Teatro unido VOL. 1 (1980-1996), de José Sanchis Sinisterra (La Uña Rota) | por Juan Jiménez García

José Sanchis Sinisterra | Teatro unido VOL. 1 (1980-1996)

Seguramente muchos conocen a Sanchis Sinisterra (tal vez sea mucho decir… conocer) por una obra de teatro ya convertida en emblemática: ¡Ay, Carmela! Si hemos de ser sinceros, es más probable que lo que se recuerde sea la película. Como toda reducción, es incierta. Esa reducción del hombre a una obra, con mucho de injusto y mucho más de pintoresco. La Guerra Civil, otra vez. Una aproximación sentimental a la Guerra Civil. Otra vez. Pero es emblemática de otras muchas cosas de su autor y de cómo ese aparente poco tiene que ver con lo cierto. En todo caso, ahí encontraremos tres puntos sobre los que bascula su obra y, desde luego, estos quince primeros años: la política, la palabra y el teatro como representación del mundo. Y todo está aquí, en este Teatro Unido (primera entrega, de 1980 a 1996), que nos devuelve su escritura teatral, como escritura y como teatro (porque en Sanchis Sinisterra uno no puede dejar de pensar que sus obras de teatro también han sido escritas para ser leídas).

La política, porque Sanchis Sinisterra es un hombre político. En ¡Ay, Carmela! podemos quedarnos con esa lectura amable de vencedores y vencidos, de cómicos atrapados por el destino, por las circunstancias. Pero a mí me gusta más pensar en esa historia de fantasmas como en la representación no de un momento sino de un país. Y no de dos Españas, sino solo de una, la de siempre, bicéfala. La España cobarde de Paulino, la España idealista de Carmela, confundidas. Porque Paulino no solo vivió en aquel instante, sino que atraviesa los siglos y llega hasta nosotros. Es nuestra perdición. Nosotros mismos. Esa parte de nuestro carácter que nos carcome, que nos reduce a la anécdota y, por lo tanto, a la permanente derrota. Derrotados pero satisfechos. Incluso chulescos. Sí, él tiene problemas de conciencia. A ratos. Nada que no se cure. Carmela es todo lo que perdimos, todo lo que perdemos constantemente. La inocencia, si alguna vez hubo espacio para eso en este país, construido, muy católicamente, sobre un sentimiento permanente de culpabilidad.

Algo de todo esto podemos encontrar también en El cerco de Leningrado, donde dos actrices guardan la memoria de un director de escena y dramaturgo muerto, pensando en esa obra maestra desconocida que es la que da título a la obra. Esa obra maravillosa perdida que lo hubiera cambiado todo, como si todo pudiera ser cambiado de algún modo. Y ahí, ellas también fantasmas, fantasmas en un desván, en un teatro entero, recuerdan. Diálogos entre muertos o futuros cadáveres. Han perdido y les ganará un aparcamiento, más tarde o más pronto. Ese aparcamiento es el mundo nuevo, que en realidad es más bien viejo, lo mismo de siempre. Porque los perdedores tienden a parecerse mientras los ganadores tienen un armario ropero más amplio. De nuevo, está el teatro, que no nos salvará. Solo dejará constancia de nuestras pérdidas.

Ese teatro enraizado en esos cómicos viejos, polvorientos, devorados por su propio hambre, pero dignos (aunque la dignidad nunca fue mucho). Ríos y Solano discutiendo, atragantándose de palabras, del deleite de pronunciarlas, como si fueran ellos los que están creando el mundo. Cada día, cada representación. Se preguntan si les olvidarán, cuando saben que en realidad ya les están olvidando. De nuevo: cada día, cada representación. Como Chirinos y Chanfalla, acompañados de ese loco conquistador que no conquisto ElDorado, convertido en cómico, porque no hay nada más cómico que lo trágico (y por eso no hay mejor actor trágico que un cómico). Teatro de carreta, de representaciones polvorientas, pero digno. Digno porque está enraizado en las profundidades, en la palabra. Entonces Sanchis Sinisterra escribía sobre aquel mundo antiguo aún por descubrir. Ese ElDorado, Lope de Aguirre, Álvar Núñez,… Es una cuestión política, una cuestión de dar voz, como esa sucesión de monólogos, de testimonios de Lope de Aguirre, traidor, que aspiran a encontrar algo entre los trozos rotos, los escombros.

Hay en todo ello la búsqueda de una forma. Porque aunque haya líneas que atraviesan buena parte de su obra, Sanchis Sinisterra no dejó de estar abierto a todo (y ahí está la Sala Beckett, como espacio y como idea). Obras que planteaban los mismos interrogantes o seguían su búsqueda de distintas formas, como si todo fuera ese juego constante que plantea en Los figurantes, donde uno ya no sabe dónde está la obra, el actor, el director, el dramaturgo o el público. Tal vez en todas partes. Posiblemente en ninguna.

Es interesante que el recorrido por todos estos años se cierre en El lector por horas, tal vez su obra más conseguida, o aquella en la que logra reunir todo lo aprendido, todo lo explorado. De nuevo ese diálogo a dos con un tercero al fondo, aquí mucho más presente (ya no es ese teniente italiano de ¡Ay, Carmela! o ese muerto sin enterrar de El cerco de Leningrado). La búsqueda imposible de la neutralidad, del grado cero, de la palabra que no expresa nada al ser leída, que debe valerse por sí misma, dejando al teatro una triste labor (¿pero no era eso lo que buscaba Bertold Brecht?), una labor de testimonio. Y como nada de eso es posible. Ni el teatro escapará a la representación, ni la palabra a sus matices. Podemos pensar que el lector, que Ismael, es el enésimo perdedor de la obra del dramaturgo, el nuevo derrotado. Pero no. Ni se puede ni se debe renunciar a nada. Ni como individuos ni tampoco en el teatro, reivindicación de la palabra. El teatro, sí, es un arte viva.




Teatro griego contemporáneo, de Alexandra K*, Jarálambos Yanu, Yanis Mavritsakis, Yanis Calabrianós, Andreas Flurakis y Lena Kitsopulu (Antígona)  Traducción de Cristina Mayorga, Alberto Conejero y Kyriaki Cristoforidi | por Juan Jiménez García

Sigismund Krzyzanowski | Biografía de una idea y otros relatos

En Grecia la tragedia pasó de ser algo clásico a ser algo contemporáneo. Terriblemente contemporáneo. Los dioses se fueron pero quedaron las altas instancias europeas, y el Olimpo ya no es más que un puñado de edificios administrativos. Las víctimas, claro, son las mismas. Y digo claro porque eso no ha cambiado ni desde la Grecia clásica ni desde la creación del mundo. Mucho menos en nuestros días. Como es difícil ser completamente trágico durante tantos miles de años y sería algo ridículo intentar refugiarse en esas cuevas milenarias, el teatro contemporáneo griego aporta su propia visión de las cosas. La tragedia se resquebraja o agrieta por la ironía y todo por algo que intuyo debe ser ahora muy griego: la inquietud, la incertidumbre, el desconcierto. En definitiva, signos de nuestro tiempo. Algunos. La selección de obras de Teatro griego contemporáneo, afirma todo esto y, como no podía ser de otro modo, alguna que otra vez lo contradice, pero lo cierto es que funciona perfectamente a dos niveles: como una acertada y sugerente mirada sobre la dramaturgia que se está haciendo allí y ahora, y como el retrato de estos años tristes.

