo antiguo que se niega a desaparecer y que pide ser reescrito. La historia de Salomón. Salomón era el hermano mayor de su padre, el primer hijo de sus abuelos. Murió ahogado. Pero no. Tal vez murió en Nueva York. La historia de Salomón no debe ser contada, pero precisamente por ese motivo es necesario que sea escrita. Primero, hay que poner orden en esa memoria, perderse en la niebla de los recuerdos. El narrador viaja hasta aquel lago. Si Salomón murió allí, quiere saberlo. Si Salomón no murió allí, ¿de qué está hecho aquel recuerdo? ¿Quién era aquel ahogado?

La literatura era eso. En aquella historia no está él, pero están muchos otros. Un silencioso desfile en el que lo particular se vuelve universal, convertido en suma de otros particulares. El infinito no existe, solo es la suma de partes. A través de la búsqueda de Salomón, el narrador también se encuentra a sí mismo. Otra vez. La vida es una sucesión de reencuentros con uno mismo. Y, a veces, con los demás. Los padres, el hermano pequeño. Solo un poco más pequeño. Los abuelos. Los tíos. Uno. Otra vez. De nuevo pienso en Leiris, que no quería contar, sino contarse. Qué hermosa búsqueda la de Eduardo Halfon. Cuánta belleza en esa amalgama de culturas, de lenguas, de sentimientos apenas dibujados pero de una intensidad abrasadora. Ese árbol de escritura despojada al que de repente le crecen todas las hojas y surgen todos los frutos. Otros frutos amargos de aquel jardín de las delicias.

Está el título: Duelo. Tal vez por el dolor, pero también por el enfrentamiento de dos. De uno mismo con uno mismo. De uno mismo con su fantasma. De uno mismo con otros fantasmas. Halfon, de nuevo, se mueve a través de cien años como si fueran unos minutos. El instante de una pregunta y el tiempo en que dudamos de su respuesta. La respuesta es solo un intento. Tal vez las páginas finales, en las que nos entramos con todos. Esos todos tan cercanos a la nada. Porque todas las historias son una sola.

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Apegos feroces, de Vivian Gornick (Sexto Piso) Traducción de Daniel Ramos Sánchez |  Dara Scully

Vivian Gornick | Apegos feroces

Dos mujeres pasean por las calles de Nueva York. La mirada se vuelve, se agita: están en un tiempo pasado, en otro mundo, bajo otra luz que opaca su huella presente. Vivian tiene ocho años. La madre es todavía joven; hay en ella algo hermoso y brutal, una fuerza que arrasa, que hostiga, inevitable. Es un faro: centro de la casa, de la luz, esa fuerza. Una presencia fija en la memoria. Y alrededor, las demás mujeres, el edificio completo: el Bronx. Una galería de voces, un griterío dulce. Vivian las recuerda a todas. También la madre, mientras pasean, recuerda aquellos apellidos judíos. La vida en un barrio obrero, la miseria sosegada, oculta bajo las alfombras. La niña que aprende la vida en el rellano, asomada a la ventana de la cocina, puestos los ojos en las voces. Aquellas voces, sus cuerpos: un universo femenino.

Un hilo anuda sus tobillos, sus manos. En la distancia que separa los pisos, estas mujeres se conectan. Conocen sus temores, los comparten. Juntas oponen resistencia o se doblegan. Se entregan al amor, que pesa como una losa, como un muerto que se arrastra durante años. Se entregan a la casa, esa cocina pequeña, cálida: quehacer mundano y rutinario. Y a un costado de las cosas, la niña, la mujer futura, Vivian, que tira del hilito sin darse cuenta, que admira y reniega, que dice: no seré como ellas. Nunca seré como mi madre, esa fuerza arrasadora, voluble, esa pena constante tras la muerte del padre. Incapacitada para la vida, y, sin embargo, devorando la de los demás, la de los hijos que no pueden escaparse.

Tampoco ahora, en sus paseos, puede Vivian escaparse. La madre ha alcanzado la vejez. Combate a veces con las calles, con los mendigos; salta al cuello de la hija. Los recuerdos se diferencian. La memoria de ambas discurre, como todas, por sus propios caminos. Nosotros vemos por los ojos de Vivian, es ella, la escritora, quien nos susurra. Recordamos a la madre tal y como ella la recuerda, como la vivió su adolescencia. Todo lo que le dijo entonces, cada pequeño gesto: la asfixia de la casa durante tantos años. Pero también nos preguntamos: ¿qué diría ella? ¿Qué diría la madre si pudiera hablar, si fueran sus ojos los que hablaran? Qué habría escrito esa mujer feroz, doliente, esa presencia indisoluble. Cuánto hay de ella en Vivian. Cuánto se niega a sí misma la escritora. Cuánto de su camino es el que es por la existencia de su madre. Y nos miramos las manos, el rostro en el espejo: un temor nos sobreviene. ¿Seremos también nosotros como ellas?