En Métodos revolucionarios para la limpieza de una piscina, Alexandra K* nos muestra los últimos instantes ya no de la vida de una familia, sino poco menos que de la humanidad. La idea del padre de invertir todo su dinero en una casa con piscina en el fin del mundo, se convierte en una delirante sucesión de enfrentamientos de todos contra todos y de alguno incluso contra el Estado. El Estado, ese ser fantasmagórico que encarna la crisis, no solo económica, de un país que no sabe muy bien qué hacer con su vida. Unas vidas errantes, como la de Niki en El punto ciego, de Yanis Mavritsakis. Paseante solitaria de su propia existencia, punteada de encuentros al azar disfrazados de destino. Como esa mujer cargada de bolsas con la que coincide una y otra vez, esa voz del presente que recuerda la confusión de los tiempos. El único personaje que parece tener algo que decir mientras los demás pasan, como esos coches que uno no sabe dónde van.

Frente a esos destinos individuales, que se precipitan hacia la comedia o el drama caprichosamente (cuestión de vientos), Hijos e hijas, de Yanis Calabrianós, o Quiero un país, de Andreas Flurakis, son un conjunto de voces todas confundidas. En el primer caso es la búsqueda de la felicidad a través de cien años de historia griega, una historia no siempre contada, porque está mal, por el buen gusto, porque hasta el pasado puede ser interpretado, negado, reinventado. Lo que hubo y lo que queremos. Lo que hay. Andreas Flurakis entrega a una multiplicidad de voces anónimas el retrato de su época, porque una época también puede definirse por lo que desea, eso deseos que responden a sus carencias. En estos tiempos, no queremos nada nuevo, sino poder sacar la ropa vieja del armario. Cuando lo peor sucede a lo peor.

Frente al destino colectivo y a los enfrentamientos individuales contra ese destino, quedan los mundos cerrados y violentos, siempre esperando esa explosión definitiva que, esta vez, no dará origen a nada más. Jarálambos Yanu y la vida en familia en Hambre, con ese hijo que podría haber interpretado el Lou Castel de Marco Bellocchio. O ese monólogo a lo Angelica Liddell que se marca Lena Kitsopulu en M.A.R.I.L.U.L.A. Piezas para cerrar este puzle teatral de la realidad griega, no tan alejada de nosotros, me temo. Porque después de todo, el común denominador es el hombre. Lo único que hemos logrado globalizar es la miseria y las dudas. Esas incertidumbres que decía. Esto es: la certeza de que solo hay dudas.




L’increïble assassinat d’Ausiàs March, de Crit Companyia de teatre (Sala Russfa, Valencia. Del 22 de marzo al 16 de abril de 2019)  | por Óscar Brox

A propósito de La llum del món, uno de los últimos montajes de Crit Companyia de Teatre, hablaba de la necesidad de proporcionar vitalidad sobre textos que el tiempo ha convertido en monolíticos. Encontrar su actualidad, vindicar su historia. Probablemente, Ausiàs March nunca haya perdido ese relieve dentro de la poesía valenciana -otra cosa es dentro de la política cultural valenciana-, pero sí la cercanía. El contacto. La vigencia. De ahí la necesidad de volver a sus palabras, de leer sus versos, para recuperar unas sensaciones olvidadas. De ahí la necesidad de poner esa búsqueda en escena, de crear ideas a través de la obra de Ausiàs y de usar esas ideas no solo para pulsar la curiosidad del espectador sino, asimismo, para reflexionar sobre la actualidad de nuestra cultura.

L’increïble assassinat d’Ausiàs March arranca con una ligereza que nunca abandonará el tono de la obra. Hablamos de sencillez, pero no resulta fácil combinar géneros tan populares como el thriller y el musical con el acervo cultural valenciano; el andamiaje dramático tras la divertida pesquisa policial en torno a una cantante acosada por el fantasma de March y la hondura de los versos del poeta de la Safor. Y, sin embargo, el montaje de Crit nos conduce por todo ello sin que notemos la gravedad, con ese encanto que transmiten sus formas dramáticas. Con la reivindicación de un teatro pequeño, que no menor, en el que el espectador puede apreciar lo que significa el trabajo en escena -ya sea a través de unas puertas bailarinas que llevan a cabo las ajustadas transiciones entre escenas o la forma en la que el reparto es capaz de construir imágenes de enorme belleza sobre el escenario- y el trabajo con los actores. Actores que siempre saben cómo dirigir su cuerpo, dejar que se balancee entre el clown y la comedia física -esa entrada fulgurante de los operarios de Portes March- y una voz que aporta los matices, la cercanía y la gracia al delicioso enredo sobrenatural que protagoniza la obra.

Frente a las cuitas de un Ausiàs March preocupado por la prosificación de sus versos, el cuestionamiento de hasta qué punto es necesaria esa asimilación cultural. ¿De qué hablamos cuando hablamos de los clásicos? ¿Cómo se actualizan? ¿Qué es lo que se desprende de su lectura? El tono lúdico del montaje de Crit no supone un obstáculo para que, entre líneas, la compañía dejar no pocas reflexiones sobre nuestro presente cultural: sobre la masificación de una tecnología que nos ha alejado relativamente de lo que antaño vivíamos como una experiencia estética más íntima; sobre la supervivencia de una poesía que se busca y no acaba de ubicarse en las manifestaciones culturales de nuestro presente; y, por qué no decirlo, sobre ese laberinto, durante demasiados años político, en el que a la cultura valenciana parecía atragantársele su carta de identidad.

Tal vez el objetivo de la obra sea un público joven, que pueda reconocer a Ausiàs en este ágil thriller musical igual que reconoce a Estellés en las canciones de Maria Arnal y Marcel Bagés. Pero no estaría de más llevar a cabo un acto de humildad y reconocer, también los adultos, esa pieza de nuestra cultura, de la estética y la poesía, en busca de un lugar desde el cual proyectar su imagen en el presente. Frente a ese poeta al que la muerte le permite una prórroga para saciar su curiosidad en torno al futuro de su obra, queda ese presente en el que los versos reclaman un nuevo vigor, una nueva voz, unos nuevos ojos que recorran con avidez y entrega unas palabras tal vez olvidadas, nunca perdidas. Palabras que tanto Panchi Vivó como Núria Martí ponen en escena a través de diversos registros. Palabras que evocan lugares, emociones, fragmentos de una identidad que hoy parece solo el nombre de una avenida o de un instituto, pero que debería llevarnos a reflexionar sobre todo aquello que las precede.

En un thriller como este, la auténtica víctima es la pervivencia de un autor, o de una obra, que más que nunca reclama nuestra atención. Nuestro oído. O, simplemente, nuestra falta de prejuicios. Decía que el teatro de Crit es siempre bello porque sabe cómo dejar a un lado los prejuicios, porque aborda con vigor tanto a clásicos como a contemporáneos, los textos de la Biblia o de Bertolt Brecht. Porque hace reír sin dejar de pensar, y viceversa. O, en fin, porque no necesita de una producción fastuosa para enseñarnos a entender el teatro, a experimentarlo a través de las palabras y los cuerpos. Con esa gracia con la que sus personajes caen una y otra vez en el enredo, pero también con la hondura con la que cada cosa en escena sabe apuntalar la necesidad de reclamar un lugar para la cultura. Un presente. Ese trabajo colectivo, dirigido esta vez por Anna Marí, da sus frutos en un montaje tan estupendo como L’increïble assassinat d’Ausiàs March; en esos momentos de felicidad con los que cantamos y reímos, ya sea con el improbable dúo policial que forman Marí y Daniel Tormo, o con ese otro dúo entre Vivó y Rebeca Izquierdo, cuya destreza y frescura es, en definitiva, la mejor noticia para una comedia con hondura dramática, para un thriller con ribetes musicales.