Apegos feroces habla desde la memoria, pero es también una novela. Es hermosa, universal, reconocible. Discurre en un tiempo concreto, pero sus voces proceden de un lugar cercano y accesible. Ese anhelo de la propia vida. Esa niña que crece y busca huir de la sombra de la madre. El amor que hiere y te destruye: la familia como enfermedad. Y sin embargo, allí están ambas, treinta años después, una mujer madura y una anciana, paseando. Los cuerpos se mantienen cerca. La lucha, antaño brutal, constante, parece apagar su fuego. Tal vez han encontrado su sitio. Tal vez nosotros lo encontremos. O quizás, en este punto, a estas alturas de la vida, ya sólo quede la rendición. Las manos en alto, blancas, apaciguadas. Una mutua aceptación: a fin de cuentas, eres mi madre. La madre, a quien oímos todo el tiempo a través de las palabras, a quien conocemos sólo a través de la hija, que nos da la medida de quién es la hija. La madre, una mujer del Bronx, una de tantas que vivió como su tiempo le impuso que debía vivir, que lo hizo, tal vez, lo mejor que pudo, y ante la que yo me pregunto: ¿qué habrías escrito tú, si hubieras podido hacerlo?

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Ladran los hombres, de Diego Luis Sanromán (Pepitas de Calabaza) | por Juan Jiménez García

Diego Luis Sanromán | Ladran los hombres

Al final tal vez todo sea una cuestión de estados de ánimo. Quiero decir: uno ama a un escritor profundamente. Por sus libros y por su manera de ser. Ese escritor es, pongamos, Roland Topor. Luego, un día, nos encontramos con un libro. Y en ese libro, algo nos remite a aquel otro, sin especiales razones. Es una simple cuestión de alineamientos. Escritor, lector, lecturas. Y luego la vida sigue. Hace un tiempo me ocurrió con Diego Luis Sanromán. Y ahora otra vez con él. Al principio está el azar y luego las afinidades electivas. Y entre todo, un gusto por lo raro, sin que sepa muy bien cómo definir ese raro. Pero es justo ¿no? Lo raro es lo que se nos escapa a nuestra precaria razón. Lo raro, tal vez solo sea un simple (pero calculado) desplazamiento de lo real.

Diego Luis Sanromán empieza con Duchamp. Todo acaba por tener sentido. En La muleta, una mujer pone a un pobre diablo en su vida. Como si fuera un perrito callejero, un inquietante indigente la sigue y se instala en su casa. Ocurre que acabo de escribir esto y ya me parece estar desvelando algo, cuando simplemente es un primer instante. Pero es que esos primeros instantes son ese empujón que nos deja fuera del curso de lo corriente, de lo ordinario, de esa vida de todos los días. Un primer instante es algo que cobra vida en una parte de nuestro cuerpo. Es un zapato faldero. Son los hombres perro o los perros hombre. Si la patafísica (y también hay patafísica en este libro, mierdra) es la ciencia de las soluciones imposibles, aquí tenemos el libro de lo extraño posible. Lo extraño es cualquier cosa, también el lenguaje.

Hay un largo relato que atraviesa el corazón del libro. Una Bildungsroman de bolsillo. Se llama Blood Red Roses y sigue la vida de un muchacho que piensa que todo está bien si a él le va bien. Y para que a él le vaya bien, no hay que reparar en medios ni tener especial cariño por nadie. La vida es fácil cuando uno se ocupa de sus cosas y solo de ellas. Sí, está la conciencia y la consciencia, que siempre lo joden todo, pero también de eso se puede huir. En este relato también hay cosas raras. Somos nosotros. Su protagonista, en permanente estado formativo para aprender el mal (el mal, el mal), no se lo pasa mal. Y nosotros miramos por la ventana ese cielo azul del verano y pensamos que nos ha reportado tanta seriedad y tantas cosas bien hechas.

Mientras leía (y también después) pensaba en que Diego Luis Sanromán se había desprendido de cosas, con respecto a sus novelas anteriores. Luego he tenido la imprudencia de decirlo y ahora tengo el deber de pensar en ello y decir algo. Es como si antes esos mundos extraños lo fueran todo. Cuando todo es extraño, nada es raro. Ahora todo es tan banal como nuestras propias vidas. Y es de ahí de donde pueden surgir todos los monstruos. Para ello, su escritura se ha vuelto más eficaz. Esa banalidad, a través de esa escritura, tiene algo de hipnótica, mientras atravesamos espejos y acabamos en otros mundos, ahora sí, de tan imposibles, posibles. Admisibles.

Acaba el libro y se ha desprendido de tantas cosas que se permite diez microminirrelatos de miedo. Un momento liberador. En un mundo de pesadillas, qué podemos soñar que nos asuste. Diego Luis Sanromán ha recogido cosas por el camino y las ha hecho suyas, sacudidas en una coctelera con sus propios fantasmas. Para beber relamiéndose, mientras el tiempo, ahí fuera, pasa.