La cuestión es que en Crit saben cómo accionar las palancas y los engranajes de la ficción, eludir lo moderno que se torna caduco y tratar lo clásico sin traicionar lo actual (¿o sería al revés?). Prosificar el verso y versificar la prosa. Hablar al público, siempre agradecido, y actuar para el público. De esa cercanía, de esa calidez que tan palpable se hace sobre la escena, se pueden extraer muchas lecturas. Quedémonos con la capacidad de construir una cultura viva desde el escenario, de interrogarnos por la necesidad de querer viva esa cultura y de la voluntad de hablar de nuestras tradiciones con sus propias palabras. Algo que, en definitiva, no solo refleja su interés por abordar una identidad o una estética, sino también de proporcionarle un sentido y un presente, un lugar para lo tradicional en el lenguaje contemporáneo -y en verdad los de March lo necesitaban- y para el verso en el escenario teatral.




Enciclopedia de fenómenos paranormales Pippo y Ricardo, de Rodrigo García (La uña rota) | por Óscar Brox

Rodrigo García | Enciclopedia de fenómenos paranormales Pippo y Ricardo

Si la Razón, así en mayúsculas, fuese un organismo, los textos dramáticos de Rodrigo García serían bacterias o microbios preparados para el contagio. Para apoderarse de él, conquistarlo y destruirlo. O, como mínimo, para reírse de todos esos lugares comunes y convencionalismos que no dejan de colocar barreras al pensamiento, a nuestra forma de ser y de relacionarnos. Para infectar a una moral y a unas buenas costumbres que viven con la imaginación amputada, sin ganas de pulsar nuevas teclas que activen otros estímulos, otras respuestas emocionales. Como sucedía en Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto, García se siente a gusto reduciendo al absurdo aquellos pilares del conocimiento que, a su manera, conducen más bien al desconocimiento. A otra clase de ignorancia, más bien apática, sobre la que se debe aplicar un tratamiento de shock. Así, esta Enciclopedia de fenómenos paranormales Pippo y Ricardo mezcla lo cutre con lo grotesco y atrapa con un rigor casi analítico el caos y el disparate propios de nuestra cultural contemporánea.

En Pippo y Ricardo late una paradoja similar a la de aquellos Lisias y Demóstenes que viajaban en Blablacar en dirección a Bahía. Son garabatos, galimatías o sopas de letras, barullo filosófico (¿no es acaso eso un signo de nuestra convivencia digital contemporánea?) que, de tanto en tanto, es capaz de provocar una reflexión brutal. De poner patas arriba una cultura y un pensamiento permanentemente en rebajas, hechos de baratijas intelectuales con las que malgastar el tiempo; con las que aceptar mansamente nuestro papel de productos dentro de la larga cadena del capitalismo de viejo cuño. De ahí esa sensación de incordio, de molestia, con la que el propio orden del texto interrumpe la lectura, altera el color y la tipografía, y juega con la paciencia del lector. De un lector que tan pronto sigue las tonterías de un par de personajes disparatados en el bar de un hotel de Minneapolis como se topa con la descripción sucinta del sexo gelatinoso de un alienígena.

Pocos creadores han manifestado tan rotundamente su derecho a incomodar. Así, esta enciclopedia es capaz de superponer al mismo tiempo el Astronomy Domine de los Pink Floyd más psicodélicos con la construcción de una máquina de rayos catódicos mientras se transcribe la narración de Tiempo de juego de un Real Madrid-Levante. Y todo ello, sin saber ni querer distinguir lo trascendente de lo superfluo, como si se tratase de experiencias estéticas que García establece al mismo nivel. En un discurso en el que no hay necesidad de excluir nada, que tan pronto pasa de la física de partículas a una fotografía autografiada de la actriz porno Briana Banks; en el que el gesto más perspicaz corre parejo a la vomitona de estupideces de una pareja de científicos politoxicómanos. Y en el que, para rematar, García se permite el lujo de pescar en el caladero de un autor maldito hasta la médula como Charles Fort, rescatando algunos pasajes de su Libro de los condenados, en torno a fenómenos inexplicables acaecidos desde finales del Siglo XIX.

Más allá de sus personajes demenciales, del ruido y la furia, el teatro de Rodrigo García es una de esas experiencias en las que vale la pena aguzar el oído, aprender a separar la belleza del barullo, a relativizar la primera y apreciar lo segundo. Porque, entre otras cosas, no solo podemos encontrar una poética de la incomodidad cultivada durante años, sino también una agria reflexión sobre todo aquello que cae en el saco de lo contemporáneo. Y, asimismo, sobre todo aquello insignificante y marginal que, precisamente por ignorancia, proporciona una extraña y sorprendente forma de acercarnos a lo que muchas veces creemos de sobras conocido. Es por eso por lo que, aunque el teatro de García sea eminentemente visual, la edición de sus textos resulta tan pertinente. No solo por poner al servicio del lector un texto loco y disparatado, culto y arriesgado, sino por obligarle a prestar atención a lo que se dice, a lo que hay tras la falta de freno y la vocación de tocar las narices. Tras la risa y el asco. Esta Enciclopedia podría ser un índice de todo eso, pero también un ejercicio práctico para definir cómo separar la belleza del barullo. La última muestra de un creador escénico cuyo enorme poder de fascinación corre parejo a la mala leche que destilan sus diatribas culturales.




El lenguaje escénico de Tadeusz Kantor, de Silvia Susmanscky Bacal (Antígona)  | por Juan Jiménez García

Silvia Susmanscky Bacal | El lenguaje escénico de Tadeusz Kantor

Han pasado ya cerca de treinta años desde la muerte de Tadeusz Kantor. Y sin embargo… Hay una paradoja esencial para entendernos, una paradoja que señala acertadamente Silvia Sumanscky Bacal. Pese a que el teatro de Kantor es irrepresentable sin él, como así ha sido, Kantor sigue estando presente de algún modo. Ya no solo a través de la influencia que puede haber ejercido en otros artistas u hombres de teatro (pienso, rápidamente y en formas muy diversas, en Krystian Lupa o La Zaranda), sino en su propio universo cerrado (como ese interior de la pirámide en la que, pensaba, el artista debía estar encerrado). Es decir: Tadeusz Kantor, artista único e irreproducible, ha sido capaz de perpetuarse como una presencia. O una ausencia. Ni tan siquiera hablamos de su obra teórica, tan personal como su teatro, de su obra pictórica, de sus propias obras, accesibles en viejas grabaciones. La influencia es él. Él mismo. Su energía, su rabia, su voluntad de ponerse en riesgo como una forma posible de vanguardia. Un eterno inconformismo que curiosamente no acaba de casar con estos tiempos tan dados a la autocomplacencia, pero quién sabe. Quizás todo forme parte de un solo misterio. Su misterio.