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Homo poeticus. Ensayos y entrevistas, de Danilo Kiš (Acantilado) Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek | por Óscar Brox

Danilo Kiš | Homo poeticus. Ensayos y entrevistas

En una de las entrevistas que componen parte de Homo poeticus, Danilo Kiš reflexiona a propósito de la mal llamada moral bohemia que, cerca de los años 70, prácticamente carece del sostén necesario para guardar un poco de credibilidad. No en vano, dirá, más que bohemios los de su generación eran escritorios provincianos, llegados tímidamente de los pequeños rincones de Yugoslavia a un Belgrado que todavía no había triturado sus aspiraciones intelectuales bajo las enseñas ideológicas que dictaban el tiempo y las banderas. Y no es tanto la intensidad de sus impresiones lo que llama la atención de la conversación, sino los múltiples condicionantes de los que parte: como yugoslavo en un territorio aplastado por la Guerra, el poder de Josip Tito y la futura división en múltiples identidades nacionales; como judío en la frontera con Hungría, entre persecuciones y deportaciones a los campos; como escritor yugoslavo enfrentado a una intelligentsia local que, a partir de Una tumba para Boris Davidovich, llevará a cabo una campaña de descrédito y difamación; y, finalmente, como escritor sin patria en Francia, movido por la falta de aprecio hacia aquella izquierda que miraba hacia Moscú o China sin instancia crítica alguna.

Se podría decir que Homo poeticus responde a todos esos condicionantes a partir de los textos críticos y reflexiones de Kiš. Desde sus comentarios severos hacia la burguesía intelectual francesa, con Sartre y Beauvoir como ejes principales de sus lamentos, hasta sus largas explicaciones sobre el Mal, el destino de la literatura y la función creativa de esta. Algo que, a falta de culminar la traducción completa de toda su obra literaria, se antoja un complemento crítico valioso. No en vano, las reflexiones del autor de Circo familiar se leen bajo el prisma de una potencia intelectual de otro tiempo; de una exigencia crítica a la que, tal vez, hemos renunciado hasta abandonar en algún punto del camino. Solo así se entiende el ensayo que dedica a discutir los argumentos teóricos de Georg Luckács o su manera de comentar obras como Pustolina. O en esa bella descripción de la poesía popular de Prévert, sin la cual sería difícil imaginar la chanson según Georges Brassens, Jacques Brel o Guy Béart.

La mirada incisiva de Kiš se traduce en una colección de ensayos de gran valor intelectual, en los que el autor yugoslavo es capaz de discutir la idea de vida y biografía según Raymond Queneau (uno de los escritores a los que vertió al serbio, por cierto) mientras elabora un perfil literario del artífice, o lexicómano como le llama, de Ejercicios de estilo. O de reflexionar sobre Borges, al que en no pocas ocasiones se le comparará; en parte, como señala el propio Kiš al hablar sobre la escritura de Jardín y cenizas o Penas precoces, de fuerte carácter biográfico, porque parece que las historias allí contenidas, vistas desde el prisma del paso del tiempo, sean más cercanas a la ciencia-ficción que al documento verificado que atestigua los hechos sucedidos. Asimismo, también esa consolidación de estilo que supuso Una tumba para Boris Davidovich abarca una parte sustancial de sus reflexiones, tanto por las acusaciones de plagio a cargo de la intelligentsia yugoslava como por la técnica que Kiš aún perfeccionó en Lección de anatomía, bajo su título una carta incendiaria dedicada a los intelectuales de su país incapaces de reflexionar sobre la materia literaria y la crítica.

La verdad y la belleza, o la construcción de una realidad, son algunos de los temas que palpitan en la obra de Kiš, ya sea en primeros acercamientos como pudo ser Salmo 44 -novela pegada a las cenizas de los campos y las deportaciones masivas- o en versiones más depuradas, auténticos tours de force estilísticos, como Enciclopedia de los muertos; esta última, un paisaje cuya respiración se construye página a página, como una gigantesca invocación emocional que solo puede acabar con la muerte. De ahí, en definitiva, que recorrer las hojas de este Homo poeticus despierte en el lector una nueva apreciación, no solo por la escritura, sino también por la crítica literaria. Que despierte, en suma, el aprecio renovado por un pensamiento, el de Kiš, siempre en acción en cada página de su memoria intelectual.

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En busca de New Babylon, de Dominique Scali (Hoja de lata) Traducción de Luisa Lucuix | por Óscar Brox

Dominique Scali | En busca de New Babylon

Parece habitual encontrar en el western contemporáneo una revisión de las bases literarias que sustentaron a uno de los géneros fundamentales para entender la construcción de los Estados Unidos. Pero, a menudo, dicha revisión es consecuencia de un elemento cada vez más presente en la escritura: el tiempo. El tiempo que pasa, que a veces deja una huella un poco más profunda, que se lleva consigo a escenarios y personajes para anunciar los vientos de cambio. Quizá por eso resulta difícil no reconocer en el western actual la idea de que cada personaje es su propia frontera, su hogar y también su límite. Un lugar en mitad del desierto, de los pueblos que resisten las embestidas de las frecuentes revoluciones industriales y del horizonte de vidas pequeñas y muertes que surcan las historias del género. Así hasta convertirse en leyendas. En busca de New Babylon, de Dominique Scali, nos sumerge en ese territorio polvoriento de esperanza y violencia bajo la premisa de que toda historia, en algún momento del camino, está destinada a convertirse en leyenda. A desdibujar sus contornos, especular con los datos y fechas, y jugar una y otra vez con lo que sucedió o pudo suceder.

La figura del Reverendo Aaron vagando sin manos con una historia a cuestas traza una cosmogonía alrededor de personajes como Charles Teasdale, Pearl Guthrie, Bill El ruso o El matador, a caballo entre América y la frontera con México, entre las casas de tolerancia y los valles rocosos en los que una emboscada puede tener lugar. Solo necesita, como Scali, un lector atento que la escuche: que tome conciencia de las fechorías de Teasdale y todas las ocasiones en las que eludió la muerte hasta convertirse en un mito entre los bribones del oeste; o que compruebe cómo, después de las pioneras, las mujeres de aquella Norteamérica de heridas profundas tenían que luchar con uñas y dientes para no vivir a expensas de los hombres, sin la posibilidad de emanciparse y encontrar así su espacio en aquel horizonte de posibilidades. O que asista a la transformación de un matador mexicano en una figura casi fantasmal, acechador y verdugo de ese falso reverendo al que reconocemos perdido entre lupanares y sueños de alcohol.

El Oeste de Scali es un lugar en el que cada pisada de sus personajes deja un profundo surco en el lugar. Da igual si caminan en círculos, si terminan muriendo, como Teasdale, de la forma menos pensada (más aún, tras eludir la soga durante tanto tiempo). O si, simplemente, se dedican a vagar de un punto a otro de la geografía. En el fondo, son voces, ecos de un pasado, que su autora rescata del acervo cultural americano para permitirles hablar de todo aquello que ya no está. Que dejó de existir. Que, forzosamente, se ha convertido en carne de ficción: como tantos duelos, como tantas peleas en el bar del pueblo, como tantas cabalgadas con la luna como compañera. Porque con Scali sucede algo parecido a lo que señalábamos a propósito de la literatura de Gabrielle Roy: la ficción no es un obstáculo para el comentario etnográfico, para la lección de Historia o el trabajo sobre las raíces culturales de un país con una memoria demasiado breve. De ahí que En busca de New Babylon se lea de varias maneras, en forma de intenso western respetuoso con las tradiciones del género y, también, de exigente revisión de un género que, más que reformular, explica el porqué de las tradiciones y de la longevidad de una literatura sin la que, difícilmente, se podría describir parte de la Historia de América.

A ese cura que vaga por la frontera, de pueblo en pueblo, Scali le corta las manos para, simbólicamente, detener su historia. Teasdale, Pearl o Bill El Ruso han vivido demasiadas vidas, siempre al acecho de un final o de una última muesca en el revólver. Y en algún punto hay que terminar, advertir al lector en qué momento todos ellos han pasado a ser personajes creados por el Reverendo; héroes de leyenda que han pasado a habitar las páginas de una historia desordenada, plagada de fechas y circunstancias. Mitos impresos, monumentos geográficos de un género que explica cada transformación social, cada cambio de etapa. Un género en el que Dominique Scali se desenvuelve con brillantez formal y mordiente, exponiendo la historia de una cultura que, después de tanto tiempo, solo se puede entender a través de sus mitos. De esas leyendas que pretenden vivir en las páginas de una novela del oeste. De esos olvidados del sueño americano que encuentran su ciudad, su lugar, sus raíces, en las páginas de un libro.

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Breve manual del perfecto aventurero, de Pierre Mac Orlan (Jus) Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona | por Juan Jiménez García

Pierre Mac Orlan | Breve manual del perfecto aventurero

Llevar una vida de aventuras, como aquella que pedía Arthur Rimbaud para sí mismo. O como esas vidas que hemos soñado, con o sin lecturas. Imaginarnos en otro sitio, lejos de aquí, lejos de nosotros mismos. Tal vez la aventura no exista, sino que es solo una manera de huir. Hay cosas más peligrosas que subir la montaña más alta del mundo y están aquí al lado. Luego no, no puede ser eso que siempre hemos pesando. Pedir una vida de aventuras es solo una manera más de pedir otra vida. Una cualquiera. ¿Y para eso hace falta irse muy lejos, atravesar mares furiosos, selvas exóticas, encontrarse con todo tipo de indígenas? No, que va. Pierre Mac Orlan en su Breve manual del perfecto aventurero desvela nuestras dudas, pone en palabras nuestros pensamientos difusos. Hay aventureros activos, cierto, pero también pasivos. Seamos aventureros pasivos.

Ciertamente él no lo fue, y desde el momento que no lo fue ni pretendió serlo, su manual debe ser una obra de fina ironía que aquellos que nunca hemos ido muy lejos ni saltado desde muy alto nos tomamos en serio, porque todo nos suena y ese mismo todo nos viene bien. Vivimos en una época en la que hacemos deporte viendo a los demás hacerlo por televisión y jugamos a los videojuegos viendo a aquellos otros en ello. Luego ya nos va bien pensar que lo más cerca que veremos a un león es a unos metros, tras sofisticadas pantallas, como si fuera un presidente del gobierno. Lo real es aquello que no se puede tocar.