El ensayo de Silvia Susmanscky Bacal responde perfectamente al orden lógico de la creación en Kantor: él, la escena y los objetos, los actores. Cada uno de estos tres elementos forma parte de una única cosa e incluso podemos decir que discurre así, en ese orden. Tadeusz Kantor acaba Bellas Artes en 1939, año en que Polonia es invadida por Alemania (lo cual provoca el comienzo de la guerra). Teatro experimental, teatro en viviendas, la clandestinidad, el peligro constante, la necesidad de encontrar una forma de contar, de representar, bajo todo esto. Pero, sobre todo, Stanisław Ignacy Witkiewicz, dramaturgo que ejercerá una influencia vital sobre él, y Bruno Schulz, siempre ahí, al fondo. Con todo, los manifiestos van surgiendo (y tal vez no sean otra cosa que una manera de ordenar sus ideas) y las obras también. Sus ideas van encontrando un acomodo, y con ello llega Cricot 2, en los años sesenta. Pero ese no es el final, ni tan siquiera el principio. Es solo volver a asumir riesgos, una y otra vez. Hasta la muerte. Hasta su muerte.

Kantor realiza un teatro en primera persona. Ya no solo por el componente autobiográfico que irá adoptando (por ejemplo, Wielopole, Wielopole, pero, en realidad, de alguna manera, todas, en su última época, la más conocida por accesible), sino porque todo responde a sus impulsos vitales. Su relación con los objetos, su relación con los actores, su relación con el público. Su relación, antes que nada, consigo mismo. En el artista pólaco (aún pareciendo lo contrario) poco o nada está dejado al azar o la improvisación. Y dado que esto es así, todo responde a algo. Silvia Susmanscky Bacal va recorriendo pacientemente esos algo. Recorriendo los laberintos de la pirámide, las trampas y secretos. Y el recorrido es apasionante, porque va de su mano, no lo abandona. El misterio. El misterio responde a la falta de explicación de aquello que le encierra. No sé, entonces, si es la palabra exacta, para la obra de un autor tan dado a explicarse. Pero explicar qué. Con todo el aparato teórico que desarrollo para entender su obra (entre todo, el teatro de la muerte), quedan espacios vacíos, corrientes maravillosas capaces de unir la representación con el público. Incluso ahora, treinta años después, cuarenta años después, nos quedamos pegados a esas obras, como eternas noches magnéticas en las que sumergirse. No. Ciertamente ya no se pueden representar. Kantor se marchó. Abandonó aquel rincón del escenario desde el que se enfrentaba a sí mismo. Cómo si todo fuera producto de su imaginación (del instante preciso en el que todo sucedía), desaparece. Nosotros solo somos capaces de acercarnos a los fantasmas, y aún así, su fuerza golpea todo lo que puede ser golpeado, zarandeado, agitado. Y en las páginas de este libro lleno de ecos, de imágenes del pasado, se suceden las iluminaciones. Hombre del presente que no olvidaba el pasado en búsqueda permanente del futuro, alcanzó la eternidad. Una delgada línea del horizonte.




Hermanas (Bárbara & Irene), de Pascal Rambert (La uña rota)  Traducción de Coto Adánez | por Óscar Brox

Pascal Rambert | Hermanas (Bárbara & Irene)

Probablemente, el teatro de Pascal Rambert sea una cuestión de magnitud. O de intensidad. De la posición de lector, así como también del espectador de la función, frente al texto dramático. Frente a la acumulación de palabras que a veces forman un monólogo o un diálogo. Que exponen, explican y agotan, según el fragmento, una idea o un sentimiento. El amor, el rencor o el odio. La práctica ausencia de marcadores textuales nos deja, o nos concede, la potestad de marcar el ritmo, la velocidad, el atropello con el que se suceden las palabras. En una obra como Hermanas, además, en la que su autor recalca el uso del lenguaje como arma, se trata de una sensación palpable en cada intervención de Bárbara e Irene. En ese reproche moral compartido, en esa violencia condensada en unas palabras que no solo buscan herir, sino también preguntarse si todavía se puede herir. Dañar. Mostrar un dolor fruto de la experiencia de años.

Rambert agota el sentimiento de rencor llevando a sus personajes a conocer nuevas formas de expresarlo, de ponerlo en escena y utilizarlo como arma. Se apoya en esa idea de que un monólogo, o un diálogo, parezca una tentativa de alcanzar algo (un recuerdo, una vivencia, una exposición brutal del malestar de sus personajes), pero en lugar de dejar que fluya utiliza las palabras como si se tratase del ruido blanco de una conversación. Para cansar, para que el lector perciba la magnitud del reproche, o del sentimiento que dibujan sus personajes, de la intensidad lírica con la que las palabras nos conducen hasta aquel. Cómo, en definitiva, nos encontramos inermes frente a unas palabras que nos golpean, que nos conmueven, porque son capaces de expresar y poner en escena esa intimidad que surge de las mismas entrañas.

En Hermanas, el fondo dramático, el paisaje de la escena, abarca a la familia, el trabajo, el compromiso (político y emocional), la sexualidad o el amor. Sin embargo, Rambert observa todo aquello con bastantes reservas. Se diría que se trata de peajes que sitúan tanto a Bárbara como a Irene en una sociedad programada emocionalmente. Pautada, (falsamente) comprometida y humana. Y lo que el dramaturgo francés pretende es desmontar esos prejuicios, esa moral, y escrutar a través de la magnitud de las palabras lo que queda de todo ello, si es que queda, en sus personajes. De ahí la violencia del más simple acto de habla, la fiereza con la que las hermanas parecen representar el mito bíblico de Caín y Abel. La sensación de soledad que proyecta ese diálogo extenuante en el que las palabras buscan llegar hasta las vísceras. Hasta lo más profundo. Al origen de esa herida que, con el paso del tiempo, las ha distanciado.

Hay siempre una precisión en el lenguaje teatral de Rambert que el lector comprueba cada vez que desnuda emocionalmente a sus personajes. De un lado, está ese lenguaje que horada, que cava pacientemente en el terreno de las convenciones sociales para llegar hasta todo aquello que no se dice. O que no sabemos cómo decir. Y que, a partir de ahí, utiliza todas esas palabras que a veces no ilustran más que una sensación para construir con ellas a los personajes. De ahí no solo su poder, sino esa idea de que es el lenguaje el que construye y destruye un mundo. El que crea y consume a un personaje. El que funciona como frontera y también como hogar (esto último, muy especialmente, cada vez que las hermanas evocan la figura de la madre). El que, en definitiva, nos expone, nos muestra esa magnitud y potencia, la intensidad del drama y la violencia con la que se ejecuta en escena.

Tanto Hermanas como El arte del teatro, el pequeño texto que acompaña a esta edición de La uña rota, reclaman a un lector/espectador libre de cualquier tentación de aburguesamiento. Entregado, como el dramaturgo, a desempolvar la potencia del teatro, a quitarle sus telarañas decimonónicas y restituir el valor de la palabra dramática. En el caso de Rambert, con una pizca de ironía reservada a la crítica social, a la forma en la que la sociedad contemporánea modula nuestras relaciones, nuestras emociones, los vínculos y los afectos. Cualquiera, ante la presencia del rencor, podría pensar que se trata de un psicodrama; de una obra que es, ya desde su arranque, pura catarsis. Pero creo que Rambert no busca tanto eso, como mostrarnos el proceso dramático que conduce hasta allí. Es la diferencia entre un creador preocupado por advertir el origen del dolor y otro que se conforma con ponerlo en escena. Del teatro de Pascal Rambert, probablemente, se sale confuso, exhausto, golpeado por unas palabras que, más que dejar espacio, lo asfixian. Por una intensidad que nos coloca siempre al borde del precipicio, frente a frente con unas emociones que, nunca mejor dicho, son armas de destrucción masiva. Que, ante todo, nos recuerdan el peso de la palabra en la creación del drama.