Mac Orlan nunca tuvo mucha fortuna en nuestro país y eso debe de querer decir que somos especialmente aburridos. Tampoco la novela de aventuras es que haya triunfado mucho. Ni el cine. Pero eso no le hace menos grande. Patafísico, hombre de acción, su obra es extensa, e igual se leía, que se llevaba al cine (La bandera o Quai des brumes) o se cantaba (Juliette Gréco). Conforme escribo esto pienso que tal vez solo fue una víctima, otra más, de nuevas olas y vanguardias, que pretendieron hacer viejo todo lo que había y nos entregaron a una eterna modernidad que dura décadas. En algún momento cambiamos nuestros sueños por magras realidades (y ahora ni eso).

Su Breve manual del perfecto aventurero no es más (¡no es más!, como si eso fuera poco) que un delicioso libro que nos viene a decir, como gritaba Pippi Calzaslargas, que uno puedo ser lo que quiere ser. Es más, tiene que serlo. Y que no tenemos muchos argumentos para negarnos a ello o pensar en imposibles. Es una reivindicación de la sangre que corre por nuestras venas y una invitación a entregarnos a la imaginación, como verdadero poder creador, incluso de nosotros mismos. Todo nos está esperando, especialmente aquello que no conocemos. Y a ello debemos entregarnos con pasión, una palabra cuyo significado empezamos a desconocer, porque se usa para cualquier cosa, ya sea un perfume o la defensa delirante y desmañada de la última chuchería virtual lanzada. Si Pierre Mac Orlan era aquel mundo antiguo, es ahí donde quiero habitar.

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Kira, de David Llorente (Alrevés) | por Juan Jiménez García

David Llorente | Kira

En la contraportada de Kira, tal vez el propio autor encomienda su libro a tres escritores: Boris Vian, Gabriel García Márquez y un escritor checo suicida (Bohumil Hrabal, para los despistados). Del primero encontramos la historia, del segundo su estilo (qué pegajoso era el estilo del escritor colombiano, y más para aquellos en busca de una escritura), del tercero creo que no mucho, tal vez la voluntad de una forma (pero sí en el futuro David Llorente, aquel de Te quiero porque me das de comer). Kira, no lo he dicho, era su primera novela.  Y ahora que ya es un autor a seguir y no perder de vista, Alrevés la recupera acertadamente. Y además, incluyo un prólogo revelador del propio Llorente. Y no es cualquier cosa, porque dice cosas tan acertadas como que las primeras novelas de todos los autores del mundo, más que los escritores que serían, las escribieron los lectores que fueron. Y ahora este párrafo da vueltas en círculo.

Las babosas, como los nenúfares, son seres peligrosos y no pocas veces intangibles. Igual se comen las dalias que la vida, depende de si se encuentran en un jardín o en el interior de uno mismo. El caso es que el protagonista, un perdedor, el perdedor, no logra dar con ellas, sino tan solo con el rastro devastador de sus incursiones. Además las babosas, el perdedor tiene otro animal salvaje que se come lo que más quiere: el pescadero del pueblo, amante de Felisa. Un perdedor es un perdedor porque pierde siempre. Y como el perdedor no lee a Guillaume Apollinaire no confía en que esas derrotas lleven a una victoria. Los aullidos los pone Kira. Kira es un perra muerta de hambre que anuncia algo. Algo. Pero ¿qué? Mientras tanto (y así completamos su vida) el narrador, profesor de latín de su hija, se revuelca día sí y día también con ella, aspirante a escritora, obsesionada por ganar un premio local, para lo que resultará más práctico su dedicación al sexo que a la narrativa.

Atmosphère! Atmosphère!, gritaba Arletty en aquella película. Y David Llorente debía gritar lo mismo mientras escribía Kira. Dejados los mimbres argumentales a un Boris Vian atravesado por la perversidad y el tormento, quedaba entregarse a la construcción de una atmósfera, una atmósfera de lector. Sí, está Gabriel García Márquez, pero los trópicos están muy lejos. Mucho. Y sí, está Bohumil Hrabal, pero sin palabristas. Y entonces hay que entregarse a algo nuevo. No podía ser tan fácil. Nunca es tan fácil. El escritor se pone a la tarea de enfrascarse con las palabras para obtener algo, una novela. La escritura como algo épico, algo que hay que conquistar, todo resistencia. El oficio de escribir. El resultado tiene ecos de lo que vendrá (pero no se podía saber, ni tan siquiera intuir… ahora es fácil) y sí, es la obra de un lector en la que palpita algo nuevo. Como un primer intento de ir al encuentro de las cosas. Sí, por el camino, desde entonces, han quedado muchas cosas y se ha encontrado muchas más. Y es un ejercicio conseguido, un ensayo general para obras mayores, más ambiciosas. Kira, la perra muerta de hambre, no anunciaba desgracias, sino un brillante porvenir.

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Aves, de Josechu Lalanda (Ediciones Asimétricas)| por Francisca Pageo

Josechu Lalanda | Aves

Josechu Lalanda, quien nació un día de febrero de 1939 y se crió en plena naturaleza (los Montes de Toledo) durante largas temporadas, es pintor y escultor animalista y ha trabajado de la mano del gran naturalista y divulgador científico Féliz Rodriguez de la Fuente, llevando la fauna a diversos programas educativos y culturales, dando así una visión clara y objetiva de lo que la naturaleza nos da y ha dado siempre. En este libro publicado por Ediciones Asimétricas llamado Aves nos ofrece toda una colección de ilustraciones sobre ellas en la Península Ibérica. De este modo, Lalanda nos acerca el mundo ornitológico para que lo tengamos al alcance de la mano.

La inspiración de Josechu Lalanda, como dice Juan García Millán, bebe de dos fuentes: el romanticismo y la ciencia. Es innegable ver cómo ambas se entrecruzan dando lugar a unas ilustraciones que son puro reflejo de lo que Lalanda no sólo ha visto, sino también de lo que ha experimentado en la naturaleza. Lalanda, así mismo y en esta edición, nos cuenta en sus propias palabras cómo se crió y cómo, desde bien pequeño, a los 12 años, ya tendría un gran talento para el dibujo que sería reconocido por su profesor. Por consiguiente, veremos cómo en los próximos años Lalanda se va haciendo un hueco en el mundo natural y artístico debido a su implacable técnica con la ilustración de la fauna ibérica. Más adelante experimentaría con la escultura y también la añadiría como oficio, dando así una completa visión del mundo animal. Los conocimientos del pintor son profundos en anatomía, en los movimientos, en las costumbres y los gestos de los animales, lo cual nos llevará a ver su trabajo muy completo ya que no sólo nos aporta belleza y armonía para nuestros sentidos, sino que también nos educa en nuestro conocimiento sobre la fauna.

Sus dibujos son cálidos, finos y elegantes. Hechos en su mayor parte en acuarela y tinta, esbozan un medio que muy pocas personas conocen y del cual Lalanda no sólo aprecia y vive, sino que también lo traslada como si no pudiera hacer otra cosa. Su amor por el arte, así como su amor por la naturaleza, nos hace ver el mundo animal de una manera nada llana y ajena, sino espléndida y de aquí y ahora -pues su trabajo es totalmente atemporal. Basta con que salgamos afuera y nos fijemos en el cielo, en los árboles, por encima de un matorral o de los montes, para ver las aves que Lalanda tan bien dibuja.

Es irremediable que después de ver y hojear este libro nos metamos más de lleno en lo que las aves nos ofrecen por su belleza. Ya no sólo las miraremos con más calma, con más precisión y con más alegría, sino que nos acordaremos de Lalanda y nos preguntaremos cuan de bella sería una ilustración suya del ave que observamos. Aves es un libro muy, muy cuidado y especial, de una brillante edición y de una selección que se va nutriendo a sí misma conforme vamos pasando las páginas. Sin duda es un libro que regalaría a cualquier amante de los animales, y da igual la edad del destinatario, porque nos ofrece la naturaleza de manera preciosa y ligera, como las plumas de las aves que observamos.

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Mil mamíferos ciegos (Dos Bigotes)  | por Dara Scully

Isabel González | Mil mamíferos ciegos

Escucha: un rumor de bosque. En la espesura el animal acecha. Un animal pequeño, dormido: manos tiernas de muchacho. Come hojas, bebe de los manantiales. Desea con el ardor de quien ha perdido aquello que ama por encima de todas las cosas. Desea y le sube la fiebre, tiembla, nada es suficiente en la maleza.

Pronunciamos su nombre: Yago. El animal se llama Yago. El animal es un muchacho que ha escapado del mundo. Talla un árbol y murmura. Escribe cartas que sobrevuelan el horizonte, líneas delgadas con una voz que apremia. Amor, ¿dónde estás? Ven a buscarme. En este bosque el alimento se multiplica. Sólo se escucha a los roedores. A las ardillas que se columpian en los árboles. Amor, te estoy esperando. ¿Acaso no me escuchas? ¿No notas el tacto abrupto de mis dedos? Mira, tallo un abrazo que nos contenga. He venido aquí para esperarte. Tiemblo.

Pero el amor tampoco es suficiente. Santi pinta sus demonios. Eva toma distancia, lo observa, renuncia. La casa se resquebraja. El afecto se resquebraja. Su sexo acusa un vacío que se desploma, un peso muerto. En la ciudad los sonidos adquieren otras proporciones, se solapan, devoran el correteo de la ardilla, la navaja que talla, el arroyo que se desliza sobre las piedras pulidas. Y, sin embargo, ahí está, el lazo. Un hilo tendido, frágil, blanco. Un deseo soterrado. El grito de tres criaturas animales, dos hombres y una mujer, tres anhelos incapaces de encontrarse. Porque Eva tiende sus manos, pero Santi no puede cogerlas. Su placer procede de otro mundo, y Eva experimenta el vacío, el hambre; no puede soportarlo. Por qué no amas aquello que soy. Por qué mutilas mi cuerpo. Mis pies, pequeños, dóciles, han sido entregados a tu placer. Pero yo quiero darte mi cuerpo. ¿Por qué no lo quieres, Santi? ¿Por qué mi voz se empequeñece?