Classe, de Guillermo Calderón (Sala Ultramar, Valencia. Del 21 de febrero al 3 de marzo de 2019)  | por Óscar Brox

Si rebuscásemos en el cajón de las promesas que no se han cumplido, de las expectativas que se quedaron cortas o de la euforia que, después de todo, no fue para tanto, probablemente no nos quitaríamos el regusto amargo de una juventud que, más que aprendizaje, fue transición. Un proceso de adaptación a la madurez y su lista de insatisfacciones vitales. O ideológicas, que según el ardor político a veces son la misma cosa. Vida y obra. Adaptación al fracaso, a la insignificancia y al horror vacui. A la falta de un espíritu radical, impulsivo, que se ha conformado con el gesto irónico desde la barrera. Con la comodidad del sarcasmo como arma de distracción masiva.

Un año después, uno acude a la Classe de Guillermo Calderón para escuchar a un profesor vencido por las deudas contraídas con un futuro que no se ha cumplido. En el que el gesto de la rebelión no puede, o no sabe, vencer al cansancio con el que se acepta cada derrota cotidiana; cada momento y época en el que se deja de lado el coraje para quedarse con lo práctico. La necesidad de construir un mundo por la obligación de tratar de mejorar algunos aspectos del mismo en el que vivimos. El largo monólogo -cuesta encontrar una pausa, una interrupción, un silencio que no sea una continuación de cada una de las palabras- de Àngel Fígols dibuja muchas imágenes: un furor juvenil, un tiempo de ideales, un presente fallido y un espíritu maltrecho incapaz de despejar sus cuitas existenciales. Pero, sobre todo, se trata de un monólogo que pone sobre la mesa el sentido de la acción. La distancia entre la radicalidad de lo que pensamos y la radicalidad con la que actuamos; la relación entre nuestras ideas y nuestras decisiones. La sensación de que aquella generación nunca encontró la forma de acortar la distancia entre unas y otras. Que, como tantas otras, solo pudo quedarse con la euforia de la revolución antes de disolverse pacíficamente.

Frente a la mirada de la alumna, atornillada en su silla mientras la dialéctica del profesor la avasalla, uno cree ver ese poso de amargura con el que la verdad se abre camino. A medida que el discurso del maestro flaquea, comienza a caminar en círculos y se expone al pudor del escrutinio público. A la derrota. A la inevitable sensación de haber transgredido los ideales propios por otros más cómodos. Quizá por eso, más que de argumentos, Classe sea una obra de intensidades, de energía, de revueltas y revoluciones que chocan sobre el escenario, entre las sillas abandonadas del aula. Y que, fundamentalmente, ponen en escena el derecho a rebelarse que es patrimonio de esta juventud luminosa. El instante antes de que las promesas se rompan, los ideales se compren y la violencia se castigue. El instante antes de una madurez entendida como transición, en la que todo queda atado y bien atado y las ideas (las ideas con las que nos definimos, nos encontramos e identificamos) se quedan por el camino.

El trabajo de Xavi Puchades y sus actores -en esta ocasión, con la interesante de adición de Arianne Algarra- estriba en la atención que ponen en las palabras; es una cuestión de ritmo, de fuerza, casi de velocidad, pero también de compartir con el público los motivos de unos personajes que están en minoría, arrinconados en una clase vacía mientras la sociedad parece ir en otra dirección. Unos personajes a los que escuchamos, que a ratos compadecemos, con los que nos identificamos por ese ardor juvenil con el que dejan que se precipiten sus ideas. Porque, más que convicción, lo que transmiten son las contradicciones, las dudas, los titubeos, la pasión con la que se fragua una juventud. Con la que se pone en marcha. Su derecho de rebelión, su carnet de identidad. Su voluntad política, su instancia crítica.

Classe es un texto actual, posiblemente siempre lo será. Porque nos hemos acostumbrado a escuchar poco, a hablar menos y a no saber equivocarnos bien. Y en esta clase las dudas y las contradicciones humanas se entrecruzan creando imágenes de gran fuerza dramática. Abriéndose paso, casi a empujones, con el ímpetu propio de una edad atómica e inestable, que reivindica en un intenso monólogo final su derecho de rebelión. Su derecho por reconocerse mediocre, por fracasar en sus propios términos, por hacer frente a una utopía con la que diluir el credo del capitalismo tardío. En definitiva, por reconocer en la juventud un instante de vida, no una etapa de transición. Un momento de energía, en apenas una hora de obra, que expone esa edad luminosa, esas encrucijadas vitales, esos gestos políticos que, como atributos de un mismo cuerpo, componen el rostro de una juventud.




El desguace de las musas, de La Zaranda (Teatre El Musical, Valencia. 9 y 10 de febrero de 2019)  | por Óscar Brox

Si tuviera que describir en qué consiste una obra de La Zaranda, probablemente lo haría así: la cultura removiéndose sobre el escenario. La cultura o la poesía. O la verdad, que a menudo es eso mismo: poesía. Y más en una época, esta, de simulacros y apariencias, en la que la cultura vive entre desenfocada y difuminada; demasiado preocupada por disfrazarse de vanguardia o de caricaturizarse con esa risa tonta del que no es capaz de entender una verdad cuando se la plantan frente a los morros. Si con Ahora todo es noche, la compañía andaluza parecía estar a las puertas de esa nada, del vertedero al que va a parar todo aquello que no se puede consumir, que despierta indiferencia o está de paso, con El desguace de las musas nos sumergen en un informe desde el epicentro de esa nada. A través de un coro de personajes desgastados de tanto vivir cuyas palabras y gestos mecánicos rebotan por el escenario mientras, desde la distancia con el patio de butacas, reclaman un poco de compasión.

De la terminal de un aeropuerto, escenario de su anterior obra, pasamos a un cabaret en proceso de descomposición. Por allí pululan sus últimas criaturas, máscaras de otra vida que, con el rictus quebrado, repiten una y otra vez los mismos números y las mismas expresiones de derrota a la espera del tan anunciado final. Los chistes sin gracia, los números musicales o de variedades… todo aquello que ha arrastrado el polvo del tiempo hasta la más ruidosa soledad. Y, sin embargo, nada en la puesta en escena de La Zaranda invita a esa sensación de letargo; al contrario, pues cualquiera que se acerque a su teatro encontrará en él pasión, humanidad y emoción, que a menudo son lo mismo que verdad. En El desguace de las musas todo parece girar en círculos, como el agua que corre hacia el desagüe, mientras el escenario se compone, recompone y descompone como si se tratase de un contenedor en el que cabe todo: la voz de ultratumba del antiguo patrón del cabaret, las confesiones dolorosas de sus criaturas o el falso oropel de esa troupe de malditos que ya no saben qué hacer para reclamar su vida para intentar no caer en el olvido.

El texto de Eusebio Calonge combina el acervo popular más castizo, aparentemente cómico en boca de sus personajes -y hace falta subrayar ese aparentemente-, con relámpagos de reflexión intelectual que ponen el corazón en un puño. Que, por momentos, derriban cualquier máscara de la ficción para colocarnos cara a cara con una cultura en perpetua degradación a la que es difícil que salve un boca a boca o una bomba de oxígeno. Una cultura moribunda por falta de expectativas y exceso de conformismo, que nos interpela, nos ataca, nos enseña las heridas por si, por una de aquellas, nos reconocemos en ellas. Reconocemos nuestra parte de culpa en el esperpento. Porque cuesta no ver en La Zaranda eso mismo que reflejaba Tadeusz Kantor en su teatro: la necesidad de provocar una respuesta visceral sobre esas vivencias que, por un momento, palpitan sobre el escenario. Sobre esas figuras tristes -con las adiciones, junto al trío habitual, de unos ajustadísimos Gabino Diego, Inma Barrionuevo y Ángeles Pérez-Muñoz- que mueven sus cuerpos como autómatas entre trajes de lentejuelas y viejos boleros.