Los tres esperan la luz. En el bosque, Yago se pone en marcha. Salgo a tu encuentro, espera. Camina para aniquilar el frío. Para encontrar esa luz parpadeante. Pero la ceguera se interpone: el mundo, hostil, inmenso, empuja a Yago hacia los bordes. ¿Qué hay en tu cabeza, Yago? También nosotros nos lo preguntamos, y seguimos así su rastro, un sendero hermoso y triste, una voz que nos acecha con su delicadeza. No podemos evitarlo: en la ciudad, Eva y Santi quedan enterrados. Deseamos a Yago, su violencia pequeña, su andar de niño, sus ojos pálidos de niebla. Porque es en Yago donde la novela crece, es ahí donde queremos estar, a quien queremos proteger de la ruina. Ven, Yago, yo te daré cobijo. Pero tampoco la ternura basta. Y el deseo lo anima, lo sacude, ese deseo de Santi multiplicado, invicto, devorador: un deseo que aniquila. Que se lo lleva todo, lo barre todo: un hombre muerto a las espaldas.

En ‘Mil mamíferos ciegos’ dos historias caminan paralelas. En ambas el placer palpita, el amor palpita, el deseo enferma y se abre paso. ¿Cuántas formas de amar existen? ¿Puede Yago amar a Santi? ¿Puede Eva tolerar su sexo vacío, sus pies queridos, la rareza de ese hombre que pinta cuadros? ¿Puede Santi amar a Eva sin Yago? ¿Puede existir el animal sin una mano que acaricie su lomo? Ojalá obtengamos las respuestas. Las palabras, de una belleza poética y primaria, nos tienden sus pequeños hilos. Tal vez no lleguen a respondernos. Tal vez, al final, sólo nos quede la huida. Pero por el camino habremos aprendido una cosa: la respiración valiente del mamífero.

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En busca de aquel sonido, de Ennio Morricone, Alessandro De Rosa (Malpaso) Traducción de César Palma | por Juan Jiménez García

Ennio Morricone | En busca de aquel sonido

Tal vez uno no repare demasiado en ello, pero la banda sonora de nuestra vida de espectadores lleva música de Ennio Morricone. Así es, al menos para mí. Desde cuando creía que La misión era la mejor película de la historia hasta mis últimos encuentros con el giallo. Y la lista no tendría final, porque tampoco necesariamente tiene que tenerlo. Sabemos que lo encontraremos una y otra vez, y que será, de alguna manera, reconocible. En una canción de Mina o en una película de serie B, poco importa.  Porque más allá de distinguir entre música absoluta y música aplicada (es decir, música libre o música supeditada a otro arte; el cine, por ejemplo), Ennio Morricone fue generoso en sus colaboraciones, sin que ni tan siquiera, llegado el momento, fuera una cuestión de dinero.

Por ello, leer estas memorias en forma de largas conversaciones con Alessandro De Rosa, tienen algo de memoria personal, de inventario de encuentros. Nuestro encuentro con Sergio Leone, con Dario Argento, con Giuseppe Bertolucci, con Giuseppe Tornatore, con, con, con,… Como si ahí estuviera toda la música del mundo. Cuando le echamos un vistazo, al final del libro, a las películas a las que puso música nos entra un cierto vértigo. Y en todas intentó algo. En todas salió al encuentro con las imágenes, aunque no siempre fuera sencillo, porque una industria es una industria, y un autor un autor.

No hay mucho espacio para la frivolidad y el chismorreo en En busca de aquel sonido. Mi música, mi vida. Es una conversación entre músicos. Uno para quien de joven Ennio Morricone fue decisivo, y otro lejos ya de todo, pero terriblemente apasionado con aquello que ha hecho y que hace, con esa música que es su propia vida. En el libro están los encuentros con todos aquellos cineastas con los que trabajó, incluso la intimidad de esos encuentros, como se crearon aquellas bandas sonoras y también todo su desarrollo musical. Las razones que le llevaron a elegir unas determinadas composiciones, aunque no pocas veces le tocara plegarse a las exigencias de los directores (generalmente siempre con alguna otra cosa en la cabeza, como Fellini, que le pedía siempre a Nino Rota la misma música circense). El oficio del compositor de bandas sonoras, después de todo, tratado con detalle y rigor.

Por otro lado, otra buena parte del libro la ocupa su música absoluta, es decir, aquella que le dio la gana hacer. Más de cien obras de música clásica, en su mayor parte desde la libertad que le daba no tener que rendir cuentas a nadie, una vez asegurada su estabilidad financiera y familiar. Ennio Morricone participó de las vanguardias musicales de este siglo como participó de un cine que buscaba nuevas maneras de alcanzar su tiempo. En no pocos momentos esos dos caminos se cruzan, y esa música absoluta se encuentra con las necesidades de los otros. Pensemos en Elio Petri, en Marco Bellocchio,… (cualquier intento de inventario está condenado, en su caso, a ser interminable).

En busca de aquel sonido es un bonito título para resumir la vida de alguien como Ennio Morricone. Crear es buscar. Y, de cuando en cuando, encontrar. No hay mucho más. Durante más de quinientas páginas encontramos al hombre y al músico y esto es la misma cosa. Y también está la historia del cine italiano. Un cine especial hecho de hombres como él que creían que otro cine era posible, un cine que no renunciaba a nada.