No en vano, en un gesto de lo más inteligente, la mayoría de intervenciones de Enrique Bustos, que hace del moribundo patrón, tienen lugar de cara al público, como si por ese instante el patio de butacas se transmutase en el elenco del decadente cabaret; como si, en efecto, el cabaret no fuese más que un disfraz para reflexionar sobre una realidad que compartimos todo. Sobre la que cada uno tiene responsabilidad. De ahí esa sensación de risa helada, de pantomima cada vez más fúnebre, que convierte al reparto en muñecos de cuerda moviéndose por un escenario en proceso de descomposición. Anclados a unos papeles que han dejado de tener sentido. Perdidos porque ya no saben dónde encontrar otro sentido que sirva como justificante para sus acciones. Convertidos en luz, en sombras, en movimientos y, sobre todo, voz. En presencias que llenan, que nunca dejan de agitar, el escenario del teatro. Que buscan nuestra compasión, que es lo mismo que decir nuestra comprensión. Que los acompañemos en ese viaje al fin de la noche.

Uno ve cada obra de La Zaranda como si se tratase de la última. Pegado a la respiración de esos malditos, a unos gestos y dejes ya familiares, a su eterno caminar en círculos porque, en esa tesitura, ya no se va a ningún lugar; si acaso, y no es poco, a las entrañas del patio de butacas. A convivir, en apenas 90 minutos, con su calor, con su intensidad y con la poesía contenida en cada uno de sus gestos. El desguace de las musas podría ser un breviario de gestos inútiles, porque todos ellos son demasiado humanos. Un compendio que nos recuerda no solo nuestro lugar, sino también la relación que mantenemos con la cultura. Y que nos llama a escuchar a esas voces de la cultura que, como dijimos a propósito de Ahora todo es noche, se remueven quién sabe por cuánto tiempo.




El mago, de Juan Mayorga (Teatre El Musical, Valencia. 12 de enero de 2019)  | por Óscar Brox

En Elipses, estupenda colección de ensayos y textos publicada por La uña rota, Juan Mayorga resume lo que vendría a ser la experiencia dramática del teatro en las siguientes palabras: enseñar a escuchar, a fijarse y estar atento. No en vano, cuando hablamos de teatro debemos tener presente que se trata tanto de un espacio para la reflexión como, asimismo, para la acción. Y en El mago, la última de sus producciones que ha estrenado el Teatre El Musical, conviene estar atento y observar de qué manera se transforma la situación de partida: la llegada de Nadia a casa tras contemplar un número de magia a todas luces vulgar. Las artimañas de un mago que, sin embargo, le afectan de tal modo que ya nada vuelve a ser lo mismo en su convivencia familiar.

A diferencia de otras puestas en escena más austeras, aquí Mayorga construye en el escenario un pedazo de la vivienda de Nadia, el comedor principal, en el que todos los personajes quedarán atrapados. Expuestos. Encerrados. Sin necesidad de llevar a cabo transiciones, fugas o apartes. Lo que vemos es un fragmento de cotidianidad, lo que se espera de cualquier vida más o menos encauzada, cómoda en la realidad que ha tramado a partir de sus elecciones vitales. Así, de entrada, Mayorga juega con los resortes de la comedia y del enredo mediante el inevitable choque entre una Nadia aparentemente hipnotizada y una familia -sobre todo, Víctor, su marido- que no acaba de creer que no se trata de una broma a costa de él. Broma que, poco a poco, se retuerce hasta colocar a sus personajes ante una suerte de horror vacui en el que miran, cara a cara, a las expectativas que su realidad no ha conseguido satisfacer más allá de una mezcla nada sutil de conformismo y resignación. De, en definitiva, convenciones sociales.

Como señala Pepe Viyuela en el ensayo que acompaña a la edición del texto dramático de El mago a cargo de La uña rota, uno puede encontrar en la obra de Mayorga los ecos de un Bauman y de la nostalgia por las vidas no vividas o una reflexión sobre las relaciones de poder. O sobre lo poco acostumbrados que estamos a cuestionar la solidez del suelo que pisamos, sobre todo, cuando la cosa más absurda que nos podamos imaginar es capaz de resquebrajarlo. En cierto modo, se puede afirmar que Mayorga ha escrito una comedia contemporánea, pues casi todas las preguntas que lanza ponen en el disparadero nuestras formas de convivencia, los vínculos que urdimos para sostenerlas y la atracción nostálgica hacia unas vidas, otras, que se nos han escurrido entre los dedos cuando, en su lugar, hemos elegido el confort de lo convencional. De la monotonía. De esa hipnosis colectiva que, año tras año, nos enseña lo bien que funcionan las políticas neoliberales y el capitalismo avanzado.

Tal y como sucedía en otras de sus obras, en El mago uno tiene la sensación de que prima el ritmo y la velocidad de los cuerpos; la impresión de que cada actor, cada personaje, aprovecha su espacio para, incluso desde el silencio -pienso en María Galiana- reafirmar su presencia. Su lugar en ese choque dialéctico de ideas narradas a golpe de comedia de enredo. De comedia en la que lo liviano no enmascara lo complejo, sino que lo introduce progresivamente en escena hasta dejarnos desencajados, atrapados entre las piruetas metanarrativas de las que se sirven autor y reparto para exponer, para desnudar, esa realidad. O, mejor dicho, esa sobreexigencia de realidad que tan bien describe a nuestras sociedades contemporáneas. O de verdad, un concepto cada vez más puesto en entredicho. O de interés, como deja entrever el personaje de Víctor, constantemente preocupado por mantener una imagen familiar que se desmorona a medida que pasan los minutos.

Lo mejor del teatro de Juan Mayorga es que, pese al endemoniado ritmo con el que sus personajes se mueven de un lado al otro del escenario, pese a la concatenación de situaciones, de reacciones y aspavientos, uno tiene la sensación de que el dramaturgo madrileño tan solo se concentra en hacer un zoom sobre un determinado estado de cosas. Sobre un proceso de degradación social que, a la postre, repercute irremediablemente sobre las relaciones que tejemos unos con otros. Que las debilita o enloquece, vuelve del revés o convierte en una parodia risible. De ahí que la risa que puedan suscitar algunos instantes de El mago deba entenderse como una caricatura, sonrisa congelada de un análisis bastante más feroz y certero. Aquel que explica la sumisión emocional de una comunidad, de una naturaleza humana, a un estado (nunca mejor dicho) de cosas. De ficciones. De sueños. De nostalgia por unas vidas no vividas, cuando la madurez parece, más que en cualquier otro momento, el mejor disfraz para ocultar un eterno infantilismo. Puede que Mayorga, al fin y al cabo, sea una especie de ciudadano preocupado por la merma de espacios para la reflexión; que, como dramaturgo, haya emprendido desde hace tiempo la tarea de llevar a escena esa preocupación. Y que, en definitiva, su teatro suponga una lección sobre la importancia de escuchar, fijarse y estar atento. De cuestionar, en definitiva, no tanto las bases de nuestra naturaleza humana, sino las convenciones con las que, día a día, nos encargamos de sustentarla.




Kingdom, de Agrupación Señor Serrano (Teatre El Musical, Valencia. Del 24 de noviembre de 2018)  | por Óscar Brox

En el teatro que practica la Agrupación Señor Serrano, todo parece una cuestión de escalas. En primer término, una mesa de trabajo-laboratorio en el que una hilera de miniaturas y objetos aguardan su manipulación; entre medias, los actores y, casi, performers que construyen la escena; y por encima de ambos planos, la pantalla en la que se proyecta el resultado final. La travesía que conduce nuestra mirada desde lo más pequeño, prácticamente lo insignificante, a lo más grande. Y que, asimismo, nos revela los detalles, los pliegues del discurso y la forma mediante la cual se construyen los relatos. En Kingdom, ese primer término podría ser un plátano. El último, a buen seguro, el vigoroso estado de salud del capitalismo contemporáneo. Y la obra, en definitiva, el camino que une, cruza y entremezcla ambos términos. La aventura comercial que Minor Keith emprendió con la United Fruit Company en Costa Rica con el culto viril a una masculinidad que no es más que otro producto del capitalismo.

Para llevar a cabo la obra, la agrupación no tiene reparos en juntar la cultura del speech buenrollista de las charlas TED con el rugido de King Kong, la aventura selvática tan afín a los viejos seriales cinematográficos con el rap que canta en directo Wang Ping-Hsiang, lo grotesco con lo elaborado, la sorna con la disección de unos hábitos culturales que, por mucho que nos empeñemos en negarlo, nos han llevado al colapso social. Al desastre hiperestimulado que la Agrupación pone en escena en imágenes más propias de una rave diseñada para lamernos las heridas de la masculinidad. La clave del relato se encuentra en cómo la situación prácticamente no ha cambiado. Con el nacimiento del Siglo XX, el capital encontró su alimento en el expolio y la importación, amasando poder y fortuna con total impunidad. Las crisis, los cracks bursátiles, las recesiones y los problemas se sucedieron de manera cíclica. Y precisamente por eso, por esa evolución casi cerrada de la situación, la llegada del Siglo XXI no ha hecho más que acentuar la fortaleza de un sistema contra el que apenas cabe oponer resistencia.

A diferencia de A House in Asia o de Birdie, sus proyectos más recientes, Kingdom no apuesta tanto por construir un relato cinematográfico o llevar a cabo un análisis del discurso tras las imágenes, como reflexionar sobre los mecanismos de un poder, o de un sistema, que no ha dejado de crecer y expandirse hasta conquistarlo todo. De ahí que, pese a su elaboradísimo dispositivo teatral, en esta obra prime un estímulo más directo, más inmediato y, hasta cierto punto, punk. Brusco, juguetón y fascinante, en tanto que se vale de un choque estético entre lo macho y lo culto para ponernos cara a cara con el King Kong del capitalismo avanzado. Con los males de una era a la que, lo queramos o no, pertenecemos. Y como siempre en la Agrupación, todo aparece perfectamente engrasado: el trabajo en escena con las proyecciones audiovisuales, el lenguaje corporal cercano a la danza con la retórica y la verborrea que tantos gurús de la economía y el desarrollo utilizan hasta la náusea, los recortes, insertos y maquetas como escalas de un discurso en construcción. Capaz, ante todo, de crear en directo una especie de catálogo viviente de la masculinidad y el capitalismo. Una exhibición de músculo y miseria, una fiesta en la que los instintos más bajos se abrazan en una celebración del cuerpo y el desenfreno.

Consumimos porque deseamos, y viceversa. Es una actitud mental. Otro de tantos círculos o circuitos cerrados que ilustran perfectamente el sistema sin fisuras pacientemente construido durante el pasado siglo. La visceralidad con la que Agrupación Señor Serrano nos lo muestra en Kingdom es análoga a su poder de seducción. Como esa haka en la que, entre la niebla y los músculos, despiden la obra. Llevando al límite el poder de seducción, la imagen de poder, el lenguaje del poder, que el capitalismo nos ha inculcado para todas esas situaciones en las que podamos sentir un signo de debilidad, de abatimiento o autoconsciencia. Estamos bien, dice Pablo Rosal en el speech que abre la función. Y si no lo estamos, Amazon, Tinder, el banco (bueno, alguno habrá) o las TED Talks se inventarán algo para hacérnoslo creer. Por eso, el aire celebratorio, la risa y la actitud punk de esta era Kong que pone en escena la Agrupación Señor Serrano es, ni más ni menos, un golpe de los que te dan a traición. Un excelente trabajo de disección de todos esos estímulos que revolotean alrededor de la masculinidad, el dinero y el poder. Espectros de un capitalismo avanzado que nunca duerme. Que, en definitiva, nunca muere.




Alexandria, de Mertxe Aguilar y Guadalupe Sáez (Teatre Rialto, Valencia. Del 9 al 25 de noviembre de 2018)  | por Óscar Brox

En un tiempo caracterizado por las fake news, las tormentas de mierda o la sobreabundancia de información que se crea y consume a gran velocidad, parece difícil creer en la posibilidad de fundar una nueva biblioteca de Alejandría que tenga por objetivo explicar en qué consisten las comunidades digitales. Los vínculos e hipervínculos que, sea cual sea la distancia, establecemos entre personas, pueblos, culturas y datos. Entre otras cosas, porque cada vez parece más palpable un sentimiento de recelo hacia la simplicidad con la que Internet y sus aplicaciones han relegado algo tan complejo como nuestras vidas. La facilidad con la que aceptamos tácitamente ser vigilados, ceder información clave y exponernos al escrutinio de una mirada virtual que, paradójicamente, es tan o más severa que la de aquel panóptico que Jeremy Bentham imaginara en el Siglo XIX.

Cabe decir que Alexandria, el texto dramático de Mertxe Aguilar y Guadalupe Sáez, se estructura alrededor de estas cuestiones, poniendo especial relieve en el aspecto dramático con el que las nuevas formas de convivencia digital han alterado nuestra manera de entender las cosas. O cómo los nobles ideales que albergaba la Biblioteca de Alejandría original se han visto lastrados por un exceso de horizontalidad en la red que provoca ruido, barullo, ideas entrecruzadas y la sensación de que, en la actualidad, parece difícil saber de dónde proviene el conocimiento. Cuáles son sus fuentes. Qué grado de libertad, en tiempos de cadenas invisibles, nos aporta el saber. Así, los personajes de Alexandria ejemplifican algunos de estos problemas, en su choque con la mirada represora de la sociedad digital, en la forma en la que conducimos nuestras relaciones sentimentales o cómo construimos unos vínculos débiles con nuestro hogar para recordar, si cabe, su presencia real. Su identidad, como un hito en medio de una carretera asfaltada con datos, cuentas, imágenes y avatares.

En este sentido, resulta difícil imaginar la reflexión de ambas dramaturgas sin la puesta en escena urdida por Juan Pablo Mendiola, en la que un conjunto de cubos y pantallas invaden el escenario para simular la interfaz de las vidas de sus protagonistas; tan pronto una pantalla digital, tan pronto una pecera-celda en la que los diálogos y monólogos quedan aislados en las modestas dimensiones del lugar. Fomentando esa sensación de presión, de prisión, de espacio cerrado del que sus protagonistas no saben cómo escapar. No en vano, como sucedía en Dystopia o Harket [protocolo], la historia de Alexandria también coquetea con los registros del género; en especial, a través de la historia del homicidio involuntario de un niño en mitad de una manifestación ciudadana, en la que dos de los personajes están directamente involucrados; o en ese aire de thriller paranoico que convierte a una mujer que retrata el tedio de los no-lugares que son los aeropuertos internacionales en el escenario para planificar un atentado terrorista.