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Villa Wanda, de Eduardo Bravo (Autsaider)| por Óscar Brox

Eduardo Bravo | Villa Wanda

A cualquier lector de Leonardo Sciascia o de Alessandra Lavagnino no le resultará extraño ese descenso a las cloacas de la realidad política italiana que tiene como uno de sus epicentros la Villa Wanda. Cualquiera puede imaginar las reuniones entre jerarcas, banqueros y asesinos como las de aquel retiro espiritual en Todo modo. Cualquiera puede colocar a sus protagonistas en la misma tela de araña de conspiraciones y crímenes con la que Sciascia atrapaba al personaje central de A cada uno lo suyo. Y, en definitiva, cualquiera puede advertir hasta qué punto unos y otros no solo debilitaban las frágiles estructuras de la libertad, sino que dinamitaban la verdad para sumirla en un mar de mentiras interesadas. Las mismas que, por ejemplo, mantuvieron durante décadas a un político como Giulio Andreotti en el parlamento italiano. De todo ello versa este libro-ensayo-recorte periodístico elaborado por Eduardo Bravo, por cuyas páginas desfila un catálogo de payasos y monstruos que colaboraron para sumir en el terror y la incertidumbre, durante más de 20 años, a la sociedad italiana.

Bravo comienza presentando al titiritero, Licio Gelli, personaje sombrío del poder italiano cuya logia Propaganda 2 permanecería asociada a cada volantazo salvaje del panorama político del Estado. Pero Gelli, pese a su importancia, es solo un personaje más. Un nombre que se repite, que salta al Atlántico para hablar del peronismo o del Chile de Pinochet, o de los intereses de Estados Unidos por mantener un equilibrio en la Europa de posguerra. Porque Bravo presenta, uno por uno, a cada pistolero, sicario, político, sabandija o víctima que tuvo algún papel dentro de aquel tablero de juego. Da igual si para ello hace falta apuntar a las altas instancias de la curia vaticana o señalar sin rubor la agenda oculta de un premio nobel de la paz (je, je) como Kissinger. La cuestión radica en explicar hasta qué punto un país pudo ser víctima de la lucha intestina para evitar que un gobierno de izquierdas pudiese poner en jaque la docilidad que la democracia cristiana había instalado en el panorama político europeo. Y para garantizarlo poco importaba tirar de ejércitos paramilitares, de la mafia o del último ratero de un barrio de Roma capaz de repartir plomo al político más bienintencionado.

Por Villa Wanda desfilan políticos como Aldo Moro, cuyo secuestro expuso la vergüenza de unos democristianos que no tuvieron empacho en dejar morir a un compañero para boicotear el acuerdo histórico con el partido comunista de Berlinguer. O el mentado Andreotti, quien soltó lastre político al reconocer la existencia de la Red Gladio y desatar, con ello, una tormenta de noticias alrededor de las actividades terroristas que habían sacudido a Italia durante las dos décadas anteriores. Pero también desfilan las Brigadas rojas, a las que Bravo, con la ayuda del profesor e investigador académico Matteo Re, desmitifica convenientemente sin temblarle el pulso a la hora de identificarlas como un grupo terrorista progresivamente desconectado de la realidad. O como unos idiotas que fueron colaboradores necesarios para permitir que las cosas continuasen de la misma manera. Y es que uno pasa las páginas del ensayo sin olvidar que en aquellos años de plomo cambiaron pocas cosas. Sí, murió Pasolini y, con él, probablemente una molesta conciencia crítica que trataba de emanciparse de la realidad política de la derechona italiana. Pero el resto eran bombas, disparos, cuerpos que se encontraban en los maleteros de coches o colgados de un puente (como el de Roberto Calvi, el banquero de Dios) y acumulación de poder sobre las espaldas de unos pocos.

Villa Wanda podría ser un ejercicio de realpolitik, si no fuese por el escalofrío que recorre nuestra espalda a medida que se extiende la sensación de eterna paranoia que el Estado consiguió inculcar a base de meterle miedo a la sociedad. Es decir, encargándose de anular a cada uno de los miembros destacados de la oposición, destrozando la esperanza de que los hijos del antiguo fascismo no continuasen metiendo sus manos en cualquier asunto de estado. Y si bien es cierto, como anota el propio autor, que a partir de los 90 el Poder cambió los asesinatos por el dinero y la malversación, ello no es óbice para que al lector le ronden por la cabeza las atrocidades cometidas para desestabilizar toda posibilidad de discrepancia con el orden establecido. Sí, Andreotti tuvo su Tangentopoli, Gelli se movió por las sombras de la política transalpina, las Brigadas sucumbieron a su apetito por la autodestrucción, a Indro Montanelli lo tirotearon (y sobrevivió) y al general Dalla Chiesa (una vez más, recuérdense aquellos artículos críticos de Sciascia) lo asesinaron. Pero, ¿y qué? Italia tuvo a su Berlusconi y los payasos continuaron manejando al país y su corrupción desde sus más que alargadas sombras. De ahí que uno cierre el libro de Bravo con ese mal sabor de boca cuando se comprueba hasta qué punto las cosas apenas han cambiado. Solo han virado ligeramente de color. El mal, de alguna manera, nunca descansa.

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