Tanto Aguilar y Sáez como Mendiola tienen muy claro que drama y acción, personajes y entornos virtuales, tienen como objetivo mostrarnos la fragilidad con la que identificamos a nuestra contemporaneidad. Ese sentimiento de que todo está de paso, fracturado entre opiniones cada vez menos matizadas y sí más beligerantes, escrutado hasta el mínimo detalle por el fantasma de la corrección moral y azotado por ese vacío vital que convierte a los protagonistas en prisioneros de sus ordenadores personales. En criaturas que observan, que notan, cómo los vínculos emocionales que marcaron sus primeros años en la vida se descomponen tras las obligaciones que dictan las nuevas sociedades actuales. Con la app como reclamo para implementar una experiencia de vida que, en definitiva, no puede colmar en sus imperfecciones a la vida misma. De ahí esa rara melancolía con la que sus autoras interpretan el momento actual: con la presión de un entorno hostil acechando a cada instante, pero también con la promesa de que aún hay margen para recuperar los ideales que albergaron el nacimiento de la vida en red, más allá de su eventual corrupción.

Cuando hablamos de nuevos lenguajes escénicos, nos referimos al (buen) uso que la tecnología aporta a la dramaturgia teatral. En el caso de Alexandria, creo que fondo y forma, acción y reflexión, necesitaban de ese ambiente digital creado por Mendiola y su equipo. Para resaltar, si cabe, el choque y las artistas que el elemento humano describe en sus numerosos contactos con la inteligencia artificial. Como sucedía en La tristeza de los ogros, de Fabrice Murgia, el recurso de la pecera y la grabación y proyección en tiempo real proporcionan un extrañamiento, una artificialidad, que recalcan la sensación impersonal de unos personajes marcados por su convivencia digital. A los que hábilmente se les da la vuelta al calcetín para enseñarnos sus costuras, sus heridas e imperfecciones. En resumen, esa vulnerabilidad que nos invita a escucharlos. A sentirlos más cercanos, más propios. Reales. Y es que, en cierto modo, Alexandria juega con su premisa argumental para tratar de mostrarnos esa pizca de realidad, casi un residuo marginal, en el más artificial de los ambientes. Quizá como prueba de que, pese a todo, lo humano sigue ahí presente. Como esa raíz desde la que hacer brotar un nuevo lugar para el conocimiento.




La omisión de la familia Coleman, de Claudio Tolcachir (Teatre El Musical, Valencia. 17 y 18 de noviembre de 2018)  | por Óscar Brox

Leo en las notas de producción de la obra que la primera representación de La omisión de la familia Coleman tuvo lugar en un piso de Buenos Aires. Me viene a la cabeza una primera sensación cuando las luces se apagan y queda un decorado invadido por unos cuantos objetos familiares; sillas, camas, mesas que parecen los restos de un naufragio. Concentración. Parece como si Claudio Tolcachir hubiese trasladado a escena las modestas dimensiones de aquel piso de Buenos Aires para atrapar a sus personajes en su interior. En un escenario del que, literalmente, huyen a la carrera o invaden con una presencia avasalladora. Haciendo patente esa cercanía con la que la tragedia de los Coleman se cuela en el patio de butacas.

En el principio aparecen una madre, Memé, que no sabe cómo ser madre y un hijo, Marito, demasiado cuerdo para estar loco. Son solo un apéndice de esa familia imposible que vive con lo justo. Apretada, más que por las deudas, por unos vínculos sentimentales que no han sabido cómo traer la felicidad; que la han terminado por estrangular. Tan solo, si acaso, han precipitado la concentración. El aislamiento. La sensación de tiempo estancado que clava a los personajes en el escenario, con contadas transiciones dramáticas entre los diferentes pasajes, como la clase de drama que se representa de frente; es decir, escupiendo toda la negrura de las pequeñas miserias a la cara del público. En este sentido, Tolcachir juega, y mucho, con ese humor entre grotesco y absurdo que, más que a la risa enlatada, llama a la piedad. A la conmiseración. Tan pronto la sonrisa que pueda despertar cobija una realidad más palpable: la íntima soledad con la que el dramaturgo argentino desnuda, con nuestra complicidad, a sus criaturas.

La enfermedad de la abuela, Leonarda, es uno de los detonantes para poner de relieve ese momento de agotamiento que ha llevado al límite a la familia. Para destapar secretos, para revelar miserias -y qué durísimo es el retrato de esa madre que, con tanto amor, ya no sabe cómo querer ni a su propia sombra- y temores. Heridas y cicatrices. La destrucción, como en una bomba con temporizador, que se cierne sobre ese pequeño núcleo que, pese a todo, resiste. Que (sobre)vive. En este punto, cabe decir que es asombrosa la energía con la que el reparto se entrega a sus personajes, hasta el punto de convivir con ellos, con ese caos ordenado que tiene su lugar en el escenario y que dibuja las idas y venidas de una familia sin hogar ni, prácticamente, destino. Encerrada en la ilusión de un tiempo que nunca fue.

En este sentido, hay unos cuantos momentos de una intensidad demoledora: ese rayo de luz, que parte la pequeña porción de escenario en la que se encuentra la cama del hospital de la abuela, con la que se anuncian varias muertes; la de Leonarda, no por súbita menos esperada; y la de los Coleman, descompuestos desde que comenzó la obra. Otro tanto sucede con Hernán, chófer de profesión, cada vez que entra en escena entre titubeos, haciendo visible la costra que, en primera instancia, impide traspasar la intimidad de los Coleman. Y que, como sucedía en otra producción de Tolcachir, Tierra del fuego, nos revela una de las claves: escuchar. Atender al batiburrillo de diálogos, de erupciones verbales (cada vez que Marito menta a los hijos hidrocefálicos de Verónica) que nos muestran la distancia emocional de unos personajes que, paradójicamente, casi nos están rogando que los entendamos. En su locura y en su insignificancia; en la dolorosa humanidad que transmiten a través de sus cuitas morales. De los dramas sin solución… o cuya solución es, ni más ni menos, desaparecer. Forzar un final. Romper, mediante la dispersión, la imagen coral que une, con la fuerza del mejor pegamento, a una familia con distintos nombres y apellidos.

Resulta prodigiosa la capacidad del teatro argentino para dar con las teclas dramáticas que nos revuelvan por dentro; en el caso de La omisión de la familia Coleman, además, jugando con un paisaje de criaturas grotescas que, poco a poco, se nos revelan de una ternura desarmante. Puede que haya sido un regalo disfrutar de la obra con su reparto argentino, fundamentalmente, por la energía y la violencia con la que actores y actrices se entregan al texto de Tolcachir; por la habilidad con la que sus vaivenes logran romper las estrecheces del escenario o, al contrario, empequeñecerlo hasta que la escena parezca, más o menos, una caja de cerillas. En los Coleman la risa, la locura o la muerte no es tanto sinónimo de tragedia como de una vida que ha perdido la cuenta de las veces que ha intentado salir adelante. En Tolcachir el teatro, más que representación, es un momento de verdad en el que poner lo más complejo de nuestra naturaleza humana frente a frente con el espectador. Y ahí, en definitiva, es donde empieza todo.